jueves, 15 de mayo de 2025

Norah Claros: Vivir es como tejer


Si el punto que se elige es el llano o jersey (una fila a la derecha, una fila al revés), el aburrimiento es inevitable, compara Norah la vida con el tejido. Pero si uno encuentra la forma de variar (hacer una lazada, tomar dos puntos juntos, pasar un punto por encima del otro), el trabajo parece que avanza rápidamente y el resultado es bello y siempre sorprendente.

Morah claros Rada en su casa, con el fondo de una obra de Guiomar Mesa. Foto de Pedro Laguna.

Mabel Franco Ortega, periodista

Montar los puntos

La hija menor del cochabambino Alfonso Claros Camacho y la paceña Zoila Rada Cusicanqui (que vivió hasta los 104 años) nació en La Paz en marzo de 1933 –”fui premiada de esta forma”–, en una casa, la de la abuela, que se encontraba en la esquina de la calle Recreo (hoy avenida Mariscal Santa Cruz) y Yanacocha. Pronto la familia que se completaba con el primogénito Javier se instaló en la calle Guachalla de Sopocachi. Allí creció la niña hasta los 12 años, momento en que fue enviada a Buenos Aires, donde estudió hasta tercero de secundaria. Sus padres decidieron entonces que acompañase a Javier en su viaje de estudios a Suiza. “Yo creo que mis papás entendieron que separarnos tan temprano iba a crear una distancia quizás irreparable”, así que los hermanos hicieron la travesía que se ha quedado grabada en el recuerdo de Norah. “Fuimos en barco de Buenos Aires a Génova” y en ese largo viaje profundizaron una entrañable relación fraterna. Para hacer el último curso de colegio, la joven retornó a Argentina y, ya bachiller, se fue a Alemania. “Empecé Filosofía pero pronto me decanté por los idiomas”. Por las aulas de la antigua Universidad de Heidelberg se movió a fines de los 50 y principios de los 60 una muchacha de piel morena, pelo largo y negro amarrado en una trenza.  


Tomar dos puntos juntos 

Un joven iraní conquistó el corazón de Norah en Alemania y de ese matrimonio nació la hija Tanaz Baghirzade (“Por suerte ella se casó con un Campero -Fernando-, porque durante años sufrí deletreando el apellido”). 

Con la bebé en brazos, seguía estudiando y luego de ocho años, separada de su pareja, volvió a Bolivia. “De aquí me fui a Estados Unidos para trabajar en el instituto de liderazgo del OEF (Overseas Education Fund, de la League of Woman Voters Wellesley College de Massachusetts). “Fueron años interesantes, con la lucha por los Derechos Humanos, Luther King y otras que viví de cerca”. Viajó como parte de su labor a Ecuador, Puerto Rico y Venezuela, tal cual haría luego en Bolivia por las minas ya como encargada de desarrollo de comunidad en un proyecto social emprendido por la Empresa Minera Unificada SA (Emusa).

Cargos, misiones, responsabilidades se han sumado en la experiencia de Norah Claros, al grado de que se hace difícil consignarlo todo sin caer en un listado tipo currículo. Ella lo resume mejor: “Trabajé siempre por necesidad; mi trabajo fue la fuente de ingresos para mi familia, lo que no implica que lo haya tomado como una carga, por el contrario, lo hice con entusiasmo y siempre fui la más beneficiada por todo lo aprendido”.


Ir aumentando puntos

En medio de esa vida agitada hubo lugar para otro amor. De su segundo matrimonio con el artista plástico Enrique Arnal nació Manuela. “Ella, casada también con un boliviano, como Tanaz, vive en Estados Unidos y me ha dado tres nietas que adoran venir al país cada que pueden, lo que me hace inmensamente feliz”. 

Otras tres nietas y un nieto, hijos de su primogénita, completan el universo familiar más próximo de quien convertida en abuela se reconoce dichosa, aun cuando no todos vivan bajo el mismo techo. “Las distancias se sufren con alegría; lo mejor que puede pasarte es ver cómo tus hijos ganan alas y salen del nido volando con seguridad”.

El matrimonio con Arnal terminó también, de manera que Norah se reconoce como “una soltera que disfruta de estar sola” porque sabe que en el fondo no lo está. En la casa junto a la suya vive la hija mayor y en la propia tiene a dos brazos derechos, Justina Bernal Tarqui “que está conmigo hace 38 años” y la joven Simona que comienza a conocer los secretos para ser indispensable “y luego tengo una larga lista de amistades valiosísimas, regalo que la vida me ha hecho”, dice y se refiere a los artistas cuya obra ha ayudado a difundir desde su misión como galerista.  Y ésta es quizás la que con más entusiasmo ha asumido a lo largo de 38 años.


Norah junto a un cuadro de María Luisa Pacheco. Foto de Pedro Laguna.


Crear el punto fantasía 

“En Buenos Aires tuve un profesor de colegio que era pintor; él nos llevaba al museo. Y mi vida en Europa hizo que las manifestaciones culturales sean una parte de mi cotidianidad, algo natural”. Pese a todo ello, Norah no previó lo que la vida le tenía preparado.

“Hace cuatro décadas, cuando retorné de Chile, donde viví un año, reparé en que La Paz carecía de galerías de arte. Sólo había un salón municipal donde el artista recibía la llave y él tenía que encargarse de limpiar el lugar, de pintar los muros si había necesidad, de colgar los cuadros y de pararse a esperar a que la gente acuda”. Norah, Luis Espinal, Antonio Eguino y Carlos Rosso se unieron entonces para proyectar una galería que se llamaría Emusa, como la empresa que encabezaba Mario Mercado Vaca Guzmán, antiguo empleador de la inquieta mujer que estaba por entonces buscando un programa social para darle respaldo. “Le presentamos el proyecto de la galería y lo acogió con entusiasmo. Eso sí, me dijo que aceptaba si yo la dirigía y de esa forma comencé”. 

Era 1974 cuando se abrió la sala que promovió el encuentro de los artistas profesionales con el público durante 20 años, con exposiciones que se renovaron cada 15 días. Un libro memoria de esos años, producto natural del primer portafolio de arte boliviano organizado por la galería Emusa, selló ese tiempo ligado a nombres tan importantes para Bolivia como los de Gastón Ugalde, Roberto Valcárcel, Keiko González, Patricia Mariaca, Edgar Arandia y muchos otros.


Ir cerrando puntos 

Esta mujer llegó a ser Oficial Mayor de Cultura de La Paz e incluso alcaldesa interina durante un viaje de tres semanas que hizo Mercado Vaca Guzmán, primera autoridad de la sede de gobierno a fines de los 70. Fue el periodo en el que finalmente se pudo inaugurar el Museo del Oro, hoy de Metales Preciosos, en la calle Jaén.

La crisis en la minería y otros factores a los que se sumó la muerte del empresario y amigo pesaron a la hora de poner fin a la vida de la Fundación Cultural Emusa y por tanto de la galería de arte; pero Norah Claros ya tenía toda una familia por la que seguir velando: los artistas, y una hija, Tanaz, con la edad y la voluntad para secundar a la madre en nuevos proyectos. Así nació, con el respaldo de Fernando Campero, el yerno, el Espacio de Arte Nota en la zona Sur, el que abrió sus puertas como la primera sala paceña concebida desde la arquitectura para la difusión del arte contemporáneo. Nota cumplió 12 años de labor con exposiciones individuales y colectivas, concursos de acuarela y de dibujo y un segundo portafolio de arte boliviano. Su cierre definitivo se produjo en julio de 2011.


Aumentar mediante lazadas

“En este momento de mi vida, cuando tengo la cancha atrás –plantea una figura literaria quien fue también parte del periódico Presencia como redactora de sociales y temas femeninos a fines de los 60– sólo puedo sentir una enorme satisfacción por lo que la vida me ha permitido; soy una privilegiada: ¿qué hice para merecerlo?”. En realidad, “fue una combinación de circunstancias; a veces te llegan las cosas, te las brindan, y a ti no te queda sino responder lo mejor posible”.

En estos días, Norah Claros ha retornado de una vacación de casi dos meses en Estados Unidos, “no recuerdo haberme tomado una así de larga, hasta me sentí desorientada”.  Ya en su casa, trabaja en un libro: “Será el que ayude a completar el panorama desde aquel publicado con Emusa y reunirá obras de los más de 40 creadores que expusieron en Nota, además de los jóvenes valores que ganaron los concursos”.

Pocos días antes de que la dueña de casa recibiese a Escape con un té preparado por sus brazos derechos, “yo soy una minusválida para la cocina”, había viajado al lago Titicaca junto a sus nietas. “Volví a ese lugar luego de 27 años en que no pude hacerlo”. Fue allí, en un accidente, que murió su hermano Javier, el ingeniero que electrificó el altiplano. “Ahora siento que algo ha sanado; además, ese altiplano bello con sus colores ocre es mi paisaje”.


Esta nota se publicó en la revista Escape de La Razón el domingo 9 de septiembre de 2012.


lunes, 5 de mayo de 2025

Lucy Jemio: "Dice que había..."

Lucy Jemio y su colega Luis Amusquívar en mayo de 2012. Ambos ultimaban detalles de la colección de 10 libros que recogen mitos y cuentos de distintos pueblos de Bolivia. Foto: Nicolás Quinteros.

La catedrática paceña, creadora del Archivo Oral de Literatura de la UMSA, falleció en abril de 2025. En mayo de 2012 ella contó de su motivación y trabajo académico para que mitos y cuentos bolivianos sean recopilados en su idioma original, contextualizados, traducidos y guardados como corpus para futuras investigaciones.

Mabel Franco Ortega, periodista

Había una vez una joven de nombre Lucy, parte de una familia de comerciantes, a quien sus hermanas mayores, todas maestras, impulsaron a seguir estudios en la universidad. Ella, bachiller del colegio Dora Schmidt, aceptó darle ese rumbo a su vida, siempre y cuando no saliese a su paso el monstruo de las matemáticas. Se inclinó por la literatura y pronto las palabras la sedujeron. No es que éstas le hubiesen sido extrañas, de hecho creció escuchando a su madre y a sus tías, todas aymara parlantes, jugar con ellas para recrear historias del pueblo –”mi pueblo, Santiago de Huata”– a orillas del lago Titicaca.


Tantas veces los cuentos, la palabra hablada, habían llegado a sus oídos, tantas veces los había reproducido ella misma de niña, como un juego junto a sus amigos en un conventillo de la calle Tumusla, que la literatura oral fue el campo de su interés llegada la hora de hacer la tesis.


Era 1980 y antes que ella una colega de nombre Nancy Paredes había lidiado para defender lo oral en un campo que muchos pensaban que era privilegio de lo escrito. "A mí se me hizo más fácil, aunque hubo alguna que otra observación sobre hasta qué punto la tradición oral era un tema académico, científico; pero finalmente se vio que correspondía”, dice Lucy Jemio Gonzales desde la sala de su vivienda que mira hacia la avenida 20 de Octubre. Una vivienda que en los últimos meses se convirtió en el lugar de trabajo para preparar la colección de 10 libros de mitos y cuentos de diversos pueblos del país, que en breve será presentada a los lectores. 


Pero hay que volver a la niñez de Lucy para entender sus inquietudes que se han traducido en una obra ya monumental de recopilación de la tradición oral de Bolivia, al grado de que existe todo un archivo en la carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés. 


¿Me cuentas?

“Mis padres –dice– eran de la zona lacustre, aunque emigraron a La Paz y yo viví en la ciudad; lo que no sé es qué aprendí primero, si aymara o castellano; pero con mi mamá yo siempre hablaba en aymara, que me parece un idioma más cálido, más afectivo, más comunicativo”.


En ese idioma supo mucho de Santiago de Huata, un pueblo de la provincia Omasuyos al que aprendió a amar también por las visitas periódicas. Sus tías, especialmente una de ellas, Josefina González, “mi tía mamá”, se acostumbraron a escuchar de la niña el pedido de cuentos y más cuentos. “Ocurre que con mis amigos de conventillo, cada tarde, a la misma hora, nos reuníamos en el patio –no había llegado todavía la televisión– para jugar a las rondas, a las canciones, para intercambiar historias que a veces hasta representábamos.  Así que todos andábamos a la caza de cuentos”. El zorro (el Atoj) omnipresente en los relatos rurales, parecía un integrante más de esos juegos.


Ya como estudiante universitaria, Jemio asistió a clases en las que se hablaba de la antigua literatura germánica, china y otras basadas en la oralidad. “Por qué no abordar la nuestra, me dije, y me dispuse a trabajar en ello”. Recibió el espaldarazo de la directora de la carrera, en ese entonces Blanca Wiethüchter, y tuvo como entusiasta asesora a la antropóloga Verónica Cereceda, responsable del proyecto Asur en Chuquisaca.


“Mi primera idea fue analizar la amplia bibliografía existente: Jesús Lara, Rigoberto Paredes y otros que habían difundido cuentos de la tradición oral. Compré todos los libros que pude y, cuando comencé a analizarlos, yo que soy aymara hablante, me di cuenta de que las historias no eran como las que había escuchado una y otra vez, y no sólo eso, sino que eran versiones descontextualizadas: no se decía quién y dónde las había contado. Además, en el afán seguramente de ‘mejorarlos’, se los había tergiversado y asimilado a la literatura escrita, a la academia. El resultado era casi una caricatura, una historieta sin mayor relevancia”. Consciente de que “con eso no iba a ir a ningún lado, entendiendo que un discurso remite necesariamente a un contexto social, cultural, a una visión de mundo, decidí que tenía que empezar recopilando los cuentos directamente”.


Así que “me fui a mi pueblo, busqué a mis tías que todavía estaban vivas y con ayuda de mis parientes pude hablar con más gente y así recopilé un corpus de 60 cuentos, más o menos, y perfilé mi tesis”. Ese trabajo le permitió obtener la licenciatura.


Wiethüchter no sólo la felicitó, sino que le pidió ser docente invitada del Taller de Cultura Popular. Al poco tiempo, en 1987 y tras el examen de competencia, Lucy Jemio asumió la cátedra como titular. Desde ese lugar y en alianza con sus alumnos y colegas como Raquel Montenegro ha podido recorrer más de la geografía nacional, para grabar y a veces filmar a los narradores orales aymaras, quechuas, tsimanes, tacanas, guarayos etcétera.


Grabadoras y libretas

“El proyecto que presenté entonces, para satisfacer las exigencias de docencia e investigación del taller, fue el de hacer acopio de material en las propias palabras de los narradores”. Los habitantes de la Isla del Sol, Charazani y Puerto Acosta fueron de los primeros en ver llegar a esos cazadores de cuentos armados con grabadoras y libretas.


Alrededor de 1.000 poblaciones han narrado historias en la voz de sus contadores “profesionales”, “oficiales” porque, dice Lucy Jemio, “si bien en el pueblo casi todos saben un cuento, siempre nos remiten a quien es capaz de contarlo de la mejor manera. En general no pasan de 15 narradores autorizados, por llamarlos de alguna manera”.


Llegar a la comunidad, hacer contacto con las autoridades u organizaciones locales, identificar a un mediador y buscar a los narradores para arrancarles un cuento son pasos que con los años se han hecho sistemáticos para la catedrática. “Nuestro mayor enemigo es el tiempo. Cuando viajamos, muchas veces con recursos propios, lo hacemos sabiendo que tenemos que trabajar rápidamente, pues los estudiantes tienen otras materias, a veces un empleo, lo mismo que yo que además soy docente en la carrera de Lingüística y cada minuto lo aprovechamos al máximo”.


Ocurre asimismo que, en ciertas comunidades, los jóvenes se molestan cuando se les pregunta sobre cuentos del lugar. “Soy de la ciudad, estoy sólo de paso”, suelen contestar.


Por supuesto, la prisa citadina no halla parangón con la calma rural “y no pocas veces el narrador nos pide que volvamos el próximo fin de semana”. Ocurre asimismo que, en ciertas comunidades, los jóvenes se molestan cuando se les pregunta sobre cuentos del lugar. “Soy de la ciudad, estoy sólo de paso”, suelen contestar. Y los mayores “se quejan de que los cuentos ya no importan a nadie y preguntan para qué quieres que te cuente”.


De todas maneras, la experiencia de años de cacería funciona a la hora de convencer, sobre todo si Lucy puede argumentar en aymara. Gracias a ese empeño, el Archivo Oral de Literatura de la UMSA “guarda una enorme cantidad de material para la investigación”.


En el caso del aymara y el quechua, existen las grabaciones tomadas in situ, además de la transcripción en el idioma original y la traducción al castellano (el libro madre). En cuanto a las otras lenguas, no hay la transcripción directa sino la castellana de la versión que un lugareño ayuda a hacer paralelamente el narrador comparte su historia.


Dice la estudiosa que cada vez que cree saber algo cierto en este universo de los cuentos, la realidad la sorprende. Tal el dinamismo de la oralidad que no hace otra cosa sino reflejar la realidad cambiante de las sociedades. Por eso puede afirmar que “nadie cuenta un cuento de memoria”, lo que equivale a decir que “cada evento narrativo es una recreación o reinterpretación del que narra”, y que “cuanto se narra está conectado con un contexto concreto, con los sucesos de la gente”.


A la aymarista, que pensó que ya tenía suficientemente conocido el universo de cuentos en esa su lengua, la dejó fascinada no hace mucho el “descubrimiento” de Oruro. “Quizás porque la aridez de ciertas comunidades evitó que las haciendas llegasen con su modernidad, aquí el léxico es más rico que el de la zona lacustre (de La Paz),  por ejemplo, y hay una mitología maravillosa que integra el origen de los pueblos, de la humanidad misma, con la naturaleza, las montañas…, la vida entera no va a alcanzarme para estudiar todo ese material”. 

Y lo dice quien ha dedicado gran parte de esa vida a escuchar, transcribir, transmitir.


Madre de tres hijos –una profesional, un universitario y un colegial– la literata que se reconoce enormemente feliz por lo que ha logrado aportar, se detiene en ciertos momentos que se han grabado en su memoria: “Los estudios –un diplomado en estudios étnicos y una maestría en ciencias sociales con mención en antropología–, la docencia, los viajes, los libros, la edición de éstos palabra por palabra, me han absorbido tanto que muchas veces no pude estar en actividades clave de mis hijos”.

Que esos hijos lo comprenden lo demuestra su hija Dunia, quien ha elaborado un perfil de la madre con todos sus logros por si algún medio de comunicación se interesase en difundirlo.


El material del archivo que lleva la impronta de Jemio ha dado lugar a la publicación de varios libros. Lo más reciente, la colección de 10 textos que se conocerá el 24 de mayo, es posible gracias a que el proyecto investigativo Difusión de los relatos de la tradición oral boliviana con énfasis en mitos y cuentos ganó el fondo concursable financiado con recursos del impuesto directo a los hidrocarburos (IDH 2009).


La colección trae narraciones recogidas del oriente y occidente de Bolivia. Foto: Nicolás Quinteros. 

De esa manera, la apasionada por la narración oral invita ahora a leer la palabra escrita. “Es una forma de difundir esa ingente riqueza”. Claro que sueña con que algún día “se pueda transmitir la vivencia completa del relato que no es solamente voz, sino toda una actuación, con gestos, movimientos y entonaciones que abarcan un sentido cuya complejidad y riqueza se pierden en el texto escrito”.


Como quien dice, esta historia impulsada por Jemio en la Carrera de Literatura no tiene ni tendrá un colorín colorado, y esto también la hace feliz.


TE VOY A CONTAR...

Pedimos a Lucy Jemio que nos cuente dos de sus historias favoritas.


Los Gatos Negros 


Foto: https://www.zezelife.com/

En el tiempo antiguo, en una estancia lejana y desolada de Achacachi, había un hombre que gustaba de bailar de Danzante y vivía con su esposa. 

Lo contrataban y la pareja vivía de lo que le pagaban al hombre por bailar.

Un día él se murió en su estancia. Su esposa salió en busca de sus familiares dejándolo tendido en el piso de su cuarto. Caída la noche, por más allá de la casa estaban pasando dos viajeros buscando dónde quedarse. Vieron en plena oscuridad la luz del mechero de la casa del Danzante y se dirigieron hacia allá. 

— Señora, alojanos por favor–, pidieron. Salieron dos niñas enlutadas.

— Nuestra mamá no está aquí, sólo nosotras estamos velando a nuestro padre. Pasen, tenemos comida, sírvanse.

Los viajeros pasaron, comieron y se quedaron velando al Danzante. A medianoche se escuchó a la distancia sonar la música de los Danzantes. Sorprendidos, los viajeros salieron a ver qué pasaba. Era una tropa que se dirigía a la casa. Los viajeros se asustaron, era una visión extraña en una noche lóbrega.

— ¡Entren niñas, vamos, cerremos la puerta!–, les dijeron a las niñas enlutadas.

— ¡No!, esos diablos vienen a llevarse a nuestro padre. Entren ustedes y tranquen bien la puerta por dentro. Nosotras defenderemos aquí–, respondieron las niñas.

Los Danzantes se acercaban más y más y al llegar entablaron una lucha con las niñas que les impedían el paso. Asustados, los viajeros escucharon desde dentro gritar repetidas veces:

“¡Cuéntennos los pelos de la cola y entonces se llevarán a nuestro padre!”. 

— ¡Tazz! ¡Tazz!– escuchaban los viajeros y se estremecían. 

Así amaneció y sólo entonces volvió el silencio y después de un rato llegó la viuda acompañada de sus familiares.

— Señora, nos hemos alojado en tu casa y hemos pasado una noche terrible… tus hijitas salieron a defender…—. Los viajeros le contaron lo sucedido a la viuda. 

— Gracias por velar a mi esposo, pero yo no tengo hijos ni hijas; criamos con mi esposo sólo esos dos gatos negros que están sentados por allá— replicó la viuda.


El Zorro bailarín 


Foto: MFM/ABI
Mi mamá Josefina me contó varios de los cuentos más populares del Zorro. Uno de ellos de cuando convertido en gente iba a bailar en las noches a la Qhachwa, que es un baile nocturno de muchachas y muchachos adolescentes. El Zorro se presentaba en la Qhachwa convertido en un guapo galán y las chicas se peleaban por bailar con él, hasta que al amanecer, al rayar el día, el guapo joven salía corriendo.

Cuando un día las chicas lo sujetaron impidiéndole escapar, el guapo galán se hizo soltar mordiendo a las chicas de sus manos y convirtiéndose en Zorro.


Este artículo fue publicado en la Revista Escape de La Razón el domingo 20 de mayo de 2012.

martes, 22 de abril de 2025

Teresa Gisbert: "Es un mal bicho el arte"

Teresa Mesa en el jardín de su casa, hogar de aves del paraíso. Foto: Pedro Laguna.

Entre 2010 y 2011 hubo una charla de dos momentos con Teresa Gisbert. Ella nos habló sobre su niñez, sobre su cuidadora llamada Marcela, sobre que en principio no quería ser arquitecta sino ingeniera, sobre Pepe que le leyó todo el Quijote, sobre su descubrimiento de Bolivia desde España, sobre saber mirar, sobre sus hijos e hijas. Aqui, un recuerdo de aquellas pequeñas confesiones de una de las mujeres esenciales para los bolivianos y bolivianas.

Junio de 2010 

Doña Teresa invita a elegir: o charlamos en la sala rodeadas de imponentes libreros, cuadros coloniales y contemporáneos, o en el jardín bajo el cobijo de una sombrilla. Ella prefiere el jardín y no es cosa de contradecirla; además, su ayudante en casa ya ha dispuesto allá afuera dos pocillos con flan de caramelo. 

Hay que comenzar la entrevista; pero antes, imposible no preguntar por la sorpresiva presencia de un pavorreal que se pasea orondo por el césped y que responde raudo a los ademanes de doña Teresa que le ofrece maíz. "Está solo, acaba de morir la hembra", comenta y explica que a ella le gusta muchísimo esta ave del paraíso cuya versión masculina es la más bella por las plumas de la cola. "Se acerca mi cumpleaños. Pienso pedirles a mis hijos que me consigan la pareja".

Es Teresa Gisbert Carbonell quien acepta así, en el seno de su hogar en la zona Sur de La Paz, contar algo de su vida que en mucho está estrechamente vinculada a la historia cultural del país. Ha sido esta mujer quien junto a su esposo, el arquitecto José de Mesa, ha facilitado a los bolivianos una enorme cantidad de información para que podamos mirarnos en el espejo del pasado.

"Yo nací en la calle Inbaburo", comienza. "Pronto mi familia, que era muy numerosa –vivíamos juntos no sólo padres e hijos, sino también tíos, abuelos y primos–, se trasladó a la calle Ingavi, más o menos frente a lo que hoy es la sede de la Fundación del Banco Central; la casa existe todavía. Y luego nos fuimos todos al inmueble que ocupa la policía al lado de la iglesia La Merced".

En este inmueble de la calle Colón esquina Comercio vivió la familia Gisbert. Hoy lo ocupa la Policía boliviana. Foto de Mabel Franco.

Cuenta doña Teresa que sus abuelos llegaron del Mediterráneo español y aquí, en La Paz, la familia Gisbert comenzó a crecer. "Mi tío trabajaba en la librería (Gisbert), todo un sello editorial en el país. Mi tía trabajaba de costurera, mi padre era constructor...", va deshilvanando la memoria.

"Somos tres hermanas. Soy la mayor, luego vienen Angelita, que siempre me ha ayudado mucho, y Maruja". Como primogénita, “yo daba una mano a mi mamá María en la casa; pero sobre todo me gustaba acompañar a mi padre a su trabajo y dictarle planillas". Él, Rafael Gisbert, "trabajaba en un edificio donde hoy funciona Hansa, pero el que recuerdo mejor, porque allí lo ayudé mucho, es su trabajo en la Universidad Mayor de San Andrés.

Arquitectura o ingeniería 

De sus recuerdos más vívidos de la niñez, doña Teresa evoca sus visitas a la cocina y la presencia de Marcela, la trabajadora del hogar que la cuidaba más tiempo que su mamá, quien tenía una salud delicada. Marcela, "una muchacha de pollera, del área rural, seguramente me quiso mucho, pues luego de que se fue de la casa me mandaba postales en las que me pedía que no me olvidase de ella; las guardo todavía". 

La niña y luego la adolescente pasó sus años escolares en el colegio Santa Ana de la calle Colón, muy cerca de su casa. "Hice desde el kínder hasta el bachillerato en ese establecimiento sólo para señoritas, ya que para ambos sexos estaban únicamente el Alemán y el Americano". Ellas, "jóvenes de clase media, estudiábamos sabiendo que luego debíamos trabajar”. Es cierto que en el colegio "todas teníamos clases de labores y rezábamos el rosario mientras bordábamos", pero "la mayoría se hicieron profesionales, como dentistas o abogadas, y a mí me animó mucho un profesor de matemáticas".

¿Así habrá llegado la arquitectura a su vida? 

Teresa Mesa a mediados del año 2010. Foto: Pedro Laguna.


Por disciplina familiar, en vacaciones todos los jóvenes de la casa tenían que buscar una ocupación. Teresa, al acompañar a su papá constructor, fue interiorizándose de la arquitectura, aunque "yo quería ser ingeniera porque lo otro no me gustaba tanto, pues yo sin ser mala no era tan buena para el dibujo, y luego veía que todo el mundo tenía opiniones diferentes sobre las cosas: que las ventanas tienen que estar orientadas así, que mejor no, y yo quería una cosa exacta donde nadie tuviera que opinar". 

En aquella época, tanto aspirantes a arquitectura como los de ingeniería compartían el primer año universitario. En el curso, Teresa era la única mujer y, en la carrera, fue una entre muy pocas.

Entonces apareció Pepe, un joven que había estado estudiando arquitectura en Chile y que al retornar a Bolivia se encontró con Teresa en el mismo curso. "Formamos un grupo con otros amigos y estudiábamos juntos: uno de nosotros se aprendía bien una materia y la explicaba a los demás". El compañero "me parecía interesante, me conversaba de muchas cosas" y así fue que la universitaria se fue convenciendo de dejar de lado la ingeniería.

¿Y cuándo vio que el patrimonio arquitectónico cultural del país era algo que debía estudiarse? "Me llamaban la atención algunas cosas, por ejemplo San Francisco por sus tantas figuritas en la fachada. Me preguntaba por qué la habían hecho así y pensaba que, como era colonial, en España debía haber lo mismo". Grande sería su sorpresa cuando, ya casada con Pepe –José de Mesa–, llegó a aquel país de sus antepasados, donde se quedó a estudiar tres años, y vio que no había nada parecido. 

Luego, "los mismos españoles nos dijeron a Pepe y a mí que por qué no nos volvíamos a Bolivia, que en nuestro país había mucho que hacer, que en Europa estaba todo hecho. Esos colegas habían escrito un libro sobre arquitectura de América Latina y uno había visitado el país y estaba muy impresionado por lo que vio. Nos animaron muchísimo a que a nuestro retorno escribamos, hagamos algo; nosotros les dijimos que no éramos escritores y retrucaron con que no era necesario, que bastaba con fotografiar, hacer los planos de las iglesias y qué eso ya sería suficiente".

La pareja se tomó en serio la sugerencia y, una vez en Bolivia, "convencimos a mi cuñado, que era médico (el famoso doctor Abela Dehesa) para que nos llevara en el auto; él era además un buen fotógrafo". Y así recorrieron el altiplano. Doña Teresa aprendió pronto a fotografiar y los planos los iban trazando con la ayuda, para tomar las medidas, de alguien de cada lugar que a cambio recibía una propina.

Doña Teresa lo resume y la labor parece sencilla; pero en verdad que todo estaba realmente por hacerse. “Los argentinos habían publicado una colección en la cual incluyeron cosas de Perú y de Bolivia, y también estaban unos artículos en el periódico que había publicado Cecilio Guzmán de Rojas, quien hablaba de Melchor Pérez Holguín. Eso era lo que había”.

Aprender a mirar 

“¿Has visto los loros que hay en la iglesia de Santo Domingo (calle Yanacocha e Ingavi de La Paz)”, indaga doña Teresa. “¿No? Lo mismo me dicen todos a quienes les pregunto. Y son dos loros enormes, de un metro de alto; están ahí”.

Cuenta la arquitecta que cuando a sus 23 años llegó a Madrid, sus maestros le consultaban sobre Potosí y ella se avergonzaba cada vez que tenía que decir que no lo conocía. “Pedí que me enviaran libros desde Bolivia… En verdad, descubrí el país desde España”. 

Cierto día, “un gringo nos preguntó a Pepe y a mí si habíamos visto la casa que está en una esquina de la plaza Murillo. Dijimos que sí. ¿Y qué les ha parecido?, habría insistido el hombre. Tras el silencio de los bolivianos llegó a sugerirles que, cuando volviesen a su país, “vayan y véanla con cuidado”.

Qué habrá querido decir, nos cuestionamos y apenas retornamos fuimos a mirarla pasando más allá del negocio de telas de un judío o de la cafetería Beirut de un árabe, que funcionaban en la casona. Nos quedamos con la boca abierta; nunca nos habíamos detenido a ver el balcón de piedra de afuera y menos el patio”. 

Hay que restaurarla, me dijo Pepe” y así se trazó un camino que llevaría a la pareja por las iglesias rurales y urbanas, y por los inmuebles de tiempos coloniales: para recuperarlos, para devolverles su sentido y con ello la memoria al país. 

La casa que aquel gringo les impulsó a mirar es la que hoy y gracias al empeño de los Mesa Gisbert –que dirigieron la restauración entre 1961 y 1965– ocupa el Museo Nacional de Arte, en la esquina de las calles Comercio y Socabaya. Luego vendría el trabajo de reconstrucción del Tambo Quirquincho, a la par que los esposos irían levantando inventario de cuadros, esculturas y otras obras a lo largo y ancho de Bolivia e incluso Perú.

“Así que no has visto los loros; están al lado de la ventana y son grandes, de piedra: están tan claros. Pero uno no los ve. Estamos tan acostumbrados a mirar tantas cosas que no nos preguntamos por ellas”.

Enero de 2011

Hace siete meses, 24 de julio de 2010, que José de Mesa ha fallecido. En la primera charla con doña Teresa, el arquitecto permanecía en una habitación de la planta baja de la casa, escuchando música clásica; eso lo tranquilizaba.

“Al principio fue difícil”, nos había dicho ella refiriéndose al mal de Alzheimer que fue arrebatándole a su esposo la lucidez y la independencia; “pero hemos aprendido a manejarlo”. Hoy, segunda cita para seguir charlando, en el jardín hay un nuevo pavorreal y doña Teresa parece haber aceptado serena la partida definitiva de quien, dice, le dio muchísimo.

“Pepe era un erudito, sabía muchas cosas; no sé si porque en los colegios de varones se los educaba mejor, pero él, cuando nos conocimos, sabía tanto que yo no dejaba de admirarlo. Me leyó el Quijote entero mientras paseábamos por las calles de La Paz. Tenía un poder extraordinario para convencer. Una vez me dijo que él podía llamar la atención de cualquier persona y no le creí. Me llevó por los barrios altos donde se puso a ofrecer algo en la calle y reunió a una multitud”. Tenía “un poder de convicción enorme, por eso ha debido conquistarme”. Y además, “él me dio libertad, me dejó que llevara mi nombre sin el de Mesa que yo no quería; me dejó trabajar, ser lo que soy”.

La autora con un ejemplar de su libro publicado en 1999, "El Paraiso de los pájaros
parlantes-La imagen del otro en la cultura andina". Foto: Pedro Laguna.

Lo que es: arquitecta, historiadora, restauradora, miembro de la Academia Nacional de Ciencias y autora de libros fundamentales como son Iconografía y mitos indígenas en el arte (1980), El Paraíso de los pájaros parlantes. La imagen del otro en la cultura andina (1999) y Arte, poder e identidad (2016) para citar sólo los que firma sola. La cantidad de textos en coautoría con su esposo – desde Holguín y la pintura virreinal en Bolivia (1956) hasta Historia del arte en Bolivia (2002)–, con él y su hijo Carlos –Historia de Bolivia (1997)– y con colegas investigadores –por ejemplo, Arte textil y mundo andino junto a Silvia Arce y Martha Cajías—, supera la decena.

Doña Teresa es también madre de cuatro hijos: Carlos, Andrés –hoy arquitecto y catedrático en Barcelona–, Isabel y Teresa Guiomar. 

Cuando volvió de España estaba embarazada de Carlos, cuenta. “En Madrid nos estuvimos preguntando dónde debía nacer nuestro hijo y decidimos que en Bolivia, así que un mes antes de que él llegue al mundo nos vinimos”.

Con un primer bebé (nacido en 1953) que criar, doña Teresa no iba a dejar de lado el trabajo intelectual. De hecho, se dio modos para hacer uno y otro al mismo tiempo y así, por ejemplo, se le ocurrió dejar al pequeño Carlos en el extremo contrario de donde estaba ella con su máquina y aprovechar el tiempo que al niño le tomaba gatear de vuelta para avanzar en la escritura.

¿Habrá soñado doña Teresa, como suelen hacer otras mamás, con que ese hijo llegaría a ser presidente de Bolivia? “No. La verdad es que nadie en la casa estaba de acuerdo con ello; pero bueno, así se dieron las cosas. Carlos sacrificó algo de su prestigio personal al asumir la presidencia; pero aun si tuvo errores como todo el mundo, gobernó sin que en su periodo muriese nadie por su causa”, dice la mamá de quien primero ocupó la Vicepresidencia de Bolivia (de 2002 a 2003) y luego la Presidencia (2003 y 2005).

Carlos y Andrés eran chicos cuando los esposos Mesa Gisbert viajaban por el país. “Teníamos que ir a todo lado; no podíamos hablar de un lugar sin conocerlo. Y no sólo visitábamos ciudades, sino el área rural. Los caminos eran terribles y eso me costó problemas serios en la espalda”.

Cuando les tocó trabajar en Potosí, “llevábamos a los niños –las niñas no habían nacido todavía– y como se aburrían, a Carlos se lo encargábamos al revistero del paseo del Bulevar y se quedaba feliz, leyendo”. Andrés “prefería estar en la habitación del hotel con sus autos; era medio ermitaño”. A las 5 de la tarde “los recogíamos, le dábamos la propina al cuidador y nos íbamos a tomar el té”. 

Sus hijos e hijas respiraron inevitablemente ese ambiente pleno de referencias culturales, de historia y de arte. Carlos es periodista e historiador, Andrés arquitecto, Isabel escribe libros para la niñez con temas patrimoniales y Guiomar pinta.“Lamentablemente”, comenta la madre y nos reímos juntas de su ocurrencia. Doña Teresa recuerda que la hija artista, Guiomar, “me acompañaba al trabajo cuando yo dirigía el Museo Nacional de Arte (1970-1976)” y seguramente por eso, “lo primero que pintó fueron imágenes de santos desechos, vírgenes rotas… Le quedó el mal bicho, porque es un mal bicho el arte; es que vivir de la cultura es vivir a salto de mata”.

Abril de 2025. El 19 de febrero de 2018, Teresa Gisbert falleció en La Paz, la ciudad donde había nacido el 30 de noviembre de 1926. La presente nota fue publicada el 13 de febrero de 2011 en la revista Escape de La Razón. Para la segunda cita doña Teresa me esperó con una pluma de pavorreal como regalo.


martes, 15 de abril de 2025

Alfredo La Placa, el mensajero

"Veo una ciudad bañada por un rojo de origen, de sangre... en fin", dijo La Placa de su propio cuadro y como si él no lo hubiese pintado. Foto: Nicolás Quinteros.

A raíz de la exposición Arcano de 2008, Alfredo La Placa reflexiona sobre los misterios de la creación artística y la relación del espectador, incluido el propio pintor, con las obras. La Placa, potosino nacido el 3 de mayo de 1929, falleció el 30 de diciembre de 2016.

Mabel Franco Ortega, periodista

Uno mismo es el primer sorprendido e intrigado, revela Alfredo La Placa mientras observa uno de sus cuadros como si no le perteneciera. "Aquí veo algo así como unas columnas babilónicas... estas parecen piedras de un mundo que se está gestando... aquí veo una figura humana... y aquí rostros, caritas". Su mirada guía la del acompañante que no siempre descubre lo mismo en esa superficie de colores y formas, que no figuras. "Cada quien encontrará lo que se le dicta, lo que le dicta su experiencia, su sensibilidad", dice.

Ese descubrir los secretos, los arcanos que cada ser humano guarda como una herencia de su especie, de tiempos indecibles, es posible gracias a un acto de mediación, sostiene el pintor potosino. Por una parte está el artista que con rigor y oficio expresa esos secretos "venidos quién sabe de dónde" y por otra está el observador que debe -el de hoy en especial- recuperar la facultad de mirar, de detenerse para buscar y encontrar. Esto último no está de más decirlo, enfatiza La Placa, pues parece innegable que la "civilización de la imagen" ha hecho de la gente menos contemplativa. "Hay que ver a quienes entran en una exposición repasar los cuadros de los muros rápidamente e irse". Así "no encontrarán nada, como no lo harán si no escuchan detalladamente a un Mozart o un Beethoven". 

La invitación está hecha. Veintidós cuadros de distinto formato, dispuestos en tres espacios, esperan entregar algo que viene de remotas eras al visitante acucioso. ¿Qué, por ejemplo? "El arte no se explica con palabras", dice quien ha recibido este año el premio Obra de Vida del 56 Salón municipal de artes plásticas Pedro Domingo Murillo. El galardón Domingo Murillo, que distingue a los creadores nacionales por la constancia combinada con la calidad, ya había premiado en su sección concurso a un joven La Placa en 1960. En ese entonces el jurado aplaudió una obra que se desmarcaba de la tendencia de la pintura indigenista propia de la generación del 52 y proponía un arte no figurativo hecho de colores, arcanos desde ya.

Causalidad

Este año están pasando muchas cosas significativas, afirma La Placa, a quien le hubiese gustado venir al mundo en 1928 y no el 29, para celebrar sus 80 años en el año del centenario de Marina Núñez del Prado, "quizás la más grande artista que ha nacido en Bolivia". Este 2008 se recuerda también que hace 100 años nació el escultor Fausto Aois Vilaseca. Además "de que el gran pueblo chino fue sede de los Juegos Olímpicos, yo expongo ahora y mi hija Yanina hace lo propio en arte espacio CAF". Son coincidencias grandes y pequeñas, "cuya causalidad, que va más allá de la casualidad, apenas intuimos, pero que obedece a algo que nos mantiene unidos como planetas girando en una misma órbita".

El pintor cree en un ser superior que "al crearnos nos insufló de la capacidad para acercarnos a los misterios de la naturaleza, todos somos depositarios de él; pero hemos perdido la capacidad para descubrirlo porque no nos sorprendemos más, como sí hacen los niños, como hacía el hombre primitivo con la lluvia y con el rayo".

El arte, ése que no se improvisa, que no se imposta, "sea un cuadro, sea la música, sean los textiles -- antes erróneamente llamados arte menor--, sean los quipus, invita a descifrar dichos misterios; esto es lo que quiero expresar con Arcano para quien quiera entenderlo así".

Arcano

El centro de exposiciones de Patiño está sutilmente dividido por la voluntad de La Placa en Arcano A (cinco lienzos de gran formato), Arcano R (cinco cuadros medianos sobre cartón prensado) y Arcano C (12 pinturas pequeñas sobre lienzo).

El óleo es el dominio del pintor y el color claro su lenguaje: ha eliminado el blanco de la paleta como no sea para los fondos, para iluminar tal cual hacen los acuarelistas, explica. Las formas que emergen, las figuras que se perfilan a veces, hacen trampa al ojo: parecen tener relieve pero no es cierto.

Que un cuadro resulte así y no de otra manera no es intencional, como cuando se dice "voy a hacerte un retrato", aclara La Placa. Va surgiendo, es el resultado de eso que se llama inspiración, mediación --para seguir las palabras del artista--, y que se plasma en esas imágenes que vienen quién sabe de cuándo quién sabe de dónde.

El acto de enfrentarse al cuadro --La Placa, como ya se ha dicho, lo hace con sus propias creaciones-- es un acto de sensibilidad, "no de gustar o no, sino de encontrar un eco en uno mismo". En ello se juega la cultura que "no es sino haber vivido y mirado, haber escuchado, sentido, haber aprendido en un proceso que toma su tiempo".

La exposición Arcano estará abierta, nunca mejor dicho, hasta el 21 de noviembre.

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Esta nota fue publicada en el suplemento Tendencias del periódico La Razón el domingo 9 de noviembre de 2008.



miércoles, 9 de abril de 2025

El cabello de Agar


Agar Delós en la película "Un abrazo en el Chaco" de Marisol Barragán. 

El 9 de junio de 2019 falleció en La Paz la actriz de teatro y cine Agar Delós. Su verdadero nombre era Agar Antequera. 

Mabel Franco, periodista

El pelo tirante y atado en un gran moño en la parte trasera de la cabeza. Rostro despejado, discretamente maquillado. Así lucía invariablemente Agar Antequera en la vida civil. “Me pesa mucho el cabello, creo que me lo voy a cortar”, comentó a fines de 2016, cuando apareció en el Teatro de Cámara, luego de superar un problema de salud, para cumplir su rol como jurado del concurso de teatro Raúl Salmón de la Barra.

Por supuesto, el cabello negro que con los años había ido llenándose de jaspes blancos siguió allí, escondido, pero listo para partirse por la mitad  y caer en forma de dos trenzas por las espaldas de Agar Delós, que así se transformaba en una chola paceña. Esa chola a la que dio vida por última vez el 9 de  septiembre de 2018, cuando a la manera de un espíritu maternal acunó al hijo delincuente en “Escuela de pillos”, puesta en escena por Talía Producciones.

La “mujer de pollera”, personaje con el que nació para la escena apadrinada por Raúl Salmón de la Barra, fue como su segunda piel. Agar podía ser otras mujeres –interpretó a “señoras de vestido” algunas veces, como en “Monólogos de la vagina”, “Madre coraje”, “El cerco”-, aunque era la chola la que aguardaba en su nuca la oportunidad de descolgarse con toda su ternura, pero también su picardía y hasta su agresividad cuando debía defenderse: hay que recordar la ensalada de insultos en aymara y castellano que salían de la boca de su personaje a la hora de acallar a las birlochas o los huayra leva (1).

Agar Antequera (1937-2019) se ha marchado y se ha llevado fuertemente atada en su moño a la mujer más entrañable que el teatro paceño ha tejido gracias a la chhaxraña (2) de Agar Delós.

Agar Delós en foto de Mabel Franco durante una reunión de jurado del Festival Intercolegial de Teatro Indivisa Manent. 


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(1) Hombre, generalmente dirigente de algún grupo social, que obtiene ciertos beneficios personales a costa de los demás. 

(2) Peine elaborado con las raíces de una planta andina llamada kayara.