martes, 22 de abril de 2025

Teresa Gisbert: "Es un mal bicho el arte"

Teresa Mesa en el jardín de su casa, hogar de aves del paraíso. Foto: Pedro Laguna.

Entre 2010 y 2011 hubo una charla de dos momentos con Teresa Gisbert. Ella nos habló sobre su niñez, sobre su cuidadora llamada Marcela, sobre que en principio no quería ser arquitecta sino ingeniera, sobre Pepe que le leyó todo el Quijote, sobre su descubrimiento de Bolivia desde España, sobre saber mirar, sobre sus hijos e hijas. Aqui, un recuerdo de aquellas pequeñas confesiones de una de las mujeres esenciales para los bolivianos y bolivianas.

Junio de 2010 

Doña Teresa invita a elegir: o charlamos en la sala rodeadas de imponentes libreros, cuadros coloniales y contemporáneos, o en el jardín bajo el cobijo de una sombrilla. Ella prefiere el jardín y no es cosa de contradecirla; además, su ayudante en casa ya ha dispuesto allá afuera dos pocillos con flan de caramelo. 

Hay que comenzar la entrevista; pero antes, imposible no preguntar por la sorpresiva presencia de un pavorreal que se pasea orondo por el césped y que responde raudo a los ademanes de doña Teresa que le ofrece maíz. "Está solo, acaba de morir la hembra", comenta y explica que a ella le gusta muchísimo esta ave del paraíso cuya versión masculina es la más bella por las plumas de la cola. "Se acerca mi cumpleaños. Pienso pedirles a mis hijos que me consigan la pareja".

Es Teresa Gisbert Carbonell quien acepta así, en el seno de su hogar en la zona Sur de La Paz, contar algo de su vida que en mucho está estrechamente vinculada a la historia cultural del país. Ha sido esta mujer quien junto a su esposo, el arquitecto José de Mesa, ha facilitado a los bolivianos una enorme cantidad de información para que podamos mirarnos en el espejo del pasado.

"Yo nací en la calle Inbaburo", comienza. "Pronto mi familia, que era muy numerosa –vivíamos juntos no sólo padres e hijos, sino también tíos, abuelos y primos–, se trasladó a la calle Ingavi, más o menos frente a lo que hoy es la sede de la Fundación del Banco Central; la casa existe todavía. Y luego nos fuimos todos al inmueble que ocupa la policía al lado de la iglesia La Merced".

En este inmueble de la calle Colón esquina Comercio vivió la familia Gisbert. Hoy lo ocupa la Policía boliviana. Foto de Mabel Franco.

Cuenta doña Teresa que sus abuelos llegaron del Mediterráneo español y aquí, en La Paz, la familia Gisbert comenzó a crecer. "Mi tío trabajaba en la librería (Gisbert), todo un sello editorial en el país. Mi tía trabajaba de costurera, mi padre era constructor...", va deshilvanando la memoria.

"Somos tres hermanas. Soy la mayor, luego vienen Angelita, que siempre me ha ayudado mucho, y Maruja". Como primogénita, “yo daba una mano a mi mamá María en la casa; pero sobre todo me gustaba acompañar a mi padre a su trabajo y dictarle planillas". Él, Rafael Gisbert, "trabajaba en un edificio donde hoy funciona Hansa, pero el que recuerdo mejor, porque allí lo ayudé mucho, es su trabajo en la Universidad Mayor de San Andrés.

Arquitectura o ingeniería 

De sus recuerdos más vívidos de la niñez, doña Teresa evoca sus visitas a la cocina y la presencia de Marcela, la trabajadora del hogar que la cuidaba más tiempo que su mamá, quien tenía una salud delicada. Marcela, "una muchacha de pollera, del área rural, seguramente me quiso mucho, pues luego de que se fue de la casa me mandaba postales en las que me pedía que no me olvidase de ella; las guardo todavía". 

La niña y luego la adolescente pasó sus años escolares en el colegio Santa Ana de la calle Colón, muy cerca de su casa. "Hice desde el kínder hasta el bachillerato en ese establecimiento sólo para señoritas, ya que para ambos sexos estaban únicamente el Alemán y el Americano". Ellas, "jóvenes de clase media, estudiábamos sabiendo que luego debíamos trabajar”. Es cierto que en el colegio "todas teníamos clases de labores y rezábamos el rosario mientras bordábamos", pero "la mayoría se hicieron profesionales, como dentistas o abogadas, y a mí me animó mucho un profesor de matemáticas".

¿Así habrá llegado la arquitectura a su vida? 

Teresa Mesa a mediados del año 2010. Foto: Pedro Laguna.


Por disciplina familiar, en vacaciones todos los jóvenes de la casa tenían que buscar una ocupación. Teresa, al acompañar a su papá constructor, fue interiorizándose de la arquitectura, aunque "yo quería ser ingeniera porque lo otro no me gustaba tanto, pues yo sin ser mala no era tan buena para el dibujo, y luego veía que todo el mundo tenía opiniones diferentes sobre las cosas: que las ventanas tienen que estar orientadas así, que mejor no, y yo quería una cosa exacta donde nadie tuviera que opinar". 

En aquella época, tanto aspirantes a arquitectura como los de ingeniería compartían el primer año universitario. En el curso, Teresa era la única mujer y, en la carrera, fue una entre muy pocas.

Entonces apareció Pepe, un joven que había estado estudiando arquitectura en Chile y que al retornar a Bolivia se encontró con Teresa en el mismo curso. "Formamos un grupo con otros amigos y estudiábamos juntos: uno de nosotros se aprendía bien una materia y la explicaba a los demás". El compañero "me parecía interesante, me conversaba de muchas cosas" y así fue que la universitaria se fue convenciendo de dejar de lado la ingeniería.

¿Y cuándo vio que el patrimonio arquitectónico cultural del país era algo que debía estudiarse? "Me llamaban la atención algunas cosas, por ejemplo San Francisco por sus tantas figuritas en la fachada. Me preguntaba por qué la habían hecho así y pensaba que, como era colonial, en España debía haber lo mismo". Grande sería su sorpresa cuando, ya casada con Pepe –José de Mesa–, llegó a aquel país de sus antepasados, donde se quedó a estudiar tres años, y vio que no había nada parecido. 

Luego, "los mismos españoles nos dijeron a Pepe y a mí que por qué no nos volvíamos a Bolivia, que en nuestro país había mucho que hacer, que en Europa estaba todo hecho. Esos colegas habían escrito un libro sobre arquitectura de América Latina y uno había visitado el país y estaba muy impresionado por lo que vio. Nos animaron muchísimo a que a nuestro retorno escribamos, hagamos algo; nosotros les dijimos que no éramos escritores y retrucaron con que no era necesario, que bastaba con fotografiar, hacer los planos de las iglesias y qué eso ya sería suficiente".

La pareja se tomó en serio la sugerencia y, una vez en Bolivia, "convencimos a mi cuñado, que era médico (el famoso doctor Abela Dehesa) para que nos llevara en el auto; él era además un buen fotógrafo". Y así recorrieron el altiplano. Doña Teresa aprendió pronto a fotografiar y los planos los iban trazando con la ayuda, para tomar las medidas, de alguien de cada lugar que a cambio recibía una propina.

Doña Teresa lo resume y la labor parece sencilla; pero en verdad que todo estaba realmente por hacerse. “Los argentinos habían publicado una colección en la cual incluyeron cosas de Perú y de Bolivia, y también estaban unos artículos en el periódico que había publicado Cecilio Guzmán de Rojas, quien hablaba de Melchor Pérez Holguín. Eso era lo que había”.

Aprender a mirar 

“¿Has visto los loros que hay en la iglesia de Santo Domingo (calle Yanacocha e Ingavi de La Paz)”, indaga doña Teresa. “¿No? Lo mismo me dicen todos a quienes les pregunto. Y son dos loros enormes, de un metro de alto; están ahí”.

Cuenta la arquitecta que cuando a sus 23 años llegó a Madrid, sus maestros le consultaban sobre Potosí y ella se avergonzaba cada vez que tenía que decir que no lo conocía. “Pedí que me enviaran libros desde Bolivia… En verdad, descubrí el país desde España”. 

Cierto día, “un gringo nos preguntó a Pepe y a mí si habíamos visto la casa que está en una esquina de la plaza Murillo. Dijimos que sí. ¿Y qué les ha parecido?, habría insistido el hombre. Tras el silencio de los bolivianos llegó a sugerirles que, cuando volviesen a su país, “vayan y véanla con cuidado”.

Qué habrá querido decir, nos cuestionamos y apenas retornamos fuimos a mirarla pasando más allá del negocio de telas de un judío o de la cafetería Beirut de un árabe, que funcionaban en la casona. Nos quedamos con la boca abierta; nunca nos habíamos detenido a ver el balcón de piedra de afuera y menos el patio”. 

Hay que restaurarla, me dijo Pepe” y así se trazó un camino que llevaría a la pareja por las iglesias rurales y urbanas, y por los inmuebles de tiempos coloniales: para recuperarlos, para devolverles su sentido y con ello la memoria al país. 

La casa que aquel gringo les impulsó a mirar es la que hoy y gracias al empeño de los Mesa Gisbert –que dirigieron la restauración entre 1961 y 1965– ocupa el Museo Nacional de Arte, en la esquina de las calles Comercio y Socabaya. Luego vendría el trabajo de reconstrucción del Tambo Quirquincho, a la par que los esposos irían levantando inventario de cuadros, esculturas y otras obras a lo largo y ancho de Bolivia e incluso Perú.

“Así que no has visto los loros; están al lado de la ventana y son grandes, de piedra: están tan claros. Pero uno no los ve. Estamos tan acostumbrados a mirar tantas cosas que no nos preguntamos por ellas”.

Enero de 2011

Hace siete meses, 24 de julio de 2010, que José de Mesa ha fallecido. En la primera charla con doña Teresa, el arquitecto permanecía en una habitación de la planta baja de la casa, escuchando música clásica; eso lo tranquilizaba.

“Al principio fue difícil”, nos había dicho ella refiriéndose al mal de Alzheimer que fue arrebatándole a su esposo la lucidez y la independencia; “pero hemos aprendido a manejarlo”. Hoy, segunda cita para seguir charlando, en el jardín hay un nuevo pavorreal y doña Teresa parece haber aceptado serena la partida definitiva de quien, dice, le dio muchísimo.

“Pepe era un erudito, sabía muchas cosas; no sé si porque en los colegios de varones se los educaba mejor, pero él, cuando nos conocimos, sabía tanto que yo no dejaba de admirarlo. Me leyó el Quijote entero mientras paseábamos por las calles de La Paz. Tenía un poder extraordinario para convencer. Una vez me dijo que él podía llamar la atención de cualquier persona y no le creí. Me llevó por los barrios altos donde se puso a ofrecer algo en la calle y reunió a una multitud”. Tenía “un poder de convicción enorme, por eso ha debido conquistarme”. Y además, “él me dio libertad, me dejó que llevara mi nombre sin el de Mesa que yo no quería; me dejó trabajar, ser lo que soy”.

La autora con un ejemplar de su libro publicado en 1999, "El Paraiso de los pájaros
parlantes-La imagen del otro en la cultura andina". Foto: Pedro Laguna.

Lo que es: arquitecta, historiadora, restauradora, miembro de la Academia Nacional de Ciencias y autora de libros fundamentales como son Iconografía y mitos indígenas en el arte (1980), El Paraíso de los pájaros parlantes. La imagen del otro en la cultura andina (1999) y Arte, poder e identidad (2016) para citar sólo los que firma sola. La cantidad de textos en coautoría con su esposo – desde Holguín y la pintura virreinal en Bolivia (1956) hasta Historia del arte en Bolivia (2002)–, con él y su hijo Carlos –Historia de Bolivia (1997)– y con colegas investigadores –por ejemplo, Arte textil y mundo andino junto a Silvia Arce y Martha Cajías—, supera la decena.

Doña Teresa es también madre de cuatro hijos: Carlos, Andrés –hoy arquitecto y catedrático en Barcelona–, Isabel y Teresa Guiomar. 

Cuando volvió de España estaba embarazada de Carlos, cuenta. “En Madrid nos estuvimos preguntando dónde debía nacer nuestro hijo y decidimos que en Bolivia, así que un mes antes de que él llegue al mundo nos vinimos”.

Con un primer bebé (nacido en 1953) que criar, doña Teresa no iba a dejar de lado el trabajo intelectual. De hecho, se dio modos para hacer uno y otro al mismo tiempo y así, por ejemplo, se le ocurrió dejar al pequeño Carlos en el extremo contrario de donde estaba ella con su máquina y aprovechar el tiempo que al niño le tomaba gatear de vuelta para avanzar en la escritura.

¿Habrá soñado doña Teresa, como suelen hacer otras mamás, con que ese hijo llegaría a ser presidente de Bolivia? “No. La verdad es que nadie en la casa estaba de acuerdo con ello; pero bueno, así se dieron las cosas. Carlos sacrificó algo de su prestigio personal al asumir la presidencia; pero aun si tuvo errores como todo el mundo, gobernó sin que en su periodo muriese nadie por su causa”, dice la mamá de quien primero ocupó la Vicepresidencia de Bolivia (de 2002 a 2003) y luego la Presidencia (2003 y 2005).

Carlos y Andrés eran chicos cuando los esposos Mesa Gisbert viajaban por el país. “Teníamos que ir a todo lado; no podíamos hablar de un lugar sin conocerlo. Y no sólo visitábamos ciudades, sino el área rural. Los caminos eran terribles y eso me costó problemas serios en la espalda”.

Cuando les tocó trabajar en Potosí, “llevábamos a los niños –las niñas no habían nacido todavía– y como se aburrían, a Carlos se lo encargábamos al revistero del paseo del Bulevar y se quedaba feliz, leyendo”. Andrés “prefería estar en la habitación del hotel con sus autos; era medio ermitaño”. A las 5 de la tarde “los recogíamos, le dábamos la propina al cuidador y nos íbamos a tomar el té”. 

Sus hijos e hijas respiraron inevitablemente ese ambiente pleno de referencias culturales, de historia y de arte. Carlos es periodista e historiador, Andrés arquitecto, Isabel escribe libros para la niñez con temas patrimoniales y Guiomar pinta.“Lamentablemente”, comenta la madre y nos reímos juntas de su ocurrencia. Doña Teresa recuerda que la hija artista, Guiomar, “me acompañaba al trabajo cuando yo dirigía el Museo Nacional de Arte (1970-1976)” y seguramente por eso, “lo primero que pintó fueron imágenes de santos desechos, vírgenes rotas… Le quedó el mal bicho, porque es un mal bicho el arte; es que vivir de la cultura es vivir a salto de mata”.

Abril de 2025. El 19 de febrero de 2018, Teresa Gisbert falleció en La Paz, la ciudad donde había nacido el 30 de noviembre de 1926. La presente nota fue publicada el 13 de febrero de 2011 en la revista Escape de La Razón. Para la segunda cita doña Teresa me esperó con una pluma de pavorreal como regalo.


martes, 15 de abril de 2025

Alfredo La Placa, el mensajero

"Veo una ciudad bañada por un rojo de origen, de sangre... en fin", dijo La Placa de su propio cuadro y como si él no lo hubiese pintado. Foto: Nicolás Quinteros.

A raíz de la exposición Arcano de 2008, Alfredo La Placa reflexiona sobre los misterios de la creación artística y la relación del espectador, incluido el propio pintor, con las obras. La Placa, potosino nacido el 3 de mayo de 1929, falleció el 30 de diciembre de 2016.

Mabel Franco Ortega, periodista

Uno mismo es el primer sorprendido e intrigado, revela Alfredo La Placa mientras observa uno de sus cuadros como si no le perteneciera. "Aquí veo algo así como unas columnas babilónicas... estas parecen piedras de un mundo que se está gestando... aquí veo una figura humana... y aquí rostros, caritas". Su mirada guía la del acompañante que no siempre descubre lo mismo en esa superficie de colores y formas, que no figuras. "Cada quien encontrará lo que se le dicta, lo que le dicta su experiencia, su sensibilidad", dice.

Ese descubrir los secretos, los arcanos que cada ser humano guarda como una herencia de su especie, de tiempos indecibles, es posible gracias a un acto de mediación, sostiene el pintor potosino. Por una parte está el artista que con rigor y oficio expresa esos secretos "venidos quién sabe de dónde" y por otra está el observador que debe -el de hoy en especial- recuperar la facultad de mirar, de detenerse para buscar y encontrar. Esto último no está de más decirlo, enfatiza La Placa, pues parece innegable que la "civilización de la imagen" ha hecho de la gente menos contemplativa. "Hay que ver a quienes entran en una exposición repasar los cuadros de los muros rápidamente e irse". Así "no encontrarán nada, como no lo harán si no escuchan detalladamente a un Mozart o un Beethoven". 

La invitación está hecha. Veintidós cuadros de distinto formato, dispuestos en tres espacios, esperan entregar algo que viene de remotas eras al visitante acucioso. ¿Qué, por ejemplo? "El arte no se explica con palabras", dice quien ha recibido este año el premio Obra de Vida del 56 Salón municipal de artes plásticas Pedro Domingo Murillo. El galardón Domingo Murillo, que distingue a los creadores nacionales por la constancia combinada con la calidad, ya había premiado en su sección concurso a un joven La Placa en 1960. En ese entonces el jurado aplaudió una obra que se desmarcaba de la tendencia de la pintura indigenista propia de la generación del 52 y proponía un arte no figurativo hecho de colores, arcanos desde ya.

Causalidad

Este año están pasando muchas cosas significativas, afirma La Placa, a quien le hubiese gustado venir al mundo en 1928 y no el 29, para celebrar sus 80 años en el año del centenario de Marina Núñez del Prado, "quizás la más grande artista que ha nacido en Bolivia". Este 2008 se recuerda también que hace 100 años nació el escultor Fausto Aois Vilaseca. Además "de que el gran pueblo chino fue sede de los Juegos Olímpicos, yo expongo ahora y mi hija Yanina hace lo propio en arte espacio CAF". Son coincidencias grandes y pequeñas, "cuya causalidad, que va más allá de la casualidad, apenas intuimos, pero que obedece a algo que nos mantiene unidos como planetas girando en una misma órbita".

El pintor cree en un ser superior que "al crearnos nos insufló de la capacidad para acercarnos a los misterios de la naturaleza, todos somos depositarios de él; pero hemos perdido la capacidad para descubrirlo porque no nos sorprendemos más, como sí hacen los niños, como hacía el hombre primitivo con la lluvia y con el rayo".

El arte, ése que no se improvisa, que no se imposta, "sea un cuadro, sea la música, sean los textiles -- antes erróneamente llamados arte menor--, sean los quipus, invita a descifrar dichos misterios; esto es lo que quiero expresar con Arcano para quien quiera entenderlo así".

Arcano

El centro de exposiciones de Patiño está sutilmente dividido por la voluntad de La Placa en Arcano A (cinco lienzos de gran formato), Arcano R (cinco cuadros medianos sobre cartón prensado) y Arcano C (12 pinturas pequeñas sobre lienzo).

El óleo es el dominio del pintor y el color claro su lenguaje: ha eliminado el blanco de la paleta como no sea para los fondos, para iluminar tal cual hacen los acuarelistas, explica. Las formas que emergen, las figuras que se perfilan a veces, hacen trampa al ojo: parecen tener relieve pero no es cierto.

Que un cuadro resulte así y no de otra manera no es intencional, como cuando se dice "voy a hacerte un retrato", aclara La Placa. Va surgiendo, es el resultado de eso que se llama inspiración, mediación --para seguir las palabras del artista--, y que se plasma en esas imágenes que vienen quién sabe de cuándo quién sabe de dónde.

El acto de enfrentarse al cuadro --La Placa, como ya se ha dicho, lo hace con sus propias creaciones-- es un acto de sensibilidad, "no de gustar o no, sino de encontrar un eco en uno mismo". En ello se juega la cultura que "no es sino haber vivido y mirado, haber escuchado, sentido, haber aprendido en un proceso que toma su tiempo".

La exposición Arcano estará abierta, nunca mejor dicho, hasta el 21 de noviembre.

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Esta nota fue publicada en el suplemento Tendencias del periódico La Razón el domingo 9 de noviembre de 2008.



miércoles, 9 de abril de 2025

El cabello de Agar


Agar Delós en la película "Un abrazo en el Chaco" de Marisol Barragán. 

El 9 de junio de 2019 falleció en La Paz la actriz de teatro y cine Agar Delós. Su verdadero nombre era Agar Antequera. 

Mabel Franco, periodista

El pelo tirante y atado en un gran moño en la parte trasera de la cabeza. Rostro despejado, discretamente maquillado. Así lucía invariablemente Agar Antequera en la vida civil. “Me pesa mucho el cabello, creo que me lo voy a cortar”, comentó a fines de 2016, cuando apareció en el Teatro de Cámara, luego de superar un problema de salud, para cumplir su rol como jurado del concurso de teatro Raúl Salmón de la Barra.

Por supuesto, el cabello negro que con los años había ido llenándose de jaspes blancos siguió allí, escondido, pero listo para partirse por la mitad  y caer en forma de dos trenzas por las espaldas de Agar Delós, que así se transformaba en una chola paceña. Esa chola a la que dio vida por última vez el 9 de  septiembre de 2018, cuando a la manera de un espíritu maternal acunó al hijo delincuente en “Escuela de pillos”, puesta en escena por Talía Producciones.

La “mujer de pollera”, personaje con el que nació para la escena apadrinada por Raúl Salmón de la Barra, fue como su segunda piel. Agar podía ser otras mujeres –interpretó a “señoras de vestido” algunas veces, como en “Monólogos de la vagina”, “Madre coraje”, “El cerco”-, aunque era la chola la que aguardaba en su nuca la oportunidad de descolgarse con toda su ternura, pero también su picardía y hasta su agresividad cuando debía defenderse: hay que recordar la ensalada de insultos en aymara y castellano que salían de la boca de su personaje a la hora de acallar a las birlochas o los huayra leva (1).

Agar Antequera (1937-2019) se ha marchado y se ha llevado fuertemente atada en su moño a la mujer más entrañable que el teatro paceño ha tejido gracias a la chhaxraña (2) de Agar Delós.

Agar Delós en foto de Mabel Franco durante una reunión de jurado del Festival Intercolegial de Teatro Indivisa Manent. 


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(1) Hombre, generalmente dirigente de algún grupo social, que obtiene ciertos beneficios personales a costa de los demás. 

(2) Peine elaborado con las raíces de una planta andina llamada kayara.


lunes, 17 de marzo de 2025

Un misterio llamado Rosario del Río

 

Rosario del Río frente a la cámara de Jorge Ruiz para el semidocumental de 10 minutos “Miles como María”. Fotografía, cortesía de Nicole Ballivián.

¿Qué habrá sido de la actriz del largometraje La vertiente? ¿Vive todavía? ¿Qué hacía cuando Jorge Ruiz la fichó para encarnar a la profesora Teresa? ¿Cómo se hace para perseguir a una fantasma llamada Rosario del Río?


Mabel Franco Ortega, periodista

Rosario del Río es una de las actrices del cine boliviano del siglo XX de las que poco se sabe más allá del nombre. Maricarmen Molina, estudiosa del audiovisual en el país, me hizo dar cuenta sobre ese vacío hace como un mes. Ocurrió que el investigador estadounidense David Wood, que llegó a La Paz para hablar del mediometraje Miles como María (Harry Watt), quería tener información sobre la persona que, en la parte dedicada a Bolivia, encarna a una enfermera. Ese film de 1958 ganó el Gran premio para obras de televisión en el Festival de Venecia (Italia).

No supe decir nada, pues nada hay de Rosario del Río en el teatro boliviano, que es el área de la que tengo algo de información. De todas formas me puse a buscar en libros de artes escénicas y luego en Google. Nada de nada, excepto, claro, que la actriz es Teresa, la maestra colla de La vertiente, película filmada en 1958 y estrenada en 1959, ambientada en Rurrenabaque (Beni), dirigida por Jorge Ruiz y guionizada por Oscar Soria.

Acerca de la presencia de Wood y de Miles como Maríaque se proyectó en la Cinemateca Boliviana el 21 de febrero reciente y que motivó el conversatorio Bolivia en la pantalla global – Relatos visuales del asistencialismo, Alfonso Gumucio escribió un artículo en el que da mucha información sobre el film de 10 minutos que tuvo en la cámara al propio Jorge Ruiz y que es parte de una trilogía en el género del documental o, dice Gumucio, semidocumental.

Pero es de la actriz que hay que hablar ahora. Resulta apasionante seguirle la pista, como ya hice con Juanita Taillansier, protagonista de Wara Wara (José María Velasco Maidana), gracias a un folleto que me llevó hasta su sobrina, Jeanne de la Riva, y a un valioso material acerca de esa paceña casada con un ciudadano francés (de allí el apellido, que no es “Tallansier”, como se ha difundido ampliamente), sus ideas sobre el divorcio, la nota que le envió Velasco Maidana agradeciéndole por su trabajo, y otras maravillas. Pueden curiosear en Juanita Taillansier, la primera estrella del cine boliviano.


La enfermera, la maestra


María es una enfermera citadina que, con un sobrio traje sastre y tacones, llega hasta una población rural altiplánica con la misión de convencer a la gente de que es preciso adoptar otras medidas para curar y cuidar, ya que la tradicional no sería la deseable. Pese al inicial rechazo, la profesional de blanco uniforme insistirá y se ganará la confianza de sus asistidos. (Miles como María, Harry Watt, 1958).

Rodaje del largometraje “La vertiente”, de Jorge Ruiz, en Rurrenabaque. Fotografía, cortesía de Nicole Ballivián.

La joven profesora paceña Teresa enseña en Rurrenabaque, población beniana que carece de agua potable y que consume la del río, con el riesgo de enfermedades que ello conlleva. La muerte de uno de los alumnos por esa causa lleva a la maestra a movilizarse para conducir el agua de una vertiente hasta la población. Su empeño, en principio menospreciado sobre todo por los varones del pueblo –entre ellos un cazador de caimanes (Raúl Vaca Pereira)–, convencerá y unirá finalmente a toda la población. (La Vertiente, Jorge Ruiz, 1959).


“That’s my mom”

Pero cómo se busca a una fantasma de celuloide en blanco y negro. Las redes digitales, seguramente. Fue así, navega que te navega, que en un breve comentario del trailer de La vertiente en YouTube, alguien había escrito: “That’s my mom”.

La punta de la red estaba a la vista. Una dirección de correo en el perfil, escribir, preguntar. Efectivamente, Nicole Ballivián es una de tres hijas de Rosario del Río y el economista paceño Jaime Ballivián.

“Mi madre, luego de La vertiente, se casó con mi padre y se mudaron a Washington DC”, cuenta la hija que, nacida en Estados Unidos, radica hoy en Los Ángeles, donde se dedica a escribir guiones y dirigir películas.

Con el apellido de casada, Ballivián, es posible hallar algo de información sobre la actriz boliviana. El obituario que da cuenta del fallecimiento de Rosario indica que ella nació en La Paz el 6 de noviembre de 1938 y murió en Virginia (EEUU) el 15 de octubre de 2017. En 2015 había fallecido su esposo, quien fue funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo.

Nicole confirma lo mencionado y añade el dato de cómo Rosario se convirtió en actriz. “Mi mamá fue elegida para la película cuando Jorge llegó a su escuela de ballet –el Ballet Nacional que luego se llamó Ballet Oficial de Bolivia– y realizó audiciones. Audicionaron casi todas las bailarinas y mi mamá fue seleccionada”.

Rosario del Río como Teresa, la maestra paceña que llega a Rurrenabaque en “La vertiente”. Fotografía, cortesía de Nicole Ballivián.

La vertiente se filmó antes de que la actriz cumpliera los 20 años y así fue que la imagen de la esbelta joven de cabello negro quedó plasmada en la historia del audiovisual boliviano.

A Washington, la paceña llegó con 22 años de edad y tiempo después la familia se trasladó a Virginia, donde “mi madre tenía su propio negocio de diseño de interiores” y, ocasionalmente, “tuvo la amabilidad de aparecer en algunas de mis películas cuando era más joven, aunque sin diálogo”, explica Nicole.


Una pierna lastimada

La foto de Rosario y Jaime jóvenes, que es parte de esta nota, es de cuando se conocieron, dice la hija: “Una historia romántica. Fue después del rodaje de La vertiente. Mi madre estaba esquiando en Chacaltaya, se cayó y se rompió la pierna. No conocía a mi padre, pero él también estaba esquiando allí, la levantó y la llevó al chalet. El resto es historia y aquí estoy escribiéndole”.

Jaime Ballivián y Rosario del Río en Chacaltaya, a fines de los años 50. Fotografía familiar, cortesía de Nicole Ballivián.

Al estreno de la película, Rosario acudió llevando una escayola en la pierna. “La prensa creyó –le contó la mamá a Nicole– que se había roto la pierna por la escena de la película donde el árbol le cae encima. ¡Chistosísimo!”.

Rosario del Río y Jaime Ballivián bautizaron a sus hijas como Cecilia, Mónica y Nicole –quien, como se ha dicho, sigue una carrera en el cine, aunque tras las cámaras–; ellas les dieron tres nietos: Alexa Mencia, Nicolas Mencia y Zahra Strecker.

Nicole Ballivián a sus 11 años junto a Rosario del Río de 47. Fotografía familiar cortesía de Nicole Ballivián.

Como pasó con Juanita Taillansier, la vida de Rosario del Río en pantalla fue muy breve; pero es innegable que tanto Wara Wara como Teresa forman parte destacadísima del imaginario cinematográfico boliviano.


Esta nota se publicó en la Revista Rascacielos el domingo 16 de marzo de 2025

martes, 11 de marzo de 2025

Al encuentro de las Hafizá del mundo

Hafizá (Valentina Cabrera) guía a su hija por los caminos de la memoria y la cultura de Palestina. Es la obra Kuadernos palestinos de SURtestimonios. Fotografía de Mabel Franco.

 

¿Cuán lejos se encuentra Palestina? Una obra de teatro, Kuadernos palestinos, que viaja desde Argentina por América Latina nos mueve a sospechar que quizás más cerca de lo que imaginamos.


Una mujer, con el rostro cubierto por la kufiya y una bandera que envuelve su cuerpo y luego ondea en su mano alzada, corre; suenan disparos, cae. Se levanta y sigue corriendo para volver a caer acribillada. Una y otra vez se repite la imagen. “Libre Palestina”, se llena el espacio con el canto mantra.

Un poco de contexto (con Rita Segato)

La violencia que el Estado de Israel ejerce contra Palestina es mostrada al mundo como no pasó en su tiempo con el genocidio perpetrado por el nazismo contra el pueblo judío. Sobre los campos de concentración los contemporáneos de ese exterminio pudieron alegar desconocimiento, pues el mundo era lejano y ajeno. Por eso, nosotros, desde la distancia de espacio y tiempo acallamos reclamos del tipo: ¿por qué no se hizo nada para impedir el horror?

Hoy, en un mundo cercano pero quizás más ajeno que nunca y con muros para asegurar la propiedad de unos respecto de otros, quien más quien menos sabemos lo que está sucediendo en Gaza. Un clic y ahí se despliegan ante nuestros sentidos fotos, videos, conferencias, marchas, testimonios, protestas…

Si así es, si tan inocultable resulta la masacre, ¿por qué no se puede detener la barbarie? ¿a qué se está esperando?

La investigadora Rita Segato propuso una imagen desconsoladora al referirse a Palestina ya en 2009: la del grito inaudible. 

Inaudible grito, no ya porque el poder del atacante impida que salga de Palestina, sino porque ahora conviene lo contrario, pues no “parece posible hoy en día argumentar leyes de vida ante el avasallamiento sin freno jurídico y ante la imposición del autoritarismo que no se limita a esa tierra sino que amenaza a otros países del planeta”.

La antropóloga dice además que frente a tal violencia nos hemos quedado sin una narrativa, sin un lenguaje, sin una gramática: “El mal no puede ser representado”.

“Quizás el arte”, expresa alguna de las esperanzas la investigadora a la hora de buscar ese lenguaje capaz no sólo de nombrar, sino también de desadormecer –de los efectos de la pedagogía del arbitrio y de la crueldad– y de encontrar posibles salidas colectivamente. Como ejemplo, ella cita la obra musical de Arnold Schönberg, Un sobreviviente de Varsovia, que describe a un grupo de prisioneros judíos camino a la cámara de gas. Y ¡clac!, la coincidencia entre los recursos de esa creación judía y la obra Kuadernos palestinos –la que termina con la mujer que corre y cae y se yergue frente al público– es sorprendente. 


Teatro político

Kuadernos palestinos en Casa Grito de La Paz. Fotografía de Mabel Franco.

Este mes de febrero, el grupo argentino SURtestimonios pasó por ciudades de Bolivia –La Paz, Cochabamba y Santa Cruz– con la obra creada por Valentina Cabrera y Umile Escalante, sobre poemario de Isaías Cañizales Ángel y poemas de autores palestinos como Rafeet Ziadah, Mahmoud Darwish y Fadwa Tuqan.

Se trata de un monólogo de trinchera que, estrenado en 2018, viaja por distintas geografías de Latinoamérica. Casi todo lo que requiere para la puesta lo consigue donde acampa: piedras, tierra y una maceta con una planta. Es Palestina, dice la obra, y es; pero también es Líbano, Ucrania, ¿Bolivia?, o cualquier lugar del mundo en el que el poder del más fuerte se yergue como ley incontestable para desplazar, arrebatar y, en el extremo de lo muy posible, aniquilar.

Kuadernos palestinos tiene como protagonista a una mujer. Ella es Hafizá, la huérfana, la que vio arder a sus padres y hermana alcanzados por esos misiles que, afirma ella, llevan inscrito el nombre de cada palestino; la que sabe de violaciones, la que vive en una tienda de campaña junto a su niña, la que recoge pedazos de otros pequeños para enterrarlos al pie del olivo. Pero es también la que cuenta historias familiares a su pequeña hija y la que le entrega la llave que a su vez recibió de la abuela –para poder volver algún día a casa–, la que canta y baila para reafirmar su cultura y la que lleva otra vida en su seno: “otro terrorista” para el enemigo, otro combatiente para su pueblo. Y es la que ha aprendido que el miedo es “la posibilidad certera que tienen los misiles para alcanzarnos”.

En la obra musical de Schönberg, en el momento de mayor horror cesa la música del compositor y se escucha el himno judío. “Sólo lo colectivo ancestral puede sustituir el silencio abisal de lo inenarrable”, interpreta Segato.

En Kuadernos palestinos es la música, es la danza, son las voces que hablan en el idioma que no entendemos pero comprendemos. Es la gramática del teatro el que hace que la actriz sea Palestina hablándonos de frente, de cerca, sobre su dolor y su firmeza y, eso sí, sin identificar nunca explícitamente al atacante. Quizás por eso, la obra logra que nos miremos también: ¿estaremos a salvo en un mundo que condena a los inmigrantes, que expulsa de sus territorios a pueblos indígenas, que firma contratos para explotar recursos sin medir consecuencias? 

Cuando Hafizá añora su río y se lamenta frente al muro que la separa de su tierra de los olivos, o cuando esconde a su niña en la precaria tienda para intentar protegerla, o cuando ambas envuelven los trozos de muñecas esparcidos por el campo, resuenan para quien las ha escuchado antes las palabras de Segato: “Veremos a la conquista tocarnos la puerta", dice Segato, como ya está pasando con quienes viven --vivimos-- cerca de yacimientos de litio o de tierras raras. Bajo la lógica de lo necesito lo tomo, “no habrá freno jurídico posible”.

“La ley vigente es de los dueños; la concentración de la riqueza sin límite seguirá su curso”, sentencia la investigadora. Es la lógica de la conquista que nunca cesó, afirma, y la obra teatral le pone imágenes a eso de que “la usurpación y limpieza de territorios que interesan a la acumulación y concentración permanece en curso”.

Kuadernos palestinos pasó por Bolivia. Llegó como esas piedras que palestinas y palestinos lanzan contra los misiles de fuego. En la función en Casa Grito de La Paz hubo menos de 10 espectadores. Pero, como creer en lo imposible es todavía nuestro derecho, tal vez así, de uno en uno, cuerpo con cuerpo, se pueda alimentar a un nuevo David símbolo del valor del más pequeño, o mejor, a una Hafizá allí donde sea necesaria.

Ikiñani, un estado de alerta

Mayra Paz en Ikiñani, obra estrenada en el teatro Doña Albina en febrero de 2025. Foto de María Callejas.

¿Qué emociones se trenzan con los cabellos? ¿Acaso estos duelen? Una obra de teatro plantea la pregunta y desde las butacas muchas y muchos estarán despertando recuerdos como si de malos sueños se tratara.


Mabel Franco Ortega, periodista

El cabello no duele. Se puede cortar del todo y no duele. Además, crece de nuevo. Del cuerpo humano, ese pelo es el conjunto de células que más fácilmente puede ser modificado y desechado sin dejar secuelas que afecten la integridad del organismo.

Y sin embargo, propone la dramaturga Katy Bustillos, claro que el cabello duele. Así quisiera decírselo la mujer personaje de Ikiñani a la madre que la ha peinado de niña, que la hecho centro de una rutucha y que no toleraría que de joven esa hija decidiese cortar sus trenzas, pues dónde se ha visto una muru imilla.

Hay una sensibilidad respecto del cabello que cualquier mujer, y también hombre, puede atestiguar. Baste escuchar testimonios sobre madres que cortan el pelo a la hija para disciplinarla, o constatar que hay instituciones y sociedades que vinculan el cabello con desobediencia y que por tanto imponen un corte, un peinado o mandan cubrirlo, para entender que hay una relación entre pelo e imagen, pelo e identidad, hegemonía y pelo, pero también pelo y rebeldía, pelo y autoafirmación. 

Por eso y por más, el cabello es materia de investigaciones sociológicas con resultados que llevan a señalar a esas hebras como “un campo de batalla”, “un lugar político”, “una emoción”.

Y seguramente por eso mismo, y por más, la dramaturga Katy Bustillos ha escrito obras en las que el pelo femenino es una sinécdoque.

Katy y el cabello  

No es la primera vez que la teatrista boliviana recurre al cabello para crear signos en sus obras de teatro. Y no es la primera vez que sus personajes se lo cortan. Así procede, con un cuchillo, el personaje 1728 –Kane– de ¿Por qué lloras? Los muertos no llorany eso hace con enormes tijeras la mujer de pollera de lkiñani. En ambos casos, el cabello es el cuerpo y el espíritu de quienes necesitan y quieren deshacerse de las cargas del “deber ser”. 

En ¿Por qué lloras?… Kane no va a dejar de cortarse el cabello. Es la forma que ha hallado para decidir aun en ese infierno de vida –muerte, tristeza, hambre, abandono– y de trabajo –control, explotación, anulación– que lleva en un crematorio donde como otras mujeres es apenas un número. 

“Tu cortecito de machito me molesta. Marimacho de mierda”, la insulta el Supervisor que ordena repetidamente a 1728: “Hazte crecer el cabello”, pues para violarla quiere ver a una mujer. Kane se lo corta de todas maneras. “Todos confunden a Kane con un chico, Kane no se molesta. Kane se pone los audífonos”, dice la voz en off.  

En Ikiñani, la persona de pollera y cinco mankanchas blancas –que marcan la silueta femenina tanto como el largo cabello suelto– cumple roles como hicieron abuela y madre (¿y tal vez la hija?: la rutucha, las trenzas, el matrimonio, la maternidad, el trabajo en el hogar y en el mercado. Tradición. Destino. Hasta que en cierto ajetreado día ella tropieza en las gradas/calle de La Paz y justo antes de caer es salvada por una mujer que la toma de las trenzas.

El amor entre mujeres, se aprecia en obras de Katy Bustillos, podría no ser para siempre, no es necesario que dure, sino que haya existido. 

En ambas obras el amor lésbico es el amor. El que alivia a Kane del dolor de no poder hablar, y el que despierta de una predestinación a la mujer de pollera.

Ese amor entre mujeres, se aprecia en estas obras de Katy Bustillos, podría no ser para siempre, no es necesario que dure, sino que haya existido. Y más importante todavía es que no te ate a alguien, sino que te abra posibilidades, sea para salir y cantar bajo la lluvia, sea para salir y mirarte en la montaña. 

Ikiñani en escena 

Ikiñani es una palabra en aymara que, si se hubiese avanzado en la descolonización y la educación multilingüe prometida en el país, deberíamos los bolivianos, al menos los de occidente, ser capaces de comprender en su literalidad y en sus matices. Pero como no es así, hay que confiar en el diccionario: ikiña dice que es dormir y también lecho y frazada, y el lingüista Rubén Hilari explica que ikiñani es dormiremos, descansaremos.

El hecho es que la obra de Katy Bustillos, que eligió ese título seguramente a sabiendas de que iba a incomodar, propone un estado más que una historia. Un estado de alerta, como el que se produce al despertar de un largo sueño. Un acordarse de sí misma (acordarse es despertar en portugués, como recordar se usa también en castellano), un despertar amoroso que se expresa en el entretejido erótico de cabellos femeninos. 

Y es un estado de consciencia el que asimismo ha conducido a Ikiñani al escenario, buscando y entrelazando voluntades y talentos de mujeres artistas. Así lo soñó Mayra Paz apenas decidió que quería asumir la actuación sola tras un largo trabajo de grupo en Tabla Roja, su casa. 

Mayra apeló a Katy y ya con el texto base buscó la dirección de Alice Guimaraes. Entre ellas –contra muchos prejuicios alimentados por artistas y grupos que erigen sus diferencias estéticas para no juntarse– fueron trenzando palabras con imágenes visuales y sonoras, también con los aportes de la música Wara Loayza y la diseñadora Valería Illanes.

El resultado inicial se ha apreciado en dos funciones de estreno, poco todavía para juzgar cuánto puede lograr esta constelación femenina a la que hay que sumar la asesoría en movimientos de Elena Filomeno y la asistencia en producción de Jasmín Quisberth. 

Desde la butaca

Es el momento de anotar, desde una personal mirada, algunos argumentos que hacen confiar en que la obra teatral rodará mucho, sobre todo alrededor de sí misma para potenciar lo que ha logrado:

Uno, el texto de Katy Bustillos, desafiante para cualquier puestista por las imágenes que cargan sus palabras y por la naturalidad con que el personaje mujer chola –tan cargado de prejuicios en la sociedad boliviana– vive su lesbianismo.  

Dos, la actuación de Mayra Paz que llega al monólogo con sutilezas que hablan de un oficio largamente trabajado. Meyerhold lo dijo: los directores harían bien en mirar a los clowns, a los bufones, a los comediantes trotamundos para encontrar claves de actuación refrescantes.

Tres, la presencia de Alice Guimaraes para saber que, principio de su grupo Teatro de los Andes, la obra nació, pero el proceso y la búsqueda seguramente continuarán. 

Qué parece no funcionar:

— La escenografía, concebida como hilos de colores para dividir el escenario en un adelante y un detrás, es visualmente hermoso, pero a medida que transcurren los minutos se hace pesada, previsible, casi una traba y no la trama que se pretende para jugar con la idea de hebras de un tejido y de los cabellos con tullmas

— Algo mucho más determinante ocurre y es con el cabello, precisamente el hilo conductor, tan potente en el texto y limitado en la puesta. Es un acierto que Mayra lo lleve suelto casi todo el tiempo, pues habla de proceso –de trenzado en suspenso– y es otro estímulo para mantener la alerta: no va a pasar lo que el estereotipo dice que debe pasar. Pero los trozos de cabello –como los de la rutucha o los de cualquier mutilación dolorosa–, aparecen casi como anecdóticos.

Alice, Katy y Mayra saben cómo llevar la energía hacia un momento clave: ahí está la mujer con trozos de cabellos en las bolsas que carga y con un objeto cortante listo para alterar la bella melena. El cabello –los recuerdos, las ausencias (el padre que es solo una foto, el marido una voz desde el baño), la urgencia de cambio– duele, el espectador lo está sintiendo… solo que la solución elegida resulta débil, trunca: tiene que haber otras formas de transmitirlo.

En fin. Por supuesto que el cabello es un campo de batalla, una emoción, un lugar político. Lo señala el teatro de estas mujeres y una que lo ve, incluso con lo que le ha faltado sentir como espectadora de una función de estreno, comienza a revivir las propias batallas. 

miércoles, 5 de febrero de 2025

Obedientes heroínas

 


¿Bartolina, Micaela, Remedios y Juana en plena borrachera? Qué obra de teatro la que se pintaba si tan solo las creadoras del grupo argentino Paqarina se hubiesen animado a arriesgarse y liberar de la proclama a esas luchadoras.


Mabel Franco Ortega, periodista

Qué pasaría si cuatro mujeres que participaron de las gestas independentistas americanas se juntasen para festejar, emborracharse y en medio del jolgorio cuestionasen su rol en esa historia o en cómo se la cuenta. Qué pasaría.

La posibilidad de vivir tremenda situación, sin duda revolucionaria, se la han perdido sus propias proponentes, las actrices del grupo argentino Paqarina de la Quebrada de Humahuaca (Jujuy), que llegó a La Paz este enero de 2025.

Imagínense lo que podría haber salido del encontronazo entre Micaela Bastidas, pareja de Tupac Amaru II; Bartolina Sisa, esposa de Túpac Katari; María Remedios del Valle, capitana argentina de raza negra, y Juana Azurduy, la coronela chuquisaqueña. Poker de ases en potencia.

Sin embargo, el desfile inicial, cuando se presenta a las mujeres una a una, a tono con la exaltación de las horas cívicas, se come lo teatral en la obra Inodebientes. Y por distintas razones. Una de ellas es la ausencia de profundidad sobre los hechos y las personas que las integrantes de Paqarina deciden poner en juego. Si hubiese habido lecturas para conocer mejor el contexto de las sociedades en las que les tocó vivir y luchar a esas mujeres –porque es evidente que hay imprecisiones en los datos que manejan sobre Bartolina Sisa y su relación con la cuñada Gregoria Apaza, por ejemplo–, otro sería seguramente el rumbo de la obra. Con elementos no superficiales, una dramaturga con más experiencia hubiese podido tomar hilos de cada vida para entretejerlos entre sí críticamente, sin condescendencias y –como es la intención declarada por las actrices– con las realidades de injusticias y luchas de las mujeres de hoy.

Que hay pasión, entrega, admiración por los personajes femeninos y la intuición de lo mucho que sus vidas y muertes tienen para decir a pueblos como el boliviano, el peruano y el argentino, es evidente y esto hay que reconocer a las Paqarina en gira. Pero haber descubierto una veta y perderla no es sólo un problema para el grupo, sino para un público que necesita hacer memoria, pero también cuestionar el papel históricamente asignado a esas mujeres y a las mujeres en general. La mesa de difuntos de la segunda parte, ésa que alimenta a las heroínas y las lleva a celebrar, es un recurso poderoso, pero que una vez más se diluye por la persistencia del cliché a la hora de traer a esas mujeres del pasado para que respiren en el presente.

Faltó una postura propia, en verdad. Como prueba de que se puede y se debe hacer memoria desde el arte cuestionando, punzando, proyectando, ahí está la obra sobre Túpac Katari escrita por Jorge Barrón y codirigida con Kike Gorena, Julián acerca de Julián, estrenada en La Paz en agosto de 2024. Barrón dice lo que quiere decir y como quiere decirlo, tomando en cuenta la investigación histórica sobre las rebeliones indígenas del siglo XVIII que hizo María Eugenia del Valle de Siles. 

Otro ejemplo es Willaku, la suerte del indio poeta, de Darío Torres, sobre el joven quechua Juan Wallparimachi. Este personaje se rebela gracias al dramaturgo para gritar que lo que menos quiso un artista como él fue ser masa o pasar a la historia como guerrero, cuando lo que le dio vida fueron sus versos.

El aplauso para las Paqarina –Flor Cafferata, Florencia Barbarich, María Laura Lerma y Nadia Viveros–, que lo hubo en la velada que se vivió en La Virgen de los Deseos (hubo también funciones en El Gallinero y en las ciudades de El Alto y Sucre), tiene seguramente que ver con esos momentos festivos en los que las mujeres se permiten abandonar la pose de la abnegación y la renuncia para tomarse sus cervezas y abrazarse. Ojalá las propias artistas dejen de lado la arenga, la proclama, sobre todo porque las heroínas de todos los tiempos merecen desencadenarse y el teatro –la ficción, el símbolo, la estética– bien puede ser un amplio campo de inobediencia.