lunes, 12 de marzo de 2018

Residencia alemana en La Paz: la casa de los encuentros

Detalle de la fachada. Foto: Pedro Laguna.

Luis Ernst construyó una casa de estilo alemán a principios del siglo XX que, en 1948, su yerno Ernesto Fricke llenó de detalles barroco mestizos. La casa es territorio alemán, pero su historia es parte del patrimonio paceño.

Mabel Franco, periodista
Fotos: Pedro Laguna

En medio de las características arquitectónicas, que no son pocas: altorrelieves, rotonda, senderos de piedra, azulejos, jardines... la vista recae, inevitablemente, en las puertas de la antigua mansión Ernst Rivera. Cada una es diferente, como si el constructor hubiese buscado con particular interés que el paso de un ambiente a otro no pasara desapercibido. 

La casa que se levanta en la zona de Obrajes de La Paz es, desde 1955, la residencia del Embajador de Alemania. El habitante que tuvo en 2012, Philip Shauer, no se conformó con pasar por la vivienda de dos pisos, sino que, fiel a su inquietud de “turista profesional”, como se define, se convertió también en detective. Resultado de sus pesquisas, ahora existe un folleto, que se halla en el vestíbulo de la casa, en el que se resumen los datos esenciales de la historia de un inmueble que se remonta a 1900 y que refleja los lazos entre Alemania y Bolivia. 




Los Ernst
En el terreno que iba desde la actual vía Díaz Villamil y Calle 7 de Obrajes, hasta el río Choqueyapu, a principios del siglo XX fue erigida una vivienda de campo, en medio de árboles de pino y palmeras. Allí solía ir de paseo la familia del empresario alemán Ludwig (Luis) Ernst, uno de los fundadores de la Cervecería Boliviana Nacional. Este hombre tenía una agencia de aduanas en Puerto Pérez y representaba a varias firmas alemanas. 

Don Luis se casó con una boliviana de apellido Rivera y tuvo cinco hijos. Uno de ellos, Hugo, llegó a ocupar cargos públicos de importancia: Embajador de Bolivia en Berlín entre 1938 y 1941, tiempo en el que ayudó a refugiarse en el país a ciudadanos judíos; Ministro de Defensa y de Economía, Prefecto de La Paz (con Hernando Siles) y Alcalde de la ciudad (1952), además de que hablaba un aymara fluido. August, llamado Cuto, fue piloto, sirvió personalmente a Germán Busch y falleció en un accidente en el Sajama en 1938. Y Raúl, Louise (Lucha) y Carmen. Todos ellos acordaron no dividir la propiedad, a la muerte del padre, sino habitarla cada uno por cierto tiempo. 

Carmen, que en Alemania conoció a quien sería su esposo, el boliviano-alemán Ernst (Ernesto) Fricke Lemoine, ocupó la vivienda alrededor de 1948.El embajador Shauer hace notar que este Fricke, nacido en Cochabamba, era pariente de los empresarios de Oruro con quienes Simón I. Patiño trabajó antes de adquirir la mina La Salvadora e inclusive durante los primeros años de búsqueda del estaño en ese sitio. Fueron sus empleadores, que confiaron en la palabra de Patiño, los que le permitieron seguir adelante en los tiempos más difíciles. 


Fricke Lemoine, en todo caso, fue quien decidió hacer modificaciones en la casa; según un estilo Art Decó germano de los años 20 —con techos interiores del gótico alemán—, y le añadió elementos como la construcción circular que destaca en la parte posterior, hacia el jardín, y un pabellón de té estilo japonés. Pero sobre todo le dio un estilo barroco mestizo en la fachada (tallado en piedra y madera) y en  las puertas (algunas de ellas conseguidas de antiguas construcciones coloniales que estaban derruidas) que tanto llaman la atención en la actualidad.

Según dedujo Philip Schauer, Fricke cultivó la amistad del pintor Cecilio Guzmán de Rojas. No se sabe qué grado de cercanía existió entre ambos, pero la familia del pintor indigenista acudió a la mansión de Obrajes para pasar días de campo. Tal vez  estos hombres hayan comulgado en su admiración por la cultura boliviana. Lo cierto es que en las paredes del vestíbulo destacan dos retratos de indígenas que, según le explicó al embajador el hijo del artista, Iván Guzmán de Rojas, corresponden a una pareja de chipayas pintados por su padre. 

Ernesto Fricke Lemoine, que vivió su juventud en Alemania, tenía un acento germano muy marcado. Y era excéntrico. “Le gustaba firmar sus cartas como Emilio, llevaba siempre un portafolio negro y vivía a lo grande”, describe Schauer. Además, “conducía un Cadillac celeste de dos puertas, tenía un departamento lujoso en Buenos Aires, otro en Punta del Este y otro más en Alemania”.

La pareja de Ernesto y Carmen no tuvo descendencia. Cuando los esposos se marcharon a Argentina, la casa fue alquilada a la Embajada de Alemania, que terminaría por adquirirla en los años 60.
El destino de los Fricke Ernst fue trágico. Ella murió ahorcada en un asalto en su domicilio de Buenos Aires y Ernesto falleció en un hotel en Madrid. Se notificó del deceso a la Embajada de Bolivia —él mismo había sido diplomático del país en Praga y Berlín—, pero no hubo respuesta; entre tanto, su habitación fue asaltada y el otrora afortunado ciudadano terminó enterrado en una fosa común.

Tan llena de detalles



La casa está rodeada de altísimos árboles. “Deben tener más de cien años, pues en el altiplano crecen lentamente”.

Los jardines y la vivienda ocupan tres niveles, a la manera de terrazas; un cuarto se ha perdido para dar paso a la avenida Costanerita. La planta baja del edificio es el área para recibir a los invitados: tres ambientes amplios donde destacan algunos muebles barrocos (una consola con rostros de ángeles y un espejo) adquiridos probablemente por Fricke. También figuran un reloj inglés dorado y un pavo de plata de 1767, herencia de Luis Ernst. Y en la segunda planta, de ocho habitaciones, es donde vive la familia del embajador en Bolivia.

Los pisos son de pino de Oregón, que se mandó traer de EEUU, pues era más fácil que acceder a Santa Cruz a falta de vías de comunicación.

“Es una casa imponente; no es la que yo construiría, seguramente, pero tiene atmósfera, historia, además de que quienes la construyeron reflejan los lazos entre Bolivia y mi país”, decía Schauer.
El embajador no sólo investigó sobre la que esa vivienda, territorio alemán en el sur de La Paz, que cobijó a perseguidos políticos en los años 80, sino que elaboró una guía sobre otras casas con historia, entre ellas las residencias de Japón, Italia y Francia.  

El diplomático —que publicó además una guía muy práctica sobre las iglesias del altiplano de La Paz y Oruro (editorial Gisbert), con DVD incluido— se divertía al citar que entre sus antecesores, hubo algunos “que criaron llamas en el jardín y monos en el pabellón de té, o un perro enorme que era famoso en el barrio”.

Lo “bueno es que todavía hay gente que puede contar sobre esta casa”, por ejemplo, Clemencia Ernst de Montenegro, hija de Hugo, quien vivió diez años en ella. 


La nota fue publicada originalmente en la revista Escape de La Razón, el 22 de abril de 2012





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