martes, 12 de octubre de 2021

Teresa Dal Pero es la hija de Saenz

 
De un personaje de Jaime Saenz, Juanjoselillo, que interpretó en la obra "Las abarcas del tiempo", Teresa Dal Pero llegó a encarnar a la hija del escritor, Yourlaine, en la película de Mela Márquez, "Saber que te he buscado". Sobre este film, no estrenado aún, hablaron directora y actriz en 2005. Teresa murió el de marzo de 2021 sin haber logrado ver su trabajo protagónico en el cine boliviano.

Portada del suplemento Tendencias. Foto: David Guzmán.

Mabel Franco, periodista

El 18 de septiembre de 2005 se publicó en el suplemento Tendencias de La Razón la nota sobre el inicio de filmación de la película de Mela Márquez, sobre la hija del escritor paceño Jaime Saenz, que provisionalmente se llamó “No le digas” y que luego fue titulada “Saber que te he buscado” (ver trailer en https://youtu.be/5HqdPe3SYrg?t=40).

La cinta no se ha estrenado hasta la fecha por diversos problemas. La actriz protagonista María Teresa Dal Peró falleció en 2021 sin haber podido ver el resultado de su debut cinematográfico y protagónico. Hasta aquel 2005 ella había actuado solamente en teatro, como integrante de Teatro de los Andes. Pero, con el grupo de Yotala ella hizo un personaje de Saenz, Juan Joselillo (Ismael Sotomayor), en la obra "Las abarcas del tiempo".

Mela y Teresa Dal Pero hablaron aquella vez sobre el film en los siguientes términos:

-         .En 1998 comenzó a tejerse el proyecto, en gran parte por la profunda impresión que tuvo la cineasta durante la representación teatral de la obra “No le digas” de David Mondacca.  Tengo que hacer una película sobre Saenz, se dijo y, luego de dar vueltas a las ideas, quiso recuperar el caso de la hija perdida de Saenz, Yourlaine, así que se inventó el retorno. Hasta el momento de la filmación no se había contactado con Yourlaine, así que, por temor a que la hija radicada en Alemania no estuviese de acuerdo en que se la mencione, en el filme el personaje se llama Sabine.


Leni Ballón maquilla a Teresa Dal Peró. Foto: David Guzmán


- 

-        Teresa, oriunda de Ferrara, cerca de Venecia y Bolognia, contó que en su ciudad se ha filmado mucho cine, aprovechando la belleza de sus paisajes. La familia de Dal Pero, encabezada por una enfermera  y un cicerone, podrá decir, si alguna vez se estrena el film, que aporta al séptimo arte con una actriz y en Bolivia.

-          “Es una experiencia muy distinta a la del teatro y quizás frustrante desde el punto de vista de la construcción gradual del personaje”, contó Dal Pero el tercer día de rodaje, el 13 de septiembre de 2005. “Se filma por partes, por ejemplo ya hicimos el final, y a veces te parece que haces mucho y otras que nada y la toma ya está”.

-          Dal Pero, como se ha dicho, conocía a Saenz desde que representó a Juan Joselillo, con su joroba y sus libros en miniatura.

-       “Para la película leí más, hablé mucho con Mela y… ¿que si imagino cómo sería la hija de Saenz? Sí. Pienso que no ha debido ser fácil para ella. Por una parte, debe ser algo maravilloso saber que quien te ha engendrado era alguien especial, con la capacidad de conmover a la gente, y, por otro, debe ser terrible saber que era un alcohólico. Porque, si bien durante 20 años Jaime Sanz dejó de beber, tampoco hizo nada por buscar a su hija. Asumir esto debe ser lo más difícil. Al final, el orgullo de tener un padre brillante no compensa lo otro”.

Luego se sabría, por Yourlaine de Saenz, como se hace llamar la hija, que sí se buscaron ambos y que se escribieron hasta la muerte del escritor paceño, con lo que se confirmó lo que contaba el amigo Alfonso Barrero: que Saenz nunca olvidó a su hija, al punto de que lloraba amargamente por ella. (Leer sobre Yourlaine en http://cartaaunfenix.blogspot.com/2016/02/el-nieto-de-jaime-saenz-hace-musica-en.html

Mela Márquez y Teresa Dal Pero como Sabine.

Con la historia ficticia de Sabine, Márquez y Dal Pero creían que daban una oportunidad de reconciliación “a la hija con el padre ya muerto” y a una mujer “con sus raíces”, explicó la directora. Esto es posible a través de la escritura de Saenz que se convierte en una puerta para su hija, y de una ciudad y sus personajes que Sabine irá recorriendo también en sueños.

-          Para Dal Pero, algo que la unió fuertemente con el personaje fue “ese llegar a La Paz y encontrarse con sus olores y colores totalmente extraños para una gringa que se siente entonces en un mundo paralelo”.

-          En la película actúan también David Mondacca (Saenz) y Jorge Ortiz. Una parte del trabajo de ambos se filmó en 1998, en blanco y negro, y son escenas oníricas que fueron integradas al material realizado en 2005.

Sabine sube a un taxi al salir del hotel Presidente. El equipo de filmación registra la escena.
Foto: David Guzmán.




 

lunes, 11 de octubre de 2021

La memoria viene en conserva

“En conserva” es una forma de pensar en la memoria: la personal, tan caprichosa y, sin embargo, tan necesaria para seguir siendo en relación con los otros. Los dos personajes son una excusa para mirarnos y pensar en las veces en que nos hemos comido prejuicios de otros o nos hemos comido a otros o nos han devorado.


Mabel Franco, periodista

Meyerhold decía que un crítico debía ver la obra en su representación número 300, cuando el director la ha terminado luego de proceso de construcción en la que no sólo los actores han asimilado el ritmo, sino que diversos espectadores han dejado saber –con sus aplausos y/o bostezos- dónde debería ajustarse.

Hablar de 300 representaciones es una exageración, claro. Pero es cierto también que el proceso de creación no termina en el ensayo general –que en Bolivia suele ser el estreno y a veces casi la despedida-, sino cuando el público, diverso, múltiple, ha ido aportando en la construcción tanto a los actores como, por supuesto, al director. ¿Qué número de función será ésa? Premio para el espectador que la encuentre.

Lo mismo podría decirse de todas las obras teatrales; pero se hace particularmente evidente en la propuesta de Mosaico Colectivo, “En conserva”, que ha seguido un proceso de construcción colectiva desde la propia escritura, la misma que ha ido recogiendo varias voces hasta asumir plenamente las femeninas, articuladas al final por la pluma de Jorge Ernesto Barrón (los aportes son de Flavia Arduz, Michelle Ponce, Camilo Gil y Alison Román).

Desde 2019, luego de un taller de escritura en el que tomó forma la idea, ha habido una lectura dramatizada, un premontaje para teatro convencional, un viraje hacia el audiovisual empujado por circunstancias desesperadas -una pandemia, nada menos-, y este 2021, al fin un aterrizaje presencial y en espacio no convencional.

Visto tal recorrido, es evidente que la obra ha ido ganando consistencia, no digo en el texto, que queda escrito como está, sino en ese representarlo, en ese probarlo, en ese materializarlo que tuvo a Natalia Jofré y Emma Rada como las actrices en el principio y que ha encontrado en la dupla Emma y Sasha Salaverry su mejor momento expresivo.

“En conserva” habla de la memoria familiar. Dos hermanas se recuerdan a través de los seres que se les han muerto: la abuela, la perra, la gata, la coneja… todas bautizadas como Clara. Todas enterradas en el jardín, como las pepas de las aceitunas que eran el aperitivo preferido de aquella abuela y de las mascotas. Todas abono del olivo cuyo fruto se van comiendo las mujeres –una con deleite, la otra por costumbre-, tal como hará el público uniéndose al rito a través de la comida.

Esa memoria es, virtud de Mosaico Colectivo, teatral. Desde la palabra “Clara” que absurdamente nombra a todos los memorables o va develando las distintas denotaciones-dimensiones que le da el idioma, hasta las aceitunas verdes que no son precisamente un árbol casero. Inverosímiles, pero por ello mismo detonantes para desafiar al que mira a mantenerse alerta, para tomar la historia de esos dos personajes como una excusa para pensar en las veces en que nos hemos comido prejuicios de otros o nos hemos comido a otros o nos han devorado.

La puesta presencial en un local donde se sirve comida y bebida, con la mesa de las actrices al centro de todo, con mesas de comensales/espectadores rodeándolas sin dejarles un lugar para escapar de la mirada, con ellas dando indicaciones a la música baterista que hace puntuaciones, resulta cautivante. Estamos, todos, atrapados por la fuerza centrípeta de esas mujeres sin nombre, una psicóloga y otra gastrónoma, que ponen sobre la mesa la vida como recuerdan haberla vivido. Hay, en esa memoria de las situaciones, un humor que las actrices revelan con tal sutileza que se contagia poco a poco, hasta crear esa complicidad que debe ser de las mejores sensaciones dentro de una sala teatral.

Dos elementos que no me explico de la puesta: el vestuario; las chompas de lana no me dicen nada más de las dos mujeres que lo que van revelando sus palabras.  Y las imágenes de video que, proyectadas desde una pequeña pantalla invisible para gran parte del auditorio, restan; que de todas maneras la obra no pierda lo esencial, debería hacer pensar al grupo sobre su pertinencia; quizás resulten demasiado explicativas en un contexto que no precisa de ese nivel.

“En conserva” es, pues, una forma de pensar en la memoria: la personal, tan caprichosa y, sin embargo, tan necesaria para mirarnos y para seguir siendo en relación con los otros.

martes, 21 de septiembre de 2021

La quimba de Bafopaz



Foto: Alberto Schwartzberg

Recordar un espectáculo de danza folklórica y asociarlo a un elenco en particular es un tanto difícil para el espectador ajeno a ese elenco. Bafopaz se fija en la memoria por motivos dancísticos, seguramente, pero sobre todo porque sus directores entienden la diferencia entre bailar y poner en escena. Su exploración de elementos escénicos y dramatúrgicos para contar historias es mejorable, pero allí está.

Mabel Franco, periodista

La primerita


Foto: Alberto Schwartzberg

Don Nemesio Jaldín cree que la vida es como la cueca y que la cueca es como la vida. Anciano, viudo, su memoria revive momentos en los que vida y cueca le permitieron sentir ese amor que se extiende más allá de la vejez y de la muerte.

Tal el hilo argumental de “La última cueca”, espectáculo de danza boliviana que Bafopaz (Ballet Folklórico de La Paz) repuso en el teatro municipal Alberto Saavedra Pérez –en julio de 2021-, más de un año después de que fuera estrenado con gran suceso de público (enero de 2020).

Las cuecas bolivianas son parte esencial del repertorio de Bafopaz –escuela y elenco de danzas folklóricas que dirigen Víctor Hugo Salinas y Ana Ariscurinaga-, de manera que lo de “última” hay que tomarlo como un recurso dramatúrgico, no como una despedida.

Salinas es un hombre de ideas. Recuérdese que en plena cuarentena rígida se le ocurrió armar una “Cuecarentena” para el programa El Municipal en tu Casa -que consistió en grabar obras sin espectadores, en el teatro Saavedra Pérez, para su difusión por internet-. La cueca, entonces, la bailaron pocos Bafopaz, unas 20 personas, todas con barbijo, sello de esos días en los que al miedo había que ponerle el cuerpo, para el caso, danzante.

“La última cueca” es –cuando un rebrote del Covid 19 da tregua- un derroche de vestuario colorido, bailarines –casi un centenar-, músicos en vivo –una decena- y una escenografía monumental.

Un factor más que anotar en esta Introducción es la formación de Salinas. Bailarín, explora paralelamente en la actuación –particularmente el clown-, lo que explica su búsqueda de nuevas formas de narrar desde la danza, de darle siempre un giro a sus propuestas, en las que el lenguaje contemporáneo que interesa a Ana Ariscurinaga se integra también.

La quimba


Foto: Fernando Quiroga

Cuando el telón del teatro se abre, hay un golpe de sorpresa innegable. Un salón de baile se ha recreado gracias al talento del pintor escenógrafo Víctor Mamani Rafael. Casi todo el espacio disponible, sin los bastidores laterales, ha sido tomado. En lo alto y a la izquierda se ubica la orquesta –el Ensamble Bafopaz- que tiene las voces cantantes de Diana Azero y Wilson Molina.

Salinas, convertido en Nemesio Jaldín, avanza hasta el proscenio y le habla al espectador, como hará de tanto en tanto, dándole a conocer su historia de ficción y aportando datos sobre las cuecas en Bolivia: La Paz, Cochabamba, Chuquisaca, salón, chichería… En general, el actor-bailarín sabe mantener el personaje, aunque por momentos asome el Víctor Hugo y entonces el bastón cambie de mano sin que el actor se percate de que está afectando al personaje.

La sucesión dinámica de cuecas, el vestuario, los movimientos de los bailarines armando las coreografías aportan variedad a la propuesta. Hay que estar allí para apreciar, por ejemplo, las combinaciones de colores: manta roja como los zapatos, pollera negra; chaleco del varón del mismo color que la pollera de la pareja… Hay un trabajo minucioso que invita a fijar la mirada al mismo tiempo que los ojos se mueven siguiendo ora los pies ora los pañuelos.

La música, que en directo es inmejorable –las pregrabaciones son tan estáticas–, logra similar efecto: los oídos se acomodan para acompañar los movimientos de los bailarines, y al mismo tiempo, ¡reparar en la letra de las canciones!: “En una noche clara un caminante vio, que en un rosal florido se estremecía de amor, cantando dulces penas, una rosa de carmín”, “quiero ser de ti más allá del tiempo”, “rosa de primavera abierta a la luz, que te acaricia y besa tu juventud”, “Desde que me vi en tus ojos voy de desvelo en desvelo”…

El jaleo


Foto: Fernando Quiroga

Dos momentos inolvidables tiene el espectáculo: el viejo Jaldín bailando con ayuda de su bastón y el rejuvenecido Jaldín batiendo pañuelos con el fantasma de su esposa para perderla nuevamente, mientras llueve, realmente, en el escenario.

Esos momentos no podrían ser los mismos, otra vez, sin los músicos. Las voces de Diana Azero –inmejorable su versión de “Cantarina”- y de Molina, en los solos o como dúo, son el alma de esas parejas que se acercan y se alejan como el amor o el desamor. 

La segundita


Foto: Alberto Schwartzberg

Una de las formas que rodean el espectáculo de Bafopaz es, como se ha dicho, la escenografía. Hay una inversión en ello, una preocupación para que el espectador disfrute aun más de la danza y sienta que está en un salón de baile. Esta voluntad que se agradece y que marca la diferencia respecto de casi todos los elencos de danza folklórica en La Paz juega en algún momento, es mi sensación, un poco en contra.

Ocurre que el deslumbramiento inicial se va diluyendo por la ausencia de movimiento en esas formas, lo que se hace más patente cuando el telón se reabre para la segunda parte del espectáculo. Cuesta mucho montar tremenda estructura, la que por tanto hace imposible un cambio. Así, el rincón donde Nemesio permanece mucho tiempo escondido por los bailarines, una especie de biblioteca pintada debajo de la orquesta, amenaza con anular también al personaje a falta de otros recursos teatrales para sacarle jugo a la forma.

Esto último tiene que ver con la dramaturgia. Salinas intuye, avanza tras esa intuición y consigue marcar la diferencia respecto de otras propuestas de danza; pero bien puede afinar esa intuición para contar historias redondas en las que cada elemento desplegado encaje: por ejemplo la alternancia de danzas tradicionales con las de tono contemporáneo, que no siempre parecen dialogar. Y para que cada uno de los elementos que Bafopaz lleva a la escena se activen en las posibilidades que prometen (para el caso, el espacio creado por Víctor Mamani que podría aprovecharse para que los bailarines entren no sólo por derecha o izquierda, para que Jaldín esté más presente y no sólo cuando habla, etc.).

Jaleo final y aplauso


Foto: Alberto Schwartzberg

Recordar un espectáculo de danza folklórica y asociarlo a un elenco en particular es un tanto difícil para el espectador ajeno a ese elenco (las academias y escuelas tienen en gran parte, cuando no en exclusiva, un público cautivo en padres de familia y amigos de los bailarines). No pasa esto con Bafopaz, que ha logrado atraer a un público “ajeno”, por llamarlo de algún modo. Es un mérito de su forma de hacer danza, seguramente, pero también de entender que para llegar a un teatro hay que hacer más que sólo bailar: hay que poner en escena, hay que estudiar elementos escénicos para competir –sí, competir, marcar diferencia- con los bailes cotidianos que la retina de los bolivianos tiene grabados incluso, para algunos, hasta el hartazgo.







lunes, 19 de julio de 2021

"En Bolivia, cada uno está aferrado a su bacín"

"Bolivia es un país bastante rígido, pese a ser variopinto y de sociedades, etnias y grupos diversos"... "Estamos enclaustrados y a esto habría que buscarle salida creativa y dejar de lloriquear ante la OEA"... "El arte es incapaz de influir en la sociedad... pero podría motivar la creatividad… si no lo hace es porque ha sido relegado al gusto de viejas pudientes que no tienen nada mejor que hacer…". Roberto Valcárcel 



Mabel Franco, periodista 

Hagan una lista de 10 consecuencias positivas de ser creativo, pide Roberto Valcárcel y el grupo de alumnos -una veintena de personas, la mayoría muy jóvenes- se esmera en cumplir. El maestro organiza las respuestas y hace notar que, además de las consecuencias relacionadas con la autoestima, la trascendencia, etc., hay que apuntar la posibilidad de hacer dinero, de ser independiente y de mejorar la calidad de vida. Es decir, creatividad sí en sentido poetico, pero también muy práctico. 

P. La creatividad, ¿se enseña? 
R. Es igual que en atletismo: se puede enseñar las reglas, disciplina, entrenar; pero en última instancia, que seas atleta, y además bueno, no es tema de enseñanza sino de rendimiento personal. En materia de creatividad, más que de enseñar yo hablo de motivar. Creo que si una persona comienza a actuar creativamente, no necesita de ayuda. El tema es cómo hacer que la agente comience a ser creativa. Por eso, el elemento motivador es el que me interesa más. 

P. Según su experiencia, ¿cuántas capas hay que destapar para hallar la parte creativa en una persona? 
R. A eso que llamas capas yo agresivamente les digo impedimentos o trabas y creo que dependen en gran medida de la historia personal de los individuos. Tales impedimentos pueden ser la rutina que no deja cabida a la innovación; el miedo a la desaprobación social que inhibe el cambio, ya que se depende demasiado de las opiniones ajenas, la percepción de la autoridad que se traduce en componendas entre súbditos y autoridades para echarse mutuamente la culpa de la falta de creatividad. Y está el sistema mismo que es no creativo (familia, escuela, etc.). 


P. ¿Se anima a decir, a riesgo de generalizar, cuán creativos son los bolivianos? 
R. Por muchas razones, entre ellas factores de tipo histórico, de causalidades que están fuera de nuestro control, me atrevo a decir que Bolivia es un país bastante rígido, pese a ser variopinto y de sociedades, etnias y grupos diversos. Cada loco con su tema, pero cada quien con la rigidez del caso. Entre los muy diversos grupos y sociedades y estratos del país, no encuentro un sector que se precie de ser libre en el sentido de “busquemos alternativas” y de “encontremos la novedad y lo otro”, y de “vayámonos hacia lo desconocido para desarrollarnos”. Todos están agarrados a su bacín. Cada uno está agarradísimo a su lugarcito, pretendiendo que todo el mundo acepte su doctrina.

P. ¿Algunas de las causas? 
R. Está la situación geográfica del país, pero en el hecho de no asumirla. Estamos enclaustrados y a esto habría que buscarle salida y dejar de lloriquear ante la OEA. Otro factor que encuentro es la falta de inmigraciones de otro tipo hacia el país. Argentina tuvo a los italianos, Panamá a gente de la India, Perú a los chinos, Brasil a los japoneses, lo que ha exigido flexibilidad, lo que ha implicado alternativas y ejemplos de otredad. Aquí no hay. También pesa, claro, la triste historia militarista y de conquista que ha dejado una huella profunda de autoritarismo. Una prueba indirecta de esta tesis es la gran cantidad de problemas milenarios que tiene Bolivia y que no se resuelven, sumándose para peor yapas de todo tipo. Si hubiese creatividad ya se hubiesen solucionado muchos de estos viejos problemas. 

P. Uno dice arte y ya piensa en creatividad. ¿Es tan así? 
R. Veo que el arte lamentablemente es incapaz de influir en la sociedad. En el mejor de los casos llega a acompañar fenómenos o expresar cosas que ya estaban ahí (el muralismo mexicano, por ejemplo). Que sea un motor para iniciar algo lo veo difícil. En un sentido marxista (uso a Marx cuando me conviene, no porque sea un convencido), el arte es superestructura, es una consecuencia de las relaciones de producción, de manera que difícilmente va a cambiar los elementos de la estructura, aunque puede ser un motivador. Si no lo es, es porque históricamente ha sido desvirtuado, relegado a labores de decoración, de panfleto, de gusto de viejas pudientes que no tienen nada mejor que hacer… 

P. ¿Y de viejos, no? 
R. Lo que pasa es que las señoras son más longevas. Los viejos duran poco, así que ellas quedan para ir a las galerías. Completando la respuesta: el arte se ha cargado de muchos prejuicios y tiene poca predominancia en la cultura. 

P. ¿Y eso es esencial al arte o es parte de la coyuntura? 
R. Según el marxismo, sí es esencial… Hay otros puntos de vista, claro, y se suele apuntar al Renacimiento, cuando el arte fue importante porque el poder se dio cuenta de su capacidad seductora para emprender transformaciones de conciencia y de percepción de la realidad. Algo así se hizo durante la Colonia con el arte como catecismo de los analfabetos. Hoy esa función la cumplen los medios como la Tv y los juegos alienantes y masificantes.

P. El arte podría aprovechar la situación. 
R. Sí, pero sólo ha perdido fuerza y se limita a círculos de entendidos, informados, iniciados. El tema no es para ir a la OEA a que nos devuelvan nuestro arte, sino repensar: aquí, ahora y a partir de esto: ¿a dónde vamos?, ¿cómo mejoramos la calidad de vida entre todos? 

Entrevista publicada en el suplemento Tendencias del diario La Razón.






lunes, 10 de mayo de 2021

Morayma Ibáñez , la pasión en la escena

 

Morayma Ibáñez como Juana Sánchez. Archivo de la actriz.


Mabel Franco, periodista

Era la última de la fila. Con sus ocho años y un tutú resaltando sus largas piernas, asomaba apenas en el grupo que ponía en escena La danza de las flores, de Tchaikowski. La maestra Ileana Leonidoff la había aceptado y la haría participar en Cascanueces, El bacanal y otras obras en las que Morayma desaparecía más que aparecer.

Su mamá Alicia Von Borries estaba orgullosa de su pequeña. Ella sí sería artista, papel que había soñado para sí desde que en el colegio ganara el papel de Simón Bolívar. El problema era que el papá de Morayma no quería oír hablar de bailes ni de actrices.

Del ballet, Morayma pasó a las danzas folklóricas. Así las sorprendió, a la niña y a la madre, el abogado José Ibáñez Estrada. Se temía una tormenta; pero al aymarista y conocedor de las danzas nacionales no sólo autorizó a su primogénita, sino que se le unió con tanto o mayor entusiasmo que doña Alicia.

Con los años. del baile, Morayma Ibáñez daría el salto al teatro, se uniría a Nuevos Horizontes de Liber Forti, sería alumna de Grotovski en Nancy (Francia), daría de qué hablar con sus interpretaciones enérgicas en la escena nacional para, finalmente, sin dejar la actuación, dedicarse a los niños como titiritera.

Fantasía boliviana

En los años 50, con el señor Ibáñez en la producción y la adolescente Morayma como primera bailarina –elegida como tal por el coreógrafo Jorge Vargas --, las revistas folklóricas marcan historia. Fantasía boliviana llena el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez noche tras noche. El éxito obliga al grupo a iniciar una gira por América: países vecinos, México, Estados Unidos reciben al elenco. Quien se alegra y sufre a la vez es la señora Alicia al ver que la pasión se desborda y lleva al esposo a hipotecar la casa, todo en aras del arte.

Policromías del Ande, Mayasa… las revistas se suceden, tanto como los aplausos.

Morayma tiene 17 años, está en el colegio; pero es una artista que baila de noche y por la mañana dormita escondida en el pupitre. En esta “doble vida” es que se contacta con gente del teatro que la lleva a presenciar un ensayo de Nuevos Horizontes.

“Llego al teatro, me siento atrás y adelante veo a dos jóvenes, guapos por cierto, mirando a los actores. En mi ingenuidad y creyendo que estoy con mi elenco, pido que se retire algo porque se ve feo. Los jóvenes se dan la vuelta y me miran. “¿Haces teatro?”, me preguntan. “Bailo”, les digo; “pero también digo las palabras para abrir el telón”.

Liber Forti y Lalo La Faye –los jóvenes— la invitan al escenario. “¡Que suba el telón del baile y la canción de nuestro suelo patrio!”, recita Morayma, “y lo hago incluso con zetas para impresionar”. Forti le pregunta: “¿Eres española?”, “No”. “Bueno, la próxima vez dilo como hablas nomás… ¿No quisieras actuar?".

Joven actriz

Así, el teatro gana una actriz. No en Tupiza, eso vendría luego, sino en el elenco del Ministerio de Educación que tenía entre los integrantes a ex Nuevos Horizontes.

El debut de Morayma fue como actriz principal: Cleia, de "La zorra y las uvas" (Figueiredo), que despertó elogios y también intensa polémica: el dramaturgo Raúl Salmón de la Barra increpó al grupo, al final de una función, por no hacer teatro “boliviano”, “popular”… “El pecado mortal era tener gente de Nuevos Horizontes que, por entonces, a principios de los 60, era sinónimo de comunistas, anarquistas”, comenta hoy una serena Morayma.

La joven quiso, ahora sí, ir a Tupiza, el centro del buen teatro y del escándalo debido a que los integrantes vivían en comunidad. “Mi padre se oponía; pero unos amigos, la familia de Teresa Bernal, me ofrecieron su casa y viajé para tomar un curso.” "Hermano lobo", "Escuadra hacia la muerte"… las obras se montaban a la par que se barría la casa, se cocinaba, se ayudaba en la imprenta, en las revistas y folletos de arte. Las giras por los centros mineros fueron parte de la vida de la actriz que pudo participar en los últimos momentos del grupo.

De vuelta en La Paz, el Teatro Experimental Universitario la acogió, y luego el Teatro Nacional Popular. "La cantante calva" (Ionesco), "El malentendido"(Camus) comulgaron con "Santa Juana de América" (Andrés Lizárraga) en el alma de Morayma.

Mimada por la crítica

“Se posiciona con singular acierto la Sra. Ibáñez”, resaltó Rafael Montenegro, y el poeta Óscar Alfaro, que publicaba una columna en Presencia con el seudónimo de Juan José, le regalo una crítica en verso:

“Una estrellita nacional
una estrellita morena
 brilló en la noche serena
del teatro experimental…
Su papel: el de asesina
Y asesinó a todo el mundo
con el mirar profundo
y esa silueta felina”.

Su encarnación de Juana Azurduy la puso en la mira de todos los críticos de los años 60, que se deshicieron en elogios: “Santa Juana… o la consagración de Morayma Ibáñez” tituló Pedro Domingo, quien resaltó “los recursos de su voz, que posee educada impostación, la sobriedad mímica y un virtual dominio escénico”. Y Sergio Suárez estampó: “En su papel de heroína mantuvo sobriedad y altura… en su interpretación se hizo plasmable su vigor poético y emocionalidad”.

Obra "Tres generales" de Raúl Salmón de la Barra. Foto: Archivo Morayma Ibáñez. 

En 1966, ya madre de una niña, la actriz ganó una beca y se fue a Francia. En Nancy estudió un año con Grotovsky y otros maestros, junto a otros colegas del mundo. “Compañeros que me aplaudieron al cabo de una improvisación… fue mi premio”.

Morayma recibió invitaciones para trabajar en distintos países, pero decidió volver a Bolivia en 1967. “Me arrepentí y me arrepiento. En La Paz, a mi retorno, me di cuenta de cuán egoísta puede ser el ambiente con gente que cree que lo sabe todo y no quiere escuchar”.

La estrella que pudo brillar mucho más tuvo que amoldarse al mundo pequeño. Fue maestra del Taller Nacional de Teatro; trabajó con varios directores que se empeñaron en darle papeles chicos (igual, la crítica destacó su trabajo por encima de las figuras centrales) y aprendió el arte de la escenografía y el vestuario junto al argentino Oscar Casero.

Titiritera 

“He vestido muchas óperas”, afirma con su voz educada y “eres” marcadas . Ese talento le sirvió para crear el vestuario de sus títeres y marionetas (que se lucen desde abril de 2021 en La esquina del títere habilitado en el museo interactivo Pipiripi, por iniciativa de la gestión de Andrés Zaratti como secretario municipal de Culturas).



Morayma ha hecho también video y cine. En 2008 fue parte del corto Desde el fondo, de Adriana Montenegro. En teatro fue parte de El Pequeño Teatro, elenco creado en los 70 en la casa Juancito Pinto.

Como cabeza de Actoral Colibrí viajó por el país llevando mensajes a la niñez: sobre el cuidado del medio ambiente y otros valores positivos.

“Hay que disfrutar del teatro; no vivirlo como una tortura, con gritos y conflictos”, define su arte y su vida esta mujer que cree en Dios. “Cómo no creer”, cuestiona, “si él me ha permitido seguir viva”. Se refiere a la caída que sufrió en 2005, desde un segundo piso, y que le dejó un brazo fracturado, un golpe en el cóccix; pero nada que quebrase la voluntad de seguir trabajando en los escenarios.

La actriz

·         Vida

Morayma Ibáñez nació en La Paz, en la zona Oeste. Es la mayor de cinco hermanos, sólo un varón entre ellos.

·         Obras

En teatro, "Santa Juana de América", "El malentendido", "La cantante calva", "A la diestra de Dios padre", "Golpes a mi puerta", "Gianni Schichi" y otros. En video y cine, "El último realista", "Desde el fondo". En títeres, "Pandora", "La nave del profesor Galleta", "Jatita" y otros.  

·         Distinciones  

El 2017 recibió la Medalla Escenario, otorgada por el Círculo de Directores Independientes de Teatro. 

En 2018, el espacio Simón I. Patiño le rindió homenaje con un video que resume su vida y carrera.

En abril de 2021, el GAMLP, a través de la Secretaría Municipal de Culturas, habilitó el Rincón del Títere en el museo interactivo Pipiripi, donde se exponen muñecos creados por Morayma Ibáñez.

sábado, 17 de abril de 2021

Hugo Pozo Arias: “Soy un actor dramático”

Hace años que pisa los escenarios (49 en 2021, 37 la vez que se hizo la presente nota en La Razón). De niño vio a Cantinflas en la película ‘El extra’ y se dijo que de grande sería cineasta, hasta que se enteró de que no es cosa de uno solo… Con el tiempo, se le había olvidado el sueño, pero el sueño no se olvidó de Hugo Pozo Arias, así que le dio la oportunidad de convertirse en un actor que ama el drama, pero al que la vida llevó a la comedia.

Hugo Pozo en la película de 2020, Mi socio 2.0.


Mabel Franco Ortega, periodista


“¿Papá? Nos han dicho que te has muerto, que te están velando”, oyó Hugo Pozo la voz asustada de su hijo Guery al teléfono. “¿Ah, sí. No lo puedo creer?”, fue la respuesta del actor, entre sorprendido y divertido. Es muy posible que el incidente esté ya en su mente de libretista y vaya a plasmarse en una próxima aventura de Ringo Guarachi Vergara, más conocido como El Warjata, personaje de mil oficios.

Hugo Pozo Arias está más vivo que nunca, trabajando intensamente en su escuela de teatro ubicada en la calle Ayacucho, muy cerca del Obelisco paceño. Allí, en un espacio que le permite tener una pequeña oficina, una sala para las clases teóricas y otra rodeada de espejos para las prácticas, el artista acepta rememorar su trayectoria que le ha llevado del teatro dramático a la comedia y de allí al cine.

“Comencé en 1973, así que tengo 37 años de vida artística”, dice con su voz grave a tono con el rostro de hombre serio, que podría parecer intimidante para quien no lo conozca a fondo.

“Cuando era niño vi una película de Cantinflas, El extra, y desde entonces hacer cine se volvió mi sueño. Pero, cuando averigüé que eso no era cuestión de una sola persona, que se necesitaba maquillistas, continuistas, guionistas, etcétera, me olvidé del sueño”, confiesa.

Pero el sueño no se olvidó de él y, cuando estaba en los últimos cursos de colegio, un amigo suyo, Guillermo Aguirre (que haría cine años más tarde) “me llevó a arrastrones a un taller de teatro experimental que dictaba Eduardo Cassís”.

"Me gusta el drama"

Durante siete años, el joven Hugo alternó sus estudios de colegio primero y universitarios después —siguió la carrera de Psicología— con las obras del teatro universal: Juana Azurduy de Padilla, Madre Coraje, Yerma... “Comencé con papeles chicos, como extra, pues es así como un actor va ganando experiencia y escalando”.

En una de esas representaciones fue visto por Tito Landa —director de teatro que falleció a fines de los 90—, “quien me invitó a ser parte de su compañía. Me dijo: ‘pero nosotros hacemos teatro nacional, popular’, y le respondí que no había problema”.

La obra en la que actuó es Escuela de pillos (Raúl Salmón de la Barra). “Ahí comencé a hacer mis primeras travesuras teatrales”, rompe el rigor con una sonrisa, y dice que mereció un comentario en la prensa que destacó su perfil cómico.

“Yo soy un actor dramático —retoma el gesto grave—, me encanta el drama; pero los artistas nos debemos al público y éste me exige que haga comedia”, justifica el carácter de su compañía, bautizada como “Hugo Pozo”, que ante todo se dedica a hacer reír a la gente.

En los tiempos en que trabajó con Tito Landa, a Pozo le tocó, en los 80, representar un papel secundario en la obra Los plebeyos, de Jorge Wilder Cervantes. Don Gabino, el personaje, es un extravagante tinterillo de hablar rebuscado, pero cuyos modales pueblerinos sobresalen a cada momento pese a la levita y los guantes blancos.

Hugo Pozo se robó la obra en la que compartió papeles con un muy joven David Mondacca y con Mery Rada, entre otras figuras de la escena nacional. “El personaje, la forma de interpretarlo, ha sido copiado luego por otras personas en varias obras”, comenta con un dejo de satisfacción. Y es cierto, el teatro popular mostró luego varios “Gabinos” y hasta el mismo Pozo se copió en obras como Dos hermanas para un Ñoño, en la que además le tocó dirigir al actor mexicano Édgar Vivar, famoso por la serie de televisión El Chavo del 8.

“Uno va inventando recursos que no figuran en el texto del autor, como cuando Gabino y el personaje de David se comen un venadito; yo no me quito para nada los guantes, pese a que cojo las presas con las manos, salvo al final cuando inesperadamente me chupo los dedos”, termina de recordar su picardía con una carcajada que se prolonga algunos segundos.

En general, el que escucha las carcajadas de otros es este actor. Su personaje, El Warjata, se ha hecho muy popular. “Cuando estrenamos Ayyy Warjata, qué warjata, la gente hizo fila la noche anterior para conseguir las entradas en el cine México. Dicha fila llegaba hasta la calle Armentia (luego de trepar la larguísima y serpenteante cuadra de la Av. Montevideo). Ya en la obra, “la gente se mataba de risa, tal cual ha pasado en El Alto y hasta en Buenos Aires y Sao Paulo, donde fuimos a actuar para los residentes bolivianos”.

El Warjata recuerda, en varios aspectos, a otro personaje al que Pozo dio vida. Es Rigucho, creación del dramaturgo, actor y director Raúl Salmón (La Paz, 1926-1990) y que este mismo interpretó en las obras de teatro social, como bautizó a su trabajo. En los 90, Pozo encarnó a ese hombre humilde, optimista y de sentimientos nobles en El partido de la contrapartida.

Estuvo desopilante. Hay una escena en particular que se puede calificar de brillante. Rigucho, empleado del almacén donde se ha producido un robo, es injustamente acusado. Ni su patrón le cree y lo entrega a los policías que le quieren arrancar una confesión, así que lo atan a una silla y lo torturan. El público está dolido, pues ya se ha encariñado con este Rigucho que en medio de sus gritos de dolor pide clemencia recurriendo a una canción de moda: “No me hagan más daño, no me hagan más daño...”. Las risas rompen el momento dramático. Claro que una cosa es contarlo y otra ver al actor en el escenario.

La memoria de Pozo propone un otro salto al pasado para recordar cómo se cumpliría, finalmente, su aspiración de niño: actuar en cine. 

En los años 70, al finalizar la función de Escuela de pillos, le buscaron tres hombres que pronto supo que se llamaban Paolo Agazzi, Cacho Soria y Antonio Eguino. Semejante comitiva le hizo una propuesta: que se presentase a la prueba para una película que estaba en curso. El actor de teatro hizo así su primer papel secundario en la segunda historia de la tetralogía Chuquiago.

Allí dio vida al amigo de Johnny (el fallecido Edmundo Villarroel), dos jóvenes de extracción humilde, hijos de migrantes del campo que luchan por integrarse a la urbe; en el caso de Pozo, convertido en un pillo. 

“Luego de eso he participado en 22 películas más, dirigidas por profesionales nacionales y extranjeros”. Como pillo también fue parte de American Visa, película del año 2005 dirigida por Juan Carlos Valdivia, en la que trabajaron los mexicanos Demian Bichir y Kate del Castillo.

Por estrenarse en Bolivia, posiblemente en marzo próximo, hay otra cinta dirigida por el chileno César Caro y que se titula Tercer Mundo, mezcla de drama y comedia, que se filmó en Guatemala, Chile y Bolivia. En la historia de tres jóvenes, de un viaje fantástico y aventuras, Pozo encarna a un hombre con conocimientos de los misterios de la cultura tiwanakota.

Un hombre llamado Warjata

Hace tres años, argumenta el artista, el teatro popular se había quedado sin el público masivo que lo seguía casi de manera incondicional. “Se produjo una saturación de ver una y otras vez reposiciones de las obras de siempre. Así que me planteé el desafío de buscar algo nuevo. Tenía en mi mente el diploma de un curso de dramaturgia que pasé con Raúl Salmón el año 1990, con el patrocinio de la Universidad Mayor de San Andrés, y algún texto que me animé a escribir. Pero tenía miedo de que no gustase ni a mis compañeros”, se pone serio el actor.

En esa obra nacía El Warjata que, cuando se produjo la primera lectura, recibió entusiasta reacción, “la misma que despertó en el público la puesta en escena”, y que le llevaría a crear El matrimonio del Warjata y Te voy a mostrar una cosita.

“Sí, El Warjata tiene algo de Rigucho—tiende nexos Hugo Pozo—, aunque este último es un migrante del campo y el otro un hombre citadino; ambos son divertidos, dicharacheros y muy humanos”. ¿Edad?, “Ringo Guarachi tiene entre 35 y 40 años”, dice el actor que así, en el escenario, puede mantenerse joven.

Hay que decir que este artista es de los afortunados, pues vive de su actividad teatral. “He podido hacerme de un departamento, tengo un vehículo y este espacio (señala el piso del taller), así que mal no me ha ido”, afirma quien sostiene a su familia compuesta de esposa y dos hijos. “Guery, que sigue ya mis pasos, pues está actuando en las obras, y Milenka, una estudiante de Comunicación que considero que es de las mejores críticas, no sólo de mis obras, sino del teatro, pues ha crecido entre ensayos y representaciones”.

Si de críticas se trata, el teatro bautizado como popular no siempre ha merecido el interés de los medios de comunicación. Pero eso a Hugo Pozo no debería preocuparle. La reacción de la gente, y no sólo en La Paz, le permite seguir trabajando. De hecho, apenas termine el taller que dicta en La Paz, donde tiene una alumna de 70 años —”su publicidad dice que recibe a gente de hasta 80”, le habría dicho al momento de inscribirse—irá a Sucre para encontrarse con ávidos estudiantes.

Además, entre sus anécdotas, el actor atesora una en particular: “Cuando actué como el Sambo Salvito (el ladrón, mulato, que es una leyenda en La Paz), cierto día en que yo paseaba por la calle fui interpelado por una viejita que comenzó a golpearme”.

(A partir de este momento, Pozo actúa, cambia de voz y de rol):

- Señora, qué pasa, le decía yo.

- Negro maldito, has hecho sufrir a tu pobre madre...

“Un señor tuvo que explicarle que soy un actor. Por supuesto que yo no estaba molesto, sino encantado, feliz”.



Hugo Pozo con Norma Merlo en la obra "Santiago de Machaca" de MondaccaTeatro.
Foto: Archivo Mabel Franco

Pozo se reencontró en la escena con David Mondacca, quien le invitó a dar vida a Santiago de Machaca, personaje de Jaime Saenz, en la trilogía que Mondaccateatro dedicó al autor paceño. Con esta obra y con Marca para tres viajaron al festival de Antofagasta (Chile). “Fue impactante”, resume su baño de drama, aunque, ya en su grupo, está claro que seguirá con la comedia, “total, ya bastante tragedia vive nuestro país como para privarle de la risa.

Nota: Hugo Pozo es un personaje importante en la obra de 2020, "Mi socio 2.0", secuela de la película "Mi socio", ambas dirigidas por Paolo Agazzi.

Hugo Pozo falleció el 3 de noviembre de 2024.

domingo, 21 de marzo de 2021

Quino, el hualaycho

 


Mabel Franco (para la revista Rascacielos, domingo 4 de octubre de 2020)

Mafalda sueña. En ese sueño, unos personajitos de algún planeta que no es la Tierra comentan sobre la novedad de las fotografías que los humanos están tomando del planeta Marte (luego de haber alcanzado la Luna).

“¡Habi cominchatie la bestiakontaminazion universati!”, sentencia desolado el extraterrestre (Mafalda Nº 6) que no puede ser otro que Quino dando forma a una pesadilla, la misma que con idéntica melancolía, aunque sin el invaluable sentido del humor del dibujante mendocino, plasmara el escritor Ray Bradbury en sus “Crónicas marcianas”.

En esa tira de cuatro cuadritos podría resumirse todo el sentido que Joaquín Salvador Lavado (Mendoza, 1932-2020) le imprimió a su trabajo: observar al género humano sin filtros de autocomplacencia y autojustificación, para desbaratar ante sus ojos la pedantería civilizatoria, para poner en evidencia el absurdo de las ansias de poder y de conquista (en pareja, en familia, en sociedad) tan viejas como la humanidad misma, con la esperanza -hay todo un universo dibujado para suponerlo así- de que tanto pesimismo no sea vano, sino que vaya horadando conciencias: no se sabe si para esperar un cambio o al menos para arruinar la fiesta a los más machitos. Total, lo que pasa o pasará no es, no será, sino el continuose del empezose de alguien.

Un extranjero, quizás

Quino se sentía menos argentino de lo que los argentinos quisieran. Quizás porque sólo cuando tuvo que ir a la escuela se dio cuenta de que el resto de los niños mendocinos hablaban de manera distinta a como lo hacía su familia de migrantes españoles. Fue así, como a los seis años más o menos, que se supo distinto, que descubrió que se llamaba Joaquín y no Quino. Y entonces se habrá profundizado la timidez con que se asomó al mundo y que venció solamente a través de sus dibujos presentados, casi invariablemente, en riguroso  negro y blanco.

Esa su distancia con lo argentino la confesó textualmente Joaquín Salvador Lavado en la entrevista del año 2000, la primera vez que llegó a La Paz, Bolivia, cuando Robert Brockmann y yo –como periodistas del diario La Razón–buscamos la manera de hacerle preguntas que no estuviesen ya respondidas, una y mil veces, por el artista. Tarea difícil, a esas alturas, sobre todo porque inevitablemente habría que mentarle a Mafalda, a Manolito, a Felipe... –como si de seres vivos se tratara-, a sabiendas de que a Quino lo tenía harto la insistencia.

La autora junto a Quino en el diario La Razón de La Paz. Año 2000. Archivo Mabel Franco.

Como sea, con dibujo de Mafalda de por medio para complacer al fotógrafo, el humorista habló de su ateísmo, de su desconfianza en los adelantos de la vida moderna (que tiene más de moderna que de vida), de su derrota frente a la piratería, etc. etc.

Lo que no sospechaba Quino es el entusiasmo con que los bolivianos lo acogerían en la Feria Internacional del Libro de La Paz, evento para el cual llegó al país a sus 68 años de edad. Un entusiasmo que le tuvo horas firmando autógrafos, especialmente para niños y niñas, y que le motivó a volver en 2001, dejando estampada luego, en alguna entrevista por ahí, el testimonio de un amor que  esa Bolivia, hasta entonces desconocida, le había inspirado.

Para la segunda visita, el equipo de La Razón optó por organizar un almuerzo con Quino, al que invitaría a artistas bolivianos, de manera que fuesen ellos los que, más que entrevistarlo, dialoguen, charlen. Los periodistas fuimos testigos de esa charla que comenzó con mucho nerviosismo y que terminó siendo totalmente reveladora.

Un rincón del taller de Ejti Stih, en Santa Cruz de la Sierra. Foto: Ejti Stih para Escape.

Edgar Arandia y Ejti Stih, artistas plásticos de La Paz y Santa Cruz, respectivamente, acudieron a la cita. Quino llegó con toda su timidez a cuestas, acompañado por su editor Daniel Divinsky  (Ediciones de la Flor). Poco a poco, a lo largo del almuerzo y al influjo del vino con que se roció la comida, el dibujante se despojó de la carcasa hecha de ojos miopes y calvicie pronunciada, voz suave y pausada, sonrisa nerviosa… El que salió a relucir fue el autor de “Potentes, prepotentes, impotentes”, libro de humor gráfico sobre la política de la sexualidad o la sexualidad política.

El “papá de Mafalda” y esposo de una cuasi misteriosa Alicia (fallecida a fines de 2017) reveló la inquietud que en ese momento despertaban en su ser masculino las mujeres japonesas. Confesó que la caballerosidad de acomodarle la silla a las damas en un restaurante no era tal en su caso, sino que la acción le servía para mirarles el trasero. Como dijo Arandia, Quino, el maestro, se puso hualaycho; y demostró que los ángeles tienen sexo.

Terrenal, después de todo

La reciente muerte del dibujante y humorista gráfico, a sus 88 años de edad, es parte inevitable de la condición de ser humano y en tal sentido no cabe la sorpresa. Lo deprimente es saber que se ha perdido un vigía de dicha condición, un hombre que atrapó con tinta lo malo de la especie –también lo bueno, no se vaya a pensar mal- a la manera de quienes cuentan sus pesadillas al día siguiente para exorcizar los malos augurios.

Quino, en definitiva, fue un ejemplar del planeta Tierra. Al menos por alguien como él la raza puede conservar algo de optimismo en su futuro. Si una persona es capaz de mantener los pies sobre la tierra pese a que los demás le ven alas en lugar de brazos, tal vez no todo esté perdido en la Tierra y tampoco para los marcianos.