domingo, 17 de agosto de 2014

Ni radio ni paranoia





Mabel Franco, periodista 

La obra Radio Paranoia, según ha explicado su autor Kike Gorena a la prensa escrita, intenta echar una mirada a paranoias diversas y a la fragilidad humana en definitiva. Menuda oferta, tentadora sin duda.
La música que recibe al espectador, fuerte, envolvente, aún antes de que éste ingrese a la pequeña sala de El desnivel, hace pensar en que se vivirá una velada delirante, como corresponde al tema. Miguelángel Estellano, frente al micrófono, es una imagen poderosa y da más motivos para esperar intensos minutos en los que la radio será el centro para atisbar en historias humanas o algo así.
Pero algo se quiebra apenas la voz del locutor rompe el ruido de la música y algo en la modulación, en lo que dice, abre un paréntesis en el entusiasta clima inicial. Un paréntesis que no hará sino cerrarse para volver a abrirse, sin que se pueda articular una idea, una imagen capaz de darle sentido al ofrecimiento verbal del autor: no hay personajes, apenas esbozos a los que hay que creerles por lo que dicen, no por lo que comunican.
Y así transcurren las situaciones desarrolladas por gente, qué duda cabe, que sabe del oficio. Y que tanto sabe que es capaz de hacer trampa. Porque García y Grossman, seguidos por actuaciones correctas de Estellano y Piti Campos (a quien se vio igualmente correcta en Teresa bailaba… ¿con tacones?), dicen y hacen y el espectador ríe y va por donde ellos quieren llevarlo. Hay momentos en que son capaces de crear la ilusión de que algo más cabe esperar, que la paranoia va a envolvernos, que la soledad que Kike Gorena afirma que es la causa de la crisis de sus criaturas va a salpicarnos… Pero la obra no alcanza para tanto. Y ahí se quedan los parlamentos, inocuos, vacuos. Tanto como los espacios propuestos: un rincón con el micrófono, un sofá en medio, una mesa con lámpara y sillitas al otro extremo y la calle al fondo: con cabina de teléfono como referente. Los personajes comen sándwiches, se lavan los dientes y escupen, son mojados por una ducha…
¿Qué universo ha recreado Radio Paranoia? El que haya sido, para mí se ha perdido totalmente la oportunidad de inquietar, de mover a pensar en esa madre y su hija, esa mujer y su novio radialista maldito, ese radialista tentado por la hija de su novia, ese padre que aparece un buen día porque sabe que el radialista al que admira es novio de la mujer que abandonó hace 15 años… Así dicho, hasta parece interesante. Los ingredientes son sabrosos, pero la receta no funciona. La psiquis de esos cuatro seres se le escapa a Gorena y nada de lo que puedan hacer los actores es suficiente para atraparla. Quizás la próxima vez.

Ficha técnica
Título: Radio Paranoia
Autor y director: Enrique Kike Gorena
Protagonistas: Patricia García (Mori, hija adolescente)
Pedro Grossman: (Padre de Mori, admirador de Héctor)
Miguelángel Estellano (Héctor, Gran H, locutor de radio)
Piti Campos (Madre de Mori, novia de Gran H)
Estreno en La Paz: El Desnivel, 15 de agosto de 2014

domingo, 27 de julio de 2014

Mauricio D’Avis, el origen de "Olvidados"

Cochabambino, es cineasta formado en EEUU y España. Para su tesis de licenciatura estaba buscando un tema de guion que desarrollar y se topó con un artículo periodístico sobre el Plan Cóndor. Investigó, recogió testimonios y fue armando una historia que Carla Ortiz ha llevado al cine como coescritora, actriz y productora ejecutiva. ‘Olvidados’, dirigida por el mexicano Carlos Bolado, llega a las pantallas del país esta semana. A continuación, parte de la entrevista con D'Avis realizada en 2013.

Mabel Franco, periodista

Mauricio D’Avis es un cineasta y un empresario boliviano de 34 años. Nació en Cochabamba el 16 de marzo de 1980, de manera que tenía cuatro meses cuando la dictadura de Luis García Meza se implantó en el país. No es que una cosa tenga que ver con otra; pero lo cierto es que este joven decidió explorar en el Plan Cóndor (coordinación entre las cúpulas dictatoriales de la década del setenta en Sudamérica y la CIA), con la idea de escribir un guion cinematográfico. “Estudié Producción en Cine y Tv en la University of Southern California en Los Ángeles y quería desarrollar un guion que pudiera dirigir”, se explica. Unos años más tarde “conocí a Carla Ortiz, quien hizo la versión final y produjo la película”.
Tal cinta es Olvidados, que ya fue filmada en el país y está en proceso de posproducción. Tiene como protagonistas a actores de Bolivia, México, Chile, Portugal y Argentina, entre ellos Damián Alcázar, Rafael Ferro, Tomás Fonzi, Carloto Cotta, Manuela Martelli, Cristian Mercado, Bernardo Peña, Milton Cortez, Jorge Ortiz y la propia Carla.
“Creo que de alguna manera tratamos de olvidar el pasado y dejar que el tiempo borre muchas cosas, pero lo cierto es que deberíamos saber más para no caer en lo mismo algún día”, responde D’Avis desde España, donde cursa una maestría en Guion Audiovisual en la Universidad de Navarra (Pamplona).
— Se suele creer que los jóvenes, que no han vivido la dictadura, no tienen interés en esa parte de la historia del país (y de la región). ¿Es cierto?
— No sé si es falta de interés. Ocurre que muchos jóvenes en Argentina, Chile o Paraguay sufrieron las dictaduras de manera distinta a los bolivianos, y muchas veces en su entorno muy próximo. Esas heridas siguen latentes y no es fácil hablar de ellas, más aún considerando que hay personas que defienden esos días y las acciones tomadas. En el caso de nuestro país, creo que se trata en muchos casos de falta de conocimiento de lo que ocurría durante esa época. El porqué de las dictaduras y cuál el propósito de esos regímenes. Es durante esos años que se activa la Operación Cóndor, algo desconocido para mucha gente, y se desata el terror entre ésta.
— ¿Cómo se relacionan con ese tema por ejemplo sus amigos?
— En general no atrae a muchos. En mi caso, la curiosidad o pasión por el tema viene de años atrás. El guion lo fui ideando a fines de 2004, cuando terminaba mi último año de universidad, y la verdad que conocía muy poco. Fueron muchos libros, diarios, entrevistas, emails, internet, películas, documentales y horas y días para armar un mundo, una historia, personajes y escenas que unieran el pasado de esa época con el presente. Un trabajo de investigación y aprendizaje bastante extenso que derivó en cinco versiones durante cinco años de guion. Con la última, Carla Ortiz y Elia Petridis trabajaron para desarrollar la definitiva. Hubo muchos aportes al guion de un amigo y también actor de la película, Bernardo Peña.
— ¿Cómo fue construyendo la historia?
— Todo empezó con un artículo sobre el Plan Cóndor que leí por internet en un periódico nacional. Empecé a indagar. Al principio revisé libros de autores chilenos, argentinos y estadounidenses. A medida que pasaba el tiempo, fui accediendo a instituciones y gente a nivel nacional e internacional que me dio su apoyo, referencias, testimonios y anécdotas acerca de lo que pasaron o pasó con gente cercana a ellos. Años más tarde conocí a Martín Almada (Premio Nobel Alternativo de la Paz), que había descubierto los archivos que revelaron la existencia de la Operación Cóndor en Paraguay. Él es una persona que sufrió bastante, pero que luchó mucho para demostrar lo que sucedió en Sudamérica. Al mismo tiempo fui conociendo a historiadores, escritores, víctimas, políticos y militares de la época. Tuve la oportunidad de contactarme con mucha gente que me ayudó a pulir, a desarrollar el guion y la historia, como el exsenador Gastón Cornejo, la Unión Nacional de Expresos y Exiliados Políticos de Bolivia (Unexpepb), la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Chile, SOA Watch (Vigilancia en contra de la Escuela de las Américas), la Asociación de Familiares de Detenidos, Desaparecidos y Mártires por la Liberación Nacional (Asofamd). Con todo ese mundo de datos, información y apoyo fui creando una historia que debía unir el pasado con el presente y construir un guion de ficción basado en eventos y personajes reales que pudieran reflejar esos años y las consecuencias al día de hoy. Fue algo extenuante y espero que la película refleje todo el trabajo, las historias, escenas y personajes.
— ¿Quiénes son los personajes?
— A pesar de la versión última, el mundo y las historias son los mismos: personas con las que uno podría identificarse. Cuenta con aproximadamente diez personajes. Uno de ellos, el protagonista, une el presente con el pasado para que su historia permita conocer al resto. No estoy al tanto de cómo quedó la versión filmada, pero el protagonista y la razón de contarnos su historia son la base de todo. Muchos tienen aspectos que provienen de mi vida, en rasgos, nombres, personalidades y recuerdos bajo los cuales los construí.
— ¿Considera que la gente de su generación está consciente de lo que es vivir en democracia?
— Espero que sí. Creo que todos hemos escuchado una que otra anécdota por parte de familiares o profesores y sabemos lo que fueron esos años de dictadura. Si no, entonces creo que es deber de otros, en este caso del cine, contarlo. Yo, a través del guion, pinto lo trágico del pasado y el mundo en el que vivimos hoy para valorar lo que tenemos.
Entrevista publicada en Escape, La Razón, en mayo de 2013

domingo, 29 de junio de 2014

Uzquiano, LGBT, Dios y los marcianos



Mabel Franco, periodista
29/5/2014

La guerra de los mundos es la película que Dante Uzquiano, voz del grupo Wara, eligió para el ciclo La mejor película del mundo que organiza Afuera Revista. Este ciclo tiene la enorme virtud de descubrir o redescubrir producciones que, de lo contrario, difícilmente se podrían ver así: en sala, en esa comunión con otra gente, a veces maravillosa, a veces insufrible, que forma parte del rito de ir al cine. Y también deja atisbar en los gustos e ideas de los invitados que comparten "su" película con el resto de la humanidad. Es increíble cómo una elección y el saber el porqué de ella da más pautas sobre la persona de las que se podría extraer en una charla o en entrevista, por ejemplo.
Uzquiano puso en consideración una cinta de 1953, basada en la novela de Herbert George Wells, que él dice haber visto por vez primera cuando tenía unos 12 años.
Como muchos deben saber, esta novela ha merecido adaptaciones para radio (la ya legendaria de Orson Welles, que provocó el pánico entre los estadounidenses) y algunas para cine. La primera para la gran pantalla es ésta del 53 dirigida por Byron Haskin, y la más reciente es la de Steven Spielberg (2005).
Pero vayamos por la de Uzquiano.
El cantante llegó un poco tarde a la cita en la Cinemateca Boliviana. El público presente comenzó a desesperarse justo cuando el artista hizo su ingreso. La admiración por lo que ha hecho Uzquiano en Wara es innegable: hubo aplausos al verlo y la gente se predispuso a escucharlo.
El artista justificó su retraso por un evento en El Prado que le bloqueó el paso: el desfile del Orgullo gay en sábado 28 de junio de 2014. Entonces, ¡oh, sorpresa!, el cantante que había soportado, según explicó el anfitrión Diego Gullco, la incomprensión del público boliviano en los años 70 respecto de la música y los instrumentos andinos, aquel que junto a Wara se estrelló contra los prejuicios, disparó a quemarropa: que a él las cosas grises no le gustan, que el mundo es de mujeres y hombres, nada de medias tintas. Que como predicador de la Asamblea de Dios en que se ha convertido no estaba de acuerdo con ciertas ¿aberraciones? No sé si dijo la palabra, pero algo parecido dejó escapar y siguió y siguió… hasta que Diego Gullco puso un alto: educada pero firmemente.
La película
“La guerra de los mundos” de Haskin narra la llegada en plan de conquista de marcianos, primeramente a California y de ahí a todo el mundo. Esos seres, que codician el único planeta capaz de albergar vida en el sistema solar, envidian el verde de la vegetación y el azul de los mares. Qué desgracia lo que verían hoy y qué pena que no la conquistaran, es una de las ideas peregrinas nada más empezada la película.
La historia contada de una manera que hoy resulta ingenua y casi caricaturesca, despierta una sonrisa y hasta alguna que otra carcajada. Son los ojos contemporáneos que han visto demasiado en efectos y formas de narrar los que le dan un giro de comedia a una tragedia. Así envejecen algunas cosas.
“La guerra de los mundos” de marras, en todo caso, no disgusta. Despierta cierta ternura tanta ingenuidad gringa… y humana. Porque seguramente que los espectadores de distintos lares quedaron conmovidos y con la boca abierta en su momento. Uzquiano uno de ellos. Además, que yo sepa, es la única producción internacional, con premio Oscar a los efectos especiales, que habla de los “bolivianos” como héroes. En cierto momento, cuando se hace el recuento de las batallas valerosas libradas por los distintos países contra la poderosa fuerza alienígena, se reporta que junto a franceses, ingleses, etc., los bolivianos dejaron todo. ¡Si dan ganas de aplaudir!
Y ¡ojo!, que en el film de la época macarthismo no hay ni un solo personaje negro. Toda la humanidad va a ser destruida, miles corren de aquí para allá o son borrados del mapa por las armas marcianas: ni así aparece ni un solo afro o morenito.
El mejor momento de la película (mérito de la novela) es cuando los humanos, asustados y obligados a huir, se destruyen a sí mismos. No escuchan nada ni a nadie. Acaban incluso con aquello que podría salvarlos… Sólo un milagro, que los menos salvajes piden a Dios en las iglesias, es la esperanza…
Hay que agradecer a Uzquiano por la oportunidad de echar un ojo a esta producción. Quizás si él mismo se esfuerza por encontrarle más sentidos que los del milagro, si mira un poco en los humanos desquiciados destruyéndose entre sí y odiando a los otros como si fueran los verdaderos marcianos, quepa el verdadero milagro.
El cantante y pastor cristiano confió una y otra vez su certeza: Dios nos ama a todos. Jesús es el centro de todo. Siguiendo su lógica, dan ganas de decirle: a todos, señor Uzquiano, incluidos los que no son ni negro ni blanco. Y quizás también, si los McCarthy (¿y Rojas?) de siempre lo permiten, a los propios marcianos.

sábado, 28 de junio de 2014

La fiesta debe seguir


En 1975, como nunca antes había pasado, se les hizo prohibido bailar. Engalanadas, trepadas en sus botas de plataforma, ellas avivaban el paso de la morenada, hasta que un “policía” de la Asociación de Conjuntos Folklóricos del Gran Poder, presidida por Lucio Chuquimia, les exigía salir. Las “chinas morenas” se escabullían por allí, pero volvían a ingresar a las filas de danzantes más arriba o más abajo. Aquel año, igual terminaron de hacer el recorrido, defendidas por las fraternidades unas veces, por el público otras. Pero tanto pesca pesca, que se repitió dos años más, las agotó y las convenció de llevarse su colorida presencia a las fiestas rurales, que, por suerte, hay muchas en Bolivia.
Un año antes, Barbarella (Peter Alaiza), la figura travesti desde los años 60 en la morenada de los residentes de Achacachi, había sorprendido con un beso en la mejilla al presidente Hugo Banzer Suárez, quien acudió a la entrada folklórica en una fecha especial: aquel 1974, en plena dictadura, la fiesta ingresaba por primera vez al centro de La Paz, rebasando los límites del populoso barrio de Chijini (noroeste).
“Sí, aquel año del beso ingresamos con la fiesta al centro paceño, pero también nos sacaron de ella”, resume en primera persona del plural David Aruquipa, administrador de empresas que se siente heredero de Barbarella y de otras figuras travesti como Pocha, Pula, Chichina Galindo, Liz Karina, “todas ellas finadas”, o Titina, hoy de 71 años de edad, y Ofelia, de 72, entre varias otras.
Vestido todavía como las convenciones dicen que debe verse un hombre, Aruquipa ha estado atendiendo entrevistas para anunciar la publicación de un libro resultado de las pesquisas impulsadas por la Comunidad de Investigación Diversidad, de la que es parte él, como integrante de la  Familia Galán. El texto, cuya tapa muestra a Barbarella, se llama La china morena: memoria histórica travesti, y recoge la historia y el aporte de “gays, homosexuales, maricas” a la fiesta boliviana. El 11 de mayo será entregado en el Museo de Etnografía y Folklore de La Paz, en medio de una exposición de fotografías y vestuario. El literato y master en estudios culturales Clevert Cárdenas y la antropóloga Varinia Oros figuran con sendos artículos para contextualizar la presencia travesti en fiestas como el Gran    Poder y el Carnaval de Oruro.
Sentado ante el peinador habilitado en la sede de Diversidad, en la zona de Cristo Rey, Aruquipa comienza su transformación para que la entrevista no sea sólo de palabra, sino de obra. Con el corto cabello separado del rostro por una vincha, maquillaje, polvos, delineadores y lápices labiales irán marcando una identidad que, una vez más, las convenciones sociales dicen que es femenina. Por supuesto, tratándose de la fiesta, este cambio tendrá el cariz de lo sobrecargado.
“Es una pena que Barbarella se haya llevado consigo el significado de aquel beso”, reflexiona David. “Nunca sabremos si lo hizo como un acto reivindicativo, de desafío al poder, a la dictadura, a las fuerzas del orden, o si quiso tan sólo mostrarse estéticamente como una diosa que merecía un trato de igual a igual con el presidente”.
Tampoco se sabrá, añade, si, como trascendió, la prohibición del ingreso de travestis en el Gran Poder fue escrita. “Porque si hubo un documento así, a estas alturas, con leyes antidiscriminación, seguramente habrá desaparecido”.
Con algunos silencios obligados por la necesidad de Aruquipa, en su camino de convertirse en Danna Galán, de delinear una boca en forma de corazón o de colocar correctamente las enormes pestañas postizas, va fluyendo la historia “nunca antes contada, en sus detalles y trascendencia, por ningún trabajo referido a las fiestas populares”.
Dos figuras destacan de los años 60 y 70, plantea David. Una es Barbarella, la estrella del Gran Poder. “Peter era hijo de cafetaleros de los Yungas, con mucho dinero. Sus padres hicieron de todo para que ‘se corrigiese’ y lo enviaron al extranjero a estudiar. Pero él eligió ser estilista. Conoció de cerca el mundo de las vedettes, argentinas y mexicanas”, hecho clave, se crea o no, para definir la estética de la china morena y, luego, de la caporal.
Peter traía al país pelucas de colores, voluminosas, y pronto se las calzó a la hora de unirse a los bailes en Chijini.
La otra figura es Ofelia, el orureño Carlos Espinoza, que reinó en el Carnaval y que le dio un giro de tuerca a una vieja presencia de la diablada, la china supay ñaupa (diabla vieja), que es encarnada desde los años 30 por varones, no homosexuales, como parte de la dinámica de la fiesta.
Varinia Oros, curadora del Musef, explica que la china morena o figura se fue alimentando en dos espacios, el orureño y el paceño, los que “interactuaron y se nutrieron uno al otro, construyendo una historia de ida y vuelta, no sólo entre sus personajes, sino también en lo que llamamos las ‘tendencias’ o modas en su atuendo, forma de bailar, etc.”
Cuando Ofelia decidió danzar, se dijo que iba a cambiar la figura de la ñaupa, que veía tosca, bufonesca. Así que se afanó en crear un traje más seductor, con encajes y transparencias, cancanes y otros detalles, además de acortar la pollera. Lo que sí mantuvo es la careta de la ñaupa.
Barbarella, en cambio, inspirada, como ya está dicho, en las vedettes, pero también en la figura de maja de los cosméticos de tal marca —ella solía repetir: “Soy la Maja”—, planteó el maquillaje cargado y un peinado batido para desafiar la gravedad. Y se puso al frente de la morenada.
David (Danna), en pleno proceso de ceñido del corsé, con ayuda de Varinia, resalta que  “ellas (Barbarella y Ofelia) fueron marcando la estética de la china morena: pollera corta, cancanes, corsé,  escotes, medias de malla y botas altas”.
Ocurre que en los 60 se había puesto de moda la minifalda, botas encima de la rodilla y plataforma. “Las chicas recogieron todo ello y lo sumaron a los elementos ya presentes en el folklore”.
Dice Varinia: “En medio de la fiesta de migrantes del campo, en el Gran Poder, a nadie le pareció raro o malo tener a estos bailarines”. Y Danna agrega: “Eran las reinas, las mimadas. Las fraternidades se peleaban por tenerlas en sus filas y les pagaban por esa presencia. Ofelia era traída de Oruro por la morenada Eloy Salmón, junto a su maquillista y peinadora”.
Ambos, antropóloga y travesti, coinciden: Entre cholos no se las discriminaba; fue en el contacto con una clase media occidentalizada que surgió la prohibición.
Varinia afirma haber verificado esa aceptación en 2011, cuando la Familia Galán—Danna, París (Carlos Parra) y Alisha (Andrés Mallo)— acudió al último ensayo antes de la entrada y la antropóloga preguntó a un preste si ellas podían participar. “La respuesta inmediata fue que sí y las personas les entregaban a sus niños para una foto”.
Esto tiene una explicación, dice Varinia, aunque admite que ella no ha investigado a fondo el tema en el área rural. Pero se anima a reflexionar sobre la palabra quechua quewa con que se designa al homosexual, que “creo que es visto como de buen augurio”, vinculado con la fertilidad. De hecho, “en la música hay sonidos quewa y en los aguayos también; y se pone a bailar a hombres como personajes femeninos”. “Cuando migras, no te desligas de tu cultura rural, de tu vivencia; al contrario, la reproduces, aunque de otra manera, con otros elementos y características”. Lo que se vería en las fiestas ya urbanizadas. 
Danna, ya unos 20 centímetros más alta, producto de las botas y el sombrero, recibe entonces una llamada. Es una diputada interesada en ayudar a la comunidad GLBT (gay, lesbianas, bisexuales y transexuales), en su búsqueda de legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo.
¿Qué lugar ocupa la fiesta en la lucha   reivindicativa? La china morena, lista para posar ante la cámara, argumenta: “Creo que la cultura es el espacio para dialogar y discutir los temas de la diversidad. No se trata sólo de normas, sino de construcciones culturales. El pensarnos como personas diversas es el reconocimiento de que en ‘nuestras’ culturas hay personas con distintas identificaciones. ¿Qué son el quewa y el quewsa? Basta de creer que el ser gay o lesbiana o travesti es una importación del extranjero, desconociendo que ellos han estado presentes en procesos culturales históricos de Bolivia”.
Por ello el libro, las exposiciones, las entrevistas a los travestis sexagenarios y septuagenarios. “Queremos enfatizar en el aporte de estas personas homosexuales que, tal vez sin intención de revolucionar con un personaje tan reconocido como la china morena, hicieron su aporte. Por eso buscamos que, cuando se hable del Gran Poder, del Carnaval de Oruro, se reconozca a los gestores de la creación de personajes esenciales de estas fiestas”.
Las figuras travestis, ciertamente, se incorporaron de lleno en la morenada —una danza que antes de ellas era de hombres— y las mujeres que ocuparon luego ese lugar asumieron la estética de aquellos, a la vez que añadieron otros elementos: trenzas, sombrero...  Y luego se dio el salto al caporal, danza construida en La Paz, en los 70, sobre el baile de los negritos (en la que también los travestis introdujeron a la rumbera). 
“Por todo ello creemos que el espacio fundamental para discutir sobre identidad sexual es la cultura. Las fiestas, como parte de ella, han sido siempre elemento de transgresión, de denuncia, de choque contra el colonialismo, se mofaban de los controles, de los mandatos, del poder”, se explaya Danna Galán, abanicando sus palabras con las pestañas. “Obviamente, la participación de población trans, homosexual, en las fiestas enuncia su incorporación y plantea que somos parte de este país”. Y también “cuestiona a la ciudadanía y plantea que en este estado todos somos parte de la fiesta, y no vamos a poder cambiar si no podemos bailar”. En definitiva, “nuestra participación es no sólo estética cultural, pues en estos espacios festivos se interpela, se plantea, se hace política”.
Con los Galán, los travestis han vuelto a la fiesta. Como figuras, como cholas ñaupa o como los Waphuri Galán de la kullawada, “con ropa folklórica pero con estética muy maricona”. ¡A bailar se ha dicho!
Nota publicada en La Razón, suplemento Escape, el 6 de mayo de 2012

jueves, 29 de mayo de 2014

Los amores y desamores de Norma Merlo


La actriz argentina llegó a Bolivia en mayo de 1975. La trajo un joven de 23 años que le aseguró, para poder conquistarla, que tenía 38.

Norma Merlo.

Mabel Franco,  periodista

De la estación La Dulce, del pueblo argentino Nicanor Olivera, se llevaron a Norma rumbo a Necoechea. Tenía seis años de edad y nunca más volvería a esa tierra que la vio nacer. "Son seis años que borré completamente de mi memoria. Alguna vez, cuando me hicieron una regresión, el psicólogo me dijo que es un vacío que ha pesado en mi vida… Es una carga no saber quién soy, el sentir que no tengo raíces".

A Norma la criaron la partera Catalina y su hija Carmen, quien se convirtió en una hermana mayor para la niña. Esas mujeres le dieron el cariño que la madre había decidido quitarle.

¿Lo de Merlo, Norma?
 
"Es el apellido de la mujer que me tuvo allá en el 34. En mi partida de nacimiento decía madre: Alcira Merlo; padre: desconocido".
 
Los recuerdos que sí están en la memoria de Norma Merlo son los de la niñez en Necoechea, donde creció estrechamente ligada a Carmen, quien "se desvivía por mí".
Traviesa, inquieta, la pequeña Norma difícilmente tenía amiguitas. "Les rompía los juguetes, así que no me llevaba bien con ellas". Prefería ir a cazar pajaritos con los chicos. "Me vestía como hombre y paraba en los lugares que dejaban los circos o los gitanos, a ver si habían olvidado algo".

¿Actuabas ya?
 
"Me gustaba actuar, siempre hacía payasadas". Claro que las maestras preferían que las niñas recitasen, "y yo me sabía las poesías, pero a mí nunca me elegían… Era negrita, era fea, pero sobre todo ¡armaba cada despelote!".

A los 18 años, la inquieta joven, "y mala estudiante", quería, como mucha gente de la provincia, irse para Buenos Aires. Así que, con el argumento de estudiar en la capital, hizo su segundo salto hacia un lugar nuevo,
aunque esta vez decidida y sola.

"No estudié, ¿sabés? Tuve que ponerme a trabajar". 

En todas partes le pedían referencias, experiencia, "y yo no tenía nada, pero igualmente me coloqué en un laboratorio de drogas medicinales".

La muchacha espigada y alta recibió la misión de envasar pastillas en tubitos. "Yo era terrible, siempre de joda". Las empleadas se organizaban por mesas, junto a una capataza. "A mí me gustaba mucho una artista, Lolita Torres (la madre de Diego Torres), así que me la pasaba cantando sus temas". A los tres meses la despidieron. Y por ese tiempo falleció su mamá Catalina.

El segundo empleo lo consiguió en una farmacéutica de penicilina. "Me tocó armar cajas. No hablaba ni cantaba y, mirá vos lo que son las cosas, el capataz, un viejo español, y su hijo me llamaron un día para decirme que apreciaban mi dedicación y me ascendieron".

Un llamado de su hermana Carmen la hizo volver a Necoechea "y dejar mi buen empleo". Pero ya el bichito de la capital había anidado en la joven, así que convenció a ese ser tan querido para que la dejase seguir su camino.

¿Cuándo te hiciste actriz?

De vuelta en Buenos Aires, un golpe de suerte la ubicó en la empresa estadounidense Standard Electric, en la sección Caja. "Volví a las andadas, no estaba seria en el trabajo, yo era la que organizaba despedidas, fiestas… Un día, me caí con estrépito y el jefe se asustó, pero cuando me vio volvió a su labor diciendo: 'Ah, la Merlo'". 

Allí se quedó Norma 19 años. Y comenzó a actuar, pues en los últimos años de auge de la empresa y con el fin de crear un buen clima entre los obreros, los ejecutivos decidieron abrir espacios de danza y actuación.

"Me anoté en seguida en teatro y el instructor —un flaco, rubio, desteñido— nos dio a leer Prohibido suicidarse en primavera (Alejandro Casona)". Lo que era un juego para el resto, Norma se lo tomó, por vez
primera, muy en serio. El muchacho llamó a todas las chicas para decir el texto de la enfermera Alicia. "A mí no me llamaba, pero yo aprovechana para anotar todo lo que les decía a las otras". Ya cansado, el instructor decidió probar a la última, a Norma. Al terminar ella el parlamento, "el hombre estaba rojo de emoción".

¿Y el amor, Merlo?

Fue esa experiencia la que le permitió a la actriz en ciernes conocer a su primer enamorado. Se llamaba Alfredo y pasó a dirigir al grupo. Norma destacaba y él le encomendó un monólogo. "Lo representé, pero una chica que estudiaba actuación me vio y me dijo que el monólogo es la última etapa para una actriz; y no lo hice más sino hasta que trabajé en Bolivia, muy metida ya en el ambiente teatral".

El taller marchaba. Un día, un actor la vio trabajar, se le acercó y le dijo: "Tienes condiciones, pero eres un diamante en bruto". Le sugirió acudir a Nuevo Teatro, un espacio en la calle Corrientes dirigido por Pedro Asquini y Alejandra Boero.

"Viajaba a diario, al salir de la fábrica, en colectivo, tren y otro colectivo". Hizo papeles chicos, pero aprendió mucho junto a compañeros como Héctor Alterio. De hecho, Asquini la eligió para formar parte del elenco; pero sobrevino una división y "me fui con los rebeldes, de hecho me casé con uno; se llamaba Ricardo y era más joven que yo por nueve años y medio".

El matrimonio duró 30 meses y se acabó por cosas del teatro.

¿Cuándo aparece Pedro?

Ya con 40 años, Norma pasó a formar parte de una comunidad teatral integrada por Bruno Bert (hoy en México), su esposa Alejandra, Isabel (amiga de Norma) y un boliviano llamado Pedro Susz.

"Pedro, interesado en el cine, no me daba ni la hora". Cuando Bruno le pidió que tomara fotos de la teatralización de los poemas de Prévert, se sintió desilusionado al no encontrar al fotógrafo al final de la función. Luego sabrían todos que
el texto dicho por Norma, aquel de "Para qué la guerra/ para qué la sangre", había conmovido tanto al boliviano que tuvo que salir para no delatarse ante sus compañeros.

Desde ese día, Pedro se mostraba atento con Norma. "Hasta que un día, decí dónde se le ocurre ponerse cariñoso; casi nos entramos en la heladera que yo estaba limpiando".

La dictadura de los 70 en Argentina se endurecía. Las requisas, sobre todo a los artistas, menudeaban. "Si te digo de irnos a Bolivia, ¿aceptarías?, me preguntó Pedro". La pareja llegó a La Paz en mayo de 1975, luego de pasar sustos por la vigilancia estrecha que el régimen de Hugo Banzer tenía ordenada en el país. La familia Susz quedó sorprendida, pero Pedro le tenía reservada una sorpresa mayor a su compañera. 

"Tocó renovar la cédula de identidad de Pedro. Quedamos en encontrarnos en el cine Monje Campero luego del trámite. Un joven con sólo un bigote me sonríe y yo no le reconozco". Él, que había dicho tener 38 años amparado en su frondosa barba, resultó no contar sino con 23.

La pareja se casó un buen día en la zona de Miraflores. Los familiares planificaban una fiesta, pero Pedro y Norma se adelantaron y eligieron una ceremonia sencilla, sólo con dos amigos de testigos. Luego comieron un plato de carne de cerdo en algún local muy cerca del estadio Siles.

Ella le dijo, desde el primer momento, a su esposo —a quien apoyaría en todo, por ejemplo la construcción de la Cinemateca Boliviana
, "quiero hacer teatro". Norma Merlo lo haría, contra viento y marea, ganándose el título de la Dama del Teatro en Bolivia.

"Soy parte de este país. Aquí obtuve trabajo, conseguí papeles protagónicos y gané amigos". Uno de ellos Carlos Mesa, quien como presidente de la República, el 17 de noviembre del 2004 la invitó al Palacio de Gobierno para imponerle la Medalla al Mérito Cultural.

Nota publicada en Escape, de La Razón, en 2004

Merlo es Juana Azurduy

Mabel Rivera, directora de teatro (fallecida en 2015), recordaba a la Merlo que se puso a sus órdenes para dar vida a Santa Juana de América, una obra convertida en serie televisiva.
"Otelo" con Gonzalo Sánchez (der.) y Daniel del Castelo como Yago.

“Norma Merlo hizo una Juana inolvidable”, suspira la directora. Era 1979 y la actriz argentina, para entonces una boliviana más, encarnó a la revolucionaria chuquisaqueña con tal pasión que, como ella misma contó, el personaje la absorbió aun fuera del set. Merlo recordaba no hace mucho que en esos días, al pasar por el Palacio de Gobierno en la plaza Murillo, y ver a los colorados cuadrándose, pensaba que lo hacían por ella, por la teniente coronel.
Rivera añade: “Filmamos exteriores en Achocalla. La escena en la que Juana entierra a sus hijos nos sobrecogió a todos. Norma rascaba la tierra y se la frotaba en los brazos hasta el grado de lastimarse. Le dije que no era necesario; pero ella me contestó que estaba expresando el dolor de una madre, que la dejase hacer”. En otro momento, “cuando ella se despide de Manuel Ascencio Padilla (Germán Calderón), con un “hasta pronto, mi comandante”, y uno sabe que es el adiós final, la emoción era tal, que todos nos quedamos en silencio, mientras las lágrimas corrían por las mejillas incluso de los camarógrafos”.
Para Santa Juana de América, Rivera contó con la colaboración de las Fuerzas Armadas. El Comandante (Luis Arze Gómez, nada menos), que pronto se haría famoso, la recibió en el Colegio Militar y en persona la asesoró en la elección de armas, una carpa y el uso de los grados para el ejército español. Al salir con la carga, el militar le hizo una broma: “Señora, si la ven con tantas armas van a creer que usted está conspirando”.  “Será con usted, coronel, porque yo sola...”. 

Dicho y hecho
Por el aniversario del nacimiento de Azurduy, el 12 de julio de 1980, Rivera decidió volver a pasar la obra. Unos días más tarde, el 17 de julio, la directora fue recibida en el canal por Eduardo Pachi Ascarrunz,  con la noticia del golpe de estado, encabezado por Luis García Meza. Las escenas de interiores de la obra se grabaron en video y los exteriores, con caballos y una jinete que dobló a Merlo en los episodios de cabalgata, en cine.
Después de una pausa obligada por el golpe, El Arlequín de adultos volvió al Canal 7 por un tiempo más, en el que, ya con la televisión a color, produjo las obras El delito en la isla de las cabras, Fedra y La señorita Julia, entre otras.
“Sabe Dios cuánto hicimos y nada queda. El canal estatal no tiene memoria”, lamenta la teatrista. Lo poco 
que queda son fotografías y recuerdos.

Norma Merlo: ‘He recibido tantas cosas ya de Bolivia’

Norma Merlo en su papel de Chaplin, durante el avance de obras de la Cinematea Boliviana.


La primera película que hizo Norma Merlo es Piso 24, que dirigió Pedro Susz en los 70. Y cuando este hombre, junto a otras personas como Carlos Mesa, se propuso fundar una cinemateca para preservar el patrimonio audiovisual boliviano, Merlo ofreció su trabajo.


Esta Norma Merlo, argentina de nacimiento, pero boliviana por elección, será la primera en recibir el galardón creado por la Cinemateca Boliviana, el Premio Semilla que se le entregará esta noche.
Quienes han seguido de cerca el trabajo de la institución, recordarán a Merlo recorriendo las calles con la correspondencia y los boletines de prensa para difundir los ciclos de cine y otras actividades. “Me uní a los chicos —se refiere a Susz y Mesa— para ayudarles con el trabajo, cuando la Cinemateca se desenvolvía en la Casa de la Cultura”. Era 1976. Luego, los siguió a las instalaciones que ocupó la entidad en la calle Pichincha, en 1978.
“Yo hacía de todo. Éramos muy pocos, así que había que colgar afiches, llevar la correspondencia, o vender entradas y recibir al público si era preciso”, describe su labor cotidiana durante dos décadas, antes de que la Cinemateca se trasladara a sus instalaciones propias. “La antigua Cinemateca, con ratones molestando de vez en cuando, con asientos duros, que si alguien alto se sentaba adelante no te dejaba ver la película, sino por un costado, era muy querida por la gente; todos la queríamos”, añora ahora que ni Susz ni Mesa ni ella son parte de la entidad que ayudaron a fundar y a desarrollarse.
Cabe preguntarse cuánto del apoyo que logró la entidad, cuando solicitaba dinero para construir el edificio nuevo, se debió a la campaña a la que dio rostro Merlo, quien caracterizada como Charles Chaplin pasaba la alcancía o difundía el número de cuenta para los depósitos.
Una anécdota que pinta bien la forma de ser de Merlo la cuenta ella misma. “La calle Pichincha era tranquila; la gente sacaba su silla para sentarse allí y dar de comer a las palomas; pero también estaban unos chicos que aparecieron cierto día y de los que se decía que vendían drogas. Yo pasaba a diario y me saludaban todos, y estos chicos inclusive me abrían la puerta del taxi, como grandes caballeros y camaradas”.

Actriz
Paralelamente, la carrera actoral de Merlo se fue concretando en el teatro, pero también le abrió las puertas del cine. Luego de Piso 24 hizo La ciega, que dirigió Matías Marchiori. “En ambas me mato, me tiro de un edificio en una y de un balcón en otra”, se ríe la actriz.
Antonio Eguino la convocó en los 80 para Amargo mar, “yo filmé escenas y mi nombre aparece en los afiches; pero no aparezco en la película, mis escenas no fueron incluidas”, ríe más.
Así que, tener “un personaje con texto y todo, en El día que murió el silencio, de Paolo Agazzi, qué maravilla”. Porque en una anterior, “en Cuestión de fe, de Marcos Loayza, yo parezco la pantera rosa: paso por la escena y desaparezco velozmente”.
Todo esto lo cuenta Merlo con el acento argentino, que no ha perdido en los 37 años que vive en La Paz.  El mismo con el que cada lunes graba en radio Deseo un programa de cuentos a Martín Céspedes. El título de Dama del Teatro de Bolivia y la Medalla al Mérito Cultural, que le entregó su amigo Mesa, como presidente de Bolivia, la hacen suspirar y decir: “¡Cuántas cosas que ya me ha dado Bolivia!”. 

Merlo fue la ‘mujer orquesta’
Pedro Susz, exdirector de la Cinemateca y esposo de Norma Merlo, recuerda que este espacio se construyó en base al esfuerzo general de todos. “Y por supuesto, Norma hacía, en ese todo, algunas de las cosas más sacrificadas”, indica Susz.
Desde vender boletos, hasta barrer la sala, pasando por hacer los registros para la cartelera de los periódicos, distribuir la publicidad, recoger las películas y la parte administrativa, Merlo aportó “en varias dimensiones para que la Cinemateca se pudiera consolidar”, rememora el exdirector.
Elizabeth Carrasco, que actualmente se encarga del Centro de Documentación de la Cinemateca, trabajó varios años codo a codo con Merlo en el antiguo predio. “Es una persona muy religiosa, entonces, tiene de alguna manera ciertas cábalas, y es muy metódica”, menciona.
A la “mujer orquesta” de la Cinemateca le gustaba, por ejemplo, según cuenta Carrasco, ir siempre a la misma agencia del banco a pagar una factura. “Si hubiera sido posible, habría ido ante el  mismo cajero, eran cosas de rutina que para ella eran importantes”.
La excompañera también menciona que Merlo es muy detallista y que se preocupa por aspectos que otros pasan por alto. “Se preocupaba porque los chicos no carguen demasiado cuando iban a recoger películas, cuidaba que no se lastimen la espalda”, dice.

Nota publicada en marzo de 2012, en La Razón