lunes, 5 de mayo de 2025

Lucy Jemio: "Dice que había..."

Lucy Jemio y su colega Luis Amusquívar en mayo de 2012. Ambos ultimaban detalles de la colección de 10 libros que recogen mitos y cuentos de distintos pueblos de Bolivia. Foto: Nicolás Quinteros.

La catedrática paceña, creadora del Archivo Oral de Literatura de la UMSA, falleció en abril de 2025. En mayo de 2012 ella contó de su motivación y trabajo académico para que mitos y cuentos bolivianos sean recopilados en su idioma original, contextualizados, traducidos y guardados como corpus para futuras investigaciones.

Mabel Franco Ortega, periodista

Había una vez una joven de nombre Lucy, parte de una familia de comerciantes, a quien sus hermanas mayores, todas maestras, impulsaron a seguir estudios en la universidad. Ella, bachiller del colegio Dora Schmidt, aceptó darle ese rumbo a su vida, siempre y cuando no saliese a su paso el monstruo de las matemáticas. Se inclinó por la literatura y pronto las palabras la sedujeron. No es que éstas le hubiesen sido extrañas, de hecho creció escuchando a su madre y a sus tías, todas aymara parlantes, jugar con ellas para recrear historias del pueblo –”mi pueblo, Santiago de Huata”– a orillas del lago Titicaca.


Tantas veces los cuentos, la palabra hablada, habían llegado a sus oídos, tantas veces los había reproducido ella misma de niña, como un juego junto a sus amigos en un conventillo de la calle Tumusla, que la literatura oral fue el campo de su interés llegada la hora de hacer la tesis.


Era 1980 y antes que ella una colega de nombre Nancy Paredes había lidiado para defender lo oral en un campo que muchos pensaban que era privilegio de lo escrito. "A mí se me hizo más fácil, aunque hubo alguna que otra observación sobre hasta qué punto la tradición oral era un tema académico, científico; pero finalmente se vio que correspondía”, dice Lucy Jemio Gonzales desde la sala de su vivienda que mira hacia la avenida 20 de Octubre. Una vivienda que en los últimos meses se convirtió en el lugar de trabajo para preparar la colección de 10 libros de mitos y cuentos de diversos pueblos del país, que en breve será presentada a los lectores. 


Pero hay que volver a la niñez de Lucy para entender sus inquietudes que se han traducido en una obra ya monumental de recopilación de la tradición oral de Bolivia, al grado de que existe todo un archivo en la carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés. 


¿Me cuentas?

“Mis padres –dice– eran de la zona lacustre, aunque emigraron a La Paz y yo viví en la ciudad; lo que no sé es qué aprendí primero, si aymara o castellano; pero con mi mamá yo siempre hablaba en aymara, que me parece un idioma más cálido, más afectivo, más comunicativo”.


En ese idioma supo mucho de Santiago de Huata, un pueblo de la provincia Omasuyos al que aprendió a amar también por las visitas periódicas. Sus tías, especialmente una de ellas, Josefina González, “mi tía mamá”, se acostumbraron a escuchar de la niña el pedido de cuentos y más cuentos. “Ocurre que con mis amigos de conventillo, cada tarde, a la misma hora, nos reuníamos en el patio –no había llegado todavía la televisión– para jugar a las rondas, a las canciones, para intercambiar historias que a veces hasta representábamos.  Así que todos andábamos a la caza de cuentos”. El zorro (el Atoj) omnipresente en los relatos rurales, parecía un integrante más de esos juegos.


Ya como estudiante universitaria, Jemio asistió a clases en las que se hablaba de la antigua literatura germánica, china y otras basadas en la oralidad. “Por qué no abordar la nuestra, me dije, y me dispuse a trabajar en ello”. Recibió el espaldarazo de la directora de la carrera, en ese entonces Blanca Wiethüchter, y tuvo como entusiasta asesora a la antropóloga Verónica Cereceda, responsable del proyecto Asur en Chuquisaca.


“Mi primera idea fue analizar la amplia bibliografía existente: Jesús Lara, Rigoberto Paredes y otros que habían difundido cuentos de la tradición oral. Compré todos los libros que pude y, cuando comencé a analizarlos, yo que soy aymara hablante, me di cuenta de que las historias no eran como las que había escuchado una y otra vez, y no sólo eso, sino que eran versiones descontextualizadas: no se decía quién y dónde las había contado. Además, en el afán seguramente de ‘mejorarlos’, se los había tergiversado y asimilado a la literatura escrita, a la academia. El resultado era casi una caricatura, una historieta sin mayor relevancia”. Consciente de que “con eso no iba a ir a ningún lado, entendiendo que un discurso remite necesariamente a un contexto social, cultural, a una visión de mundo, decidí que tenía que empezar recopilando los cuentos directamente”.


Así que “me fui a mi pueblo, busqué a mis tías que todavía estaban vivas y con ayuda de mis parientes pude hablar con más gente y así recopilé un corpus de 60 cuentos, más o menos, y perfilé mi tesis”. Ese trabajo le permitió obtener la licenciatura.


Wiethüchter no sólo la felicitó, sino que le pidió ser docente invitada del Taller de Cultura Popular. Al poco tiempo, en 1987 y tras el examen de competencia, Lucy Jemio asumió la cátedra como titular. Desde ese lugar y en alianza con sus alumnos y colegas como Raquel Montenegro ha podido recorrer más de la geografía nacional, para grabar y a veces filmar a los narradores orales aymaras, quechuas, tsimanes, tacanas, guarayos etcétera.


Grabadoras y libretas

“El proyecto que presenté entonces, para satisfacer las exigencias de docencia e investigación del taller, fue el de hacer acopio de material en las propias palabras de los narradores”. Los habitantes de la Isla del Sol, Charazani y Puerto Acosta fueron de los primeros en ver llegar a esos cazadores de cuentos armados con grabadoras y libretas.


Alrededor de 1.000 poblaciones han narrado historias en la voz de sus contadores “profesionales”, “oficiales” porque, dice Lucy Jemio, “si bien en el pueblo casi todos saben un cuento, siempre nos remiten a quien es capaz de contarlo de la mejor manera. En general no pasan de 15 narradores autorizados, por llamarlos de alguna manera”.


Llegar a la comunidad, hacer contacto con las autoridades u organizaciones locales, identificar a un mediador y buscar a los narradores para arrancarles un cuento son pasos que con los años se han hecho sistemáticos para la catedrática. “Nuestro mayor enemigo es el tiempo. Cuando viajamos, muchas veces con recursos propios, lo hacemos sabiendo que tenemos que trabajar rápidamente, pues los estudiantes tienen otras materias, a veces un empleo, lo mismo que yo que además soy docente en la carrera de Lingüística y cada minuto lo aprovechamos al máximo”.


Ocurre asimismo que, en ciertas comunidades, los jóvenes se molestan cuando se les pregunta sobre cuentos del lugar. “Soy de la ciudad, estoy sólo de paso”, suelen contestar.


Por supuesto, la prisa citadina no halla parangón con la calma rural “y no pocas veces el narrador nos pide que volvamos el próximo fin de semana”. Ocurre asimismo que, en ciertas comunidades, los jóvenes se molestan cuando se les pregunta sobre cuentos del lugar. “Soy de la ciudad, estoy sólo de paso”, suelen contestar. Y los mayores “se quejan de que los cuentos ya no importan a nadie y preguntan para qué quieres que te cuente”.


De todas maneras, la experiencia de años de cacería funciona a la hora de convencer, sobre todo si Lucy puede argumentar en aymara. Gracias a ese empeño, el Archivo Oral de Literatura de la UMSA “guarda una enorme cantidad de material para la investigación”.


En el caso del aymara y el quechua, existen las grabaciones tomadas in situ, además de la transcripción en el idioma original y la traducción al castellano (el libro madre). En cuanto a las otras lenguas, no hay la transcripción directa sino la castellana de la versión que un lugareño ayuda a hacer paralelamente el narrador comparte su historia.


Dice la estudiosa que cada vez que cree saber algo cierto en este universo de los cuentos, la realidad la sorprende. Tal el dinamismo de la oralidad que no hace otra cosa sino reflejar la realidad cambiante de las sociedades. Por eso puede afirmar que “nadie cuenta un cuento de memoria”, lo que equivale a decir que “cada evento narrativo es una recreación o reinterpretación del que narra”, y que “cuanto se narra está conectado con un contexto concreto, con los sucesos de la gente”.


A la aymarista, que pensó que ya tenía suficientemente conocido el universo de cuentos en esa su lengua, la dejó fascinada no hace mucho el “descubrimiento” de Oruro. “Quizás porque la aridez de ciertas comunidades evitó que las haciendas llegasen con su modernidad, aquí el léxico es más rico que el de la zona lacustre (de La Paz),  por ejemplo, y hay una mitología maravillosa que integra el origen de los pueblos, de la humanidad misma, con la naturaleza, las montañas…, la vida entera no va a alcanzarme para estudiar todo ese material”. 

Y lo dice quien ha dedicado gran parte de esa vida a escuchar, transcribir, transmitir.


Madre de tres hijos –una profesional, un universitario y un colegial– la literata que se reconoce enormemente feliz por lo que ha logrado aportar, se detiene en ciertos momentos que se han grabado en su memoria: “Los estudios –un diplomado en estudios étnicos y una maestría en ciencias sociales con mención en antropología–, la docencia, los viajes, los libros, la edición de éstos palabra por palabra, me han absorbido tanto que muchas veces no pude estar en actividades clave de mis hijos”.

Que esos hijos lo comprenden lo demuestra su hija Dunia, quien ha elaborado un perfil de la madre con todos sus logros por si algún medio de comunicación se interesase en difundirlo.


El material del archivo que lleva la impronta de Jemio ha dado lugar a la publicación de varios libros. Lo más reciente, la colección de 10 textos que se conocerá el 24 de mayo, es posible gracias a que el proyecto investigativo Difusión de los relatos de la tradición oral boliviana con énfasis en mitos y cuentos ganó el fondo concursable financiado con recursos del impuesto directo a los hidrocarburos (IDH 2009).


La colección trae narraciones recogidas del oriente y occidente de Bolivia. Foto: Nicolás Quinteros. 

De esa manera, la apasionada por la narración oral invita ahora a leer la palabra escrita. “Es una forma de difundir esa ingente riqueza”. Claro que sueña con que algún día “se pueda transmitir la vivencia completa del relato que no es solamente voz, sino toda una actuación, con gestos, movimientos y entonaciones que abarcan un sentido cuya complejidad y riqueza se pierden en el texto escrito”.


Como quien dice, esta historia impulsada por Jemio en la Carrera de Literatura no tiene ni tendrá un colorín colorado, y esto también la hace feliz.


TE VOY A CONTAR...

Pedimos a Lucy Jemio que nos cuente dos de sus historias favoritas.


Los Gatos Negros 


Foto: https://www.zezelife.com/

En el tiempo antiguo, en una estancia lejana y desolada de Achacachi, había un hombre que gustaba de bailar de Danzante y vivía con su esposa. 

Lo contrataban y la pareja vivía de lo que le pagaban al hombre por bailar.

Un día él se murió en su estancia. Su esposa salió en busca de sus familiares dejándolo tendido en el piso de su cuarto. Caída la noche, por más allá de la casa estaban pasando dos viajeros buscando dónde quedarse. Vieron en plena oscuridad la luz del mechero de la casa del Danzante y se dirigieron hacia allá. 

— Señora, alojanos por favor–, pidieron. Salieron dos niñas enlutadas.

— Nuestra mamá no está aquí, sólo nosotras estamos velando a nuestro padre. Pasen, tenemos comida, sírvanse.

Los viajeros pasaron, comieron y se quedaron velando al Danzante. A medianoche se escuchó a la distancia sonar la música de los Danzantes. Sorprendidos, los viajeros salieron a ver qué pasaba. Era una tropa que se dirigía a la casa. Los viajeros se asustaron, era una visión extraña en una noche lóbrega.

— ¡Entren niñas, vamos, cerremos la puerta!–, les dijeron a las niñas enlutadas.

— ¡No!, esos diablos vienen a llevarse a nuestro padre. Entren ustedes y tranquen bien la puerta por dentro. Nosotras defenderemos aquí–, respondieron las niñas.

Los Danzantes se acercaban más y más y al llegar entablaron una lucha con las niñas que les impedían el paso. Asustados, los viajeros escucharon desde dentro gritar repetidas veces:

“¡Cuéntennos los pelos de la cola y entonces se llevarán a nuestro padre!”. 

— ¡Tazz! ¡Tazz!– escuchaban los viajeros y se estremecían. 

Así amaneció y sólo entonces volvió el silencio y después de un rato llegó la viuda acompañada de sus familiares.

— Señora, nos hemos alojado en tu casa y hemos pasado una noche terrible… tus hijitas salieron a defender…—. Los viajeros le contaron lo sucedido a la viuda. 

— Gracias por velar a mi esposo, pero yo no tengo hijos ni hijas; criamos con mi esposo sólo esos dos gatos negros que están sentados por allá— replicó la viuda.


El Zorro bailarín 


Foto: MFM/ABI
Mi mamá Josefina me contó varios de los cuentos más populares del Zorro. Uno de ellos de cuando convertido en gente iba a bailar en las noches a la Qhachwa, que es un baile nocturno de muchachas y muchachos adolescentes. El Zorro se presentaba en la Qhachwa convertido en un guapo galán y las chicas se peleaban por bailar con él, hasta que al amanecer, al rayar el día, el guapo joven salía corriendo.

Cuando un día las chicas lo sujetaron impidiéndole escapar, el guapo galán se hizo soltar mordiendo a las chicas de sus manos y convirtiéndose en Zorro.


Este artículo fue publicado en la Revista Escape de La Razón el domingo 20 de mayo de 2012.

martes, 22 de abril de 2025

Teresa Gisbert: "Es un mal bicho el arte"

Teresa Mesa en el jardín de su casa, hogar de aves del paraíso. Foto: Pedro Laguna.

Entre 2010 y 2011 hubo una charla de dos momentos con Teresa Gisbert. Ella nos habló sobre su niñez, sobre su cuidadora llamada Marcela, sobre que en principio no quería ser arquitecta sino ingeniera, sobre Pepe que le leyó todo el Quijote, sobre su descubrimiento de Bolivia desde España, sobre saber mirar, sobre sus hijos e hijas. Aqui, un recuerdo de aquellas pequeñas confesiones de una de las mujeres esenciales para los bolivianos y bolivianas.

Junio de 2010 

Doña Teresa invita a elegir: o charlamos en la sala rodeadas de imponentes libreros, cuadros coloniales y contemporáneos, o en el jardín bajo el cobijo de una sombrilla. Ella prefiere el jardín y no es cosa de contradecirla; además, su ayudante en casa ya ha dispuesto allá afuera dos pocillos con flan de caramelo. 

Hay que comenzar la entrevista; pero antes, imposible no preguntar por la sorpresiva presencia de un pavorreal que se pasea orondo por el césped y que responde raudo a los ademanes de doña Teresa que le ofrece maíz. "Está solo, acaba de morir la hembra", comenta y explica que a ella le gusta muchísimo esta ave del paraíso cuya versión masculina es la más bella por las plumas de la cola. "Se acerca mi cumpleaños. Pienso pedirles a mis hijos que me consigan la pareja".

Es Teresa Gisbert Carbonell quien acepta así, en el seno de su hogar en la zona Sur de La Paz, contar algo de su vida que en mucho está estrechamente vinculada a la historia cultural del país. Ha sido esta mujer quien junto a su esposo, el arquitecto José de Mesa, ha facilitado a los bolivianos una enorme cantidad de información para que podamos mirarnos en el espejo del pasado.

"Yo nací en la calle Inbaburo", comienza. "Pronto mi familia, que era muy numerosa –vivíamos juntos no sólo padres e hijos, sino también tíos, abuelos y primos–, se trasladó a la calle Ingavi, más o menos frente a lo que hoy es la sede de la Fundación del Banco Central; la casa existe todavía. Y luego nos fuimos todos al inmueble que ocupa la policía al lado de la iglesia La Merced".

En este inmueble de la calle Colón esquina Comercio vivió la familia Gisbert. Hoy lo ocupa la Policía boliviana. Foto de Mabel Franco.

Cuenta doña Teresa que sus abuelos llegaron del Mediterráneo español y aquí, en La Paz, la familia Gisbert comenzó a crecer. "Mi tío trabajaba en la librería (Gisbert), todo un sello editorial en el país. Mi tía trabajaba de costurera, mi padre era constructor...", va deshilvanando la memoria.

"Somos tres hermanas. Soy la mayor, luego vienen Angelita, que siempre me ha ayudado mucho, y Maruja". Como primogénita, “yo daba una mano a mi mamá María en la casa; pero sobre todo me gustaba acompañar a mi padre a su trabajo y dictarle planillas". Él, Rafael Gisbert, "trabajaba en un edificio donde hoy funciona Hansa, pero el que recuerdo mejor, porque allí lo ayudé mucho, es su trabajo en la Universidad Mayor de San Andrés.

Arquitectura o ingeniería 

De sus recuerdos más vívidos de la niñez, doña Teresa evoca sus visitas a la cocina y la presencia de Marcela, la trabajadora del hogar que la cuidaba más tiempo que su mamá, quien tenía una salud delicada. Marcela, "una muchacha de pollera, del área rural, seguramente me quiso mucho, pues luego de que se fue de la casa me mandaba postales en las que me pedía que no me olvidase de ella; las guardo todavía". 

La niña y luego la adolescente pasó sus años escolares en el colegio Santa Ana de la calle Colón, muy cerca de su casa. "Hice desde el kínder hasta el bachillerato en ese establecimiento sólo para señoritas, ya que para ambos sexos estaban únicamente el Alemán y el Americano". Ellas, "jóvenes de clase media, estudiábamos sabiendo que luego debíamos trabajar”. Es cierto que en el colegio "todas teníamos clases de labores y rezábamos el rosario mientras bordábamos", pero "la mayoría se hicieron profesionales, como dentistas o abogadas, y a mí me animó mucho un profesor de matemáticas".

¿Así habrá llegado la arquitectura a su vida? 

Teresa Mesa a mediados del año 2010. Foto: Pedro Laguna.


Por disciplina familiar, en vacaciones todos los jóvenes de la casa tenían que buscar una ocupación. Teresa, al acompañar a su papá constructor, fue interiorizándose de la arquitectura, aunque "yo quería ser ingeniera porque lo otro no me gustaba tanto, pues yo sin ser mala no era tan buena para el dibujo, y luego veía que todo el mundo tenía opiniones diferentes sobre las cosas: que las ventanas tienen que estar orientadas así, que mejor no, y yo quería una cosa exacta donde nadie tuviera que opinar". 

En aquella época, tanto aspirantes a arquitectura como los de ingeniería compartían el primer año universitario. En el curso, Teresa era la única mujer y, en la carrera, fue una entre muy pocas.

Entonces apareció Pepe, un joven que había estado estudiando arquitectura en Chile y que al retornar a Bolivia se encontró con Teresa en el mismo curso. "Formamos un grupo con otros amigos y estudiábamos juntos: uno de nosotros se aprendía bien una materia y la explicaba a los demás". El compañero "me parecía interesante, me conversaba de muchas cosas" y así fue que la universitaria se fue convenciendo de dejar de lado la ingeniería.

¿Y cuándo vio que el patrimonio arquitectónico cultural del país era algo que debía estudiarse? "Me llamaban la atención algunas cosas, por ejemplo San Francisco por sus tantas figuritas en la fachada. Me preguntaba por qué la habían hecho así y pensaba que, como era colonial, en España debía haber lo mismo". Grande sería su sorpresa cuando, ya casada con Pepe –José de Mesa–, llegó a aquel país de sus antepasados, donde se quedó a estudiar tres años, y vio que no había nada parecido. 

Luego, "los mismos españoles nos dijeron a Pepe y a mí que por qué no nos volvíamos a Bolivia, que en nuestro país había mucho que hacer, que en Europa estaba todo hecho. Esos colegas habían escrito un libro sobre arquitectura de América Latina y uno había visitado el país y estaba muy impresionado por lo que vio. Nos animaron muchísimo a que a nuestro retorno escribamos, hagamos algo; nosotros les dijimos que no éramos escritores y retrucaron con que no era necesario, que bastaba con fotografiar, hacer los planos de las iglesias y qué eso ya sería suficiente".

La pareja se tomó en serio la sugerencia y, una vez en Bolivia, "convencimos a mi cuñado, que era médico (el famoso doctor Abela Dehesa) para que nos llevara en el auto; él era además un buen fotógrafo". Y así recorrieron el altiplano. Doña Teresa aprendió pronto a fotografiar y los planos los iban trazando con la ayuda, para tomar las medidas, de alguien de cada lugar que a cambio recibía una propina.

Doña Teresa lo resume y la labor parece sencilla; pero en verdad que todo estaba realmente por hacerse. “Los argentinos habían publicado una colección en la cual incluyeron cosas de Perú y de Bolivia, y también estaban unos artículos en el periódico que había publicado Cecilio Guzmán de Rojas, quien hablaba de Melchor Pérez Holguín. Eso era lo que había”.

Aprender a mirar 

“¿Has visto los loros que hay en la iglesia de Santo Domingo (calle Yanacocha e Ingavi de La Paz)”, indaga doña Teresa. “¿No? Lo mismo me dicen todos a quienes les pregunto. Y son dos loros enormes, de un metro de alto; están ahí”.

Cuenta la arquitecta que cuando a sus 23 años llegó a Madrid, sus maestros le consultaban sobre Potosí y ella se avergonzaba cada vez que tenía que decir que no lo conocía. “Pedí que me enviaran libros desde Bolivia… En verdad, descubrí el país desde España”. 

Cierto día, “un gringo nos preguntó a Pepe y a mí si habíamos visto la casa que está en una esquina de la plaza Murillo. Dijimos que sí. ¿Y qué les ha parecido?, habría insistido el hombre. Tras el silencio de los bolivianos llegó a sugerirles que, cuando volviesen a su país, “vayan y véanla con cuidado”.

Qué habrá querido decir, nos cuestionamos y apenas retornamos fuimos a mirarla pasando más allá del negocio de telas de un judío o de la cafetería Beirut de un árabe, que funcionaban en la casona. Nos quedamos con la boca abierta; nunca nos habíamos detenido a ver el balcón de piedra de afuera y menos el patio”. 

Hay que restaurarla, me dijo Pepe” y así se trazó un camino que llevaría a la pareja por las iglesias rurales y urbanas, y por los inmuebles de tiempos coloniales: para recuperarlos, para devolverles su sentido y con ello la memoria al país. 

La casa que aquel gringo les impulsó a mirar es la que hoy y gracias al empeño de los Mesa Gisbert –que dirigieron la restauración entre 1961 y 1965– ocupa el Museo Nacional de Arte, en la esquina de las calles Comercio y Socabaya. Luego vendría el trabajo de reconstrucción del Tambo Quirquincho, a la par que los esposos irían levantando inventario de cuadros, esculturas y otras obras a lo largo y ancho de Bolivia e incluso Perú.

“Así que no has visto los loros; están al lado de la ventana y son grandes, de piedra: están tan claros. Pero uno no los ve. Estamos tan acostumbrados a mirar tantas cosas que no nos preguntamos por ellas”.

Enero de 2011

Hace siete meses, 24 de julio de 2010, que José de Mesa ha fallecido. En la primera charla con doña Teresa, el arquitecto permanecía en una habitación de la planta baja de la casa, escuchando música clásica; eso lo tranquilizaba.

“Al principio fue difícil”, nos había dicho ella refiriéndose al mal de Alzheimer que fue arrebatándole a su esposo la lucidez y la independencia; “pero hemos aprendido a manejarlo”. Hoy, segunda cita para seguir charlando, en el jardín hay un nuevo pavorreal y doña Teresa parece haber aceptado serena la partida definitiva de quien, dice, le dio muchísimo.

“Pepe era un erudito, sabía muchas cosas; no sé si porque en los colegios de varones se los educaba mejor, pero él, cuando nos conocimos, sabía tanto que yo no dejaba de admirarlo. Me leyó el Quijote entero mientras paseábamos por las calles de La Paz. Tenía un poder extraordinario para convencer. Una vez me dijo que él podía llamar la atención de cualquier persona y no le creí. Me llevó por los barrios altos donde se puso a ofrecer algo en la calle y reunió a una multitud”. Tenía “un poder de convicción enorme, por eso ha debido conquistarme”. Y además, “él me dio libertad, me dejó que llevara mi nombre sin el de Mesa que yo no quería; me dejó trabajar, ser lo que soy”.

La autora con un ejemplar de su libro publicado en 1999, "El Paraiso de los pájaros
parlantes-La imagen del otro en la cultura andina". Foto: Pedro Laguna.

Lo que es: arquitecta, historiadora, restauradora, miembro de la Academia Nacional de Ciencias y autora de libros fundamentales como son Iconografía y mitos indígenas en el arte (1980), El Paraíso de los pájaros parlantes. La imagen del otro en la cultura andina (1999) y Arte, poder e identidad (2016) para citar sólo los que firma sola. La cantidad de textos en coautoría con su esposo – desde Holguín y la pintura virreinal en Bolivia (1956) hasta Historia del arte en Bolivia (2002)–, con él y su hijo Carlos –Historia de Bolivia (1997)– y con colegas investigadores –por ejemplo, Arte textil y mundo andino junto a Silvia Arce y Martha Cajías—, supera la decena.

Doña Teresa es también madre de cuatro hijos: Carlos, Andrés –hoy arquitecto y catedrático en Barcelona–, Isabel y Teresa Guiomar. 

Cuando volvió de España estaba embarazada de Carlos, cuenta. “En Madrid nos estuvimos preguntando dónde debía nacer nuestro hijo y decidimos que en Bolivia, así que un mes antes de que él llegue al mundo nos vinimos”.

Con un primer bebé (nacido en 1953) que criar, doña Teresa no iba a dejar de lado el trabajo intelectual. De hecho, se dio modos para hacer uno y otro al mismo tiempo y así, por ejemplo, se le ocurrió dejar al pequeño Carlos en el extremo contrario de donde estaba ella con su máquina y aprovechar el tiempo que al niño le tomaba gatear de vuelta para avanzar en la escritura.

¿Habrá soñado doña Teresa, como suelen hacer otras mamás, con que ese hijo llegaría a ser presidente de Bolivia? “No. La verdad es que nadie en la casa estaba de acuerdo con ello; pero bueno, así se dieron las cosas. Carlos sacrificó algo de su prestigio personal al asumir la presidencia; pero aun si tuvo errores como todo el mundo, gobernó sin que en su periodo muriese nadie por su causa”, dice la mamá de quien primero ocupó la Vicepresidencia de Bolivia (de 2002 a 2003) y luego la Presidencia (2003 y 2005).

Carlos y Andrés eran chicos cuando los esposos Mesa Gisbert viajaban por el país. “Teníamos que ir a todo lado; no podíamos hablar de un lugar sin conocerlo. Y no sólo visitábamos ciudades, sino el área rural. Los caminos eran terribles y eso me costó problemas serios en la espalda”.

Cuando les tocó trabajar en Potosí, “llevábamos a los niños –las niñas no habían nacido todavía– y como se aburrían, a Carlos se lo encargábamos al revistero del paseo del Bulevar y se quedaba feliz, leyendo”. Andrés “prefería estar en la habitación del hotel con sus autos; era medio ermitaño”. A las 5 de la tarde “los recogíamos, le dábamos la propina al cuidador y nos íbamos a tomar el té”. 

Sus hijos e hijas respiraron inevitablemente ese ambiente pleno de referencias culturales, de historia y de arte. Carlos es periodista e historiador, Andrés arquitecto, Isabel escribe libros para la niñez con temas patrimoniales y Guiomar pinta.“Lamentablemente”, comenta la madre y nos reímos juntas de su ocurrencia. Doña Teresa recuerda que la hija artista, Guiomar, “me acompañaba al trabajo cuando yo dirigía el Museo Nacional de Arte (1970-1976)” y seguramente por eso, “lo primero que pintó fueron imágenes de santos desechos, vírgenes rotas… Le quedó el mal bicho, porque es un mal bicho el arte; es que vivir de la cultura es vivir a salto de mata”.

Abril de 2025. El 19 de febrero de 2018, Teresa Gisbert falleció en La Paz, la ciudad donde había nacido el 30 de noviembre de 1926. La presente nota fue publicada el 13 de febrero de 2011 en la revista Escape de La Razón. Para la segunda cita doña Teresa me esperó con una pluma de pavorreal como regalo.


martes, 15 de abril de 2025

Alfredo La Placa, el mensajero

"Veo una ciudad bañada por un rojo de origen, de sangre... en fin", dijo La Placa de su propio cuadro y como si él no lo hubiese pintado. Foto: Nicolás Quinteros.

A raíz de la exposición Arcano de 2008, Alfredo La Placa reflexiona sobre los misterios de la creación artística y la relación del espectador, incluido el propio pintor, con las obras. La Placa, potosino nacido el 3 de mayo de 1929, falleció el 30 de diciembre de 2016.

Mabel Franco Ortega, periodista

Uno mismo es el primer sorprendido e intrigado, revela Alfredo La Placa mientras observa uno de sus cuadros como si no le perteneciera. "Aquí veo algo así como unas columnas babilónicas... estas parecen piedras de un mundo que se está gestando... aquí veo una figura humana... y aquí rostros, caritas". Su mirada guía la del acompañante que no siempre descubre lo mismo en esa superficie de colores y formas, que no figuras. "Cada quien encontrará lo que se le dicta, lo que le dicta su experiencia, su sensibilidad", dice.

Ese descubrir los secretos, los arcanos que cada ser humano guarda como una herencia de su especie, de tiempos indecibles, es posible gracias a un acto de mediación, sostiene el pintor potosino. Por una parte está el artista que con rigor y oficio expresa esos secretos "venidos quién sabe de dónde" y por otra está el observador que debe -el de hoy en especial- recuperar la facultad de mirar, de detenerse para buscar y encontrar. Esto último no está de más decirlo, enfatiza La Placa, pues parece innegable que la "civilización de la imagen" ha hecho de la gente menos contemplativa. "Hay que ver a quienes entran en una exposición repasar los cuadros de los muros rápidamente e irse". Así "no encontrarán nada, como no lo harán si no escuchan detalladamente a un Mozart o un Beethoven". 

La invitación está hecha. Veintidós cuadros de distinto formato, dispuestos en tres espacios, esperan entregar algo que viene de remotas eras al visitante acucioso. ¿Qué, por ejemplo? "El arte no se explica con palabras", dice quien ha recibido este año el premio Obra de Vida del 56 Salón municipal de artes plásticas Pedro Domingo Murillo. El galardón Domingo Murillo, que distingue a los creadores nacionales por la constancia combinada con la calidad, ya había premiado en su sección concurso a un joven La Placa en 1960. En ese entonces el jurado aplaudió una obra que se desmarcaba de la tendencia de la pintura indigenista propia de la generación del 52 y proponía un arte no figurativo hecho de colores, arcanos desde ya.

Causalidad

Este año están pasando muchas cosas significativas, afirma La Placa, a quien le hubiese gustado venir al mundo en 1928 y no el 29, para celebrar sus 80 años en el año del centenario de Marina Núñez del Prado, "quizás la más grande artista que ha nacido en Bolivia". Este 2008 se recuerda también que hace 100 años nació el escultor Fausto Aois Vilaseca. Además "de que el gran pueblo chino fue sede de los Juegos Olímpicos, yo expongo ahora y mi hija Yanina hace lo propio en arte espacio CAF". Son coincidencias grandes y pequeñas, "cuya causalidad, que va más allá de la casualidad, apenas intuimos, pero que obedece a algo que nos mantiene unidos como planetas girando en una misma órbita".

El pintor cree en un ser superior que "al crearnos nos insufló de la capacidad para acercarnos a los misterios de la naturaleza, todos somos depositarios de él; pero hemos perdido la capacidad para descubrirlo porque no nos sorprendemos más, como sí hacen los niños, como hacía el hombre primitivo con la lluvia y con el rayo".

El arte, ése que no se improvisa, que no se imposta, "sea un cuadro, sea la música, sean los textiles -- antes erróneamente llamados arte menor--, sean los quipus, invita a descifrar dichos misterios; esto es lo que quiero expresar con Arcano para quien quiera entenderlo así".

Arcano

El centro de exposiciones de Patiño está sutilmente dividido por la voluntad de La Placa en Arcano A (cinco lienzos de gran formato), Arcano R (cinco cuadros medianos sobre cartón prensado) y Arcano C (12 pinturas pequeñas sobre lienzo).

El óleo es el dominio del pintor y el color claro su lenguaje: ha eliminado el blanco de la paleta como no sea para los fondos, para iluminar tal cual hacen los acuarelistas, explica. Las formas que emergen, las figuras que se perfilan a veces, hacen trampa al ojo: parecen tener relieve pero no es cierto.

Que un cuadro resulte así y no de otra manera no es intencional, como cuando se dice "voy a hacerte un retrato", aclara La Placa. Va surgiendo, es el resultado de eso que se llama inspiración, mediación --para seguir las palabras del artista--, y que se plasma en esas imágenes que vienen quién sabe de cuándo quién sabe de dónde.

El acto de enfrentarse al cuadro --La Placa, como ya se ha dicho, lo hace con sus propias creaciones-- es un acto de sensibilidad, "no de gustar o no, sino de encontrar un eco en uno mismo". En ello se juega la cultura que "no es sino haber vivido y mirado, haber escuchado, sentido, haber aprendido en un proceso que toma su tiempo".

La exposición Arcano estará abierta, nunca mejor dicho, hasta el 21 de noviembre.

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Esta nota fue publicada en el suplemento Tendencias del periódico La Razón el domingo 9 de noviembre de 2008.



miércoles, 9 de abril de 2025

El cabello de Agar


Agar Delós en la película "Un abrazo en el Chaco" de Marisol Barragán. 

El 9 de junio de 2019 falleció en La Paz la actriz de teatro y cine Agar Delós. Su verdadero nombre era Agar Antequera. 

Mabel Franco, periodista

El pelo tirante y atado en un gran moño en la parte trasera de la cabeza. Rostro despejado, discretamente maquillado. Así lucía invariablemente Agar Antequera en la vida civil. “Me pesa mucho el cabello, creo que me lo voy a cortar”, comentó a fines de 2016, cuando apareció en el Teatro de Cámara, luego de superar un problema de salud, para cumplir su rol como jurado del concurso de teatro Raúl Salmón de la Barra.

Por supuesto, el cabello negro que con los años había ido llenándose de jaspes blancos siguió allí, escondido, pero listo para partirse por la mitad  y caer en forma de dos trenzas por las espaldas de Agar Delós, que así se transformaba en una chola paceña. Esa chola a la que dio vida por última vez el 9 de  septiembre de 2018, cuando a la manera de un espíritu maternal acunó al hijo delincuente en “Escuela de pillos”, puesta en escena por Talía Producciones.

La “mujer de pollera”, personaje con el que nació para la escena apadrinada por Raúl Salmón de la Barra, fue como su segunda piel. Agar podía ser otras mujeres –interpretó a “señoras de vestido” algunas veces, como en “Monólogos de la vagina”, “Madre coraje”, “El cerco”-, aunque era la chola la que aguardaba en su nuca la oportunidad de descolgarse con toda su ternura, pero también su picardía y hasta su agresividad cuando debía defenderse: hay que recordar la ensalada de insultos en aymara y castellano que salían de la boca de su personaje a la hora de acallar a las birlochas o los huayra leva (1).

Agar Antequera (1937-2019) se ha marchado y se ha llevado fuertemente atada en su moño a la mujer más entrañable que el teatro paceño ha tejido gracias a la chhaxraña (2) de Agar Delós.

Agar Delós en foto de Mabel Franco durante una reunión de jurado del Festival Intercolegial de Teatro Indivisa Manent. 


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(1) Hombre, generalmente dirigente de algún grupo social, que obtiene ciertos beneficios personales a costa de los demás. 

(2) Peine elaborado con las raíces de una planta andina llamada kayara.


lunes, 17 de marzo de 2025

Un misterio llamado Rosario del Río

 

Rosario del Río frente a la cámara de Jorge Ruiz para el semidocumental de 10 minutos “Miles como María”. Fotografía, cortesía de Nicole Ballivián.

¿Qué habrá sido de la actriz del largometraje La vertiente? ¿Vive todavía? ¿Qué hacía cuando Jorge Ruiz la fichó para encarnar a la profesora Teresa? ¿Cómo se hace para perseguir a una fantasma llamada Rosario del Río?


Mabel Franco Ortega, periodista

Rosario del Río es una de las actrices del cine boliviano del siglo XX de las que poco se sabe más allá del nombre. Maricarmen Molina, estudiosa del audiovisual en el país, me hizo dar cuenta sobre ese vacío hace como un mes. Ocurrió que el investigador estadounidense David Wood, que llegó a La Paz para hablar del mediometraje Miles como María (Harry Watt), quería tener información sobre la persona que, en la parte dedicada a Bolivia, encarna a una enfermera. Ese film de 1958 ganó el Gran premio para obras de televisión en el Festival de Venecia (Italia).

No supe decir nada, pues nada hay de Rosario del Río en el teatro boliviano, que es el área de la que tengo algo de información. De todas formas me puse a buscar en libros de artes escénicas y luego en Google. Nada de nada, excepto, claro, que la actriz es Teresa, la maestra colla de La vertiente, película filmada en 1958 y estrenada en 1959, ambientada en Rurrenabaque (Beni), dirigida por Jorge Ruiz y guionizada por Oscar Soria.

Acerca de la presencia de Wood y de Miles como Maríaque se proyectó en la Cinemateca Boliviana el 21 de febrero reciente y que motivó el conversatorio Bolivia en la pantalla global – Relatos visuales del asistencialismo, Alfonso Gumucio escribió un artículo en el que da mucha información sobre el film de 10 minutos que tuvo en la cámara al propio Jorge Ruiz y que es parte de una trilogía en el género del documental o, dice Gumucio, semidocumental.

Pero es de la actriz que hay que hablar ahora. Resulta apasionante seguirle la pista, como ya hice con Juanita Taillansier, protagonista de Wara Wara (José María Velasco Maidana), gracias a un folleto que me llevó hasta su sobrina, Jeanne de la Riva, y a un valioso material acerca de esa paceña casada con un ciudadano francés (de allí el apellido, que no es “Tallansier”, como se ha difundido ampliamente), sus ideas sobre el divorcio, la nota que le envió Velasco Maidana agradeciéndole por su trabajo, y otras maravillas. Pueden curiosear en Juanita Taillansier, la primera estrella del cine boliviano.


La enfermera, la maestra


María es una enfermera citadina que, con un sobrio traje sastre y tacones, llega hasta una población rural altiplánica con la misión de convencer a la gente de que es preciso adoptar otras medidas para curar y cuidar, ya que la tradicional no sería la deseable. Pese al inicial rechazo, la profesional de blanco uniforme insistirá y se ganará la confianza de sus asistidos. (Miles como María, Harry Watt, 1958).

Rodaje del largometraje “La vertiente”, de Jorge Ruiz, en Rurrenabaque. Fotografía, cortesía de Nicole Ballivián.

La joven profesora paceña Teresa enseña en Rurrenabaque, población beniana que carece de agua potable y que consume la del río, con el riesgo de enfermedades que ello conlleva. La muerte de uno de los alumnos por esa causa lleva a la maestra a movilizarse para conducir el agua de una vertiente hasta la población. Su empeño, en principio menospreciado sobre todo por los varones del pueblo –entre ellos un cazador de caimanes (Raúl Vaca Pereira)–, convencerá y unirá finalmente a toda la población. (La Vertiente, Jorge Ruiz, 1959).


“That’s my mom”

Pero cómo se busca a una fantasma de celuloide en blanco y negro. Las redes digitales, seguramente. Fue así, navega que te navega, que en un breve comentario del trailer de La vertiente en YouTube, alguien había escrito: “That’s my mom”.

La punta de la red estaba a la vista. Una dirección de correo en el perfil, escribir, preguntar. Efectivamente, Nicole Ballivián es una de tres hijas de Rosario del Río y el economista paceño Jaime Ballivián.

“Mi madre, luego de La vertiente, se casó con mi padre y se mudaron a Washington DC”, cuenta la hija que, nacida en Estados Unidos, radica hoy en Los Ángeles, donde se dedica a escribir guiones y dirigir películas.

Con el apellido de casada, Ballivián, es posible hallar algo de información sobre la actriz boliviana. El obituario que da cuenta del fallecimiento de Rosario indica que ella nació en La Paz el 6 de noviembre de 1938 y murió en Virginia (EEUU) el 15 de octubre de 2017. En 2015 había fallecido su esposo, quien fue funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo.

Nicole confirma lo mencionado y añade el dato de cómo Rosario se convirtió en actriz. “Mi mamá fue elegida para la película cuando Jorge llegó a su escuela de ballet –el Ballet Nacional que luego se llamó Ballet Oficial de Bolivia– y realizó audiciones. Audicionaron casi todas las bailarinas y mi mamá fue seleccionada”.

Rosario del Río como Teresa, la maestra paceña que llega a Rurrenabaque en “La vertiente”. Fotografía, cortesía de Nicole Ballivián.

La vertiente se filmó antes de que la actriz cumpliera los 20 años y así fue que la imagen de la esbelta joven de cabello negro quedó plasmada en la historia del audiovisual boliviano.

A Washington, la paceña llegó con 22 años de edad y tiempo después la familia se trasladó a Virginia, donde “mi madre tenía su propio negocio de diseño de interiores” y, ocasionalmente, “tuvo la amabilidad de aparecer en algunas de mis películas cuando era más joven, aunque sin diálogo”, explica Nicole.


Una pierna lastimada

La foto de Rosario y Jaime jóvenes, que es parte de esta nota, es de cuando se conocieron, dice la hija: “Una historia romántica. Fue después del rodaje de La vertiente. Mi madre estaba esquiando en Chacaltaya, se cayó y se rompió la pierna. No conocía a mi padre, pero él también estaba esquiando allí, la levantó y la llevó al chalet. El resto es historia y aquí estoy escribiéndole”.

Jaime Ballivián y Rosario del Río en Chacaltaya, a fines de los años 50. Fotografía familiar, cortesía de Nicole Ballivián.

Al estreno de la película, Rosario acudió llevando una escayola en la pierna. “La prensa creyó –le contó la mamá a Nicole– que se había roto la pierna por la escena de la película donde el árbol le cae encima. ¡Chistosísimo!”.

Rosario del Río y Jaime Ballivián bautizaron a sus hijas como Cecilia, Mónica y Nicole –quien, como se ha dicho, sigue una carrera en el cine, aunque tras las cámaras–; ellas les dieron tres nietos: Alexa Mencia, Nicolas Mencia y Zahra Strecker.

Nicole Ballivián a sus 11 años junto a Rosario del Río de 47. Fotografía familiar cortesía de Nicole Ballivián.

Como pasó con Juanita Taillansier, la vida de Rosario del Río en pantalla fue muy breve; pero es innegable que tanto Wara Wara como Teresa forman parte destacadísima del imaginario cinematográfico boliviano.


Esta nota se publicó en la Revista Rascacielos el domingo 16 de marzo de 2025

martes, 11 de marzo de 2025

Al encuentro de las Hafizá del mundo

Hafizá (Valentina Cabrera) guía a su hija por los caminos de la memoria y la cultura de Palestina. Es la obra Kuadernos palestinos de SURtestimonios. Fotografía de Mabel Franco.

 

¿Cuán lejos se encuentra Palestina? Una obra de teatro, Kuadernos palestinos, que viaja desde Argentina por América Latina nos mueve a sospechar que quizás más cerca de lo que imaginamos.


Una mujer, con el rostro cubierto por la kufiya y una bandera que envuelve su cuerpo y luego ondea en su mano alzada, corre; suenan disparos, cae. Se levanta y sigue corriendo para volver a caer acribillada. Una y otra vez se repite la imagen. “Libre Palestina”, se llena el espacio con el canto mantra.

Un poco de contexto (con Rita Segato)

La violencia que el Estado de Israel ejerce contra Palestina es mostrada al mundo como no pasó en su tiempo con el genocidio perpetrado por el nazismo contra el pueblo judío. Sobre los campos de concentración los contemporáneos de ese exterminio pudieron alegar desconocimiento, pues el mundo era lejano y ajeno. Por eso, nosotros, desde la distancia de espacio y tiempo acallamos reclamos del tipo: ¿por qué no se hizo nada para impedir el horror?

Hoy, en un mundo cercano pero quizás más ajeno que nunca y con muros para asegurar la propiedad de unos respecto de otros, quien más quien menos sabemos lo que está sucediendo en Gaza. Un clic y ahí se despliegan ante nuestros sentidos fotos, videos, conferencias, marchas, testimonios, protestas…

Si así es, si tan inocultable resulta la masacre, ¿por qué no se puede detener la barbarie? ¿a qué se está esperando?

La investigadora Rita Segato propuso una imagen desconsoladora al referirse a Palestina ya en 2009: la del grito inaudible. 

Inaudible grito, no ya porque el poder del atacante impida que salga de Palestina, sino porque ahora conviene lo contrario, pues no “parece posible hoy en día argumentar leyes de vida ante el avasallamiento sin freno jurídico y ante la imposición del autoritarismo que no se limita a esa tierra sino que amenaza a otros países del planeta”.

La antropóloga dice además que frente a tal violencia nos hemos quedado sin una narrativa, sin un lenguaje, sin una gramática: “El mal no puede ser representado”.

“Quizás el arte”, expresa alguna de las esperanzas la investigadora a la hora de buscar ese lenguaje capaz no sólo de nombrar, sino también de desadormecer –de los efectos de la pedagogía del arbitrio y de la crueldad– y de encontrar posibles salidas colectivamente. Como ejemplo, ella cita la obra musical de Arnold Schönberg, Un sobreviviente de Varsovia, que describe a un grupo de prisioneros judíos camino a la cámara de gas. Y ¡clac!, la coincidencia entre los recursos de esa creación judía y la obra Kuadernos palestinos –la que termina con la mujer que corre y cae y se yergue frente al público– es sorprendente. 


Teatro político

Kuadernos palestinos en Casa Grito de La Paz. Fotografía de Mabel Franco.

Este mes de febrero, el grupo argentino SURtestimonios pasó por ciudades de Bolivia –La Paz, Cochabamba y Santa Cruz– con la obra creada por Valentina Cabrera y Umile Escalante, sobre poemario de Isaías Cañizales Ángel y poemas de autores palestinos como Rafeet Ziadah, Mahmoud Darwish y Fadwa Tuqan.

Se trata de un monólogo de trinchera que, estrenado en 2018, viaja por distintas geografías de Latinoamérica. Casi todo lo que requiere para la puesta lo consigue donde acampa: piedras, tierra y una maceta con una planta. Es Palestina, dice la obra, y es; pero también es Líbano, Ucrania, ¿Bolivia?, o cualquier lugar del mundo en el que el poder del más fuerte se yergue como ley incontestable para desplazar, arrebatar y, en el extremo de lo muy posible, aniquilar.

Kuadernos palestinos tiene como protagonista a una mujer. Ella es Hafizá, la huérfana, la que vio arder a sus padres y hermana alcanzados por esos misiles que, afirma ella, llevan inscrito el nombre de cada palestino; la que sabe de violaciones, la que vive en una tienda de campaña junto a su niña, la que recoge pedazos de otros pequeños para enterrarlos al pie del olivo. Pero es también la que cuenta historias familiares a su pequeña hija y la que le entrega la llave que a su vez recibió de la abuela –para poder volver algún día a casa–, la que canta y baila para reafirmar su cultura y la que lleva otra vida en su seno: “otro terrorista” para el enemigo, otro combatiente para su pueblo. Y es la que ha aprendido que el miedo es “la posibilidad certera que tienen los misiles para alcanzarnos”.

En la obra musical de Schönberg, en el momento de mayor horror cesa la música del compositor y se escucha el himno judío. “Sólo lo colectivo ancestral puede sustituir el silencio abisal de lo inenarrable”, interpreta Segato.

En Kuadernos palestinos es la música, es la danza, son las voces que hablan en el idioma que no entendemos pero comprendemos. Es la gramática del teatro el que hace que la actriz sea Palestina hablándonos de frente, de cerca, sobre su dolor y su firmeza y, eso sí, sin identificar nunca explícitamente al atacante. Quizás por eso, la obra logra que nos miremos también: ¿estaremos a salvo en un mundo que condena a los inmigrantes, que expulsa de sus territorios a pueblos indígenas, que firma contratos para explotar recursos sin medir consecuencias? 

Cuando Hafizá añora su río y se lamenta frente al muro que la separa de su tierra de los olivos, o cuando esconde a su niña en la precaria tienda para intentar protegerla, o cuando ambas envuelven los trozos de muñecas esparcidos por el campo, resuenan para quien las ha escuchado antes las palabras de Segato: “Veremos a la conquista tocarnos la puerta", dice Segato, como ya está pasando con quienes viven --vivimos-- cerca de yacimientos de litio o de tierras raras. Bajo la lógica de lo necesito lo tomo, “no habrá freno jurídico posible”.

“La ley vigente es de los dueños; la concentración de la riqueza sin límite seguirá su curso”, sentencia la investigadora. Es la lógica de la conquista que nunca cesó, afirma, y la obra teatral le pone imágenes a eso de que “la usurpación y limpieza de territorios que interesan a la acumulación y concentración permanece en curso”.

Kuadernos palestinos pasó por Bolivia. Llegó como esas piedras que palestinas y palestinos lanzan contra los misiles de fuego. En la función en Casa Grito de La Paz hubo menos de 10 espectadores. Pero, como creer en lo imposible es todavía nuestro derecho, tal vez así, de uno en uno, cuerpo con cuerpo, se pueda alimentar a un nuevo David símbolo del valor del más pequeño, o mejor, a una Hafizá allí donde sea necesaria.