Parado en el mirador de Killi Killi, junto a Óscar
Cacho
Soria (+) y Luis Espinal (+), el cineasta Antonio Eguino les señaló la
ciudad de norte a sur. Les dijo que la película que tenía en mente debía
contar cuatro historias de cuatro habitantes en distintos
puntos de esa La Paz descendente. “Desde aquel punto podíamos ver tanto
El Alto como la zona Sur de Chuquiago”, dice ahora el director mientras
observa el paisaje de la ciudad, esta vez, julio de 2012, desde la
curva de Villa Victoria. Esa misma perspectiva, ciertamente menos
poblada de casas en la década de los 70, fue la que inspiró a Matías
Marchiori (+) el afiche de la película que llegó a la gran pantalla en
1977, es decir, hace 35 años.
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| Afiche de "Chuquiago" diseñado por Matías Marchiori. |
Eguino ha aceptado la invitación de
Escape para recorrer los sitios en los que se filmó
Chuquiago, la
película más taquillera de la historia del cine boliviano: 250 mil
espectadores no superados hasta hoy. Para hacer esa travesía ha sido
convocado Guillermo Aguirre, quien hizo la asistencia general en la
película, actuó y fue “el chivo expiatorio” de los arranques de nervios e
impaciencia del cineasta, se quejará varias veces “del jefe”, un poco
en broma, mientras Eguino le pedirá siempre que no exagere.
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| Plaza del Scout: Guillermo Aguirre y Antonio Eguino. Foto Pedro Laguna |
Nueve
de la mañana. Plaza del Scout, inicio del viaje en el tiempo y el
espacio. En una esquina de este sitio ubicado en la zona de Miraflores
vive Aguirre. “Qué casualidad”, se sorprende como si lo descubriera
ahora mismo, pues allí se filmó una escena de Johnny (Edmundo Villarroel
+), el hijo de migrantes aymaras, universitario, con sueños de
superación. Ahí es donde Johnny camina junto a una joven de clase media
(Mirtha Dávila) a la que desea conquistar; de pronto se detiene delante
de ellos una petita y baja el tío de la chica y la cuestiona: “Martha,
¿qué haces con ese cholito?”.
Eguino pide a su antiguo ayudante no
olvidar que Tito Landa (+), el tío, no sabía conducir. Alguien, cuyo
nombre ya no recuerdan, tuvo que manejar los pedales recostado en el
piso del auto, mientras el actor sólo movía el volante.
La
historia de Chuquiago se remonta a 1970, va a decir el director en algún
momento del viaje entre La Paz-El Alto-La Paz. “El rector de la
Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), Pablo Ramos, me había pedido
hacer un documental sobre la Revolución Universitaria. Empezamos a
preguntar y había de todo en las respuestas, menos una coherencia
respecto del sentido de tal revolución. Con
Cacho —el guionista de
Chuquiago y de muchas películas bolivianas fundamentales—, y en vista
de que nuestras oficinas estaban al lado de la UMSA, decidimos invitar
al azar a los estudiantes para entrevistarlos. Reparamos así en que
había gente de todos los estratos sociales: desde el migrante que
habitaba en El Alto hasta la chica de familia rica de la zona Sur, y
cada uno pensaba la Revolución Universitaria a su manera”. El resultado
fueron varias horas de filmación; pero el documental no se hizo, porque
muy pronto, en 1971, llegó el golpe de Estado encabezado por Hugo
Banzer. Sin embargo, la información quedó rondando en la mente de
Eguino. Y luego de
Pueblo chico, de 1974, en plena dictadura se comenzó a
preparar
Chuquiago.
Isico. La historia inicial
es sobre un niño campesino que llega a La Paz. Su primer contacto es El
Alto, que por los 70 era un barrio más de la ciudad, bastante marginal.
“Cacho, hábilmente, creó esta historia”, dice Eguino. Había que
encontrar al niño, en tiempos en que no había personas profesionales
encargadas de buscar a los actores (
casting) y todo se hacía de manera
amateur. “Visitamos mercados, pero los chicos se asustaban, al igual que
sus padres”.
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| Isico (Néstor Yujra) con mamá Candicha (Alejandra de Quispe). |
Mientras se preparaba la filmación, el equipo, del
que era parte Paolo Agazzi (asistente de dirección), buscó un asesor en
idioma aymara. En la universidad había un joven profesor, Víctor Hugo
Cárdenas (hijo de campesino migrante que llegaría a la Vicepresidencia
de la República), que les dio clases y les presentó a su padre, Pedro,
quien los guiaría hasta la zona del lago Titicaca, de donde era oriunda
la familia. “Cuando llegamos a Huatajata se nos acercó un niño, sobrino
de los Cárdenas, al que vi y me dije: ‘Éste es Isico’. Permisos de por
medio, Néstor Yujra se trasladó a La Paz y vivió con Cacho Soria
mientras duró el rodaje de su historia (marzo-abril de 1976).
Pedro
Cárdenas actuó también. Es el tío que arriba a El Alto y entrega al
niño a una vendedora de café —mamá Candicha (Alejandra de Quispe)— para
que aprenda a sostenerse en la ciudad.
La mayor parte de las
escenas de exteriores de
Chuquiago son las de Isico, y El Alto, además
de la zona oeste de La Paz, el escenario. La actual avenida 16 de Julio,
cerca de la Plaza de la Liberación (Túpac Katari) es la esquina donde
vendía en verdad Quispe. La invitaron a actuar y ella aceptó encantada.
Por ese entonces, recuerda Aguirre, guía providencial, pues, tiene una
memoria prodigiosa, el lugar era una pampa de tierra, con puestos de
venta de plátanos y verduras, sogas y otros enseres, y la plaza no era
sino un pequeño espacio en medio de casitas de adobe. ¡Quién iba a
imaginarse que ese sitio se convertiría en parte de la inmensa Feria 16
de Julio, centro de una urbe autónoma!
Isico se convierte, pues, en
ayudante de la vendedora de café. Carga los bártulos para instalar el
puesto y no se da cuenta de que unos pícaros le roban el queso del
atado. Esa escena, un travelling, se hizo con un carrito que fue
prestado por la empresa de ferrocarriles, recuerdan Eguino y Aguirre.
Cosas
del cine, “el arte de mentir”, el puesto de mamá Candicha se instaló
para fines de filmación en otro punto ajeno al original. El director
quería un sitio sin mucho ruido, así que el equipo se fue a una especie
de descampado, detrás del actual Cristo, en la Av. Panorámica. Desde
allí —hoy irreconocible por el asfalto y muchas casas de ladrillo—, se
filmó —con ayuda de una grúa para cambiar luminarias facilitada gracias
al alcalde de entonces, Mario Mercado— el descubrimiento de La Paz por
parte del niño: la hoyada le atraerá como un imán y hacia ella bajará
por un sendero que todavía existe, pero que está separado de la ladera
por una malla de metal.
Johnny. Desde Villa
Victoria, la cámara descubre un conjunto de viviendas de ladrillo en el
límite entre El Alto y La Paz. Allí vive el protagonista de la segunda
historia: Johnny, sobre cuya vida, como con las de Carloncho y Patricia,
se tuvo que esperar hasta septiembre para la filmación, pues en julio fallecería la madre de Antonio Eguino.
El joven melenudo Edmundo
Villarroel fue presentado al equipo por Paolo Agazzi. “Lo hizo muy
bien”, dice el director que recuerda haber visto a su actor tiempo antes
de su muerte, en Cochabamba, atendiendo una chicharronería, “gordo,
gordo”.
Como padres de ese personaje actuaron Fidel Huanca —que
también haría de chasqui en
Amargo mar (A. Eguino, 1984) — y su esposa
Julia de Huanca (+).
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| Johnny (Edmundo Villarroel) y Zorro (Guillermo Aguirre, de frente) en una escena del film. |
Johnny camina por el oeste de La Paz y por
Miraflores, como ya se ha dicho. Y se reúne en el bar Los Amigos que
había en la Garita de Lima, con Zorro (Guillermo Aguirre) y Wattiras
(Hugo Pozo). Este último convencerá a Johnny de robar para tener plata.
La casa cuya cerradura deschapa el pillo está en la 20 de Octubre y J.
J. Pérez, muy abierta hoy en día, pues da paso a un negocio.
Como
anécdota, Eguino cuenta que entonces no se estilaba cuidar del
vestuario, como pasa hoy con profesional celo. “Johnny llevaba una
chamarra de cuero y una camisa. En medio del rodaje viajó a Cochabamba y
perdió la primera prenda, mientras la segunda quedó rasgada por una
pelea. Tuvimos que conseguir la chamarra y remendar la camisa”.
Carloncho.
Para dar vida a Carloncho, el burócrata clasemediero, se recurrió a
actores que, como David Santalla, tenían ya larga trayectoria en el
teatro. “Nos reunimos con ellos —además de Santalla, Tino Lozada, Pablo
Dávila y Raúl Ruiz— y les pedimos ensayar escenas del guion. Cacho fue
ajustándolo con las sugerencias de los actores”. Santalla demostró ser
un profesional: disciplinado, puntual, destaca el director. De hecho, él
aportó mucho, “le salía espontáneamente”, al personaje que, dentro del
drama, tiene chispas de humor.
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| Carloncho (David Santalla) en el bar Oruro. |
El viernes de soltero, que se
traduce en reuniones de amigos para beber, en la película fue registrado
en un restaurante de la calle Ingavi y Pichincha, hoy cerrado, de
nombre Oruro. “Por poco causamos un incendio, pues, sobrecargamos los
cables por la cantidad de luces necesarias para la filmación. Quise
advertir al jefe, pero me mandó a cumplir con el trabajo y eso hice”,
recuerda Aguirre parado frente a la vieja casa de estilo republicano.
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| La casa donde se hallaba el bar, en la Ingavi y Pichincha. Foto Pedro Laguna. |
Otra
escena memorable es la visita de los amigos a un prostíbulo. Había uno
en Villa Fátima regentado por una madame que aceptó colaborar encantada.
“Recuerdo
que llegamos al lugar, yo iba con mi esposa, Danielle Caillet (+),
quien hizo la foto fija de
Chuquiago (también Pedro Susz), y la señora,
luego de haber acordado lo que haríamos, me dijo: “Don Antonio, ¿no
quiere probar la mercadería?” (el cineasta imita el tono araucano para
recordar el episodio en medio de las chicas chilenas).
Sobre el
boliche exacto, no hay acuerdo entre Eguino y Aguirre. Que estaba por el
puente Minasa, no hay duda. Pero sí sobre si era El Redondo o El
Zepelín.
Discusiones de por medio, una anécdota famosa, cien veces
contada, ayuda a zanjar el tema. “Como encargado de la continuidad trabajó en
Chuquiago el padre Luis Espinal. La noche en que filmábamos
las escenas con las chicas, Luis salió a la puerta del local para fumar
un cigarrillo. Acertó a pasar por el sitio un taxista que conocía bien
al sacerdote. ‘Padre, qué hace usted aquí’, preguntó sorprendido. Y un
Luis muy tranquilo le contestó: ‘Trabajando, hijo’”. Aguirre salta: “Ve,
jefe, no pudo ser El Redondo —que estaba en un callejón al que no
entraban los autos—, sino El Zepelín”.
Otros espacios por los que
se mueve Carloncho son el Palacio Consistorial, donde es un funcionario
más; un departamento en la calle Pedro Kramer, donde desayuna y hace
bromas a sus hijas —una de ellas verdadera y las otras dos, de Tino
Lozada—, y el Cementerio General.
Patricia. Para
la última historia, sobre un vecino de la residencial zona Sur, Eguino
había solicitado la ayuda del escritor y diplomático Wálter Montenegro
(+). Éste, luego de echar un vistazo al guion, llamó machista al
cineasta, ya que las cuatro historias tenían que ver con varones. El
autor del libro de cuentos
Los últimos se dedicó a perfilar a Patricia,
esa joven de familia acomodada que estudia en la UMSA, que se une al
entusiasmo universitario de luchar contra las injusticias y por el
cambio social, pero que termina cediendo ante sus padres, dejando de
lado elamor por un matrimonio de conveniencia.
Eguino, que daba
clases de cine en la Universidad Católica Boliviana, tenía una alumna
“muy simpática, rubia, de muy linda voz”. Le hicieron una prueba, “y me
di cuenta de que no iba a funcionar; se lo dije y ella lo tomó de tan
buena manera, que inclusive me sugirió a Tatiana Aponte para el papel”.
Le hablaron, pero ella no aceptó. La amiga tranquilizó al equipo y
cumplió con el compromiso de convencerla.
Las escenas en la UMSA
son sólo las exteriores. Las del aula, con un dirigente revolucionario
arengando a los estudiantes (Andrés Canedo), se hicieron en una casa de
la calle Jaimes Freyre y pasaje Muñoz Cornejo, en Sopocachi. Un muro de
esa vivienda (que acogió a Jaime Paz Zamora y al propio Paolo Agazzi a
su llegada a Bolivia desde Italia, dice Aguirre) es el que trepa la
pareja de Patricia y Rafael (Julio César Paredes) cuando las fuerzas
represoras asaltan la universidad. Se dice en el film que es un muro de
la UMSA, pero así es la magia del cine.
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| Patricia (Tatiana Aponte) al centro,junto a sus padres. |
Muchos de los que
hicieron la película han fallecido, como delatan las crucecitas que
pueblan esta nota (Nota: hay que sumar una junto al nombre de Aguirre). Hay lugares de La Paz que ya no son lo que eran. Como
la casa con piscina en la zona de Calacoto que ha sido reemplazada por un edificio, o el muro de la avenida Montes, donde se filmó la última escena:
Patricia, en el auto de su marido (Roberto Cozzi) mira triste el
exterior. Sus ojos se encuentran entonces con los de un niño vestido
pobremente: Isico. El muro, en ese lugar en el que se dividían antes
el norte y el sur de La Paz, cerca de la Pérez Velasco, está hoy cubierto por estantes de libros usados.