martes, 21 de septiembre de 2021

La quimba de Bafopaz



Foto: Alberto Schwartzberg

Recordar un espectáculo de danza folklórica y asociarlo a un elenco en particular es un tanto difícil para el espectador ajeno a ese elenco. Bafopaz se fija en la memoria por motivos dancísticos, seguramente, pero sobre todo porque sus directores entienden la diferencia entre bailar y poner en escena. Su exploración de elementos escénicos y dramatúrgicos para contar historias es mejorable, pero allí está.

Mabel Franco, periodista

La primerita


Foto: Alberto Schwartzberg

Don Nemesio Jaldín cree que la vida es como la cueca y que la cueca es como la vida. Anciano, viudo, su memoria revive momentos en los que vida y cueca le permitieron sentir ese amor que se extiende más allá de la vejez y de la muerte.

Tal el hilo argumental de “La última cueca”, espectáculo de danza boliviana que Bafopaz (Ballet Folklórico de La Paz) repuso en el teatro municipal Alberto Saavedra Pérez –en julio de 2021-, más de un año después de que fuera estrenado con gran suceso de público (enero de 2020).

Las cuecas bolivianas son parte esencial del repertorio de Bafopaz –escuela y elenco de danzas folklóricas que dirigen Víctor Hugo Salinas y Ana Ariscurinaga-, de manera que lo de “última” hay que tomarlo como un recurso dramatúrgico, no como una despedida.

Salinas es un hombre de ideas. Recuérdese que en plena cuarentena rígida se le ocurrió armar una “Cuecarentena” para el programa El Municipal en tu Casa -que consistió en grabar obras sin espectadores, en el teatro Saavedra Pérez, para su difusión por internet-. La cueca, entonces, la bailaron pocos Bafopaz, unas 20 personas, todas con barbijo, sello de esos días en los que al miedo había que ponerle el cuerpo, para el caso, danzante.

“La última cueca” es –cuando un rebrote del Covid 19 da tregua- un derroche de vestuario color, bailarines –casi un centenar-, músicos en vivo –una decena- y una escenografía monumental.

Un factor más que anotar en esta Introducción es la formación de Salinas. Bailarín, explora paralelamente en la actuación –particularmente el clown-, lo que explica su búsqueda de nuevas formas de narrar desde la danza, de darle siempre un giro a sus propuestas, en las que el lenguaje contemporáneo que interesa a Ana Ariscurinaga se integra también.

La quimba


Foto: Fernando Quiroga

Cuando el telón del teatro se abre, hay un golpe de sorpresa innegable. Un salón de baile se ha recreado gracias al talento del pintor escenógrafo Víctor Mamani Rafael. Casi todo el espacio disponible, sin los bastidores laterales, ha sido tomado. En lo alto y a la izquierda se ubica la orquesta –el Ensamble Bafopaz- que tiene las voces cantantes de Diana Azero y Wilson Molina.

Salinas, convertido en Nemesio Jaldín, avanza hasta el proscenio y le habla al espectador, como hará de tanto en tanto, dándole a conocer su historia de ficción y aportando datos sobre las cuecas en Bolivia: La Paz, Cochabamba, Chuquisaca, salón, chichería… En general, el actor-bailarín sabe mantener el personaje, aunque por momentos asome el Víctor Hugo y entonces el bastón cambie de mano sin que el actor se percate de que está afectando al personaje.

La sucesión dinámica de cuecas, el vestuario, los movimientos de los bailarines armando las coreografías aportan variedad a la propuesta. Hay que estar allí para apreciar, por ejemplo, las combinaciones de colores: manta roja como los zapatos, pollera negra; chaleco del varón del mismo color que la pollera de la pareja… Hay un trabajo minucioso que invita a fijar la mirada al mismo tiempo que los ojos se mueven siguiendo ora los pies ora los pañuelos.

La música, que en directo es inmejorable –las pregrabaciones son tan estáticas–, logra similar efecto: los oídos se acomodan para acompañar los movimientos de los bailarines, y al mismo tiempo, ¡reparar en la letra de las canciones!: “En una noche clara un caminante vio, que en un rosal florido se estremecía de amor, cantando dulces penas, una rosa de carmín”, “quiero ser de ti más allá del tiempo”, “rosa de primavera abierta a la luz, que te acaricia y besa tu juventud”, “Desde que me vi en tus ojos voy de desvelo en desvelo”…

El jaleo


Foto: Fernando Quiroga

Dos momentos inolvidables tiene el espectáculo: el viejo Jaldín bailando con ayuda de su bastón y el rejuvenecido Jaldín batiendo pañuelos con el fantasma de su esposa para perderla nuevamente, mientras llueve, literalmente, en el escenario.

Esos momentos no podrían ser los mismos, otra vez, sin los músicos. Las voces de Diana Azero –inmejorable su versión de “Cantarina”- y de Molina, en los solos o como dúo, son el alma de esas parejas que se acercan y se alejan como el amor o el desamor. 

La segundita


Foto: Alberto Schwartzberg

Una de las formas que rodean el espectáculo de Bafopaz es, como se ha dicho, la escenografía. Hay una inversión en ello, una preocupación para que el espectador disfrute aun más de la danza y sienta que está en un salón de baile. Esta voluntad que se agradece y que marca la diferencia respecto de casi todos los elencos de danza folklórica en La Paz juega en algún momento, es mi sensación, un poco en contra.

Ocurre que el deslumbramiento inicial se va diluyendo por la ausencia de movimiento en esas formas, lo que se hace más patente cuando el telón se reabre para la segunda parte del espectáculo. Cuesta mucho montar tremenda estructura, la que por tanto hace imposible un cambio. Así, el rincón donde Nemesio permanece mucho tiempo escondido por los bailarines, una especie de biblioteca pintada debajo de la orquesta, amenaza con anular también al personaje a falta de otros recursos teatrales para sacarle jugo a la forma.

Esto último tiene que ver con la dramaturgia. Salinas intuye, avanza tras esa intuición y consigue marcar la diferencia en un medio como el paceño; pero bien puede afinar esa intuición para contar historias redondas en las que cada elemento desplegado encaje: por ejemplo la alternancia de danzas tradicionales con las de tono contemporáneo, que no siempre parecen dialogar. Y para que cada uno de los elementos que Bafopaz lleva a la escena se activen en las posibilidades que prometen (para el caso, el espacio creado por Víctor Mamani que podría aprovecharse para que los bailarines entren no sólo por derecha o izquierda, para que Jaldín esté más presente y no sólo cuando habla, etc.).

Jaleo final y aplauso


Foto: Alberto Schwartzberg

Recordar un espectáculo de danza folklórica y asociarlo a un elenco en particular es un tanto difícil para el espectador ajeno a ese elenco (las academias y escuelas tienen en gran parte, cuando no en exclusiva, un público cautivo en padres de familia y amigos de los bailarines). No pasa esto con Bafopaz, que ha logrado atraer a un público “ajeno”, por llamarlo de algún modo. Es un mérito de su forma de hacer danza, seguramente, pero también de entender que para llegar a un teatro hay que hacer más que sólo bailar: hay que poner en escena, hay que estudiar elementos escénicos para competir –sí, competir, marcar diferencia- con los bailes cotidianos que la retina de los bolivianos tiene grabados incluso hasta el hartazgo.