jueves, 30 de abril de 2026

Andes monologantes

Gonzalo Callejas en La muerte de Jesús Mamani. Foto: Mabel Franco en Bestiario, abril de 2026.

Alice Guimaraes y Gonzalo Callejas acaban de remarcar el aniversario 35 de Teatro de los Andes con sendas obras que, mínimas en su despliegue, despiertan la capacidad de imaginar tal cual un buen cuento o una buena crónica. Tales obras son parte del caminar temprano de estos teatristas y con los años se han afinado tanto como lo permite la comunión entre lo que se dice y cómo a través de esa herramienta vital para ellos como es el cuerpo.  

Mabel Franco O.

Alice Guimaraes y Gonzalo Callejas guardan y actualizan, para momentos especiales ha dicho Gonzalo, sendos monólogos que, trabajados en su juventud, los acompañan desde hace 23 años para un caso y hace casi 30 en el otro. Reponerlos ha coincidido, en abril de 2026, con los 35 años de Teatro de los Andes.

Son obras breves, mínimas en su despliegue, pero pletóricas de imágenes que sugeridas por la palabra escrita —ambas se basan en textos literarios: un cuento Alice y una novela Gonzalo— se enriquecen con el don de saber decir de estos artistas. Podría pasar lo contrario, sobre todo para quienes han leído los textos de origen, es decir: que la imaginación de la lectura en solitario se sienta empobrecida por las formas dadas por cuerpo y voz de quien al asumirlas para la escena impone una mirada. Pero en verdad que la traducción teatral en estos casos detona, evoca y convierte las historias en obra nueva, propia.

Una muerte anunciada

Gonzalo Callejas sorprendió a César Brie a fines de los años 90 con una propuesta minimalista. Era un planteamiento que claramente se distinguía de lo que trabajaba el grupo con mucho de despliegue corporal y elementos en escena. El actor, que se estrenó así como dramaturgo, había leído Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, y, tocado por esa historia, tomó la guitarra, una silla y asumió una decena de voces para contarla como si pasara aquí cerca.

Han pasado muchos años desde el estreno de La muerte de Jesús Mamani y ver a Callejas hoy como antes, todo de blanco, descalzo, con la guitarra y la silla, es comprobar cuánto ha madurado el actor y cuánto ha transitado por esta su obra. Sutileza es quizás la cualidad que mejor describe lo que hace el artista. Cada gesto, cada cambio de voz, cada rasgueo de cuerdas, cada entonación, cada movimiento, cada palabra que al final se convierte en un lamento en quechua hay que absorberlo como si de un ritual se tratara. Es que conocido el final —la anunciada muerte— es el tránsito que traza el actor el que nos conmueve y conduce por aquella casa con la madre adentro, la puerta cerrada por ella misma,  las cuchilladas, los testigos, el trayecto del moribundo, la percepción de la muerte, de la propia muerte. Y no hay, como sí se sugiere en la crónica original, una causa.  Hay simplemente el sinsentido de matar y morir. En un metro cuadrado se ha abierto un universo.

Una mujer seductora

Alice  Guimaraes en La mujer de anteojos. Foto: Mabel Franco en Bestiario, abril de 2026.


Alice pone su expresivo rostro al servicio de La mujer de anteojos, su versión del cuento de Eduardo Galeano, Historia del lagarto que tenía por costumbre cenar a sus mujeres. Es, por tanto, un privilegio ver este monólogo desde primeras filas, pues es así que el “primer plano” se convierte en una revelación disfrutable. 

El cuento de Galeano, que llamó la atención de Alice, habla de violencia machista. Y le pone fin en la persona de una mujer que deja de ser la chica a la que el poderoso puede echar mano y desechar, ya que a diferencia de las muchas víctimas, ésta sabe cosas y por tanto es capaz de seducir y de, en la noche de bodas, devorar al abusador.

No es que el cuerpo de la actriz, que tiene conocimientos de danzas de la India y que con sutileza los muestra para presentarse como narradora, no se exprese. Son sus movimientos enmarcados en un vestido rojo intenso los que ayudan a imaginar lo que las palabras dicen de ese Dulcidio regodeándose por sus dominios y escogiendo jóvenes muchachas para comérselas en la noche de bodas. Pero, créanme, son los ojos de Alice —como debieron ser los de Sherezade— los que guían hacia ese hombre lagarto sintiendo el placer de devorar impunemente a jóvenes mujeres. Y son esos ojos los que se cargan de picardía cuando en la orilla del río aparece una mujer de lentes y con un libro en las manos.  

Han pasado largos años desde que el cuento apareciera en el libro Palabras andantes y desde que Alice Guimaraes decidiera llevarlo a escena, con la aprobación del propio Galeano, según dijo la actriz; pero la persistencia de la violencia machista, expresión de un sistema patriarcal que se defiende con todo y coletazos fáunicos, le da toda vigencia hoy. 

Patriarcado en cuestión

Creo, eso sí, que no se puede resolver la violencia de los empoderados creando empoderadas. El poder es un peligro en tales términos. Pero —y el tono de humor negro de la historia narrada por la actriz permite abstraerse de lo literal para aprovechar la metáfora— claro que hay que buscar las formas de seducir a quienes piensan que prevenir y aun sancionar a hombres devoradores de vidas de mujeres de toda edad, condición social, económica o cultural, es un ataque contra el género masculino. 

Porque, digo yo, ya hubiese querido Santiago Nasar —y Jesús Mamani— que una mujer, o todas, desarmara a sus asesinos a tiempo, pues —tal el secreto que debe saber la mujer de anteojos— esas costumbres de lavar el honor, de hacer justicia por mano propia y otras imposiciones que recaen sobre todo en ellos, son también bastante patriarcales.


Andes monologantes

Alice Guimaraes y Gonzalo Callejas guardan y actualizan, para momentos especiales ha dicho Gonzalo, sendos monólogos que, trabajados en su juventud, los acompañan desde hace 23 años para un caso y hace casi 30 en el otro. Reponerlos ha coincidido, en abril de 2026, con los 35 años de Teatro de los Andes.

Son obras breves, mínimas en su despliegue, pero pletóricas de imágenes que sugeridas por la palabra escrita —ambas se basan en textos literarios: un cuento Alice y una novela Gonzalo— se enriquecen con el don de saber decir de estos artistas. Podría pasar lo contrario, sobre todo para quienes han leído los textos de origen, es decir: que la imaginación de la lectura en solitario se sienta empobrecida por las formas dadas por cuerpo y voz de quien al asumirlas para la escena impone una mirada. Pero en verdad que la traducción teatral en estos casos detona, evoca y convierte las historias en obra nueva, propia.

Una muerte anunciada

Gonzalo Callejas sorprendió a César Brie a fines de los años 90 con una propuesta minimalista. Era un planteamiento que claramente se distinguía de lo que trabajaba el grupo con mucho de despliegue corporal y elementos en escena. El actor, que se estrenó así como dramaturgo, había leído Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, y, tocado por esa historia, tomó la guitarra, una silla y asumió una decena de voces para contarla como si pasara aquí cerca.

Han pasado muchos años desde el estreno de La muerte de Jesús Mamani y ver a Callejas hoy como antes, todo de blanco, descalzo, con la guitarra y la silla, es comprobar cuánto ha madurado el actor y cuánto ha transitado por esta su obra. Sutileza es quizás la cualidad que mejor describe lo que hace el artista. Cada gesto, cada cambio de voz, cada rasgueo de cuerdas, cada entonación, cada movimiento, cada palabra que al final se convierte en un lamento en quechua hay que absorberlo como si de un ritual se tratara. Es que conocido el final —la anunciada muerte— es el tránsito que traza el actor el que nos conmueve y conduce por aquella casa con la madre adentro, la puerta cerrada por ella misma,  las cuchilladas, los testigos, el trayecto del moribundo, la percepción de la muerte, de la propia muerte. Y no hay, como sí se sugiere en la crónica original, una causa.  Hay simplemente el sinsentido de matar y morir. En un metro cuadrado se ha abierto un universo.

Una mujer seductora

Alice pone su expresivo rostro al servicio de La mujer de anteojos, su versión del cuento de Eduardo Galeano, Historia del lagarto que tenía por costumbre cenar a sus mujeres. Es, por tanto, un privilegio ver este monólogo desde primeras filas, pues es así que el “primer plano” se convierte en una revelación disfrutable. 

El cuento de Galeano, que llamó la atención de Alice, habla de violencia machista. Y le pone fin en la persona de una mujer que deja de ser la chica a la que el poderoso puede echar mano y desechar, ya que a diferencia de las muchas víctimas, ésta sabe cosas y por tanto es capaz de seducir y de, en la noche de bodas, devorar al abusador.

No es que el cuerpo de la actriz, que tiene conocimientos de danzas de la India y que con sutileza los muestra para presentarse como narradora, no se exprese. Son sus movimientos enmarcados en un vestido rojo intenso los que ayudan a imaginar lo que las palabras dicen de ese Dulcidio regodeándose por sus dominios y escogiendo jóvenes muchachas para comérselas en la noche de bodas. Pero, créanme, son los ojos de Alice —como debieron ser los de Sherezade— los que guían hacia ese hombre lagarto sintiendo el placer de devorar impunemente a jóvenes mujeres. Y son esos ojos los que se cargan de picardía cuando en la orilla del río aparece una mujer de lentes y con un libro en las manos.  

Han pasado largos años desde que el cuento apareciera en el libro Palabras andantes y desde que Alice Guimaraes decidiera llevarlo a escena, con la aprobación del propio Galeano, según dijo la actriz; pero la persistencia de la violencia machista, expresión de un sistema patriarcal que se defiende con todo y coletazos fáunicos, le da toda vigencia hoy. 

Patriarcado en cuestión

Creo, eso sí, que no se puede resolver la violencia de los empoderados creando empoderadas. El poder es un peligro en tales términos. Pero —y el tono de humor negro de la historia narrada por la actriz permite abstraerse de lo literal para aprovechar la metáfora— claro que hay que buscar las formas de seducir a quienes piensan que prevenir y aun sancionar a hombres devoradores de vidas de mujeres de toda edad, condición social, económica o cultural, es un ataque contra el género masculino. 

Porque, digo yo, ya hubiese querido Santiago Nasar —y Jesús Mamani— que una mujer, o todas, desarmara a sus asesinos a tiempo, pues —tal el secreto que debe saber la mujer de anteojos— esas costumbres de lavar el honor, de hacer justicia por mano propia y otras imposiciones que recaen sobre todo en ellos, son también bastante patriarcales.

martes, 21 de abril de 2026

Un lamento de dictador

Adalía Auzza y Rodrigo Mendoza en Lamento de un dictador. El Búnker, abril de 2026. Foto: Mabel Franco.

Una obra de teatro, escrita por Marcelo Sosa, está en proceso de lanzarse al escenario. Un preestreno nos permitió ver por dónde va el 'Lamento de un dictador'. Aquí unos apuntes guiados por la memoria que caprichosa es.

Mabel Franco O.

¿Qué tango le gusta al general?, preguntó el periodista argentino a Hugo Banzer Suárez. Eran los últimos años de los años 70 y la entrevista televisiva se pasó por el canal estatal de Bolivia. El presidente de facto respondió que Uno y esa elección se grabó, quién sabe por qué, en mi mente adolescente y para siempre. “Uno”, me dije sin saber qué clase de título podía ser ése. Hasta que por casualidad escuché, en la voz de la Tana Rinaldi eso de “Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias… sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina…”.

Caramba. Una canción en primera persona sobre una persecución incluso sangrienta de sueños. Perfecto para un militar… Sólo que la canción escrita por Discépolo con música de Mariano Mores habla de amor. De desamor, para ser exactos: “Si yo pudiera como ayer querer sin presentir”.

Por qué podría gustarle un tango así a un dictador.

Es curioso esto de la memoria. El sábado, en el teatro El Búnker, el recuerdo se me hizo presente apenas comenzó El lamento del dictador, obra escrita y dirigida por Marcelo Sosa y presentada en calidad de preestreno para un grupo de espectadores.

Empieza bien la obra. Un hombre en uniforme (Rodrigo Mendoza) de pie, mirando de frente. Luego hará su papel la esposa (Adalía Auzza) ­---difícil no pensar en Yolanda Prada de Banzer--- con sus zapatitos rojos. Una mujer tentadora como Eva a la hora de empujar al hombre a tomar el poder aun cuando éste sólo quisiera irse de viaje a las Europas.

El futuro dictador, nos dice Sosa, es tan pusilánime que resulta fácilmente influenciable. En su debilidad y miedo habrá que ver al sanguinario ensoberbecido. Veta por explorar.

La mujer, cual serpiente en el paraíso del uniformado, arrastrará al hombre, rito andino mediante para apelar a las fuerzas poderosas pero peligrosas de tres Ñatitas, hasta la traición y el crimen de camaradas igualmente empeñados en tomar el turno en la silla presidencial. Otra veta remarcada por la puesta en escena.

Pero, aquí acaban los caminos posibles para intentar comprender qué es lo que se mueve en un hombre que se erige en el mandamás de un país. Sosa, el dramaturgo, se pierde y nos pierde como público por senderos de obviedad, más anecdóticos que cuestionadores, y entonces no hay respuestas posibles.

Lo peor, quizás, es que en este Lamento de un dictador se sueltan ideas muy cuestionables al quedarse suspendidas en el aire: ¿La mujer de un dictador es la verdadera culpable de la barbarie? O sea, ¿detrás de un gran dictador hay una gran ambiciosa? Cuando finalmente el hombre es derrocado, ¿es la misma esposa la que al flagelarse recuerda que lo importante era que se amaban? ¿Debemos condolernos por el pobre hombre y la pobre mujer?

La oportunidad de saber por qué y de qué se lamentaría un tirano, un autoritario, se ha perdido. Tanto como se pierden recursos de puesta en escena que, en general, suelen ser muy bien aprovechados por los habitantes de El Búnker. Un ejemplo: el espacio superior con pantallas desde las que en ciertos momentos arenga el dictador ha sido separado, aislado del inferior, sin motivo. Allí abajo, pese a la luz escasa, se adivina el movimiento de actores (los que hacen de Ñatitas, de comunistas torturados, tropa, etc.), cuando, se me ocurría al verlo, se podría contraponer los dos relatos: la sociedad abajo, el tirano arriba. No es mi rol proponer soluciones, pero qué desperdicio el atestiguado.

En fin. Así que a Banzer, el dictador y luego presidente electo de Bolivia, le gustaba ese lamento que dice: “Uno está tan solo en su dolor. Uno está tan solo en su penar”.

 

 

lunes, 20 de abril de 2026

Metamorfosis B: el bicho es otro

David Mondacca en "Metamorfosis B". Foto de Alfonso Gumucio en teatro Nuna, marzo 2026.

Mondacca/Teatro le da la palabra a Samsa, el patriarca, y la preocupación de Kafka sobre la depauperación de la condición humana no sólo salta del texto a la escena, sino que se potencia. Mientras más reclama el patriarca por el hijo devenido en inútil, más repugnante resulta su existencia. 

Mabel Franco O.

Que la versión teatral de la novela de Franz Kafka La metamorfosis comience con el bolero latinoamericano Hola soledad y con un actor que lleva máscara de pepino en un inicio te prepara, sobre todo si tienes ya en mente a Samsa y su dramática conversión, para esperar algo nuevo. ¿Qué podrá ser?

Para comenzar, un cambio de perspectiva, un desplazamiento de la voz a fin de hacer que la historia del hijo y hermano convertido, de una noche a la mañana, en repugnante bicho no sólo sea visible, sino que en su salto del texto a las imágenes se potencie la sensación de extrañamiento, de cosificación, de pérdida de humanidad que provoca el caso de Gregorio Samsa. 

Así, en Metamorfosis B, de Mondacca/Teatro, quien toma la palabra e impone la mirada no es Gregorio, sino el padre encarnado por David Mondacca, mientras madre y hermana son sólo retratos y sus voces suenan en off, como en off se escucha a Samsa y se lo intuye, solitario y repudiado, en las sombras que de rato en rato asoman tras una pantalla. Un recurso, este último, que se manifiesta cada vez que, cual titiritero, el actor se acerca a tal pantalla. Todas estas elecciones resultan ser instrumentos para resolver la narración a la manera de un unipersonal, algo que más que por estrategia técnica o confianza en la suficiencia actoral de Mondacca se constituye en poderoso medio expresivo de los temas mencionados y de otros afines que van surgiendo y desesperanzando más y más: la soledad, la imposibilidad de diálogo o de comunicación, la dudosa condición afectiva de la familia, la indolencia, por ejemplo.

Con tal puesta, responsabilidad de Claudia Andrade que además dirige, el grupo, que incluye a artesanos de objetos escénicos como es Ramiro Vargas, encarna la preocupación kafkiana reflejada en los Samsa: lo terrible no es la posibilidad de que un hombre se convierta en bicho a fuerza de trabajar y ser sostén de otros, sino lo repugnante que es un hombre (o mujer) que hace de un semejante un simple medio: un instrumento que debe rendir o ser desechado.

Mientras más el padre se justifica, se victimiza, se lamenta, en tanto más se esfuerza para superar los sinsabores atribuidos al hijo inútil, y apenas posa su mirada en la hija obediente, joven y aprovechable, más repugnante resulta.

El trabajo actoral de Mondacca y la pulcritud de la puesta conducen a los espectadores por la ruta prevista por los artistas. Hay conmoción que se traduce en silencio primero y aplausos de pie después. Quizás por eso, el final ---una especie de segundo final que llega luego de que el actor abandona la escena--- cuando Mondacca retorna para explicar las implicancias de la historia y el valor del arte, del teatro (¿la máscara de pepino se explicará en este sentido?), para destapar la bosta que muchos pugnan por esconder, resulta, en mi percepción, excesivo. El poder de la propuesta no requiere la presencia didáctica del teatrista, sino el silencio.

Y ahora que lo pienso, el Hola soledad que también suena en la despedida se explicaría mejor en dicho silencio. Porque más allá de lo que concluye el grupo, la libertad de lectura impulsada por la obra ---como seguramente podrán atestiguar los espectadores en variedad inimaginable---, me hace pensar en que es posible que en sociedades latinoamericanas, como la boliviana, que solían valorar la vida en comunidad impere ya hace tiempo el más crudo individualismo. Que no haya lugar para los que envejecen o enferman o no son productivos. Que el trabajo 24/7 sea el objetivo mayor del sistema. Y que el patriarcado tenga garantizados sus parasitarios privilegios más que nunca.



 

sábado, 6 de septiembre de 2025

Las paces de una mujer llamada Wilde




Maritza Wilde en la obra Adjetivos junto a David Mondacca. Foto: Arvhivo Mabel Franco.


“Mi vida personal no está disociada del teatro”, decía Maritza y lo demostró cada día, incluso hasta la madrugada del reciente 30 de agosto. Y, como sabía que el teatro es acción, arengó Fitaz tras Fitaz a hacer del arte una oportunidad para desarmar toda guerra, toda violencia. Tal el legado de Maritza Wilde.

Mabel Franco Ortega

La paz se había convertido en la gran preocupación de Maritza Wilde. Por eso, en determinado momento de los iniciales del Festival Internacional de Teatro de La Paz (Fitaz), su creadora decidió darle un doble sentido a eso de “la paz”: el de la ciudad, claro, pero también el del estado, el sentimiento, la aspiración humana tan difícil de alcanzar y de sostener.

Para Maritza, el teatro –que conoció desde adentro, como actriz, como directora, como dramaturga, como gestora–, podía y debía ayudar a evitar conflictos que destruyen futuros y que eternizan odios. Cómo no, se dijo, si en el escenario las personas, aun las de las más diversas ideas, logran encontrarse, logran darle un giro al conflicto y convertirlo en una herramienta para edificar. Cómo no, según lo comprobó una y otra vez, si desde el escenario se proyecta eso que se llama humanidad.

Por eso, el Fitaz –que desde 1999 nos viene acercando el mundo encarnado en actores, actrices, escenógrafos, autores, músicos, bailarines, etc., y sembrando evidencia de que los seres humanos seremos distintos, pero podemos descubrirnos como iguales– tiene un lema que hay que recordar… o, mejor, asumir como el mayor legado de Maritza: Teatro por la paz en el mundo.

Una autoconstrucción

Abro paréntesis, respetuosamente.

Quién fue esta mujer de teatro, esta boliviana nacida en Perú que construyó su vida como se construye un personaje. Cuántos años tenía Maritza. Cuál era su nombre de soltera. Dónde había nacido.

Fue en los últimos años antes de su muerte, ocurrida el 30 de agosto de 2025, que ella aceptó ir entregando información antes estratégicamente velada.

Me tocó entrevistarla muchas veces, incluso charlar como amigas largas horas por el teléfono fijo; pero apenas intentaba saber más de su vida pasada, me salía con que eso no era importante, que lo que importaba era lo que hacía en el teatro, que eso era ella. Su paz, sostengo, estuvo en mantener el enigma.

En 2021, luego de la cuarentena por la pandemia de Covid 19 que ella vivió en estricto confinamiento junto a su esposo Agustín, Maritza tomó la decisión de retirarse para siempre de los escenarios. “No del teatro”, me aclaró, “pues voy a escribir y quizás haga radioteatro, pero aparecer, nunca más”.

Creo que sólo después de tal decisión pudo decirle a Ricardo Bajo, que la entrevistó en 2023, que fue bautizada como Maritza Muyo Urrutia, hija única del limeño Sergio y la orureña Blanca. Que nació en Tacna, vivió en Lima y a los 12 años llegó a La Paz.

Lo que sin embargo no dijo es el año de su nacimiento, dato que supo eludir dando pistas difusas sobre los tiempos de estudio, matrimonio e incorporación a elencos de danza, de teatro y de viajes al extranjero. 

Qué importa ahora si Maritza superaba los 80 años con creces. En su necrológico figura que nació en 1948 y hay que aceptarlo. Ella se ocupó todo el tiempo de burlar al tiempo conservando la cabellera larga impecablemente cepillada y teñida de caoba y de rojo. De hecho, un día antes de morir y pese a su delicado estado de salud, ella habría cumplido el rito de ser peinada y acicalada. Consciente de que el vestuario hace al personaje, se dotó de mitones de variados colores para combinar con el resto de su ropa y de paso esconder lo que las manos develan y no se puede maquillar.

Maritza Wilde (Estelle) y Georgina Tejada (Inés) en la obra A puerta cerrada (Jean Paul Sartre). Foto: Archivo Mabel Franco

Ya quisiera cualquiera cuidarse tanto a la hora de salir a la escena cotidiana. Y, en definitiva, qué importancia puede tener la cronología exterior si ella hizo lo que las grandes actrices. Se sabe que Sarah Bernhardt convencía de que era la jovencísima Juana de Arco cuando la actriz tenía ya 46 años. Y Maritza, con más de 60 encarnó a una joven Estelle intentando conquistar al cobarde Garcin en A puerta cerrada.

Quizás haya que contar los años juveniles de Maritza a partir de su matrimonio con don Agustín. Porque fue entonces que nació no Maritza Muyo de Wilde, ni siquiera Maritza de Wilde, sino Maritza Wilde. Un sello, una personalidad.

Inagotablemente Maritza

Es a Maritza Wilde que se le debe una larga lista de obras actuadas, dirigidas y/o escritas por ella entre los años 70 del siglo XX y los 2000: De brujas y alcoviteiras, La casa de Bernarda Alba, El médico a palos, El escudo y la piedra, El cofre de selenio, Don Juan, …seis oficios a saber, Fuenteovejuna (en teatro de objetos), Madre coraje, El cerco de Leningrado, Los diarios de Adán y Eva, etc. etc.

Afiche de la obra que escribió Maritza Wilde y que actuó junto a Ninón Dávalos. Foto: Archivo Mabel Franco.

Pero quizás su huella indeleble tiene más que ver con renunciar para multiplicarse. Lo dice en la entrevista que le hizo la productora Nicobis en 2006: hay que elegir, y elegir es también renunciar. No es que ella dejase de escribir y actuar, pero el Fitaz le fue reclamando tiempo y seguramente obligándola a postergar su labor creativa. Lo que sí, el propio Fitaz le afinó la sensibilidad respecto del quehacer de otros y otras, de manera que actores, actrices, dramaturgos/as, grupos, elencos la tuvieron muy cerca para escuchar su voz de aliento, decisiva en muchos casos para reafirmar vocaciones y conseguir así que el teatro en Bolivia se renueve. Siendo de tal modo, calcúlese cuántos años concentró esta mujer en una sola vida.

De hecho, entre 2024 y 2025, atestigua Iris Mirabal, gestora cultural y amiga de la pareja Wilde, Maritza pareció haberse recargado de la energía que le absorbió la pandemia. Preparó y entregó la memoria del Fitaz, pergeñó y gestionó la fiesta teatral del Bicentenario que en mayo se concretó en Sucre como un Fitaz extraordinario, estaba dirigiendo una obra en la que iba a actuar Fernando Romero, preveía la publicación de sus obras dramatúrgicas…

Hay que cerrar paréntesis nostálgicamente.

Escena y vida

Marzo de 1999; primer Fitaz. Un actor, una mesa, una lámpara: Ejecutor 14 de Teatro Camino (Chile). Héctor Noguera, el teatrista que ya antes había llegado a Bolivia con cinco obras gracias a Maritza Wilde (entre ellas, De las consecuencias de mucho leer, Siberia y La vida es sueño), se pone en la piel de una víctima de la guerra que, tras el trauma, emerge como un victimario, un fanático dispuesto a matar.

Héctor Noguera de Teatro Camino. Fue parte del primer Fitaz. Foto Roberto Sosa. 

Ejecutor 14, del dramaturgo egipcio Adel Hakim, se presentó en la sala Modesta Sanginés la misma noche en que la OTAN comenzaba una serie de bombardeos contra Yugoslavia. En esos ataques hubo casi 6.000 víctimas civiles y, ahora lo pregunto pensando también en Irak, en Palestina, en Bolivia, quién sabe cuántos nuevos ejecutores. ¿Coincidencia? Destino, Maritza: escena y vida. Tu “vida personal no está disociada del teatro”, como afirmaste en 2006.

El teatro es un frente de batalla pacífica, valga la paradoja, y tú teatrista y espectadora, que lo asumiste clarísimamente, nos lo viniste repitiendo en cada Fitaz, incluso el de 2024, el último desde el que, ya como presidenta honorífica toda vez que Bernardo Arancibia había asumido la conducción del festival en 2022, nos pediste en un video: no olviden que hay mucha gente sufriendo violencia, que hay demasiadas guerras. “No olviden”.

No (te) olvidaremos.

 

 





sábado, 28 de junio de 2025

RUARISPAKANI o el arte del Teatro de los Andes para compartir saberes y formas del crear siendo

Cómo es una residencia-taller en Yotala. Paso a paso, la autora de este texto revela los cinco momentos de una experiencia pedagógica que busca posibilitar vínculos entre técnicas occidentales de actuación y la presencia escénica proveniente de rituales, cantos y bailes contenidos en el sentimiento y pensamieno de los Andes. 

Algunos de los participantes de la residencia-taller en Yotala. Foto Ruarispakani.

Karmen Saavedra Garfias, investigadora teatral



En los años 90 se podía llegar a la sede del Teatro de los Andes en tren. Ahora la estación de Yotala (Chuquisaca) está abandonada y los rieles del tren sólo son nostalgia. Al llegar al portón del teatro, Copelia y África son las primeras en anunciar al visitante con fuertes y alborotados ladridos. Al abrirse el portón, hay que subir por las amplias escalinatas de piedra que terminan donde empieza el comedor. En ese comedor han tenido lugar muchas bienvenidas y despedidas; varios integrantes del grupo se marcharon para seguir otros caminos. 


Gonzalo Callejas y Alice Guimarães optaron por quedarse para continuar con el legado forjado por tantas manos, corazones y miradas. Pero también para continuar con sus propias investigaciones, indagaciones teatrales, escénicas y pedagógicas. Es así como en el terreno teatral heredado han ido sembrando sus propias semillas, una de ellas la residencia artística Ruarispakani (creando soy) que llevan a cabo una o dos veces al año. Precisamente, quiero hacer memoria de esa residencia-taller realizada entre el 31 de enero y el 10 de febrero de 2025.


¿Dónde empieza y termina una función de teatro? Lo que está antes, durante y después de la función de una obra de teatro es arduo trabajo de investigación, preparación y formación actoral. En Bolivia, las residencias y los talleres de teatro son de vital importancia porque llenan de alguna manera el vacío institucional de formación actoral y escénica. 


Ruarispakani es en parte la continuación de las residencias-taller que Teatro de los Andes ofrecía a cargo de César Brie. Para Brie, uno de los objetivos de esas residencias era compartir con actores y actrices externos al grupo principios y técnicas para consolidar el cuerpo de un actor múltiple, potencialmente virtuoso y solidario. Otro objetivo era posibilitar vínculos entre las técnicas occidentales de actuación y la presencia escénica proveniente de ceremonias, cantos, bailes, rituales contenidos en el sentimiento y pensamiento de los Andes. Exactamente es en ese ámbito en el que Gonzalo Callejas y Alice Guimaraes, con el apoyo de otros exintegrantes y colaboradores de Teatro de los Andes, han propuesto un giro pedagógico, técnico y metodológico. Ese giro es posible experimentarlo durante la residencia-taller artística.  


Ruwarispakani o Ruarispakani (como el grupo lo escribe) es un vocablo quechua y como todo vocablo en esta lengua es plurisémico, relacional y contextual. Ruwa significa hacer y Gonzalo, como quechua hablante, le ha dado a ese hacer una connotación vinculada al acto de crear, de tal manera que rua ya no denota un simple hacer, sino un hacer creador en el que intervienen forma, diseño e imaginación. La creación para el actor/actriz no es solamente externa; dado que el principal material de su creación es el propio cuerpo, el actor/actriz es el creador y lo creado al mismo tiempo. 


Alice y Gonzalo cuentan para las residencias con el apoyo y la complicidad de Bernardo Rosado, doña Nelly y otras personas (dedicadas a cuidar la casa). Permanecer durante diez días abocados al entrenamiento actoral, la creación, la reflexión y la investigación artística, sin tener que preocuparse por las labores cotidianas, es un gran privilegio. Doña Nelly es la encargada de la alimentación de los residentes y lo hace con deliciosos almuerzos vegetarianos, cenas bien sazonadas y nutritivos desayunos. 


Alice comenta que en las residencias suele haber más artistas extranjeros que nacionales, debido a que en otros países hay fondos económicos de apoyo a la investigación y capacitación artística. Lamentablemente en Bolivia no se cuenta en absoluto con esos fondos, lo que dificulta la participación de artistas nacionales.  Sin embargo, y pese a los limitados recursos con los que cuenta, Teatro de los Andes suele otorgar becas completas o medias a artistas bolivianos con pocos recursos.  


Este año, Teatro de los Andes ha convocado a dos residencias. La primera se llevó a cabo del 16 al 26 de enero y la segunda del 31 de enero al 10 de febrero. En la primera versión, al parecer asistieron más extranjeros que nacionales. Para la segunda versión llegamos 18 personas, de las cuales solo tres son extranjeras: Sandro de Brasil, Loreto y Vanesa de Chile. Nela es binacional, ha crecido en España añorando Bolivia. Los demás, todos bolivianos provenientes de Cochabamba, El Alto, La Paz, Tarija, Sucre y Yotala. Algunos de nosotros cargando historias de migración rural, departamental, nacional e internacional, al igual que Alice y Gonzalo.


Hacer memoria de todo lo sucedido a lo largo de los diez días e indagar en los múltiples aspectos trabajados, explorados, descubiertos, aprendidos y compartidos requeriría de una sistematización de más largo aliento. Lo que sigue es más bien un relato de algunos aspectos que marcan la singularidad de Ruarispakani o de ese crear siendo/haciendo.


Primer convivio: la ofrenda  


Gonzalo Callejas prepara la mesa ritual. Foto Ruarispakani.

Gonzalo prepara una ofrenda al finalizar el primer día de entrenamiento actoral: una mesa o loxta (invitar/regalar en aymara), como esas que suelen prepararse para agosto o para el primer viernes o martes de cada mes. Gonzalo dice que esta ofrenda suele prepararse en vísperas de empezar el trabajo y antes de ingresar a la sala. Pero como no ha sido posible la llegada de todos para la víspera, la ofrenda se la hace después del primer día de trabajo. Para algunos es la primera vez, lo que les provoca cierto extrañamiento. Para otros es la continuidad de aquello que siempre hemos hecho en casa, lo que nos provoca entrañamiento. 


La ofrenda, explica Gonzalo, la estamos preparando para pedir que nos vaya bien, para solicitar permiso y agradecer a la pacha. Generalmente, en estas ofrendas se dispone en círculo los misterios, unos cuadraditos blancos o de color hechos de azúcar y agua que portan una imagen a ser descifrada por quienes dan la ofrenda. Gonzalo opta por entregar a cada participante un misterio y nos dice que nuestra tarea es descifrar y comprender durante los siguientes días los sentidos o significados posibles de la imagen.  


¿Qué indicación nos está dando el misterio? ¿Qué querrá señalarnos? ¿será que eso guarda relación con las intenciones y expectativas personales con las que estamos asistiendo a la residencia? Con los misterios en la mano comienza una escucha que trasciende lo meramente humano y nos dispone a prestar atención a otras entidades. Con esta ofrenda empieza el primer convivio, comenzamos a conocernos entre nosotros, a percibir la presencia y energía de la casa, del río, los árboles, los gatos, los perros y otras entidades no humanas con quienes estamos compartiendo el aire, el espacio, el tiempo.


Gonzalo volverá a preparar otra ofrenda en vísperas de la despedida, un día antes de la presentación pública del montaje de las dos obras breves, resultado de lo trabajado durante la residencia. En esa segunda ofrenda cada uno entrega el misterio recibido para que Gonzalo, ahora sí, los disponga en círculo, de manera que junto a los otros elementos de la ofrenda sean devorados por el fuego y a través del humo sean convidados a la pacha. Algunos lograron descifrar sus misterios, reconocieron las señales, los indicios y se escucharon a sí mismos. Otros, como yo, permanecimos con la duda, con la tarea inconclusa. 


Gonzalo nos explica que los elementos de una mesa hacen referencia a lo que existe en el Hanan pacha, el Kay pacha y el Uku pacha y, por eso, al prepararla,  estamos recordando colectivamente que somos parte de una comunidad que abarca naturaleza y cultura, lo visible y lo invisible, lo orgánico y lo inorgánico. Siendo parte de esta ofrenda sentimos que nuestra existencia nunca es más importante que otras, ya que cada uno existe sólo y en tanto hay una interrelación que sostiene el ayllu, la comunidad, lo colectivo. 


En ambas ofrendas, cada uno de nosotros se ha ofrecido en sacrificio, se ha entregado entero por medio de las hojas de coca, los misterios, la libación con alcohol y vino a las cuatro esquinas de la ofrenda. Cada uno de nosotros en su individualidad ha sido consumido por el fuego para dar vida al bien común y para caminar juntos sin que nadie lleve prisa ni nadie se rinda al cansancio. 


Durante la residencia hay más momentos en los que se nos solicita mucha entrega. Mediante la residencia vamos aprendiendo poco a poco a saber entregarnos y poder renacer a partir de múltiples modos y momentos de entrenamiento.


Segundo convivio: el entrenamiento  


La jornada de entrenamiento empieza cada día a las siete de la mañana; unos más temprano que otros van calentando en solitario, en silencio, repartidos a lo largo y ancho de la sala de teatro. El grupo como tal se consolida cuando formamos dos filas para trapear el piso poniéndonos de cuclillas. El primero de la fila moja el piso con un trapo, el que le secunda lo seca y luego, quien lo desea, acompaña al son de la percusión. Una vez más, todos estamos atentos sosteniéndonos mutuamente. Empezar la jornada limpiando el piso que nos sostiene me parece un maravilloso acto de humildad. Tengo miedo de no tener la condición física para lograrlo, pero mientras recorro la línea sosteniendo el trapo seco en mis manos voy sintiendo el despertar de mis músculos, por lo que cada día voy haciéndolo mejor; pero siempre con el trapo seco, para hacerlo con el trapo mojado me parece que se necesita más juventud.  La actividad termina cuando hemos trapeado todo el piso y podemos empezar a sentir el cuerpo calentando, imaginando, percibiendo, sintiendo y explorando. 


Alice y Gonzalo recurren a veces a la palabra para explicar principios técnicos de preparación actoral, otras a sus cuerpos para mostrarnos la precisión de un ejercicio, y otras nos dejan probar, intuir con los propios cuerpos lo que podría ser un método de actuación, de composición escénica. Así, cada uno a su manera va habitando la sala y dejándose habitar por ella mediante cambios de velocidad, de dirección para que las ideas, la imaginación, el pensamiento se muevan. 


En cada ejercicio no sólo se mueve el cuerpo, se mueve el punto de vista, por ende, la mirada y con ella el espacio y el tiempo. Los ejercicios propuestos dejan de ser meras técnicas actorales para devenir en otros modos de creación, conocimiento, lógica y pensamiento multisensorial. Estos otros modos de compartir se activan y se manifiestan por las consignas dadas para ordenar el espacio, improvisar incorporando direcciones, ritmos, desplazamiento.


Por las tardes, Bernardo se une para acompañarnos a re-conocer nuestra voz, nuestro ritmo, nuestra fuerza contenida en la respiración y con ello empezamos lentamente a desplegar también la escucha. Nos miramos entre nosotros, parecemos intuir que una y otra vez hay que recordar que el escenario no sólo debe ser poblado por cosas, personajes, escenografías historias, sino por la respiración y la voz en todos sus matices. Para lograr eso nos dividen en dos grupos. Gonzalo y Bernardo se hacen cargo de uno y Alice del otro; después de un tiempo los coordinadores cambian de grupo. 


Los tres maestros, a través de diversos ejercicios, van señalando caminos para indagar, lo que implica desplegar, compartir la palabra de tal manera que la voz exceda el plano técnico y empiece a evocar e invocar mundos narrativos y afectivos. Cada uno de nosotros trabaja con un texto memorizado y de pocas líneas. Decir el texto acompañados por la guitarra es la consigna. Hay textos que hablan de la soledad, de la pérdida, de lo femenino, del vacío, del amor, del erotismo; el mío habla de los amores de Gregoria Apaza. 


Este ejercicio se asemeja bastante a la técnica de los payadores, los juglares, los narradores orales. El convivio durante las horas de entrenamiento se da entre los compañeros, cada uno le convida al otro su fe en el oficio, su atención, su complicidad, su paciencia, la humildad del intercambio. A mí, el punto de vista de aprendiz me permite compartir y disfrutar del timbre de tantas voces, sentir la resonancia de las formas de interactuar con la memoria y con las intersecciones entre ficción y realidad, cuerpos material y cuerpos materia durante las largas horas de trabajo que devienen en un festín sensorial.


Tercer convivio: la imagen y la construcción colectiva de la memoria  


A las horas de calentamiento, entrenamiento e improvisación se suman las horas de composición y de montaje. La creación de imágenes es uno de los senderos de la memoria y de los saberes del grupo más importantes, por ende, es un procedimiento metodológico de dramaturgia y producción escénica colectivo y es también la etapa de exploración e investigación. 


Residencia en Yotala. Foto Ruarispakani.

En esta etapa se necesita ser lo más generosos posible. Alice y Gonzalo convidan su experiencia y sus haceres a los participantes con una actitud de compañeros más que de maestros; ahí radica gran parte de su pedagogía y su didáctica, pues no hablan de ese sendero como el gran camino y el mejor de todos o el único a seguir, sino como uno más de los muchos que puede haber en la esfera de la creación y producción teatral. Ellos nos guían paso a paso por los senderos que nos señalan, comparten con nosotros detalles de sus caminos recorridos, para que encontremos también en esos caminos algo así como un sarawi actoral y teatral que nos permita sentir, latir, pensar como base para la creación de una obra que sea luego convidada con honestidad al público.

 

Gonzalo y Alice comparten con nosotros todos los secretos de sus procesos de creación y producción, en los que se vislumbra menos la inspiración de un genio creador y más un trabajo minucioso, sistemático, en el que es indispensable prestar mucha atención y estar abiertos a las propuestas de los compañeros siendo a la vez cuidadosos y respetuosos. 


Esta etapa de convivio empieza con dos conceptos: rebeldía y búsqueda, a los que acompañan las siguientes preguntas: ¿dónde, por qué, cómo y cuándo fue el primer acto de rebeldía? La consiga es: ser los más precisos y sintéticos para responder con una imagen. Todo eso nos ayuda a no perdernos en lo abstracto, lo teórico, lo racional, la palabrería y más bien indagar en lo elemental, lo riguroso, comprendiendo que, a veces, poco es más. Todas las respuestas o sugerencias tienen que ser compartidas en imágenes, para lo cual uno puede disponer de cosas, sonido, instrumentos y solicitar el trabajo de los compañeros. Quien propone debe apelar a la metáfora, la alegoría, explorar su poética cotidiana para no robarle a la imagen su polisemia y su potencia de acción, de acto, de invitación a la duda, la pregunta. Lo fundamental es que la imagen no ilustre el concepto de rebeldía y búsqueda, sino que la expanda, la disemine.


En la segunda parte de este ejercicio, cada uno puede intervenir las veces que quiera las imágenes propuestas por los compañeros. Uno puede transformar una imagen por correlación, oposición, asociación, etc.  Para cada imagen hay muchas variantes y eso provoca la sorpresa y el extrañamiento en lugar de la obsesión ante la idea propia. Cada una de mis imágenes propuestas deja de ser mía al momento que las convido al grupo. Mis imágenes intervenidas ya no reflejan mi definición de rebeldía y búsqueda ni se limitan a mi imaginación personal: se han transformado en matriz o en una especie de palabra peregrina carente de significado y cuyos significantes se multiplican ad infinitum


Las imágenes intervenidas servirán de materia prima para trabajar la estructura, la forma y sentido de una escena. Una escena es la composición de varias imágenes, la consigna es proponer una escena seleccionando tres imágenes de las muchas que se han propuesto. Recién ahora empezamos a sumar palabras, textos que han sido producidos individual e independientemente de las imágenes. Hemos partido de lo más personal, como es el recuerdo, para luego vaciar el procedimiento individual y hacerlo colectivo. Lo personal se torna en materia y material escénico de todos para todos. 


El próximo paso es el montaje con las escenas y las imágenes que contienen migración y movimiento constante resultado de conexiones múltiples. Alice y Gonzalo son los encargados de plantear coordenadas y trazar constelaciones para montar con cada uno de los dos grupos, dos obras breves que serán el festín, el apthapi a ser convidado con el  público al finalizar la residencia-taller. El acontecimiento teatral es siempre una especie de ofrenda, de entregarse al otro y recibir del otro porque no hay obra sin el cuerpo del actor, de la actriz, ni hay teatro sin la mirada del público. Por eso, las imágenes, las escenas son para cada uno de los espectadores, algo así como los misterios donde no hay mensajes, sólo indicios, pautas para seguir descifrando, reflexionando.


Cuarto convivio: Wayar qancha (sangre luminosa)


Luego de algunos días y de ir iniciando las jornadas de trabajo trapeando la sala, se nos indica que para el día siguiente debemos ayunar, que no habrá trapeado de piso y que es necesario empezar con el estómago liviano. Día a día fuimos entregando todo por medio de la improvisación, de la composición, del montaje. Ese despojo fue el paso indispensable para transitar de la creación individual a la creación colectiva que posibilita que tenga lugar la comunidad afectiva en la que el hacer del ser va discurriendo raíz, rizoma, tejido, aliento. 


Pero, si se entrega todo, ¿cómo evitar que el actor quede vacío, sin energía, ausente de sí mismo, diluido en lo común, lo amorfo, el todo o la nada? ¿Cómo abordar metodológicamente la emergencia, generación y sostenibilidad de la presencia escénica del actor que no sea mera comparecencia? ¿Cómo y por qué habitar el propio cuerpo a partir de otros principios que comprenden otros caminos de interactuar en y con el entorno? 


En ayunas entramos a la sala vacía y nos colocamos todos agrupados en una esquina, nos conocemos apenas de hace unos días, pero pareciese que vamos andando juntos desde hace mucho. La puerta se abre y entra una tropa de tres tocando julas, wancara y charango al son de un ayarichi; saludan y piden permiso a las cuatro esquinas del espacio, empezando por la del sol saliente. Somos invitados a seguirlos por el espacio sosteniendo con una mano a uno de los compañeros. El sonido del ayarichi con-mueve y genera una sintonía, una vibración, un ritmo de desplazamiento. Gonzalo, que es uno de los tres de la tropa, nos dice muyu, muyu. Nos ponemos en círculo y vamos cediendo a la columna vertebral el control del movimiento. Nos ponemos en situación fetal para atravesar la superficie de la tierra y habitarla en sus entrañas para luego germinar y aprender a volar.  Alice, otra integrante de la tropa, junto con Gonzalo nos permiten habitar nuestros cuerpos y sentir nuestra respiración para alcanzar ciertos estados y experimentar situaciones en el umbral entre la técnica heredada por occidente y los thakis andinos que comprenden alientos, cantos, movimientos coreografiados cuyo fin es hacer caminar al tiempo, haciéndole dar vueltas y acompañar afectivamente al ciclo agrario. Alice y Gonzalo han desarrollado un entrenamiento y una práctica artística a partir de saberes y haceres andinos y principios provenientes de la ceremonia del tinkuy y de los ayarichis.  


Se nos pide inhalar el 60% del aire que cabe en los pulmones por la boca y el 40% restante por la nariz para exhalar de nuevo con un "pa" pronunciado. Repetimos esto hasta que permanecemos en apnea después del último "pa". El fin de este tipo de respiración es reconocer en nuestro cuerpo, nuestro metabolismo, nuestros órganos las tres pachas y poder transitarlas. La respiración nos permite estar en el hanan pacha, donde predomina el razonamiento, o descender a uku pacha, la estancia de las pasiones, la locura, para luego encontrar el equilibrio en el kay pacha, el lugar del aquí y ahora. La respiración nos permite también encontrarnos con el aire, el viento que nos posibilita la circulación, el movimiento para no quedarse por mucho tiempo en el aleteo del cóndor, la levedad de la atmósfera, ni dejarnos atrapar por la oscuridad, la pesadez, el misterio de la serpiente, sino manifestarnos con las dos energías y sus vibraciones en el aquí y ahora para estar presentes cual guerreros del tinkuy, ese guerrero que se entrega en sacrificio para un bien mayor. Yawar qancha es una práctica ritualizada de preparación para estar presente en el presente de la escena y del día a día. 



Yawar K’ancha en el intercambio con ONTOLAB e Yvyrasacha en Campo Lindo. Foto de María Callejas.

A diferencia de los otros días, hoy hemos empezado a indagar y alcanzar una consciencia distinta al son de los julas, la wankara, el charango, el canto, el zapateo, la respiración.  Hemos probado de manera individual energías e intensidades específicas de las tres pachas y hemos aprendido a generar y escuchar el latido de la comunidad. Aquí ya no se trata de convidar las ideas, los pensamientos individuales al compañero porque aquí el YO existe sólo y en tanto existe la relación entre los compañeros, con el entorno, con el territorio, con todo lo existente. Con la vibración de los julas, con los alientos de los compañeros y de otros existentes, con-moviéndonos, afectándonos mutuamente empiezan a activarse sensaciones, sentimientos de una memoria que algunos la conectan a sus raíces, a sus ancestros. Yo conecto esa memoria, ese estado de transe no con el origen familiar ni cultural, sino con el principio mismo de la vida que es la muerte. Y segundo a segundo voy sintiendo que mi cuerpo deviene montaña, río, pájaro, piso, árbol, viento, lluvia, agua, viento, rayo, cóndor, memoria, tiempo y espacio. 


Gonzalo y Alice asumen todos los cuidados para diluir el yo contenido en un cuerpo y para volverlo a constituir con otra consciencia. Al finalizar la sesión, después de desatar las fajas protectoras pedimos a nuestro ajayu volver a habitar el cuerpo personal llamándolo por el nombre propio. 


Al día siguiente tiene lugar la peregrinación y acontece el primer gran encuentro, el tinkuy entre dos comunidades. Antes de acudir a ese encuentro pedimos permiso a los vientos para cantar, tocar julas y zapatear con el fin de despertar a las pachas. Con esta metodología las fuentes culturales andinas que se hacen perceptibles a través de la propia música, fiestas y rituales dejan de ser meros referentes y se tornan en pensamiento, consciencia, estado y sentimiento. Por ende, no se trata sólo de un entrenamiento actoral ni de una práctica más, sino de un estar en el mundo siendo y haciendo mundo.


Una vez que acontece el tinkuy, donde dos comunidades de guerreros se han ofrecido en sacrificio, no como resultado de una dicotomía, sino como la tensión necesaria e inevitable de la bipolaridad, toca volver a ser otra vez uno. Para ese retorno, Alice y Gonzalo apelan nuevamente a los ayarichis, la ceremonia fúnebre de los yamparas que se toca y coreografía en tiempo seco para los santos o almas olvidadas. El Yawar qancha ha dado lugar a un tejido de abrazos tupidos, sostenidos, que intuyo permanecerá más allá de lo visible y del presente. Presiento que así será, porque en cada abrazo hay lágrimas en los ojos y  de los labios brotan un gracias y un jallalla. 


Quinto y último convivio: presentación de las dos propuestas escénicas


A lo largo de los últimos días hemos propuesto, producido y generado tantas imágenes, textos, historias, recuerdos y temas que de tal acopio cada uno de los asistentes a la residencia tendría material para escenificar muchas obras. Pero eso no ha sido el objetivo central de la residencia, sino invitarnos a trazar nuestros propios mapas artísticos y teatrales con nuestras propias coordenadas. 


Antes de que nos digamos adiós en el comedor y cada uno abrace su destino, como comunidad nos toca convidar al público dos obras breves resultado de investigaciones personales y colectivas relacionadas con nuestros entornos, nuestra memoria, nuestro hacer. Para ello Gonzalo trabaja con un grupo y Alice con otro; de cada uno se aprende y comprende mucho. Cada grupo desconoce el montaje del otro. 

Presentación al final de la residencia en Yotala. Foto Ruarispakani.

El día de la función viene mucha gente y presencia tanto el montaje dirigido por Alice, donde predomina el texto, la poesía, el collage, como el montaje dirigido por Gonzalo que está centrado en una historia que se desarrolla por medio de metáforas, alusiones, con frases breves. Hay imágenes que se repiten en ambos montajes pero sugieren mundos de sentido distintos. 


Ruarispakani significa creando soy y el primer acto creador son los vínculos y los entramados en los que discurre la existencia del ser actor. Pero, lo que se comparte en la residencia no es exclusivo para actores, actrices o artistas. Ruarispakani es una invitación para cualquiera que busque alcanzar otro estado de consciencia y aprender a estar presente con uno, con los demás, con el entorno, afinando la atención con los territorios y discurrir en el presente entrelazando pasado y futuro. 


Teatro de los Andes ha hecho una alianza de investigación e intercambio con el Laboratorio de Estudios Ontológicos y Multiespecie (ONTOLAB), dependiente de la Carrera de Antropología, y con Yvyrasacha para intercambiar saberes, metodologías y prácticas.