jueves, 17 de mayo de 2018

El público

Cada sociedad le da al arte el público que éste ha ido construyendo, se podría parafrasear. Porque no hay aceras de en frente en este asunto. La relación es de corresponsabilidad.

Mabel Franco, periodista


Deseado, añorado, temido, odiado. Héroe o villano. Causa o consecuencia… El público es un personaje central de cualquier representación escénica, el que le da sentido, el que lo completa por semejanza o por oposición.
Anónimo, disperso, voluble, el público es el misterio que explica la existencia de eso que se llama arte. El artista que ignora esta condición no ha entendido su propia naturaleza y menos la trascendencia que su obra puede adquirir o no dentro de una sociedad.
Qué público será el que hoy y aquí acompaña a quienes pugnan por hablar desde un escenario teatral. Es la gran pregunta que cabe hacerse en momentos en los cuales preocupa la cantidad –cuánta gente acude a los teatros-, cuando la calidad parece ser la verdadera cuestión: la calidad de los espectadores.
“Lo grave es que las gentes que van al teatro no quieren que se les haga pensar sobre ningún tema moral”, decía Federico García Lorca en los años 20 del siglo pasado. Y describía al público burgués y convencional: “Van al teatro como a disgusto. Llegan tarde, se van antes de que termine la obra, entran y salen sin respeto alguno”.

Expresión encarnada de lo dicho, podríamos añadir: quieren invariablemente reír. Preguntan antes de comprar la entrada si es “comedia o tragedia”, alejándose si no es lo que ellos entienden por comedia. Si entran pese a todo, ríen a la menor señal que identifican como divertido, aun cuando lo que va planteando la obra inequívocamente daría para llorar a gritos o para guardar silencio.
Ejemplos hay demasiados como para pensarlos excepciones. El último y más extremo, el del público que asistió a “Ella”, obra de La comedia cordobesa (Argentina) representada en el teatro Nuna de la zona Sur, como parte del Festival Internacional de Teatro de La Paz. Dos hombres desnudos, sofocados en un sauna, van confesándose sentimientos respecto de una mujer que develan la violencia de la posesión, del derecho sobre ella que supuestamente les da el amarla. La gente explota en carcajadas a cada paso, mucho más cuando la ferocidad de la palabra se traslada a la lucha cuerpo a cuerpo de estos machos incapaces de salvarse, de salvarla.
Ah, el público. Existe, qué bueno. Aplaude, qué maravilla.  Se torna en masa complaciente, qué peligroso. Exige pensar, qué miedo más esperanzador.
Cada sociedad le da al arte el público que éste ha ido construyendo, se podría parafrasear. Porque no hay aceras de en frente en este asunto. La relación es de corresponsabilidad. En esto hay que pensar ahora que ese escurridizo animal parece regodearse con los reality shows, el chiste fácil, la moda, la tendencia. Corresponsabilidad, pues. Porque calidad de público es calidad de arte… y viceversa.

Nota publicada en la revista Rascacielos de Página Siete, el 13 de mayo de 2018

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