lunes, 4 de enero de 2016

Hacer memoria: teatro, 2015, La Paz

"Gula", de Escena 163. Foto: Mabel Franco


Cinco obras dignas de guardarse en la memoria, única forma, por lo demás, de preservar las representaciones teatrales, han tenido lugar y tiempo en La Paz de 2015. No es poco y esto no hace sino confirmar el hecho de que el teatro que se hace en Bolivia tiene cultores, es decir personas que exploran, investigan, proponen, trabajan intensamente para encontrar no sólo el qué decir, sino cómo decirlo de manera que justifique el ejercicio. En todos los casos elegidos, los directores se asumen conscientemente como dramaturgos y esto marca la diferencia.

Mabel Franco, periodista (*)

1.      Gula. Adaptación, más bien apropiación de Eduardo Calla de la obra “La visita de la vieja dama”, de Friedrich Dürrenmatt. Director, actores, escenógrafo (Gonzalo Callejas) crean un universo en el que las fronteras entre ficción (escena) y realidad (espectadores) se diluyen y entonces cada partícipe del rito se ve obligado a cuestionarse acerca de lo justo. Calla maneja los hilos para que así pase: el tono de comedia que se va tornando en tragedia; el coro de los muchos personajes (la sociedad) que asfixia a víctima/victimario (el individuo)… todo suma para que el dilema ético y moral de la obra de Durrenmatt inquiete a quien debe inquietar: al público. Quizás la interpelación directa al espectador en el momento previo del desenlace y según los códigos banales de los reality show sea el exceso; pero por algo se enfatiza en un pecado capital, es decir en un desborde sin control. A nivel actoral, David Mondacca y Patricia García sostienen un duelo que deja ver de qué pasta están hechos ambos y cómo la ha manejado el director del elenco Escena 163.


David Mondacca y Patricia García en "Gula". Foto: Mabel Franco

Críticas sobre "Gula":

REC. Relectura de la obra homónima de Stephen Belber, de Fernando Arze. El director toma un riesgo enorme: meter a espectadores (25) y actores en una pequeña habitación de hostal, sin borrar fronteras entre unos y otros. Mauricio Toledo, Leonel Fransezze y Mariana Vargas viven así una historia en la que amistad, lealtad, perdón, justicia se ponen en la balanza, en tanto el público asiste, fisgonea, disfruta de su condición de invisibilidad y, oh enigmas del teatro, se siente tocado y motivado a revisar su propio pasado. Equilibrio de energías se llama, pues el experimento es comparable con un transitar por la cuerda floja, sin red que sostenga una posible caída.

Otros comentarios sobre "REC":
REC. Retos de una experiencia vivencial

Tamayo, la obra. Apocalípticas consideraciones sobre el nacionalismo III. El compromiso de Percy Jiménez, director y dramaturgo, para repensar desde la escena la realidad política de Bolivia le ha llevado a crear una trilogía que culmina con el caso Franz Tamayo. A diferencia de las obras anteriores, Los B y Shakespeare de Charcas, reescrituras sobre respectivas obras de Thomas Mann y William Shakespeare, ésta es toda creación de Jiménez. Una creación que se juega peligrosamente por lo críptico, cualidad que ha llevado a gran parte del público a ver a un Tamayo multiplicado en los cuatro personajes en escena, cuando Tamayo no está sino a través de quienes lo miran, lo leen, lo interpretan, lo sufren: Medina (Mauricio Toledo), Gumucio (Miguel Ángel Estellano), Reinaga (Freddy Chipana), y el que encarna su espíritu poético doliente: Adonais (Bernardo Rosado). Así de inasible resulta el escritor y político, así de desafiante la puesta en escena. Tanto, que los comentarios no han ido, en general, sobre la propuesta escénica, sino sobre el personaje y la postura de éste sobre las matanzas de 1944. La obra, ganadora del Premio Nacional Peter Travesí 2015, demanda una lectura no textual, sino integral de los signos teatrales: imágenes visuales y sonoras, tiempos, movimientos, palabras. Sólo estas últimas, consideradas como guía, como base, llevan a la confusión, a perderse en la obra o, en el buen sentido, a motivar la búsqueda de información histórica al respecto. Pero éstas, entretejidas con las imágenes, ganan en significado, detonan sentidos y entonces la obra vale aun para quienes no tienen idea de quién fue Tamayo y qué pasó aquel 1944. Y aquí radica el valor teatral de la propuesta del director de Textos que migran.


Bernardo Rosado y Miguelángel Estellano en "Tamayo". Foto: Textos que migran.
Comentarios sobre "Tamayo":



Mar, de Teatro de los Andes. ¿Qué es el mar? Pues, lo que se diga de esa masa de agua resultará siempre, para un boliviano, una abstracción. El mar es una sensación de pérdida, y por ello mismo es una atadura, una carga, un pendiente que se lleva en nombre de otra abstracción: la patria. El grupo, que esta vez ha trabajado junto al director argentino Arístides Vargas, se anima a tocar un tema  cargado de estereotipos y de patriotismos. Un campo minado, se puede afirmar. Y opta, para emprender el  riesgoso viaje, por la tragicomedia, género que refleja como en un espejo la relación que como bolivianos tenemos con el océano. “Mar” no se rinde a los estereotipos: los pone en evidencia, invita a desarmarlos, a reconocerlos como la “marca país”, y podría lograrlo si no fuera  por el discurso del final sobre la guerra con Chile, 1879, la injusticia, etc. En ese momento disonante con el tono autocrítico y metafórico que domina en la obra, ésta amenaza con zozobrar. No lo hace, no lo hará, por el poderoso trabajo del trío integrado por Alice Guimaraes, Lucas Achirico y Gonzalo Callejas, con éste en la delantera, pero sobre todo porque en el teatro siempre es posible dar un golpe de timón.

Ollantay por Amassuno, creación precisamente del elenco Amassunu, es un buen ejemplo de lo que la Escuela Nacional de Teatro está aportando a la escena. La propuesta, dirigida por Marcos Malavia, apela a un drama escrito en quechua. Las tres versiones sobre su origen, que enfrentan a investigadores, son el nudo de la obra. ¿Cuál es la verdad? ¿Pasó realmente lo que se narra? ¿Los incas estructuraron así el amor trágico de Ollantay y Kusi Q’oyllur? ¿Cuánto intervinieron los españoles a la hora de darle formato teatral al texto? ¿Y a la hora de sellar el final feliz? El elenco decide contar no tanto el caso del soldado enamorado y rechazado por el Inca como pretendiente de su hija, sino aprovechar este hecho, sea leyenda o sea historia, para hablar del teatro mismo, de la mentira que se construye entre los que actúan y los que los miran actuar. 



"Ollantay" en el teatro Nuna. Foto: Mabel Franco
LOS ESPACIOS DE ENCUENTRO
Además de obras, el teatro boliviano tiene espacios para motivar el encuentro. En ese sentido hay que mencionar tres que guardan continuidad en el país: el Espacio Alternativo, el Premio Nacional Peter Travesí y el Festival Intercolegial “Indivisa Manent”.

Espacio Alternativo. Esta cita organizada por Textos que migran y el Desnivel (con respaldo del Goethe-Institut y Espacio Simón I. Patiño) es relativamente joven  y tiene la cualidad de facilitar el análisis de las obras que ve el público. Los creadores participan de esos análisis, que por dos años han sido conducidos por la argentina Cinthia Edul, y se ven motivados a pensar en el porqué de su elección y de recibir el retorno. Asimismo, para el público de La Paz se hace posible ver obras de otros puntos del país que, de lo contrario, difícilmente llegarían. En este sentido, cabe agradecer a Espacio Alternativo la posibilidad de tener juntas obras como“Romeo y Julieta”, de Kikn Teatr (Diego Aramburo, ganadora del Peter Travesí 2014), “Princesas”, de El Masticadero (Claudia Eid), ambas obras de Cochabamba de excelente factura, "Drácula" de Octáfono (La Paz), entre otras. 
Un objetivo caro de esta cita que incluye una clínica de dramaturgia es dotar a los teatristas de herramientas para hacer exportables sus obras. Con tres años de experiencia, cabe reclamar a los programadores un mayor rigor a la hora de seleccionar y programar, pues los polos de calidad han sido extremos en 2015.

"Princesas", de El Masticadero. Foto: Facebook de Claudia Eid.
El Premio Travesí es el más antiguo del país y el único  para artes escénicas solventado por el Estado. La Alcaldía de Cochabamba lo organiza, junto a otras instituciones, desde hace  24 años. Este 2015, la sensación que en el último tiempo se hizo más y más evidente, sobre una pésima gestión del certamen, hizo crisis y siete de los diez grupos elegidos paramedirse por el premio mayor se rebelaron. Al final, sólo tres grupos (El Masticadero, Kikn Teatr y Iceberg) mantuvieron el reclamo, lo que debilitó la acción crítica y privó al certamen de obras locales clave como “Romeo y Julieta” y “Princesas”, así como “Raros” de La Paz. Así las cosas, el premio para “Tamayo, la obra” resulta ensombrecido. En todo caso, esta rebelión ha pesado para la reconsideración de la organización, como muestra la convocatoria para una reunión abierta de los teatristas realizada en 12 de diciembre. 

El festival “Indivisa Manent”, organizado por el colegio La Salle, ha pasado a tuición, en su 24 versión, de la Universidad de La Salle, pero siempre bajo la mirada atenta de su creador, el Hno. Pedro Jiménez. Este año se presentaron obras muy bien logradas, varias de ellas resultado del trabajo de creación colectiva. El jurado premió a las siguientes: 

"Surcos del tiempo", de la Unidad Educativa La Salle A, creación colectiva dirigida por el estudiante Sergio Choque y que aborda un tema trascendental: ser joven y perderse esa oportunidad de vivir y realizar los sueños antes de entrar en el mundo de los adultos. Un entrar, muestra la obra, que si no se escucha la propia conciencia, se da sin que la persona se dé cuenta y quede atrapada en un trabajo y una vida que no ha elegido. Los recursos ágiles, la toma del espacio del espectador, la actuaciòn de casi 30 jóvenes, los textos interpeladores hacen de esta creciòn un ejemplo de cómo los estudiantes puedem usar el teatro como espacio de reflexión.

"Frágil como papel", del colegio alemán Mariscal Braun, obra escrita por los estudiantes del Taller de Teatro que dirige Patricia García. 
Nicolás Aguirre en "Frágil". Su trabajo le valió el premio de actuación masculina. 
Foto: Mabel Franco
La larga tradición del colegio Alemán, que tiene en el teatro no una actividad esporádica sino de formación integral de los estudiantes, muestra sus frutos.
El mayor mérito de la puesta es que la obra tiene la frescura e ingenuidad que requiere la historia planteada: una niña en estado de coma que viaja por un mundo onírico en el que personajes, a la manera de Alicia, le van ayudando a hacerse fuerte.


“Mal de amores, del colegio San Calixto, puesta en escena dirigida por la estudiante Camila Vargas. El abordaje de un sentimiento de múltiples aristas no cae en un discurso didáctico ni melodramático, sino sugestivo y provocador. El hecho de que jóvenes hablen del lesbianismo como una faceta más de otras: amor romántico, amor violento, amor abandonado, permite vislumbrar la importancia del arte, de la estética, para plantearse y plantear a los otros sus preocupaciones, certezas y dudas.

“Moriré siendo de ti”, del colegio La Salle. En este caso es la obra y la personalidad de Edgar Alan Poe las que han seducido a los jóvenes. Su exploración por los cuentos y poemas no se limitan a una puesta en escena de los mismos, sino a una comprensión de quién los ha creado; los personajes dejan a ratos su vida irreal e interpelan a Poe. Una muestra de cómo la literatura puede aprenderse desde el teatro, desde la encarnación de la ficción. Dalma Rojas, Alejandra Caba y Joaquín Baldivieso son los directores y parte de los actores.


Una labor pendiente para los organizadores del Indivisa, que llega a sus Bodas de Plata, es atraer a más público. Y que los medios informativos se interesen por el que ha resultado un semillero de gente para la escena, como muestran los nombres de Reynaldo Pacheco, Marcelo Sosa, Mario Aguirre, Gory Patiño y tantos otros.

(*) El periódico Página Siete publicó una versión resumida de esta nota en dos entregas:
http://www.paginasiete.bo/cultura/2015/12/31/cinco-obras-teatrales-dignas-guardarse-memoria-81920.html
http://www.paginasiete.bo/cultura/2016/1/1/espacios-para-motivar-encuentro-82045.html


martes, 22 de diciembre de 2015

REC, el privilegio de la invisibilidad

Entonces llega "REC", obra de teatro puesta en escena y dirigida por Fernando Arze, y nos hace pensar en  la invisibilidad y hasta nos permite saborearla.


 
Mabel Franco, periodista

Una de las aspiraciones más caras del ser humano es ser invisible. Estar sin que se sepa. Fisgonear en la vida de los otros sin empacho. ¿Cuánto estaríamos dispuestos a pagar por una experiencia así?
El teatro, el cine venden esa ilusión, claro. Nos llevan a la casa de alguien extraño, nos meten en su dormitorio e incluso en su mente. Pero como espectadores sentimos la distancia, nos percibimos como tales y, por tanto, reparamos en nuestro ser concreto, tangible, visible.
Entonces llega "REC", obra de teatro puesta en escena y dirigida por Fernando Arze Echalar sobre texto del  Stephen Belber ("Tape", que ha motivado otras puestas teatrales e incluso una película), y nos hace pensar en esto de la invisibilidad y hasta nos permite saborearla.
Una pequeña habitación de hostal, con baño, constituye el universo del experimento. Una veintena de espectadores se ubica formando una especie de herradura, de manera que en medio queda la cama. La cuarta pared, de vidrio, da al jardincillo que lleva a la calle. Lo de adentro será la realidad durante los minutos en que se produzca el reencuentro de tres compañeros de colegio, diez años después de haberse separado.
Dido (Mauricio Toledo) es el huésped de la habitación en el hostal Hermanos Manchego, de La Paz. Nervioso, inquieto, casi agresivo, el hombre bebe cervezas, escucha música a todo volumen y entra y sale del cuarto de baño. Quienes están sentados frente al baño pueden ver al hombre desnudarse y, en fin, hacer lo que cualquier persona a solas.
Entonces llega Esteban (Leonel Fransezze). Parco, casi tímido, contrasta de inmediato con la forma de ser de quien, lo sabremos, fue su mejor amigo.
El tiempo, real, transcurre pesado, cargado de presagios. Como espectadores, el ambiente de hostilidad que desdice la declaración de amistad se respira en virtud de los gestos de los personajes, de su danza por el espacio; pero nada tan grave como la confesión arrancada por Dido a Esteban y grabada como prueba.
Dido es el héroe. Ese joven que se droga, que trafica la mercadería, que escucha música estridente, es un vengador. El villano es el correctísimo Esteban, cineasta, bien vestido, mejor hablado.
El tercer personaje entra así en escena. Es una mujer (Mariana Vargas) y su presencia, en un momento álgido, eleva la tensión que no cesará sino cuando los tres examigos dejen la habitación.
¿Qué acaba de suceder? Desde el punto de vista de la historia: la puesta en cuestión de la amistad y de la lealtad. Desde la perspectiva de lo masculino: la puesta en evidencia de los códigos de compentencia mucho más fuertes que los de la amistad. Desde la perspectiva de lo femenino: la constatación de que una chica, una mujer, estará invariablemente sola a la hora de hacerse justicia, pues ni el justiciero es tal, ni el villano deja de serlo pese a la lavada de cara a cargo del autor.

Cuestión de administración
Que cada personalidad, que cada realidad se manifieste con la fuerza que emana en "REC" es mérito, en principio, de un texto que hurga en el alma humana, de sorpresa en sorpresa. El gran desafío para el teatrista, sin embargo, es expresar y, de ser posible, multiplicar esa fuerza en la escena: con actores, con el reloj marcando los minutos, con los ojos de los "invisibles" recorriéndolo todo... con la puesta elegida por él, pues. Y Fernando Arze muestra que es capaz de lidiar con todo eso y hacer su obra.
A nivel de actores, Arze cuenta con Mauricio Toledo, quizás el mejor actor teatral que tiene Bolivia en estos momentos, a juzgar por su capacidad para parecer siempre distinto, según el personaje que encarne. Quien se pusiese al frente tenía que ser capaz de contraponer la energía exultante de Dido administrando la propia. Leonel Fransezze lo logra y entonces los mirones disfrutamos de un duelo, de un equilibrio que en la tercera parte de la obra es capaz de resistir otra energía más: la de Mariana Vargas.
Se suele decir que si una obra sale mal, la culpa es del director. Si sale bien, el mérito es de los actores. Falsos dichos, digo yo. Un director que elige a sus actores, sabe (debe saber) por qué lo hace. Y debe también saber trabajar para administrar las energías de esas personas, para que todo fluya, para que todos, espectadores incluidos, avancemos por la cuerda floja de lo que podría quedar en una anécdota, pero que trasciende para convertirse en una oportunidad de repensar el pasado y el presente.
Y basta. A dejar el hostal, ese lugar de paso marcado por el teatro, cada quien por su lado y con su conciencia a cuestas.

Ficha técnica
Obra: REC (Título original Tape)
Autor: Stephen Bielber
Dirección: Fernando Arze
Intérpretes: Mauricio Toledo, Leonel Franzesse, Mariana Vargas
Productor: Guille Sainz
Directora de Arte: Paulina Oña
Asistente de Direccion: Fernando Botello.
Escenario de estreno: Hostal Casa Hermanos Manchego, diciembre de 2015

Otras críticas
 

viernes, 18 de diciembre de 2015

Ollantay, el turno del dramaturgo

Una puesta a la manera de mercado popular, con chiwiña, puestos dispuestos en el piso, acumulación de objetos folklóricos, dan la idea: vamos a tener que comprarnos la historia, regatear por ella desde nuestra capacidad de jugar, caer a ratos en la trampa del gato por liebre y, si cada quien cumple su rol, llevarnos a casa el caos o, mejor, muchas preguntas para intentar ordenarlo: sobre el teatro, sobre los actores, sobre los incas y los españoles, sobre la colonización, la apropiación, el despojo aun de los imaginarios.




Mabel Franco, periodista

Buenas actuaciones, recurso narrativo coherente con el discurso de la obra, equilibrado tono de tragedia y comedia para enfatizar en el juego de realidad y ficción, entre historia y opción teatral. Estas tres cualidades hacen de "Ollantay por Amassunu", creación precisamente del elenco Amassunu, un buen ejemplo de lo que la Escuela Nacional de Teatro está aportando a la escena .
La propuesta, dirigida por Marcos Malavia, recuerda lo planteado por “El turno del escriba”, obra ganadora del Premio de Novela Alfaguara, y en el que las autoras reivindican el poder de quien toma la palabra para narrar la realidad: el escriba es el dueño, él configura la nueva realidad y en esto radica el poder de su arte. Tal cual pasa, debería pasar a conciencia, con el director de una obra teatral que a la hora de tomar las riendas de ésta se convierte en el dramaturgo.
En Ollantay se apela a un drama escrito en quechua. Las tres versiones sobre su origen, que enfrentan a investigadores, son el nudo de la obra. ¿Cuál es la verdad? ¿Pasó realmente lo que se narra? ¿Los incas estructuraron así el amor trágico de Ollantay y Kusi Q’oyllur? ¿Cuánto intervinieron los españoles a la hora de darle formato teatral al texto? ¿Y a la hora de sellar el final feliz?
El elenco decide contar no tanto el caso del soldado enamorado y rechazado por el Inca como pretendiente de su hija, sino aprovechar este hecho, sea leyenda o sea historia, para hablar del teatro mismo, de la mentira que se construye entre los que actúan y los que los miran actuar.
Las formas
Una puesta a la manera de mercado campesino, con chiwiña, puestos dispuestos en el piso, acumulación de objetos folklóricos (máscaras, cerámica) dan la idea: vamos a tener que comprarnos la historia, regatear por ella desde nuestra capacidad de jugar, caer a ratos en la trampa del gato por liebre y, si cada quien cumple su rol, llevarnos a casa el caos o, mejor, muchas preguntas para intentar ordenarlo: sobre el teatro, sobre los actores, sobre los incas y los españoles, sobre la colonización, la apropiación, el despojo aun de los imaginarios.
La disposición circular del espacio escénico, por el que los personajes se ven obligados a girar, habla también de la historia que no es una, que no es lineal.
Que uno repara en todo ello es mérito, cómo no, de los actores que ocupan ese espacio, que se transforman ante los ojos de los espectadores, que son uno y varios personajes. Antonio Peredo ha crecido enormemente, si se comparan sus primeros ejercicios en escena con lo que va haciendo y que ya se vio en La brújula del Chaco”. Aquí, es el Ollanta trágico que encuentra en el bufón encarnado por Marcelo Sosa o en el inca amanerado que es Javier Amblo, el contrapunto ideal.
Susy Arduz y Selma Baldiviezo se multiplican, son el guerrero, la doliente princesa… son uno y muchos. Un acierto es, además, que a la hora de dar vida a la niña Ima Súmaj se evite la caricatura casi inevitable en la que cae un adulto y se prefiera usar una marioneta. 
Hasta ahí los méritos que pesan más que aquello que podría reclamarse, pero que vale la pena mencionar: narrativamente, el principio de la obra se enreda demasiado, lo que dificulta entrar en ella; hay un excesivo afán de remarcar en que todo esto es ficción y, en ese sentido, la inclusión, por ejemplo, de un baile al son de Get Lucky (Daft Punk), resulta casi didáctico en la intención, por lo demás muy clara, de borrar tiempos y discursos absoluto; y lo propio se puede decir de algunos objetos dispuestos en el mercado (las máscaras de moreno), que quedan nomás como decorado.
Lo peor, en todo caso, son los escasos días en que esta obra estuvo en La Paz. Lo bueno es que seguramente tiene su paso asegurado para el FITAZ 2016, oportunidad en la que se podrá hacer justicia de la única manera que es posible hacerlo: viéndola.

Ficha técnica
Director: Marcos Malavia
Título: Ollantay por Amassunu
Dirección: Marcos Malavia
Actores/actrices: Antonio Peredo, Marcelo Sosa, Javier Amblo, Susy Arduz, Selma Baldiviezo Cassís
Adaptación dramatúrgica: Amassunu
Duración: 60 minutos
Público: Todo público
Asistencia de dirección y luces: Javier Alcocer
Puesta en escena: Amassunu
Diseño de iluminación: Marcelo Sosa
Sonorización: Juan Pedro Montefinale – Amassunu (fragmentos musicales de Alfredo Coca Antezana)
Diseño gráfico: Natalia Peña
Fotografía: Erika Pereyra J.
Asesoramiento vocal: Karina Troyano
Producción general: Amassunu

Otras críticas
http://www.la-razon.com/index.php?_url=/opinion/columnistas/Urgente-inca-perdona-Ollantay_0_2379362054.html

jueves, 3 de diciembre de 2015

Diez años de Manzana 1

El dato de los amigos es muy alentador, pues habla de la confianza y del apego que una obra cultural es capaz de despertar en ciudadanos de a pie, los que para el caso aportan Bs 70 al mes y uno de ellos Bs 700.




Mabel Franco, periodista
La Manzana 1 ha  alcanzado los diez años de vida. Una hazaña que tiene los nombres de Ejti Stih y Juan Bustillos, artistas que junto a su colega Valia Carvalho soñaron y trabajaron para que un lugar abandonado, en el centro mismo de Santa Cruz, se convirtiese en Espacio de Arte.
No ha sido fácil, no lo es todavía, mantener ese lugar pese su probada importancia para acicatear las mentes de los habitantes y visitantes de Santa Cruz. Pero el trabajo sostenido, el tener las puertas abiertas pese a las tormentas (como la que cayó desde la Brigada parlamentaria que a punto estuvo, en 2012, de arrebatar el espacio para habilitar allí sus oficinas), el inventarse proyectos, uno tras otro, para renovar el interés del público, permite festejar la década.
La celebración se ha materializado, atrapado, en una Memoria de los últimos cuatro años. El ejercicio de rendir cuentas de esta forma es otra constante que se agradece, pues nada más desalentador para obras culturales que caer en las garras de lo efímero.


El producto, de excelente factura, facilita el repaso visual de las exposiciones realizadas desde 2012, sabiendo que desde 2005 hubo 87. A nivel de visitantes, el registro de la Manzana 1 señala que hubo 1.080.541 en los diez años, con un promedio mensual de 9.004 personas. 
Además de la revista de 136 páginas hay una edición resumida.
La Memoria facilita también la transparencia. Cada centavo ingresado, por auspicios de empresas e instituciones, así como el aporte de amigos (84 personas particulares), está justificado. El dato de los amigos es muy alentador, pues habla de la confianza y del apego que una obra cultural es capaz de despertar en ciudadanos de a pie, los que para el caso aportan Bs 70 al mes y uno de ellos Bs 700.
La tentación de la Manzana 1 está pues vigente.