lunes, 30 de mayo de 2016

La Paz de Chuquiago (archivo)


En 2012, en el aniversario 35 de la película de Antonio Eguino, el director y su asistente, Guillermo Aguirre, aceptaron hacer un recorrido por los lugares paceños en los que se ambienta Chuquiago. La prodigiosa memora de Aguirre, fallecido en mayo de 2016, y su archivo de fotos del rodaje, permitieron reconstruir esta historia. La nota es ahora un homenaje a su memoria.
1977, equipo de filmación mira La Paz desde el barrio de El Alto.
2012, Antonio Eguino y Guillermo Aguirre miran La Paz desde la ciudad de El Alto. Foto: Pedro Laguna.

Mabel Franco (12/07/2012)
 
Parado en el mirador de Killi Killi, junto a Óscar Cacho Soria (+) y Luis Espinal (+), el cineasta Antonio Eguino les señaló la ciudad de norte a sur. Les dijo que la película que tenía en mente debía contar cuatro historias de cuatro habitantes en distintos puntos de esa La Paz descendente. “Desde aquel punto podíamos ver tanto El Alto como la zona Sur de Chuquiago”, dice ahora el director mientras observa el paisaje de la ciudad, esta vez, julio de 2012, desde la curva de Villa Victoria. Esa misma perspectiva, ciertamente menos poblada de casas en la década de los 70, fue la que inspiró a Matías Marchiori (+) el afiche de la película que llegó a la gran pantalla en 1977, es decir, hace 35 años.

Afiche de "Chuquiago" diseñado por Matías Marchiori.
Eguino ha aceptado la invitación de Escape para recorrer los sitios en los que se filmó Chuquiago, la película más taquillera de la historia del cine boliviano: 250 mil espectadores no superados hasta hoy. Para hacer esa travesía ha sido convocado Guillermo Aguirre, quien hizo la asistencia general en la película, actuó y fue “el chivo expiatorio” de los arranques de nervios e impaciencia del cineasta, se quejará varias veces “del jefe”, un poco en broma, mientras Eguino le pedirá siempre que no exagere.
Plaza del Scout: Guillermo Aguirre y Antonio Eguino. Foto Pedro Laguna
Nueve de la mañana. Plaza del Scout, inicio del viaje en el tiempo y el espacio. En una esquina de este sitio ubicado en la zona de Miraflores vive Aguirre. “Qué casualidad”, se sorprende como si lo descubriera ahora mismo, pues allí se filmó una escena de Johnny (Edmundo Villarroel +), el hijo de migrantes aymaras, universitario, con sueños de superación. Ahí es donde Johnny camina junto a una joven de clase media (Mirtha Dávila) a la que desea conquistar; de pronto se detiene delante de ellos una petita y baja el tío de la chica y la cuestiona: “Martha, ¿qué haces con ese cholito?”.
Eguino pide a su antiguo ayudante no olvidar que Tito Landa (+), el tío, no sabía conducir. Alguien, cuyo nombre ya no recuerdan, tuvo que manejar los pedales recostado en el piso del auto, mientras el actor sólo movía el volante.
La historia de Chuquiago se remonta a 1970, va a decir el director en algún momento del viaje entre La Paz-El Alto-La Paz. “El rector de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), Pablo Ramos, me había pedido hacer un documental sobre la Revolución Universitaria. Empezamos a preguntar y había de todo en las respuestas, menos una coherencia respecto del sentido de tal revolución. Con Cacho —el guionista de Chuquiago y de muchas películas  bolivianas fundamentales—, y en vista de que nuestras oficinas estaban al lado de la UMSA, decidimos invitar al azar a los estudiantes para entrevistarlos. Reparamos así en que había gente de todos los estratos sociales: desde el migrante que habitaba en El Alto hasta la chica de familia rica de la zona Sur, y cada uno pensaba la Revolución Universitaria a su manera”. El resultado fueron varias horas de filmación; pero el documental no se hizo, porque muy pronto, en 1971, llegó el golpe de Estado encabezado por Hugo Banzer. Sin embargo, la información quedó rondando en la mente de Eguino. Y luego de Pueblo chico, de 1974, en plena dictadura se comenzó a preparar Chuquiago.

Isico. La historia inicial es sobre un niño campesino que llega a La Paz. Su primer contacto es El Alto, que por los 70 era un barrio más de la ciudad, bastante marginal.  “Cacho, hábilmente, creó esta historia”, dice Eguino. Había que encontrar al niño, en tiempos en que no había personas profesionales encargadas de buscar a los actores (casting) y todo se hacía de manera amateur. “Visitamos mercados, pero los chicos se asustaban, al igual que sus padres”.

Isico (Néstor Yujra) con mamá Candicha (Alejandra de Quispe).

Mientras se preparaba la filmación, el equipo, del que era parte Paolo Agazzi (asistente de dirección), buscó un asesor en idioma aymara. En la universidad había un joven profesor, Víctor Hugo Cárdenas (hijo de campesino migrante que llegaría a la Vicepresidencia de la República), que les dio clases y les presentó a su padre, Pedro, quien los guiaría hasta la zona del lago Titicaca, de donde era oriunda la familia. “Cuando llegamos a Huatajata se nos acercó un niño, sobrino de los Cárdenas, al que vi y me dije: ‘Éste es Isico’. Permisos de por medio, Néstor Yujra se trasladó a La Paz y vivió con Cacho Soria mientras duró el rodaje de su historia (marzo-abril de 1976).
Pedro Cárdenas actuó también. Es el tío que arriba a El Alto y entrega al niño a una vendedora de café —mamá Candicha (Alejandra de Quispe)— para que aprenda a  sostenerse en la ciudad.
La mayor parte de las escenas de exteriores de Chuquiago son las de Isico, y El Alto, además de la zona oeste de La Paz, el escenario. La actual avenida 16 de Julio, cerca de la Plaza de la Liberación (Túpac Katari) es la esquina donde vendía en verdad Quispe. La invitaron a actuar y ella aceptó encantada. Por ese entonces, recuerda Aguirre, guía providencial, pues, tiene una memoria prodigiosa, el lugar era una pampa de tierra, con puestos de venta de plátanos y verduras, sogas y otros enseres,  y la plaza no era sino un pequeño espacio en medio de casitas de adobe. ¡Quién iba a imaginarse que ese sitio se convertiría en parte de la inmensa Feria 16 de Julio, centro de una urbe autónoma!
Isico se convierte, pues, en ayudante de la vendedora de café. Carga los bártulos para instalar el puesto y no se da cuenta de que unos pícaros le roban el queso del atado. Esa escena, un travelling, se hizo con un carrito que fue prestado por la empresa de ferrocarriles, recuerdan Eguino y Aguirre.
Cosas del cine, “el arte de mentir”, el puesto de mamá Candicha se instaló para fines de filmación en otro punto ajeno al original. El director quería un sitio sin mucho ruido, así que el equipo se fue a una especie de descampado, detrás del actual Cristo, en la Av. Panorámica. Desde allí —hoy irreconocible por el asfalto y muchas casas de ladrillo—, se filmó —con ayuda de una grúa para cambiar luminarias facilitada gracias al alcalde de entonces, Mario Mercado— el descubrimiento de La Paz por parte del niño: la hoyada le atraerá como un imán y hacia ella bajará por un sendero que todavía existe, pero que está separado de la ladera por una malla de metal.

Johnny. Desde Villa Victoria, la cámara descubre un conjunto de viviendas de ladrillo en el límite entre El Alto y La Paz. Allí vive el protagonista de la segunda historia: Johnny, sobre cuya vida, como con las de Carloncho y Patricia, se tuvo que esperar hasta septiembre para la filmación, pues en julio fallecería la madre de Antonio Eguino.
El joven melenudo Edmundo Villarroel fue presentado al equipo por Paolo Agazzi. “Lo hizo muy bien”, dice el director que recuerda haber visto a su actor tiempo antes de su muerte, en Cochabamba, atendiendo una chicharronería, “gordo, gordo”.
Como padres de ese personaje actuaron Fidel Huanca —que también haría de chasqui en Amargo mar (A. Eguino, 1984)  — y su esposa Julia de Huanca (+).

 Johnny (Edmundo Villarroel) y Zorro (Guillermo Aguirre, de frente) en una escena del film.
Johnny camina por el oeste de La Paz y por Miraflores, como ya se ha dicho. Y se reúne en el bar Los Amigos que había en la Garita de Lima, con Zorro (Guillermo Aguirre) y Wattiras (Hugo Pozo). Este último convencerá a Johnny de robar para tener plata. La casa cuya cerradura deschapa el pillo está en la 20 de Octubre y J. J. Pérez, muy abierta hoy en día, pues da paso a un negocio.
Como anécdota, Eguino cuenta que entonces no se estilaba cuidar del vestuario, como pasa hoy con profesional celo. “Johnny llevaba una chamarra de cuero y una camisa. En medio del rodaje viajó a Cochabamba y perdió la primera prenda, mientras la segunda quedó rasgada por una pelea. Tuvimos que conseguir la chamarra y remendar la camisa”.

Carloncho.  Para dar vida a Carloncho, el burócrata clasemediero, se recurrió a actores que, como David Santalla, tenían ya larga trayectoria en el teatro. “Nos reunimos con ellos —además de Santalla, Tino Lozada, Pablo Dávila y Raúl Ruiz— y les pedimos ensayar escenas del guion. Cacho fue ajustándolo con las sugerencias de los actores”. Santalla demostró ser un profesional: disciplinado, puntual, destaca el director. De hecho, él aportó mucho, “le salía espontáneamente”, al personaje que, dentro del drama, tiene chispas de humor.
Carloncho (David Santalla) en el bar Oruro.
El viernes de soltero, que se traduce en reuniones de amigos para beber, en la película fue registrado en un restaurante de la calle Ingavi y Pichincha, hoy cerrado, de nombre Oruro. “Por poco causamos un incendio, pues, sobrecargamos los cables por la cantidad de luces necesarias para la filmación. Quise advertir al jefe, pero me mandó a cumplir con el trabajo y eso hice”, recuerda Aguirre parado frente a la vieja casa de estilo republicano.
La casa donde se hallaba el bar, en la Ingavi y Pichincha. Foto Pedro Laguna.
Otra escena memorable es la visita de los amigos a un prostíbulo. Había uno en Villa Fátima regentado por una madame que aceptó colaborar encantada.
“Recuerdo que llegamos al lugar, yo iba con mi esposa, Danielle Caillet (+), quien hizo la foto fija de Chuquiago (también Pedro Susz), y la señora, luego de haber acordado lo que haríamos, me dijo: “Don Antonio, ¿no quiere probar la mercadería?” (el cineasta imita el tono araucano para recordar el episodio en medio de las chicas chilenas). 
Sobre el boliche exacto, no hay acuerdo entre Eguino y Aguirre. Que estaba por el puente Minasa, no hay duda. Pero sí sobre si era El Redondo o El Zepelín.
Discusiones de por medio, una anécdota famosa, cien veces contada, ayuda a zanjar el tema. “Como encargado de la continuidad trabajó en Chuquiago el padre Luis Espinal. La noche en que filmábamos las escenas con las chicas, Luis salió a la puerta del local para fumar un cigarrillo. Acertó a pasar por el sitio un taxista que conocía bien al sacerdote. ‘Padre, qué hace usted aquí’, preguntó sorprendido. Y un Luis muy tranquilo le contestó: ‘Trabajando, hijo’”. Aguirre salta: “Ve, jefe, no pudo ser El Redondo —que estaba en un callejón al que no entraban los autos—, sino El Zepelín”.
Otros espacios por los que se mueve Carloncho son el Palacio Consistorial, donde es un funcionario más; un departamento en la calle Pedro Kramer, donde desayuna y hace bromas a sus hijas —una de ellas verdadera y las otras dos, de Tino Lozada—, y el Cementerio General.

Patricia. Para la última historia, sobre un vecino de la residencial zona Sur, Eguino había solicitado la ayuda del escritor y diplomático Wálter Montenegro (+). Éste, luego de echar un vistazo al guion, llamó machista al cineasta, ya que las cuatro historias tenían que ver con varones. El autor del libro de cuentos Los últimos se dedicó a perfilar a Patricia, esa joven de familia acomodada que estudia en la UMSA, que se une al entusiasmo universitario de luchar contra las injusticias y por el cambio social, pero que termina cediendo ante sus padres, dejando de lado elamor por un matrimonio de conveniencia. 
Eguino, que daba clases de cine en la Universidad Católica Boliviana, tenía una alumna “muy simpática, rubia, de muy linda voz”. Le hicieron una prueba, “y me di cuenta de que no iba a funcionar; se lo dije y ella lo tomó de tan buena manera, que inclusive me sugirió a Tatiana Aponte para el papel”. Le hablaron, pero ella no aceptó. La amiga tranquilizó al equipo y cumplió con el compromiso de convencerla.
Las escenas en la UMSA son sólo las exteriores. Las del aula, con un dirigente revolucionario arengando a los estudiantes (Andrés Canedo), se hicieron en una casa de la calle Jaimes Freyre y pasaje Muñoz Cornejo, en Sopocachi. Un muro de esa vivienda (que acogió a Jaime Paz Zamora y al propio Paolo Agazzi a su llegada a Bolivia desde Italia, dice Aguirre) es el que trepa la pareja de Patricia y Rafael (Julio César Paredes) cuando las fuerzas represoras asaltan la universidad. Se dice en el film que es un muro de la UMSA, pero así es la magia del cine.
Patricia (Tatiana Aponte) al centro,junto a sus padres.
Muchos de los que hicieron la película han fallecido, como delatan las crucecitas que pueblan esta nota (Nota: hay que sumar una junto al nombre de Aguirre). Hay lugares de La Paz que ya no son lo que eran. Como la casa con piscina en la zona de Calacoto que ha sido reemplazada por un edificio, o el muro de la avenida Montes, donde se  filmó la última escena: Patricia, en el auto  de su marido (Roberto Cozzi) mira triste el exterior. Sus ojos se encuentran entonces con los de un niño vestido pobremente: Isico. El muro, en ese lugar en el que se dividían antes el norte y el sur de La Paz, cerca de la Pérez Velasco, está hoy cubierto por estantes de libros usados.

viernes, 13 de mayo de 2016

En el corazón de Yotala

En marzo de 2012, Teatro de los Andes nos abrió la puerta de su casa en Yotala. A esos días corresponde la presente nota. 


Lucas, Paolo, Alice y Gonzalo en su casa de Yotala. Foto: Mabel Franco
Mabel Franco, periodista

Una nueva etapa vive Teatro de los Andes. Mucho han cambiado en los dos últimos años las circunstancias de este grupo que influyó decisivamente en la forma de abordar el teatro en Bolivia. Uno de sus creadores y cabeza visible desde aquel 1991 en que llegó al país, César Brie, vive en Italia mientras espera que parte de las tierras compradas en Yotala (Chuquisaca) se venda. Apenas la operación se concrete, todo nexo con sus antiguos compañeros se habrá roto.
Giampaolo Nalli es el único que queda del trío que arribó al país en agosto de 1991 con la intención de construir una comunidad teatral en Cochabamba, y que finalmente recaló en Yotala. Junto a Brie y Nalli estaba Naira González, quien se marcharía poco tiempo después, luego de haberse llevado al escenario la primera obra creada en Bolivia: Colón.
En febrero de 1992, tras un taller realizado en Sucre, se unieron dos bolivianos: Lucas Achirico y Gonzalo Callejas, que por entonces apenas dejaban la adolescencia. Por ese tiempo, siguiendo a Brie desde Europa, habían llegado también los italianos Filippo Plancher, Teresa Dal Pero y el español Emilio Martínez.
Como recuerda Nalli, sentado en el comedor de la casa y rodeado de los actores, si eligieron Chuquisaca fue porque al llegar a Sucre por vez primera, en 1991, se toparon con el Festival Internacional de la Cultura. El movimiento era intenso esos días, inclusive unas 200 personas irrumpieron en medio del monólogo que Brie presentaba, pues no querían quedarse fuera. “Fue un engaño”, como pronto verían, pues “la cultura en Sucre avanza a duras penas: el centro Pachamama que nació con gran impulso, ha cerrado por falta del apoyo oficial que se le había prometido; el museo de Asur fue obligado a buscarse otra casa; los grupos de teatro no dependen de Sucre para existir”. 
Pero mientras el espejismo duró, el trío encontró otro motivo para elegir Chuquisaca: una antigua finca estaba en venta en Yotala (población rural ubicada a 17 km de Sucre). Tenía una casa, además de amplio espacio para construir, una huerta, árboles… La compraron y, mientras avanzaba la albañilería, se alojaron en la capital. El 17 de julio de 1992, cuando el dinero ya era poco, todos se trasladaron a Yotala y comenzaron a preparar Colón.
La obra se presentó en La Paz, con actores músicos, cantantes y acróbatas, con humor punzante y un despliegue de imágenes, y las reacciones fueron de sorpresa, de fascinación, aunque hubo voces que criticaron que eso ya se hacía antes en Europa. Inclusive, alguien llegó a dudar de la presencia de los dos bolivianos, al considerar que esos chicos de rostros andinos —un aymara y un quechua— no eran sino un adorno para justificar el trabajo hecho por extranjeros.
En aquella obra se aplicó ya la que constituye —lo tiene muy claro el grupo— la esencia de Teatro de los Andes: la creación colectiva, guiada, en su papel de director, por Brie; pero “innegablemente colectiva”. 
En ese tiempo, la gente de Los Andes sobrevivió comiendo todos los días la acelga que se cosechaba de la huerta. “Pasamos hambre”, dice Nalli, el único que no tiene nada que ver con el teatro, pero, hombre de izquierda como es, se unió al proyecto deseoso de cambiar el mundo por uno más igualitario y Brie le mostró que la cultura podía ser un camino.  
Hambre había, pues, y mucha. “Pero no me importaba”, dice Lucas Achirico; “lo que hacíamos me llenaba porque era algo tan diferente y me gustaba tanto, que no pensaba en otra cosa”. 
Y el tiempo pasó, hubo gente que se fue, otra que llegó; las obras fueron sucediéndose y atrayendo cada vez a más espectadores, dentro y fuera del país: Las abarcas del tiempo, Ubú en Bolivia, Graffitti, Frágil, La Iliada… 

La casa de Yotala vista desde dentro. Foto: Mabel Franco.
En 2001, en los diez años de Teatro de los Andes, hubo festejo: por los aplausos, las giras, la constancia. Pero eran ya días amargos los que se vivían en Yotala.
“La crisis estalló con La Iliada, una obra de gran violencia que tuvo la virtud de hacer aflorar los problemas de la convivencia”, según Nalli, y fue entonces que “César comenzó a irse de a poco”, apunta Alice Guimaraes. Ésta última se integró en 1998 y, si bien no vivió la etapa de la acelga, pasó la de la sopa, “todos los días sólo sopa, que yo veía, al salir de la sala de trabajo, como un privilegio”.
Con problemas de relaciones interpersonales muy fuertes y todo, que empujarían a la salida de Teresa Dal Pero, una de los pilares del grupo, hubo más obras: Un sol amarillo, Otra vez Marcelo, 120 kilos de jazz, ¿Te duele?, La Odisea… “No está mal para un grupo en crisis”, coinciden los actores.
Brie, que para entonces ya estaba casado y con dos hijas, decidió que no iba a seguir más. El 25 de febrero de 2010, mediante solicitada en los diarios, confirmada desde Yotala por Nalli y el propio Brie, se selló la separación.
Nalli, que, como desde el principio, es el administrador de Los Andes, hace notar que hubo distintas crisis en el grupo. Una primera fue cuando se marchó Plancher, otra muy fuerte, cuando se alejó Dal Pero; pero la más intensa se vivió tras la separación de Brie.
Tan fuerte ha sido ese momento, “que todavía nos estamos acomodando; hemos necesitado mucho tiempo para ubicarnos, también físicamente en la casa. Lo que ha quedado (un 30%, más o menos, de toda la propiedad) no es mucho; pero está bien”.
Esa parte conserva la sala de ensayos y de presentaciones, la capilla que se usa para ejercicios vocales, las habitaciones para albergar al grupo y a los visitantes y talleristas, además de los servicios necesarios (cocina, comedor, baños). Para entender lo que pesan los detalles cotidianos, baste señalar que el pozo de donde se extrae el agua ha quedado del lado que está en venta, así que aún se está buscando las alternativas. “Lo vamos a solucionar”, tranquiliza Callejas.
Esto mismo ha llevado al grupo a buscar residencias aparte en Sucre. Además, Callejas y Guimaraes han formado un hogar y tienen una niña, María, de ocho años de edad. Y Achirico se casó con una artista polaca que colabora con el teatro, Danuta Maria Zarzyka, y ambos son también padres de una niña, Naomi.
Como las hijas tienen que ir al colegio, al ballet, al gimnasio, los padres hallan más cómodo vivir en la capital. Y Nalli también ha hecho allí su espacio. Eso sí, cuando llega la hora de los talleres o de preparar una obra, todos se trasladan a Yotala.
“Los cuatro tenemos que definir nuestra vida, desde la artística hasta la práctica, con las dudas y la inseguridad que cualquiera tiene”, resume el administrador. Y, como ante el momento más trágico que se vivió en 2001, “cuando todos los que estaban haciendo La Iliada querían irse”, lo que les impulsa a seguir es el tener la consciencia de que “provocamos algo y de alguna forma somos responsables también; no digo que nos quedemos porque hay mucha gente joven a la que motivamos a hacer teatro, sino porque no queremos ser como muchos extranjeros que vienen, provocan y se van”. 

El caminito que lleva a la antigua hacienda convertida en la casa del grupo.
Nueva obra, pronto y buena
Para encontrarse y afirmarse en la nueva etapa, una vez que decidieron que iban a continuar, “lo único que sabíamos era que teníamos que hacer enseguida una obra  y que necesariamente tenía que ser buena”. La creación colectiva no estaba en discusión, pero sí el proceso que llevó —según perciben Achirico, Callejas, Guimaraes y Nalli— a las insalvables diferencias con Brie.
Y ese algo responde a la necesidad de que se reconozca, como parte esencial de Los Andes, el aporte de cada uno de los crean la obra. “No más ‘La Iliada de César Brie’ —como escribieron las decenas cientos de artículos de prensa, aquí y en el extranjero—, porque no es de una sola persona. Todos contribuimos a armar ésa y todas las otras creaciones ”.
Así ha nacido Hamlet, de Los Andes, para cuya dinámica de montaje invitaron a Diego Aramburo, un hombre de teatro “que fue muy valiente para aceptar trabajar en un sistema que no es el suyo; sufrieron todos, pues aquí no hay el ‘traje este texto para que lo hagan’, sino que se va construyendo en la escena, con propuestas y contrapropuestas”.
Guimaraes resalta el hecho de que todo ello lo alimentó Brie. “Nos enseñó a trabajar de esta manera. Siempre dijo que lo que sus actores proponían era mejor que lo que él tenía en mente. Nunca se hizo problemas para escribir y reescribir los textos hasta diez veces si nosotros sugeríamos nuevas cosas. Él, por supuesto, tenía el conocimiento y el talento para armarlo todo”.
Hamlet de Los Andes se estrenó en el festival chileno Santiago a mil, el mes pasado. La crítica ha aplaudido una obra que pone al personaje shakesperiano en el mundo andino. Lo que no ha dicho del todo es que la elección de Hamlet tiene que ver con el tema de la pérdida, del padre que se va, de los fantasmas que todavía rondan… Un exorcismo para definir una identidad que los cuatro que quedan están empeñados en descubrir y forjar.

Paolo, el italiano
Hace 21 años que es parte de Teatro de los Andes. Es el soltero del grupo, el que no tiene hijos ni familia cerca. Es italiano y seguirá siéndolo, pues ha decidido no solicitar la nacionalidad boliviana. Él cuida la economía del grupo y nunca entra en la sala mientras se prepara una obra. La ve cuando los actores deciden mostrársela, pues le consideran uno de los críticos más exigentes.
“Me he preguntado por qué nos quedamos los miembros más antiguos —reflexiona—. Hubo mucha gente que fue parte del grupo y no está. Y creo que es porque los que pasamos los primeros años lo hicimos de una manera especial. Era una vida dura, pero sentíamos que valía la pena. Los que llegaron después no encontraron el paraíso, pero sí muchas cosas que ni imaginábamos tener. El haber pasado hambre nos ha unido, nos ha hecho defender el proyecto e incluso equivocarnos en ciertas cosas que por defenderlo no vimos”.
Con todo, “no hay ningún otro grupo que haya logrado vivir por 20 años, en un país como Bolivia y otros vecinos, sólo del teatro”. Esto que ha “servido para nosotros, también sirve para otros: para que sepan que se puede”. Sobre los problemas personales, que empezaron a tener un peso mayor con el tiempo, Nalli admite que “no logramos armar una respuesta; no la tenemos todavía. Necesitamos ver cómo conciliar las exigencias personales manteniendo la mentalidad de grupo”.
Una necesidad esencial, porque “yo creo en este tipo de trabajo, no en el individual. No se trata de pensar lo mismo, sino de confrontación, de discusión, de ideas diferentes, para que de ahí nazcan las cosas. Por eso quisimos reunir a gente de todo tipo de cultura. Yo sigo compartiendo a diario con mis amigos quechua y aymara y no me convierto en ellos. Esto es lo grande de Teatro de los Andes, por lo que hicimos obras buenas: había un gran director y maestro de la puesta en escena; pero también chicos fantásticos para inventarse las cosas”.
En La Odisea, la última obra que se trabajó con Brie, “Gonzalo se encerró un mes en el taller, y cuando mostró a César lo que había logrado: esa escenografía con cañas que cuelgan y se mueven, él dijo: ‘Ya sé cómo hacer la obra’. Sin este aporte, y los de cada actor, César hubiese hecho La Odisea, pero otra”. Otro factor del grupo, muy importante, “es que trabajamos pensando en vender la obra. Yo no entiendo a los artistas que preparan algo para presentarlo dos o tres días en el Teatro de Cámara y a otra cosa. Quizás porque si nosotros no vendemos no vivimos, nos preocupamos porque la obra llegue al público, a la mayor cantidad de éste. Tal vez nos animemos a hacer un taller para comunicar cómo abordamos este aspecto”. 

Gonzalo, el quechua
Gonzalo Callejas nació en Uncía, región quechua de los laimes. Aprendió a hablar ese idioma gracias a su abuela. Cuando sus padres, dos maestros, migraron a Sucre, Callejas tenía seis años. Con ellos recorrió varias provincias y alimentó su oído musical, a la par que aprendía a tocar instrumentos como su propio papá. A la hora de elegir una carrera, el joven pensaba en Ingeniería mecánica o Arquitectura; pero ésta era muy costosa, así que comenzó con ingeniería mientras hacía música. En febrero de 1992, “ensayaba en una sala contigua a otra donde había un taller de teatro; me asomé por curiosidad, pues nunca antes me había interesado el teatro, y no recuerdo cómo es que logré entrar. Al terminar, me plantearon unirme a un proyecto que no entendía bien de lo que se trataba; pero me resultaba interesante por la vida en grupo para hacer arte todo el día; rarísimo. Y acepté también porque quería salir ya de mi casa”.
Su intención era quedarse un año, “pero al cabo de éste me sentí como atrapado. El teatro me abrió muchas más posibilidades de las que imaginaba que iba a ser mi vida. Creo que hubiera sido un buen ingeniero mecánico, hubiese inventado algo, no sé. Pero el sentido del arte adquirió una forma muy precisa, muy clara, el hecho de ser un artista más allá de hacer teatro inclusive. Eso me conmovió muchísimo y es lo que hasta ahora me mantiene”.
Además, si “me alejé de mi cultura siendo un niño todavía; el teatro me ha permitido regresar un poco a eso, a encontrar mis raíces”. 
Gonzalo se ha convertido en el actor más fuerte y versátil. Su feroz Aquiles tanto como sus diversos personajes en La Iliada —el viejo Ulises, pero también el estrambótico Menelao— son la prueba de su talento. Pero no sólo. La música y la escenografía tienen mucho de sus aportes que no se quedan en ideas, sino en el trabajo con las manos de quien es nomás un ingeniero mecánico.
Sobre la esencia de Teatro de los Andes, Callejas argumenta: “Se puede definir desde lo ideológico por el hecho de estar aquí, de tener un compromiso con este país a través del teatro. Por eso es tan difícil tomar ciertas decisiones”. Pero “la esencia somos nosotros, los que quedamos, cada uno con sus diferencias, su cultura, sus dificultades, sus necesidades. De ahí partimos, del grupo. Ahora tenemos más responsabilidades y debemos estar a la altura, estudiar bastante, pues, bien o mal, seguimos siendo referentes de muchas cosas”.

Alice, la brasileña
Quince años han pasado desde que Alice Guimaraes dejase su departamento propio en Brasil y su trabajo en una compañía de teatro para llegar a Yotala como alumna de un taller de 15 días. Y 14 desde que aceptó seguir otro taller, esa vez de un año, y luego quedarse con Los Andes.  “Cuando encontré al grupo, pensé que era mi salvación. Es cierto que estudié en una universidad, que estuve un año en Europa, que hice obras, fui de gira; pero yo quería hacer teatro de verdad, no sólo demostraciones de unos cuantos días”.
Y se quedó en Yotala y hoy es una de los cuatro soportes del grupo. En medio de los problemas, “creo que lo que mantiene a la comunidad no es el carácter de las personas, sino el interés, un objetivo mayor que te hace ver que los sacrificios valen la pena para hacer lo que quieres hacer”.
En los primeros años, en la casa había muchísima gente: el grupo que preparaba La Iliada, una directora italiana profesional y un chico de 18 años que daba sus primeros pasos, una secretaria, dos cocineras…  una fauna. Y hubo poquísimos conflictos. ¿Por qué? Había una cosa mayor: el trabajo;  trabajábamos tanto y esto nos aportaba de tal manera que se pasaba por encima las cosas menores de la convivencia.  Había algo tan bien establecido que no tenías dudas. Te das cuenta de que algo ha cambiado, cuando quieres hacer otras cosas, cuando esto del grupo ya no es suficiente”.¿Existe ese ‘algo’ todavía? “Lo estamos recuperando”.

Lucas, el aymara
Lucas Achirico vino al mundo en La Chojlla, zona minera de los Yungas paceños. Su madre lo trajo a La Paz y lo alejó de un padre al que, por tanto, apenas conoció. Pudo haber sido un chico problema, como tantos que él vio en El Alto, cuando su interés por la música lo llevó hasta un centro donde le comentaron que había un buen profesor. Era el Hogar Albergue para Menores Abandonados que dirigía Stefan Gurtner (que luego crearía el grupo de teatro Ojo Morado). Allí formó un conjunto que salió de gira por el país y llegó a Sucre en el mismo momento, 1992, en que Teatro de los Andes dictaba un taller. “Un gringo, no recuerdo si sería César o Filippo, me dijo que mi música les había gustado y me invitaron a unirme a ellos: me becaban inclusive”.
Fue así que “comencé a descubrir el teatro que, con el tiempo, se fue haciendo más importante en mi vida”.
Como han dicho “mis compañeros, al principio era muy duro. Me acuerdo de una anécdota: cuando llegamos a Yotala, nos hicimos conocer por la gente del lugar a través del fútbol. Cierta vez, para poder jugar un domingo, armamos el equipo, pero no teníamos camisetas ni dinero para comprarlas. Cada uno buscó una polera blanca y le cosió el número. El árbitro no quería aceptarnos y la gente no creía que los gringos no tuviesen plata para camisetas. Al final jugamos y fuimos felices de sentirnos así, como un equipo”.



Por eso, pese a que Lucas pensaba quedarse máximo un año, terminó convirtiéndose en un actor indispensable y en el compositor del grupo.“Nos fuimos formando a nivel artístico y personal. Quizás hablar de lazos de amistad es poco, creo que va más allá. ¡Y somos tan diferentes! Creo que logramos encontrar una forma de que este proyecto, con todas sus diversidades, se vuelva fuerte. Hubo muchos momentos de crisis y cada uno ha renunciado a muchas cosas; pero no se siente que se haya perdido algo”.
La madre de Lucas asiste a ver las obras. Y está orgullosa de su hijo y de su nieta mezcla de sangre andina con polaca.
Que el actor tiene entre manos un instrumento importante, lo descubrió cuando, en su breve residencia en el pueblo de Yotala, junto a su compañera, se vio en medio de terribles historias de violencia doméstica. Se sintió comprometido con la suerte de niños y mujeres, sus vecinos, y entonces surgió la idea de crear una obra. Así nació ¿Te duele?, que se preparó en el grupo, y donde Lucas y Danuta desnudan, desde un cuadrilátero, los extremos a los que puede llegar un matrimonio. 

Plurinacionalidad
¿Es, Teatro de los Andes, algo así como el estado plurinacional con que sueña el país? Podríamos decir algunas cuantas cosas, bromea Nalli. Y ya en serio retoma el tema del grupo, “el punto clave, en el sentido de que necesitamos, después de tantos años, decir cuál es nuestro tipo de labor, el propio, el que hemos construido, el que es conocido sólo en cierta medida”. El trabajo “de creación colectiva que no anula las individualidades, que las integra, que no tiene a nadie por debajo, como una pirámide; es lo que ahora queremos reivindicar”.
Por eso, y porque el mundo alrededor de Teatro de los Andes exige todavía la voz del director —“siempre nos preguntan, ¿y dónde está César, dónde está el director?, como si nosotros no pudiésemos hablar de nuestro propio trabajo”, dice Guimaraes— , Hamlet de Los Andes intenta volver a las raíces: no hay una persona dueña de la obra: la dirección es también compartida: Diego Aramburo, como batuta invitada, y todo el grupo.

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Hamlet, de Los Andes**


La muerte del padre. Una de las pruebas de la vida a la cual cada uno de nosotros es llamado. Pero, ¿qué pasa cuando la muerte no basta para cerrar la relación, cuando uno es perseguido por fantasmas que insisten en no hacer las paces con los que quedan vivos?
Nuestro Hamlet es un hombre de hoy que, como el personaje de Shakespeare, ha perdido la comprensión del “sí mismo”. Por su formación escolástica y academicista, Hamlet debería aceptar la muerte de su padre y pasar a lo siguiente, pero la visión del fantasma lo obliga a enfrentarse con otra concepción del universo. Siguiendo la sombra del espíritu, Hamlet consigue atravesar la puerta del desconocido, empezando un viaje que pueda acercarle a sus ancestros y a sus raíces. Descubriendo todo lo que la racionalidad llamaría sueño, fantasía, misterio, superstición o quizá locura, Hamlet espera poder encontrar una respuesta a sus dudas. Vivir, morir, tal vez soñar. Mientras su cerebro viaja en el más allá, el mundo real se agrieta a su alrededor y lo que queda es un vacío que no se logra nombrar. Así, la frustración y la pérdida de raíces desatarán en Hamlet una crisis existencial que lo sumergirá en el alcohol.
¿Quién es Hamlet? ¿Soy yo, o eres tú? ¿Es cada uno de nosotros, que nos preguntamos quiénes somos en realidad?
¿Es Hamlet el propio Teatro de los Andes?
Ser o no ser, ésa es la cuestión. Ser qué, quién y cómo.
Hamlet, de Los Andes presenta el texto shakesperiano como lo perciben los ojos de los actores que lo ponen en escena. Las dudas de Hamlet llegan a romper los confines del personaje para cuestionar a los mismos actores en el escenario, abriendo la obra a una lectura metateatral, compartiendo con el público un espectáculo que encarna la paradoja del teatro mismo.
Teatro de los Andes
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En la sala de Kirk Douglas
En un sol amarillo, memorias de un temblor, se presentó en 2007 en el teatro de Kirk Douglas, en Culter City (Los Ángeles, EEUU). El actor, que ya rara vez acude a las funciones, fue al debut y quedó deslumbrado. Se acercó al camerino, felicitó a los actores, les dijo que ése era realmente el teatro que quería ver, que lo habían conmovido y luego les envió una carta conceptuosa que el grupo guarda entre sus recuerdos.
Un clip de esa presentación se halla en YouTube. Las personas que lo han visto comentan: “Guau”; “Vi esta obra en República Dominicana y realmente fue fenomenal. Cuánta calidad, ¡excelente!; “Does anyone know where I can go see this play? or see these actors in theatre? I love it... I'm from Orange Country, California”; “Lucas Achirico gran actor y el Teatro de los Andes de lo mejor que he visto en mi vida”; “It's a tremendous honour to be internationally represented by them”.

Procesiones, talleres, libro
En medio del verde de los árboles y arbustos, que en esta época del año muestran su esplendor luego de las lluvias, se halla la antigua hacienda de Lourdes.La propiedad, de antiguo terrateniente, era mucho mayor, se dice. Los descendientes fueron repartiéndose las tierras y una parcela es la que adquirieron Brie, Nalli y González en 1991.
El lugar mantenía la casa central y una capilla privada dedicada a la Virgen de Lourdes. La imagen sacra, junto a la de la niña Bernardita, que se dice que atestiguó la aparición en Francia, es parte de lo adquirido por los teatristas. Éstos han respetado esa presencia, así que Virgen y pastora escuchan sus ejercicios vocales de preparación.
Hubo, además, un tiempo en que se revivieron las procesiones en honor de la Virgen. Gente de teatro al fin, las ceremonias se armaban en grande, con la gente del pueblo, sobre todo los niños y jóvenes. En zancos, con música y cánticos, las imágenes eran llevadas al templo de Yotala y luego devueltas a su altar en la casa. Hace tiempo que los viajes del grupo han interrumpido tales actos, que crearon un nexo con sus vecinos; pero existe la disponibilidad de retomarlos, hace notar Gonzalo Callejas.
La casa se encuentra en un lugar conocido como San Roque, separado del pueblo de Yotala por el río Cachimayu, que justo a esa altura se forma por la unión de otros dos: el Totacoa y el Quirpinchaca. En época seca, moverse entre Sucre y Yotala es fácil, pero cuando el río crece, la gente de teatro sabe que debe aislarse en la casona.
La propiedad no es sólo la sede de Teatro de los Andes, sino un lugar de destino para artistas y amigos del grupo. Por supuesto, también ha permitido acoger a talleristas, como los 15 jóvenes latinoamericanos que, con el apoyo de Iberescena están viajando para aprovechar experiencias de la región: estuvieron antes con Candelaria, de Colombia, y luego en Yotala.
Asimismo, una actriz brasileña que prepara una obra sobre la pintora Frida Kahlo ha pedido la colaboración de Los Andes para el montaje.
El grupo recibe a la gente, la que en cambio aporta para el sostenimiento de la casa: mientras vive en ella, se comparten los gastos, pero además se organizan para cocinar, lavar la vajilla y limpiar baños y habitaciones. 
Giulia D'Amico, Lucas Achirio, Alice Guimaraes y Giampaolo Nalli. Foto: Mabel Franco

Otro proyecto en marcha es un libro sobre la preparación del actor en Teatro de los Andes. La dramaturga italiana Giulia D’Amico está encargada del texto. Esta joven, que descubrió al grupo en una de las giras por Europa, ha documentado el trabajo por años ya y ha vivido en distintos periodos con el grupo. Siguió muy de cerca el montaje de La Odisea —por ejemplo, su idea del perro de Ulises que habla fue aceptada por Brie—, y ahora, para Hamlet, es la asistente de dirección y dramaturgia.

* La nota fue publicada originalmente en la revista Escape del diario La Razón, el 25 de marzo de 2012
** Luego de Hamlet, de Los Andes, el grupo produjo Mar (2015)

¿Te duele?... Sí, pero no sólo ahí

La realidad, la investigación sobre el tema de la violencia intrafamiliar, su exposición desde ya varios ángulos supera la lectura de Teatro de los Andes. Una lectura de hace 10 años que por momentos resulta, me resulta, demasiado conciliadora.

Lucas Achirico y Danuta Zarzyka.
Mabel Franco, periodista
Hace más de una década, Lucas Achirico vio, desde la mirada de Danuta Zarzyka, polaca  viajera que recaló en Yotala y terminó por quedarse, cómo la violencia entre las familias de esa población intermedia, rural pero muy cercana a la ciudad de Sucre, era algo repetitivo, común. Los fines de semana, sobre todo, cuando se consumía alcohol, no era raro escuchar luego sobre mujeres golpeadas, hijos maltratados.
La pareja comenzó a darle vueltas al tema, a constatar que el problema estaba más extendido de lo que sospechaban, así que junto a César Brie, el director de Teatro de los Andes, decidieron hablar de él desde el escenario.
Las imágenes propuestas por Danuka y Lucas se tradujeron en un texto y en una puesta de Brie. Normal en el trabajo del grupo. Así nació ¿Te duele?, pieza que tiene el mérito de haber leído e interpretado el problema cuando no tenía la visibilidad de hoy y menos una ley (348) que intenta frenarlo.
La obra no llegó en su momento a La Paz, hasta ahora que el Festival Internacional de Teatro (Fitaz) pudo acercar el ring de ¿Te duele? a los espectadores de esta ínclita ciudad. Más propiamente, a una sala del Museo Nacional de Arte. Mejor tarde que nunca, se podría decir, si no fuera porque el tiempo parece haber jugado en contra no del tema, no de la estética de la obra tan bien hilada, sino del enfoque, de su delimitación.
La pelea contra el tiempo
Marido y Mujer, recién casados, llegan muy felices a su hogar. Ella en brazos de él, como se estila. Ambos arman con ilusión el espacio que queda rodeado por luces, como las de Navidad y a la manera de un cuadrilátero de boxeo. Que algo violento nos espera, pese a las muestras de amor iniciales, está claro. Y en efecto, round tras round, con breves instantes para recomponerse, la relación entre Mujer y Marido hará presa de ambos y de sus tres hijos que, representados por origamis, irán sumándose uno a uno para pender frágiles de las cuerdas del ring.
Los objetos hogareños se convierten en armas, las palabras en armas, las manos antes tiernas en armas.
En una relación de violencia intrafamiliar hay enormes desigualdades. Lo dice ¿Te duele? cuando una y otro se calzan los guantes de box y a la par de explicar los movimientos y técnicas para ser más efectivos en ataque y defensa, se afirma eso de que hay categorías en el deporte: no se enfrentan pesos completos con pesos mosca. Es injusto. La cobardía de un hombre al golpear a una mujer queda al descubierto.
El miedo que paraliza, que impide salir de ese ring, o al menos tirar la toalla. Los arranques de ira que se desatan de la nada, las disculpas, la espiral que crece y que atrapa también a los niños… Todo se expresa en ritmos delirantes, al grado de que quien observa espera el sonido de la campana…
Y sin embargo de todo, ¿Te duele? parece redundante, repetitivo, un discurso que ya no devela mucho. ¿Qué pudo haber pasado?
La realidad, la investigación sobre el tema, su exposición desde ya varios ángulos supera la lectura de Teatro de los Andes. Una lectura que por momentos resulta, me resulta, demasiado conciliadora: si él se enoja es porque el jefe le gritó en la oficina o lo despidió; está cansado de hurgar piedras en una cantera, de tener que pagar cuentas, de cargar con la familia, de la mujer a la que halla fea y vieja, además de celosa. ¿Qué así pasa en varios casos? Sí, seguramente. Pero la idea de acercarse al tema, hoy, implica dar un paso más. Es cierto que el texto puesto en boca de los actores intenta tender hilos para comprender el despropósito de aquellas palabras, ayer como hoy, y, por ende, de la violencia; pero la imagen del final, he allí el poder de las imágenes, se graba en la retina: él cargándola en sus hombros.
Que los hombres sufren tanto como las mujeres cuando les pesan los prejuicios de cómo deben ser tales, es cierto. De eso se trata el develar masculinidades, por ejemplo. Pero lo que sucede con la violencia física es que ellas cargan con ellos, para seguir el hilo de ¿Te duele? Es decir, si vamos a jugar al fifty-fifty, pues lo haremos hasta el fin. Si no, la mirada resulta un poquitín machista y eso inclina la balanza para dejarla en un punto muerto a los ojos (mis ojos) de hoy.


Ficha técnica:
Título: ¿Te duele?
Autor: Creación colectiva dirigida por César Brie
Grupo: Teatro de los Andes
Actores: Lucas Achirico y Danuta Zarzyka
Fitaz 2016

lunes, 9 de mayo de 2016

Mujeres en proceso de desprincesamiento

La ruptura se anuncia desde el inicio. Manzanas, ese fruto símbolo de pecado, de expulsión del paraíso, de muerte en vida, son estrelladas contra el piso, hechas puré.
Paola Oña y Tika Michel en "Princesas"

Mabel Franco, periodista

Renombrar. Recontar. Desmontar el arquetipo de las princesas, dejarlo en evidencia: a ver si a través del ejercicio teatral la realidad asoma en el espacio escénico. Un espacio que en la obra llamada precisamente “Princesas” se puebla de imágenes proyectadas por el espectador, tal la impronta marcada por los cuentos de hadas, y que las actrices se proponen devolver enfocadas, calibradas según su propia historia; por tanto, imágenes múltiples, distintas, tantas como personas se enfrenten al espejo.
Claudia Eid, dramaturga y directora del grupo El Masticadero, propone así un juego inverso al de la luneta mágica. Las princesas de su obra se miran en el espejo de las palabras repetidas casi como mantras universales, y en el afán van descubriendo, en primeras cuentas, que con sus cuerpos no encajan en el arquetipo, y, en segundas, que no tienen por qué encajar.
La ruptura se anuncia desde el inicio. Manzanas, ese fruto símbolo de pecado, de expulsión del paraíso, de muerte en vida, son estrelladas contra el piso, hechas puré. Sobre esos desechos bienolientes –el sentido del olfato participa también--, cada actriz, a su turno, se vestirá de respectiva princesa de cuento: Blanca Nieves, Cenicienta, Ariel (la sirenita) y Pocahontas. Al desplegar la historia archiconocida, los absurdos de situación y resolución, los patrones, saldrán a relucir en virtud de un interrogatorio implacable del resto.
La habilidad de cada quien para preguntar y responder/justificar, mezcla de libreto y capacidad para improvisar –elección de la dramaturgia no exenta de riesgo, aunque respaldada en sus actrices, una de ellas, Tika Michel, constante colaboradora de Eid, deja al descubierto la construcción de un concepto de mujer tan artificioso como los pasos de ballet o de poses cortesanas que a duras penas practican las actrices mientras una de ellas pugna por vencer la convención y mirarse, mostrarse, como es.
Qué difícil es descubrirse y situarse en el mundo con las estrías en las piernas, el estómago flácido, las arrugas en el rostro, la falta de una muela. Qué difícil es aceptar que eso es lo real, no la princesita de celofán que estará bien para el cuento, mas no para ceñirse como un corset en la humanidad de las mujeres, así, en plural.
Tan en plural, que las actrices no siempre son las mismas cuatro: además de Michel, Paola Salinas, Isabel Fraile y Bianca Shallow, la puesta admite princesas invitadas que, en el caso del Fitaz se alternaron: Paola Oña y Camila Urioste, con lo que cabe esperar más que nunca que una función sea distinta de la otra.
Tan plural, que el quinto personaje que en un principio parece el observador omnisciente, un varón (Álvaro Eid), toma el escenario para sacudir todavía más el arquetipo devenido en estereotipo: él se ha convertido en mujer: ésta sí de cuerpo que la convención llama perfecto, estilizado, hermoso, y cada vez, ortopedia de por medio, más parecido al de una Barbie. El más parecido.
Quién es, quién no es. El celofán se desgarra. Todas son. No hay modelo, aunque tan fuerte sigue siendo la imagen de la princesa, que ellas rayan en sus cuerpos aquellas zonas que el bisturí podría corregir, en tanto que el gay, el transexual o como se llame a esa otra forma de ser mujer pugna por parecérsele también, quizás por eso su obsesión por la belleza del espejo mágico cuando nada está  más lejos de tal imagen que los cuerpos reales de las otras, de las de su lado: actrices y espectadoras.

La directora y el técnico que la acompaña presencian la performance a la vista del público y, a la par que demarcan las acciones con luces y música, se ríen si la improvisación los sorprende como para eso. Es teatro, señores; nada más pero nada menos que teatro. Lo que sigue es la vida y mejor mirarla de frente, sin maquillaje, desnudos --desnudez bien puesta en la escena-- con los cuerpos que nos ha tocado.


Ficha técnica
Título: Princesas
Autora y directora: Claudia Eid
Grupo: El Masticadero (Cochabamba)
Fitaz 2016