martes, 26 de abril de 2022

Reencuentro en Tembladerani

Estamos vivos. Esto nos recuerda, en la coyuntura que todavía intentamos superar, la creación de Tabla Roja: su Tinkunakama, claro, pero representada en sala propia, con gente festejando codo a codo que aun de la muerte se puede volver.


"Tinkunakama... hasta el encuentro". Foto: Tabla Roja

Mabel Franco Ortega, periodista 

Hay funciones y funciones de teatro. He visto cuatro de la obra “Tinkunakama… hasta el encuentro” y la más reciente ha sido para mí la mejor. Puede ser porque el elenco de la Compañía Tabla Roja la ha trabajado tanto, desde su estreno en 2019, que se ha apoderado ya de muchos de sus secretos, del ritmo que debe imprimirle, del tiempo que se vive desde dentro. Puede ser el reencuentro carnal entre artistas y público. Puede ser la intimidad que posibilita un espacio en el que el escenario está a pocos pasos de los espectadores. O tal vez confabuló el hecho de que la velada a la que me refiero fuera especialísima: la apertura del hogar propio de la compañía: ¡una celebración!

Todo eso ha debido ser. Lo cierto es que esa conexión que se vive a veces en un teatro, de existir una cámara capaz de registrarla se vería como haces de electricidad yendo y viniendo, configurando eso que se conoce como placer.

El espacio propio, pero de todos

La comedia y la tragedia son lenguajes que Tabla Roja ha explorado en sus 13 años de búsqueda y experimentación escénica, con ejemplos destacados como “Simplemente rojos” –   clown–, “Los hermanos Vargas” –coreografía teatral– o “Carnaval” –máscaras e improvisación–. Ariel Baptista, Mayra Paz y Alejandra Quiroz han sido el eje de esas obras: sea actuando, produciendo o diseñando las formas (máscaras, vestuario) más adecuadas para dar vida a las ideas y las emociones. Al ser una compañía, como se autoidentifica el grupo, muchas personas han pasado por ella, hasta llegar a los 13 integrantes actuales, los que tienen el reto de sostener el centro cultural propio: El Gallinero.

En la jerga teatral, el gallinero es la galería, es decir el espacio que dentro de un teatro clásico, está ubicado en la parte más alta del área destinada a los espectadores. Quienes allí se instalan pagan menos, pero deben soportar la incomodidad de la lejanía, de la mirada en picada y de puntos ciegos si no se tiene la suerte de conseguir un asiento de frente al escenario.

La galería, en un teatro hecho a imagen y semajanza de una sociedad estratificada, es para el pueblo. Antes, cuando ir al teatro era un acontecimiento especial, se podía acudir a galería sin frac y sin estolas de pieles. Se podía comer y reaccionar al espectáculo sin el acartonamiento de platea y palcos.

El Gallinero de Tabla Roja es un teatro de cámara en el que escenario y platea son uno solo. No hay sino una gradería para todos. Pero quiere –quieren sus ideadores– que allí esté el pueblo: ése que llora o ríe a los gritos, que come y que saca fotos con el celular. Hay un gesto de rebeldía en esas libertades que el grupo le reconoce explícitamente al público y hay un guiño de complicidad con el que pretende seducirlo.

El Gallinero es también un teatro de barrio, es decir de un lugar distinto del centro de La Paz. Está ubicado en la parte alta del macrodistrito Cotahuma, más propiamente en la zona de Tembladerani que, según datos municipales de 2016, tiene más de 53 mil habitantes, de los cuales, si se sigue la pauta de la población de todo Cotahuma, casi la mitad son jóvenes menores de 25 años y casi el 25% son personas en edad escolar (de entre 5 y 19 años). Ése, aunque no exclusivamente, es el público potencial para los espectáculos y otras actividades como talleres que tiene en agenda Tabla Roja.

Las alianzas son la estrategia de la compañía y, como se ha visto en la programación de estreno, diversidad de grupos –incluidos los que tienen sus propios espacios- han sido parte de El Gallinero, como seguramente seguirá pasando.

Esos muertos, tan vivos

 

Tinkunakama en El Gallinero, el 26 de marzo de 2022. Foto: Mabel Franco

Voy a volver a mi asiento en primera fila de El Gallinero la noche del de marzo. Desde allí, entre una treintena de espectadores, viví intensamente ese encuentro de vivos y muertos. De eso se trata “Tinkunakama”, una versión teatral de la novela “El run run de la calavera” (Ramón Rocha Monroy) narrada en el lenguaje del clown y con medias máscaras no solamente expresivas, sino estratégicas para la multiplicación de roles de los siete actores.

Es Todos Santos y los muertos en el cementerio están listos para recibir la comida y la chicha que van a llevarles sus familiares. Una rebelión de los habitantes del cementerio del pueblo, con bloqueo de camino incluido, provoca que todo se transtorne y que quien respira y los que no se vean las caras. La Muerte, una chola risueña, acude para poner orden. Vanidosa como es, cae en la tentación de competir y el pícaro demuestra de qué está hecho.

Las situaciones son divertidas; pero resultan mucho más por las reacciones del público. Ésa es la fuerza del teatro: la proximidad no solamente de artistas y público, sino de espectador y espectador. Cómo no va a ser contagiosa la carcajada de alguien –y la noche de marras alguien entendió bien lo que significa estar en un gallinero- si de asistir a una comedia se trata. Si a eso se suma la extraordinaria capacidad de Ariel Baptista –el pícaro- para improvisar y aprovechar las situaciones imprevistas e incorporarlas a la trama, incorporando al espectador en ella, la fiesta está garantizada.

Con “Tinkunakama” se puede ceder a otra tentación, como hace la Muerte, a riesgo de salir no muy bien parada: preguntarse sobre qué es el “teatro boliviano”. Es un teatro, diríamos, que bebe de las tradiciones que muchos tenemos incorporadas en la memoria porque alguien nos las contó: la abuela, la madre. Se alimenta de nosotros, es decir con ropajes que reconocemos como de aquí, aunque no todos las llevemos: mantas, ponchos, polleras, lluchus. Se refiere a costumbres cercanas a nuestro cotidiano: beber por todo y pensar que también lo hacen así los que yacen bajo tierra.

Pero, no hay folklorismo en ello. No hay con Tabla Roja el afán de regodearse en lo nuestro, lo propio, lo cotidiano como algo único e insuperable. Es hablar desde lo que se conoce, lo que se valora para bien y por lo malo –hay que ver lo machito que es el pícaro- para que cualquier humano lo comprenda.

Hay un detalle más que apreciar con este “Tinkunakama”. Algo coyuntural, para usar lenguaje de prensa: estamos vivos pese a tanta muerte reciente y el teatro en sala, con todos respirándonos aun con el barbijo, nos lo ha recordado. Porque no es lo mismo reírse ante la computadora que reírse más fuerte porque el otro se carcajea.  

        * Esta nota se publicó en la Revista Rascacielos, el 24 de abril de 2022.