viernes, 6 de julio de 2018

Un anarquista en El Búnker

"Muerte de un anarquista". Foto: Mabel Franco


El mérito no es de la realidad, sino de la capacidad del dramaturgo para crear el signo que la codifica, que la atrapa en lo esencial a la espera de que alguien, para el caso Antonio Peredo y el grupo, descubran las claves y la pongan nuevamente en acción.


Mabel Franco, periodista

El Búnker está abierto nuevamente. Buena y alentadora noticia, pues no es cuestión de perder espacios que la gente de teatro se ha abierto para la cultura y no es cuestión de mirar solamente los estatales para gestionar el encuentro con el público.
Antonio Peredo, hombre formado en la Escuela Nacional de Teatro de Santa Cruz y que retoma la labor de coordinación de El Búnker, asumió la dirección de la primera obra de esta nueva etapa. Queda asentada así en el libro de actas esta “Muerte accidental de un anarquista”, infinidad de veces representada por el mundo desde que Dario Fo la concibiera en 1970, y encarnada ahora por los actores bolivianos Bernardo Arancibia, Marcelo Sosa, Luis Caballero, Michael Apaza y Daniela Lema.
Que la realidad de la corrupción de los poderosos, de los abusos del poder –gobernantes, policía-, no parece cambiar demasiado ni con los años ni con las personas que encarnan ese poder, lo pone en evidencia la tragicomedia del Nobel Fo. El mérito no es de esa realidad, sino de la capacidad del dramaturgo para crear el signo que la codifica, que la atrapa en lo esencial a la espera de que alguien, para el caso Peredo y el grupo, descubran las claves y la pongan nuevamente en acción.
En una comisaría, uniformados lidian con un loco enfermo de histriomanía (maravillosa alegoría de la re-presentación, del teatro). Ese loco, por un enredo, abrirá el expediente que quema a las autoridades: el “suicidio” de un anarquista que habría saltado desde la ventana de una delegación policial. Jugando a ser juez, el loco arrancará la verdad de las cosas o al menos forzará la confesión de lo que resulta algo sí como el modus operandi del poder corrompido.
Arancibia, un actor seguramente ideal para el papel que exige dominio de gesto y palabra para ser absurdo al mismo tiempo que dramáticamente serio, pronto tropieza, como el resto, con una puesta que parece haber trabajado más la forma –cámaras, imágenes proyectadas, presencias didácticas (como las de la reportera de Tv), apagones y otros- que la fluidez de la relación entre los personajes. Tantos recursos fragmentarios podrían develar la desconfianza del director en la capacidad de la obra de decir o, peor, del espectador para leer la metáfora.
Un recurso hay que rescatar de esta puesta, aunque al final no se lo explote en todas sus posibilidades: el ventanal instalado entre los espectadores y la delegación. Trasponer esa ventana y, cada vez que se cierra seguir lo que pasa a trasluz, ayuda a enfatizar en esa locura del teatro de atisbar en vidas y obras como en la realidad-realidad no es posible.
Pese los problemas por remontar, el texto de Fo aflora y uno entiende el porqué el poder persigue a quienes no se conforman con la versión oficial de la vida o de la muerte. Ahí radica el peligro –para ese poder- del arte de la re-presentación. De la locura lúcida. Del anarquismo, pues.

Nota escrita para la revista Rascacielos de Página Siete

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