miércoles, 2 de octubre de 2024

Freddy Chipana y los golpes del amor

 

Freddy Chipana en la obra Ilíada, de Teatro de los Andes.


Uno entre nueve hermanos, Freddy pudo perderse en las calles a donde escapaba de la violencia y el no cuidado. Se salvó porque vio que podía recuperar su infancia no vivida en un escenario. ¿Golpes? ¿Porrazos? Sufrió muchos y los tomó, los toma, como impulsos para volar desde esa plataforma llamada teatro. Altoteatro.


Mabel Franco Ortega, periodista

El amor –contra lo que canta Lucio Battisti, Che non si muore per amore– estuvo a punto de matar a Freddy Chipana. Las cosas sucedieron así: el joven aprendiz de teatrista pasaba sus días en Yotala cuando no estaba de gira con sus compañeros de Teatro de los Andes. Aquel final de tarde del año 2002, Freddy colgó el teléfono luego de una charla de larga distancia con una chica que se encontraba en El Salvador. Estaba tan eufórico por lo compartido, que salió corriendo al patio y dio un gran salto. La realidad sin metáforas le salió al paso en forma de viga y el enamorado se golpeó la cabeza tan fuerte que “di dos vueltas y quedé tirado en el piso”.

Lucas Achirico, que presenció la escena, quedó espantado. Al poco rato, todavía atontado, Freddy intentó asistir a unas clases de violín, pero vomitó y por la noche no pudo ni dormir. “Fui a buscar a Alice (Guimaraes) y le dije lo mal que me sentía; pronto, no podía ni sostener mi cabeza, así que me llevaron al médico”. El diagnóstico fue “conmoción cerebral”. Durante un mes debió guardar reposo y “me dijeron que no podía ni pensar”.

En el periodo de recuperación, aburrido de no seguir el ritmo del grupo que por entonces cosechaba lo bueno y sufría lo malo de esa gran producción que fue Iliada, en la que Freddy encarnó a un conmovedor Patroclo, el herido aceptó el consejo de Paolo Nalli y retomó la escritura que solía cultivar en su adolescencia.

Fue entonces y en tales circunstancias que lo decidió: luego de siete años de haber convivido con el grupo que dirigía César Brie había llegado el momento de marcharse, de volver a El Alto para trazar un camino propio en el teatro.

Chipana como Luis, uno de los emigrantes en la obra Un país de fantasía, la tercera creación de Altoteatro. Foto: Muro de Freddy Chipana en Facebook.

Uno entre nueve

Freddy Chipana Vargas nació en octubre de 1975 en la ciudad de La Paz, de padres migrantes del área rural. Segundo de nueve hermanos, creció en El Alto, adonde se trasladó su familia para intentar combatir la pobreza porque en la sede de gobierno parecía imposible. “Había golpes, violencia de parte de mi padre, y por eso yo me escapé muchas veces y me fui con mi abuela o me quedé en la calle, tal como hacía mi hermano mayor, Federico”. El papá terminó por abandonarlos y su madre, Luisa, “hizo lo que pudo para sacarnos adelante; trabajaba y nos alimentaba, pero no podía cuidarnos”.

Federico fue el primero en llegar hasta el hogar para menores en situación de riesgo que tenía entre sus responsables a un suizo de nombre Stefan Gurtner. Freddy comenzó a asistir también, como externo, y aprendió a convivir con otros 50 chicos que no sólo tenían comida y techo, sino la oportunidad de conocer de sastrería, carpintería, panadería, jugar fútbol, hacer música y… teatro.

El Hogar Tres Soles fue entonces la salvación. “Stefan no sabía mucho de teatro, pero era un apasionado y fue contagiándonos su pasión. Solía darnos a leer textos que luego discutíamos. Así se formó el grupo Ojo Morado, donde trabajábamos en creaciones colectivas cuatro horas diarias, de lunes a sábado”.

Stefan los llevó a cuanto taller de teatro se pudo. Y fue así que se produjo el acercamiento con Los Andes y Brie. De Tres Soles, el director había reclutado en 1992 a un músico, Lucas Achirico. Y luego, en 1995, invitaría al veinteañero Freddy a unirse al grupo para hacer Las abarcas del tiempo en reemplazo del actor Diego Mattos.

Con Ojo Morado, Freddy hizo varias obras, la más emblemática de ellas, una versión de El Principito que conmovió intensamente a los espectadores y que asimismo puso en evidencia los enmohecidos conceptos de los administradores de teatros que se espantaron con esa obra en la que los principitos decían “malas palabras”, maldecían y estrellaban huevos en los sacrosantos muros.

Freddy, en todo caso, estaba listo para dejar Ojo Morado, pues se había propuesto ingresar al Conservatorio Nacional de Música. En ese trance recibió la llamada de Brie.

Si lo que el joven esperaba al llegar a Yotala eran clases de cómo hacer teatro, pronto se dio cuenta de que no habría tal. “Yo tenía la pasión y el respeto por el trabajo que me enseñó Stefan y que le agradezco hasta hoy, pero mi cuerpo era un desorden; tenía que depurar, reconstruir y no sabía cómo integrarme a una estructura como la de Teatro de los Andes. Nunca me sentí tan solo ni jamás lloré tanto como allí”.

Sus compañeros, Teresa Dal Pero, Gonzalo Callejas, entre otros, lo fueron tranquilizando. “Tú vas a encontrar tu forma”, le dijeron, “hay cosas comunes, pero las búsquedas son personales; de hecho, la verdadera búsqueda hay que hacerla fuera de los horarios de grupo. Tienes que ser tú, encontrar lo tuyo”.

Freddy como Patroclo en la obra Ilíada, de Teatro de los Andes. Foto: Teatro de los Andes.

El camino propio

Y llegó la hora de dejar ese espacio, el más importante que hubo en los años 90 y que fue como un parteaguas para las artes escénicas en Bolivia. Atrás iban a quedar obras como Graffitti, El cíclope, Las abarcas…, Ilíada. Muchos habrán pensado que qué locura dejar a semejante grupo en su mejor momento, pero en verdad que ya había comenzado la desbandada. Cristian Mercado y Jorge Jamarlli se habían despedido y pronto lo haría Teresa Dal Pero. Si hubo temor en Freddy, Gonzalo Callejas lo reafirmó en la decisión: “Qué bueno que busques lo propio”.

Freddy, con 27 años de edad, se dispuso al retorno. “Me despedí con agradecimiento de César, de Paolo, de los compañeros… Nos quisimos, nos detestamos, caminamos juntos un trecho importante de nuestras vidas y aun hoy nos sabemos parte de algo”.

Qué se carga en el equipaje en circunstancias así. “El deseo de reinventarse, de comprobar si en verdad sabía hacer, la duda de si era algo más que actor. El desafío de ponerme a prueba y demostrar que se podía hacer teatro en Bolivia para Bolivia”.

La vieja computadora le devolvió textos que había escrito en distintos tiempos. Los revisó y durante dos años trabajó con algunos de sus antiguos compañeros de Ojo Morado. Ensayaron y así salió Plegaria, la primera obra del nuevo grupo que iba a llamarse Cantera de piedra, cuyo objetivo sería hacer un teatro de altura… y así se quedó como Altoteatro.

Las cosas no fueron fáciles. Hubo algo así como otro golpe del entusiasmo contra la viga de la realidad. Llegaron chicos y chicas con los que trabajar y “yo pensaba que lo sabía todo, pero en las reuniones escuché: mira que nosotros somos distintos de la gente con la que trabajaste”. Fue duro escuchar eso, pero también le dijeron: “Creemos en ti; lloré. Vi capital humano y supe que podíamos construir juntos”.

Hace 20 años de esto y hoy Altoteatro es un grupo de referencia en Bolivia, con obras como Un país en sueños, sobre el exilio que es la emigración; Peligro, festiva tragicomedia acerca de la condición del artista en sociedades en las que cuentan los dividendos y el arte da miedo; Eterna, sobre las relaciones violentas y mordaces entre madre e hijas; el monólogo Ratas sobre las dictaduras cuasi voluntariamente aceptadas (obra que le valió un premio de actuación a Chipana) y la más reciente, Basura, que señala la condición de desechos a los que se reduce a no pocos seres humanos. “Lo que hemos ido haciendo, cada elección, cada hallazgo, es la respuesta a preguntas que me hago sobre la escena, sobre mis textos y la decisión de compartirlo todo con el grupo como la mejor forma de llegar cada vez más profundo”.

Tres de sus hermanos –César, Carlos y Edgar– se han unido al grupo y en el grupo Freddy ha ganado hermanas como Carmen Tito. “Hoy somos como 20 personas, como se aprecia en la Batucada Altoteatro, pero la base es de nueve compañeros que están listos para lo que se necesite poner en marcha. Somos un equipo que habla de lo que vemos y vivimos, de nuestro contexto, aunque no hacemos teatro social, sino humano”.

Freddy es quien escribe los textos, en general sobre temas que preocupan a los integrantes del grupo. Pero, dice, no es suficiente tener la palabra, pues en escena, con el aporte de todos, es que se define la obra. Cada una de ellas, ya con las imágenes visuales y sonoras, es por tanto una creación colectiva; eso es lo que me gusta”.

A Chipana lo convocan de otros grupos, incluso del extranjero, y él ha aceptado dirigir y hasta escribir textos para algunos de ellos. Es una forma de refrescarse, de exigirse, de ver lo que no vería de otro modo, de no instalarse en la comodidad de lo que conoce. “Pero en cada experiencia extraño más a mi grupo, sobre todo cuando me topo con actores que no tienen tiempo para ensayar; yo detesto tener que jalar el coche. Hay cosas lindas en ese salir, no me malentiendan, pero una cosa es estar entre artistas y otra entre compañeros”.

La última obra de Altoteatro, estrenada en 2022, es Basura. Fotografías de Eduardo Schwartzberg.

El niño viejo

Y aquí está Freddy Chipana, muy cerca de cumplir medio siglo de vida. Aquí está el antiguo niño en situación de riesgo que dice haberse perdido la oportunidad de vivir su infancia por tener que madurar demasiado pronto, está el adolescente que se enojó con unas damas encabezadas por la esposa del Presidente de la República que vieron actuar a los Ojo Morado y que llorando los felicitaron, “pero no por nuestro teatro, sino por nuestra condición de desamparados”.

Aquí está el actor, autor y director, habitante de la zona 16 de Julio de El Alto, dispuesto a seguir moviéndose por la escena, pero sin olvidar que “el teatro me importa, pero más grande que el teatro es la vida, y más grande que la vida es el amor, y más grande que el amor es la libertad y más grande que la libertad es la paz”.

Sobre el amor de pareja, Freddy dice que tuvo fracasos –golpes– “por estúpido” y que consciente de ello hoy agradece a la mujer que “está a mi lado” tratando de no perderse en “las estupideces del amor”. No tiene hijos, lo que le facilita, admite, la reinversión del dinero que gana en el propio AltoTeatro: así se ha adquirido los instrumentos musicales de la batucada, se ha comprado un terreno para construir algún día la sede del grupo, se elabora escenografías cada vez más exigentes, se viaja a lugares que no pueden pagar el costo de la función, etc.

El año pasado, en octubre, hubo festejo teatral por los 20 años de Altoteatro. Llegaron los amigos de Los Andes y, desde Argentina, Sergio Mercurio y Nueva Escena (Jujuy). Fue una manera de cruzar fronteras de espacio y dimensiones de tiempo: el ayer, el siempre. Y de comprobar, sabes Freddy, que a veces el teatro puede ser tan importante como la vida porque, ya ves, le da a ésta amor, aunque duela a veces. Y libertad y paz para preparar el vuelo y seguir. Lo cantó el Battisti de Paolo Nalli y bien podemos parafrasearlo: Il mio teatro libero.

Ave, una remezón

 

Mariana Bredow en Ave. Foto: Silvia Rocchino.


Que el público suba al escenario suele ser parte de un juego. Pero con Mariana Bredow y Ariel Muñoz, transponer la barrera es un alegato, un argumento. Ellos, teatristas, ponen las ideas, el cuerpo, la voz y arrastran en esa puesta a todas las mujeres de la platea. Vencer el miedo tiene que ser un vuelo colectivo. 


Mabel Franco O., periodista

Entras a la sala teatral y la ves. Te acomodas en la butaca y la ves. Ella baila. Hermosa, sana, risueña. Cuando todo el público ha entrado, ella elige a algunas personas para que suban y bailen a su lado. Es entonces que te das cuenta de que en el fondo y a la izquierda del escenario hay sillas vacías con una lata de cerveza encima. Cuando ella vuelve a la platea, ruegas que no te elija. Ese arriba es tan lejano siempre para un espectador, que quebrar la línea divisoria aterra.

Pero te escoge. Y aceptas. Cuando ya somos como seis ahí arriba, todas mujeres, ella te susurra lo que el resto del público no escuchará: “No me suelten”. Desde ese instante sabes que eres parte de la transformación de una actriz en personaje, de un personaje en persona, de una mujer en pájaro, de una mujer en veinte, en cien, en miles de nosotras.

¡Salud hermanas! ¡Por nuestra terrible valentía!

Es Ave, la obra encarnada por la autora del texto, Mariana Bredow, con una puesta en escena y dirección de Lorenzo Ariel Muñoz.

Fondo y forma

El relato escrito por Mariana es rico en imágenes: es completo, suficiente, autosuficiente. Quien escribe sabe cómo pintar a un personaje dando pinceladas que no siguen la obviedad de lo cronológico, por ejemplo, sino que saltan en el tiempo y dejan lugar al enigma, por tanto, a la sorpresa. Sabe asimismo apelar a la economía de un adjetivo para plantar seres que completan el universo del personaje central. Describe fijando la mirada en detalles, como cortinas cerradas, tapetes tejidos a mano, comisuras babeantes y no es preciso más para imaginar.

Darle a ese nivel de palabras una dimensión corporal, teatral, ha tenido que representar un enorme problema: cómo se suma sin redundar, sin recargar, sin competir. Cómo se trabaja la poesía, pues.

El dilema, en definitiva, ha debido ser el de toda la vida: cómo se logra que el contenido adquiera forma. Que la idea, ya perfilada como está dicho, se encarne y que tal salto de dimensión implique un nuevo lenguaje en el que fondo y forma sean indisolubles.

Mariana, actriz y cantante, claramente tiene las herramientas para moverse por la escena. Pero podría no ser suficiente y ahí está el valioso gesto de apelar a otra mirada, en este caso la del director Muñoz, que ha trabajado con la artista para que su energía siempre intensa la muestre como esa joven pequeñita, frágil, temerosa, capaz de una historia importante, trascendente.

Fotografía de Valentina Bacherer.

No es la intención develar la puesta. Sólo diré que es imprescindible ver lo que hace ella cuando habla del hombre que la manda y dice amarla: “Ya sé, es poca cosa, pero es algo”. O hay que escucharla deslizar las palabras cuando describe al abusador que le sale al paso: “El hombre es viejo y no de tiempo…”. 

Como parte de ese fondo/forma, ahí están esos espacios abiertos o cerrados por la luz, magnífica luz que sutilmente mantiene a las mujeres del fondo en la mira –mujeres que pronto serán todas las del público, que han dejado a los varones solos en la platea–, justo como para recordar que hay un marco humano femenino cuya mirada sobre ella la agranda. 

El recurso sonoro es también multidimensional. Se habla en escena y se habla desde algún lugar, justo como para conseguir eso que busca la obra: “que se sepa la realidad de lo invisible”.

Y vemos. Y escuchamos el canto de la mujer/ave que ha decidido dar el último aletazo con lo único que le han dejado: la potencia de su voz.

Todos y todas hemos atestiguado la transformación, sólo que nosotras, mujeres, lo hemos hecho desde el otro lado, toda vez que hemos transpuesto la barrera, ésa que da miedo en el teatro, pero sobre todo en la vida. Ahora, con una nueva perspectiva, hemos dejado de ser sólo espectadoras. Miramos a la joven víctima de mil abusos, sí, pero también a quienes observan desde las butacas, y ellos seguramente nos miran a través de ella. ¿Qué estarán sintiendo?…

¿Qué estaremos pensando?

lunes, 25 de marzo de 2024

Un muro que abraza

 

Japón ha aplicado en 33 puntos de talud de la Ruta 7, carretera boliviana que une Santa Cruz con Cochabamba, tecnología desarrollada para prevenir desastres. Las técnicas que respetan forma y movimiento de la naturaleza son ciencia, pero como las obras artísticas del búlgaro Christo, fascinan, sorprenden y cuestionan.

La ruta nacional 7, que une Santa Cruz con Cochabamba, es parte de los corredores de exportación de Bolivia. Entre Samaipata y Mairana se levanta ahora una obra de ingeniería civil japonesa.

El viento sopla intensamente en este soleado día de marzo. Los muchos árboles y arbustos vallunos se mueven al ritmo que aquel impone, y los cuerpos humanos se tambalean también; tal el capricho de esa fuerza invisible pero tan real que seguramente juega su papel en la erosión de los cerros y taludes que se suceden a lo largo de la carretera.

Estamos en la vía asfaltada que se conoce como “antigua” y que une a Santa Cruz con Cochabamba, justo en el tramo que está entre los municipios cruceños de Samaipata y Mairana. Si yo fuera el viento sentiría envidia porque, pese a la persistencia y el vuelo de papeles, sombreros y telas, las personas allí concentradas dedican toda su atención al coloso de concreto en que se convierte el talud a lo largo de un total de 583 metros.

Técnicamente, se trata de una obra de “Prevención de desastres en la Red Vial Fundamental 7”, que ha sido financiada por el Gobierno de Japón con una donación de 12,4 millones de dólares.


Estratégicamente, la obra debe poner a salvo a quienes transitan por la carretera y que no pocas veces, dice José Valverde, conductor de un bus de transporte de turismo, sufrieron las consecuencias del desprendimiento de tierra y de piedras. “He visto camiones con los parabrisas rotos y hemos sufrido cierres de la vía por derrumbes, sobre todo luego de las lluvias que aquí pueden ser torrenciales”, explica este hombre que hoy, 19 de marzo de 2024, ha prestado sus servicios a los funcionarios de la Embajada de Japón y de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA) que debían llegar a la breve ceremonia de conclusión de la obra.

Podía haber sido una “entrega de obra”, pero desde el ministerio boliviano del ramo se dejó pasar el tiempo desde la conclusión de la empresa en noviembre de 2023, de manera que los japoneses tomaron la iniciativa de poner el punto final a un trabajo que, acordado en 2015 por los gobiernos de ambos países, se acabó en noviembre de 2023. El alcalde de Samaipata, Eustaquio Casilla, y la alcaldesa de Mairana, Ana Mendoza de Rosales, acudieron al acto para agradecer en nombre del Estado Plurinacional de Bolivia. Ya llegará el momento, acordado está, en el que el presidente Luis Arce acuda al lugar para el acto oficial.

Lo dicho por el testigo José, sobre lo inseguro que era el tramo, coincide con el informe de JICA, de 2013, basado en datos de la Administradora Boliviana de Carreteras (ABC), donde se justifica la necesidad de obras de seguridad en una vía que, por efecto del fenómeno de El Niño y las consecuentes lluvias, sufrió por ejemplo, entre 2006 y 2007, “numerosos derrumbamientos de taludes, desprendimientos/derrumbamientos de rocas, desprendimientos de tierra, aludes de tierra, etc., que provocaron frecuentes cierres de tráfico”. Otra época de lluvia, entre 2007 y 2008, “se llevó por delante la vida de cuatro personas, con derrumbamiento de talud, y al mismo tiempo cortó la circulación durante 60 días causando congestión en el abastecimiento de bienes hacia Santa Cruz, todo lo cual no hizo más que agravar el mal estado de la economía boliviana”.

Japón, que mantiene relaciones diplomáticas con Bolivia desde hace 110 años y que desde hace 125 ha visto partir a varios de sus ciudadanos rumbo a tierras bolivianas –este 2024 se celebran ambos aniversarios, así como los 70 años de establecimiento de la colonia de Okinawa, en Santa Cruz— ha escrito muchas páginas ya bajo el título de “apoyo a Bolivia”. Ahí está, para el ejemplo, el aeropuerto de Viru Viru que se construyó con un crédito japonés, deuda que finalmente fue condonada. Y, de más reciente data, allí se encuentra la carretera de Okinawa con una parte asfaltada y la otra de tierra: la que está concluida es la que Japón financió, mientras que la inconclusa recuerda el incumplimiento de las autoridades del nivel central y departamental que no dan señas de actuar pese a las protestas de los vecinos de Cotoca y de municipios del Norte Integrado.

La ruta nacional 7, que une Santa Cruz con Cochabamba, es parte de los corredores de exportación de Bolivia. Entre Samaipata y Mairana se levanta ahora una obra de ingeniería civil japonesa.

Proteger para develar

La obra de prevención de desastres es, en pocas y empobrecedoras palabras, un muro de contención. Pero no es un solo muro, sino 33 puntos de intervención, además de que hay que ver las obras irrumpir de pronto en el paisaje natural, ondular, acomodarse a la superficie de rocas, tierra y vegetación para entender que esas tres palabras pueden ser mucho más que la obra de albañilería que se suele ver en ciudades como La Paz.

Estéticamente, las estructuras llevan a pensar en Christo, el artista de las obras efímeras que solía intervenir inmensos monumentos culturales y naturales. Este muro no es efímero, ciertamente, pero igual que la tela sobre el Reischtag alemán o el nylon en las pasarelas del Parque Loose de Kansas City –que debió luchar contra la fuerza del viento– logra algo extraordinario: cubrir para develar.

Los cuadrados en los que se articula el concreto no obligan al cerro a encorsetarse, a desaparecer tras la regularidad de un muro, sino que lo abrazan en sus sinuosidades, sus hendiduras y abultamientos. Hay lugares en los que asoman enormes piedras, otros en los que destacan mallas de protección de acero, otros más en los que asoma el verde de la vegetación. 

La sensación estética responde, sin embargo, a objetivos técnicos. Como explica Takuma Momoi, primer secretario de la embajada asiática, Japón está expuesto a desastres naturales, como los terremotos, lo que motiva a sus científicos a buscar soluciones. 

Transferencia de conocimiento

En el informe de JICA se explica que “el Gobierno de Bolivia ha venido intentando realizar obras de rehabilitación posterior a desastres y mantenimiento de carreteras contratando constructores locales, sin embargo por carencia de tecnologías avanzadas para obras de contramedida y por limitaciones presupuestarias (…), no se han podido realizar intervenciones para prevención de desastres”. Algo que “hace pensar que es imprescindible recurrir a técnicas japonesas para construcción de caminos seguros y resistentes frente a desastres naturales”.

Eso es lo que se ha realizado en la Red Vial Fundamental 7, en tres secciones próximas entre sí e identificadas como 11 (60 metros longitudinales), 18 (223 m) y 19 (298 m). En el proceso de estudio y construcción se ha transferido tecnología desarrollada en Japón a personal de la ABC y a estudiantes de Ingeniería Civil de la Universidad Gabriel René Moreno. Kato Toshihiro, segundo secretario de Cooperación para el Desarrollo, expresa la esperanza de que las técnicas se repliquen para prevenir desastres en otras vías bolivianas. 

En la parte alta de las estructuras, que según el sector de que se trate alcanza 60 metros de alto, más y menos, asoman árboles, algunos muy pequeños todavía, que se suman a las técnicas para prevenir derrumbes. No hay azar en este trabajo, pues fueron precisos estudios de campo y consultas con biólogos de las universidades de Santa Cruz y Cochabamba para elegir la vegetación más apta.

Algo más. Está prohibido escalar el muro, como se advierte en placas ubicadas en distintos lugares visibles. No cabe sino envidiar al viento que puede trepar por la mole y entretenerse desafiando una creación humana que, como las obras de Christo, sorprende, fascina e interroga.

sábado, 7 de octubre de 2023

Inquietantes viejos

Sergio Mercurio, Rosimari Jacomelli y el Profesor.

¿Por qué las personas dejan sus sueños en cualquier lugar?, pregunta Sergio Mercurio desde el interior de la anciana Eduviges, una de las protagonistas del espectáculo Viejos. Y ahí nomás nos deja una tarea de vida.

Mabel Franco, periodista

Che, Sergio: Si el Profesor me invitase a subir al escenario, yo sé qué canción le diría que es mi favorita. Es un tango de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo. Se lo diría de frente y también al público. No me pasaría como lo que he visto que les sucede a quienes han sido ya invitados y que de puro nervios no recuerdan ni quiénes son. Y no es que yo sea una enciclopedia de mi alma, sino que, luego de haber presenciado Viejos dos veces antes, me he preparado.

Para lo que no estoy preparada, Mercurio, es para la cantidad de preguntas, afirmaciones, acciones que dejan a su paso tus viejos y viejas. Cómo podría responderle a Eduviges cuando se tropieza con algo y dice: “¿De quién es este sueño? ¿Por qué las personas dejan sus sueños en cualquier lugar?”. Me llevará la vida que me queda encontrar las respuestas.

Debo confesar, poeta, que esta vez, durante la función en el cine 6 de Agosto de La Paz, quise atisbar en la técnica. Cómo haces para traspasar vida, aliento, a cosas inertes. Te he mirado, y también a Rosimarí Jacomelli, tu compañera, en momentos en los que debía mirar a Tronco o al Profesor. He notado y anotado tus gestos, la forma de acercar tu cuerpo o alejarlo del objeto/sujeto. He contado el tiempo que te permites abandonar al personaje sentado en pose cuidadosamente estudiada de manera que siga siendo alguien. Eres un artífice, pues.

Tu técnica, digo yo, Sergio Mercurio, está traspasada por tu actitud ante la vida. Eres curioso, te observas y nos observas para intentar comprenderte, comprendernos. No buscas, creo, entender solo, sino con los otros.

Pero, aunque me imagino las horas de horas de preparación de cada gesto, entiendo que no sería suficiente ese trabajo cuidadoso, ese saber hacer, para explicar por qué nos conmueve y hasta conmociona cruzarnos con esos Viejos.

Y, ya ves, siguen las preguntas difíciles, imposibles de contestar así nomás: ¿Por qué nos hace eco esa pregunta de ¿Quién se robó mi niñez?, que es parte de la letra del tango Tinta roja preferido por el viejo Profesor? ¿Por qué se nos congela la risa provocada por el locuaz Navaho que, entre otras verdades incómodas, nos lanza eso de que tampoco las culturas tradicionales respetan a los ancianos? ¿Por qué nos dan ganas de llorar, por lo que tuvimos o no, ante ese Abuelo y Nieto –pies con ojos y sentimientos— dialogando sin que medien palabras?

Tu técnica, digo yo, Sergio Mercurio, está traspasada por tu actitud ante la vida. Eres curioso, te observas y nos observas para intentar comprenderte, comprendernos. No buscas, creo, entender solo, sino con los otros. Por eso tu multiplicación en esos seres que animas y por eso tu persistencia para ponerlos a moverse entre el público.

Eduviges me ha preguntado esta vez si veía sus angelitos. Sí, le dije. No mentí, porque si bien la consulta me dejó helada en mi butaca, dije que sí porque los he visto muchas veces en tus actuaciones, desde los tiempos en que eras el Titiritero de Banfield. Para eso justamente, para verlos, es que yo vuelvo a tus obras como sé que hacen muchos de por aquí. Y juro que cuando la viejita gigante nos pidió a todos que mostremos nuestros propios angelitos, contuve la respiración para que los vieran ella, Rosy, tú y el público.

Mira si serás intenso que hoy, días después de haber asistido a Viejos, todavía pienso en qué responder a la opción: Temporaria o Permanente. Qué seré, ¿no?   

En estos tiempos en que el pesimismo nos gana, Sergio, presenciar cómo el Profesor se saca el corazón —como tú mismo en cada obra que entregas al público (y no sólo en el teatro, también en la escritura y en el cine La película de la reina)— me permite ponerme optimista. Los humanos no podemos ser tan malos, estar tan perdidos..

En fin. Voy a recurrir al tango, otro tango y van tres, para decirme que tal vez no sea cierto eso de que “La vida es una herida absurda” a condición de que no dejemos tirados nuestros sueños o, mejor, nuestra capacidad para soñar.


Nota publicada en la revista Rascacielos, septiembre de 2023

martes, 11 de abril de 2023

Ustedes, los del teatro

El presente texto fue incluido como presentación del libro "Nosotros, los del teatro", de Andrés Canedo, que fue publicado en Santa Cruz en agosto de 2021.

Foto: Inmediaciones.org


Mabel Franco Ortega, periodista

El presente es fugaz; se esfuma. Como la felicidad, no debería medirse en horizontal, sino en vertical, sabiendo que lo que importa no es cuánto dura sino cuán intenso es. El ejemplo de que éste podría ser el camino para hacer del presente algo eterno lo ofrece la memoria intensa de un hombre, Andrés Canedo, que no podía ser sino un teatrista, es decir un alguien que ha aprendido a lidiar con la fugacidad de un arte que es precisamente el momento y nada más, pero nada menos.

Andrés Canedo recuerda y todo cuanto ingresa en ese recuento de su memoria íntima se hace presente a través de la palabra escrita. Por una parte, lo recordado revive para quienes están implicados; pero por otra parte, la más importante y la que permite al libro trascender lo anecdótico, ese ejercicio de memoria otorga al lector de hoy y de mañana la oportunidad de sentir el latido vital de un conjunto de seres humanos que pensaron y respiraron teatro en esta geografía llamada Bolivia.

El poder evocador de la palabra del autor de “Nosotros los del teatro” es innegable. Tanto, que uno cree estar asistiendo a la entrevista en la que la directora Rose Marie Canedo explica al entrevistador Pedro Susz: “Hacer teatro en Bolivia equivale a emprender un viaje hacia lo desconocido”.

Caprichosos como son los recuerdos de cada quien, los de Andrés Canedo no responden a un orden cronológico. Las personas, los eventos, van desfilando libres y se van encadenando o no. Asoman así Líber Forti con su gusto por el pan, Norma Merlo bailando el vals en el escenario de “La cantante calva”, Pepe Ballón sirviendo una modesta mesa en Caracas para recibir a compatriotas teatristas, Matías Marchiori discutiendo intensamente sobre la obra que van a llevar a escena, Guido Calabi con uno de sus trajes de color amarillo… Presente, puro presente.

Hay mucho más sobre personas –actores, actrices, directores, dramaturgos, gestores- y sobre obras teatrales y sus circunstancias. El lector irá descubriéndolo a través del prisma de afectos del autor que así se desnuda a sí mismo. Y, como consecuencia deseable, habrá quienes tomen esos recuerdos como incentivos para saber más, para buscar y encontrar las pistas que expliquen lo que pasa hoy en las artes escénicas en Bolivia. Nada surge de la nada y, este libro lo afirma, se reflexionó bastante y se hizo mucho desde el lugar y momento que le tocó a cada quien como para que tanta vida se eche al olvido.

Ustedes, los del teatro, tienen un futuro porque hay un pasado que se hace presente, para el caso desde la intimidad de quien rememora, herramienta tan valiosa como la del dato histórico preciso, la estadística, la biografía objetiva.

miércoles, 5 de abril de 2023

Campo Lindo



En la zona paceña de Callapa se levanta una granja cultural que manejan Los Cirujas: Adalía Auzza y Rodrigo Mendoza. El arte teatral comulga allí con la vida.



Niño visitante de Campo Lindo juega con los perros protegidos en el lugar. 

Mabel Franco, periodista

En la ciudad francesa de Avignon, donde se celebra anualmente uno de los festivales de teatro más importantes del mundo, estructuras construidas por la iglesia católica y que se fueron quedando vacías por el alejamiento de fieles --crisis de fe-- han sido adaptadas como escenarios para el arte. Desde el magnífico Palacio de los Papas hasta pequeños templos son, tecnología de por medio, espacios equipados para responder a las necesidades de los artistas.

Una de esas estructuras, que cuando la conocí durante uno de los festivales era administrada por teatristas de la sociedad civil, había conservado el nombre de Capilla del Verbo Encarnado. Así la bautizó la congregación religiosa homónima, fundada hace más de 150 años con la premisa de que “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

No se me ocurre mejor figura para explicar lo que busca hacer el teatro: encarnar, dar vida a la palabra, al verbo. Y más aun: buscar la comunión entre seres humanos, permitir la trascendencia, acercarse a dimensiones que la cotidianidad esconde. Si eso no tiene un sentido espiritual, qué lo tiene. No digo religión, porque lejos está el arte de formar ejércitos sin capacidad para poner lo encarnado en crisis y ésta es la diferencia más importante.

No sé si algún día catedrales y templos de Bolivia puedan convertirse en espacios culturales. Lo que ocurre por ahora es lo contrario: hace tiempo que salas de cine se han tornado templos de militancia cristiana. Pero, y de esto trata la buena nueva, hay otros espacios donde lo espiritual se expresa y uno de ellos, quizás el más importante de todos, se llama Campo Lindo.

En la zona paceña de Callapa, a donde avanza la urbe borrando lo rural, sin planificación y por tanto exponiendo a los habitantes a desastres como los deslizamientos, se construye a diario una comunidad en la que la vida cotidiana y el arte comulgan y en la que el ser humano no está por encima de otros seres vivos.

Adalía Auzza y Rodrigo Mendoza --Los Cirujas, su nombre teatral-- son los gestores de Campo Lindo. Con sus manos han erigido, junto a albañiles, la casa que aprovecha material reciclado y que ocupa menos metros respecto del jardín y la chacra.

En el segundo piso de la casa se abre la sala teatral y para llegar a ella hay que recorrer living y comedor donde los muebles tienen nombre. Ese sofá es un Norma Merlo, ese estante es un Morayma Ibáñez... Los amigos están allí, plasmados en el mobiliario donado.

En ese espacio --donde también trabajan teatristas como Willy Vásquez y Edith Negrón-- se encarnan muchos verbos de vida: reciclar, sembrar la tierra, reaprovechar los desechos orgánicos, usar el agua de manera racional, hacer teatro. Hacer teatro, hay que destacarlo, especialmente para la niñez, un público que en Campo Lindo puede también cosechar habas o regar la siembra de papas.

En Campo Lindo se profesa el amor. Un amor que se expresa en el cuidado de la salud de uno de sus compañeros de labor, enfermo de cáncer, que va incluso más allá de lo que se espera de un amigo. Un amor que acoge a especies diversas de animales abandonados por otros: perros, gatos, burro. Hay gallos, gallinas y conejos que no son para comer. Hay sapos y ranas para los cuales se ha habilitado un estanque... Hay vida.

Las obras creadas por Los Cirujas ya hablaban, antes de Campo Lindo, de ese amor y responsabilidad: el cuidado de los recursos naturales, los conocimientos de pueblos antiguos habitantes de esta Bolivia, de esta Latinoamérica, que habría que conocer para actuar hoy, etc.

Los artistas de Campo Lindo tienen claro que son parte de un entorno, que tienen vecinos cercanos y lejanos con los cuales tienen que avanzar en esa construcción de una vida mejor para todos, no sólo para las personas. Para eso viven como viven y hacen teatro.

La realidad es, sin embargo, dura: si ellos reciclan, los vecinos contaminan. Si ellos adoptan animales, los vecinos los abandonan. Si ellos aman, los vecinos matan. La víctima más reciente ha sido Osa, una hermosa perra de Campo Lindo a la que alguien ha herido sin motivo y sin remedio.

Hay mucho por hacer y no parece justo que Los Cirujas lo tengan que hacer solos. Si hubiera un diezmo justo, yo lo pagaría a estos actores que encarnan, pese a todos los obstáculos, el verbo ser en positivo, con esperanza, con fe.

jueves, 30 de marzo de 2023

Pablo Paredes, productor cultural

El guitarrista Al Di Meola y Pablo Paredes.

Mabel Franco, periodista

A veces, dice Pablo Paredes que se pregunta: “¿En qué me he metido?”. Pero debe haber en él un irrefrenable placer en compartir con otros eso que a él le gusta: un cantante, una agrupación, una experiencia artística. ¿O no? A decir verdad, ¿acaso no todos sentimos la necesidad de mostrarle a alguien más lo maravilloso que es un libro o una película o un disco? Bueno, Pablo Paredes ha convertido ese impulso individual en una empresa, Sala A1, de ya larga vida en La Paz. Lo que es mucho mérito en un país que como el que habitamos parece poner más piedras que estímulos a quienes deciden hacer del arte –para el caso la producción de espectáculos-- su profesión.

En estos días, los afanes de Sala A1 tienen como meta el concierto que el guitarrista estadounidense Al Di Meola ofrecerá en La Paz. La cita está cerca: 12 de marzo, en el campo ferial Chuquiago Marka. Cabe esperar un lleno total, pues no todos los días es posible para nuestro mediterráneo espacio tener tan cerca a un artista de la trayectoria de Di Meola.

Al olfato de Pablo Paredes se le debe la presencia en Bolivia de Tangokinesis. Fue en 1996, en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez, cuando ojos y mentes se abrieron entonces a algo distinto relacionado con el tango. Quienes asistieron a las funciones recordarán el deslumbramiento de esa fusión con la danza moderna que propuso Ana María Stekelman. Inolvidable, simplemente.

Luego vinieron otros espectáculos, cuidadosamente elegidos: circo y acrobacia de Brasil, jazz y rock con Tony Levin, flamenco con El Cigala, jazz con Pipi Piazzolla y su grupo Escalandrum... Todo eso por citar algunas de las presencias que hablan de la amplitud de la mirada del productor y su capacidad para sintonizar no con las masas atentas a las tendencias, sino con la sensibilidad de un público dispuesto a libar, a saborear algo distinto, algo arriesgado.

Fracasos, dice Paredes, hubo algunos. Al final, esto de traer espectáculos no es ciencia exacta. Hay demasiados factores que tomar en cuenta y mucho más en Bolivia: aparte de buscar al público, ahí están, al acecho, una huelga, un bloqueo, un cerco, una crisis política, una incertidumbre económica como la que se vive ahora mismo en torno del dólar. Así las cosas, un evento planificado a veces por más de un año puede verse en la cuerda floja.

Pesa en contra también la inexistencia en el país de escenarios adecuados para ofrecer espectáculos en buenas condiciones y con el aforo que justifique la inversión. En La Paz, el teatro Saavedra Pérez ofrece la garantía técnica y su prestigio, pero queda chico con sus 600 butacas, de las que una parte importante está en áreas no muy deseables de anfiteatro y galería. ¿Adónde ir? Pues a un campo ferial que pudo tener un teatro en condiciones, pero desperdició la oportunidad y tiene lo que tiene nomás.

No ayuda tampoco la informalidad de quienes se llaman productores y no son sino estafadores o, en el más leve de los casos, improvisados mercaderes. El miedo del público de ser engañado está presente y es un factor que Sala A1 tiene que tomar en cuenta con los nuevos espectadores a los que quiere llegar. Similar miedo o desconfianza deben sentir los representantes de artistas internacionales cuando se les habla desde Bolivia. Bueno, Paredes y equipo tienen buenos antecedentes y la respuesta de Di Meola es la mejor prueba.

Traer artistas es, si se hace bien, acercar aires frescos y renovadores al país. Es un negocio y qué bueno que así sea; pero sobre todo es un servicio para una sociedad que necesita, tiene derecho, a vivir esos encuentros no solamente con el o los artistas, sino con los semejantes: para escuchar juntos, aplaudir juntos y salir de la sala con la sensación de haber alimentado eso que se llama alma.

Nota de opinión publicada en Página Siete el 9 de marzo de 2023