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| Adalía Auzza y Rodrigo Mendoza en Lamento de un dictador. El Búnker, abril de 2026. Foto: Mabel Franco. |
Una obra de teatro, escrita por Marcelo Sosa, está en proceso de lanzarse al escenario. Un preestreno nos permitió ver por dónde va el 'Lamento de un dictador'. Aquí unos apuntes guiados por la memoria que caprichosa es.
Mabel Franco O.
¿Qué tango le gusta al general?, preguntó el periodista
argentino a Hugo Banzer Suárez. Eran los últimos años de los años 70 y la
entrevista televisiva se pasó por el canal estatal de Bolivia. El presidente de
facto respondió que Uno y esa
elección se grabó, quién sabe por qué, en mi mente adolescente y para siempre. “Uno”,
me dije sin saber qué clase de título podía ser ése. Hasta que por casualidad
escuché, en la voz de la Tana Rinaldi eso de “Uno busca lleno de esperanzas el
camino que los sueños prometieron a sus ansias… sabe que la lucha es cruel y es
mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina…”.
Caramba. Una canción en primera persona sobre una persecución
incluso sangrienta de sueños. Perfecto para un militar… Sólo que la canción escrita
por Discépolo con música de Mariano Mores habla de amor. De desamor, para ser
exactos: “Si yo pudiera como ayer querer sin presentir”.
Por qué podría gustarle un tango así a un dictador.
Es curioso esto de la memoria. El sábado, en el teatro El
Búnker, el recuerdo se me hizo presente apenas comenzó El lamento del dictador, obra escrita y dirigida por Marcelo Sosa y
presentada en calidad de preestreno para un grupo de espectadores.
Empieza bien la obra. Un hombre en uniforme (Rodrigo Mendoza)
de pie, mirando de frente. Luego hará su papel la esposa (Adalía Auzza) ---difícil
no pensar en Yolanda Prada de Banzer--- con sus zapatitos rojos. Una mujer
tentadora como Eva a la hora de empujar al hombre a tomar el poder aun cuando
éste sólo quisiera irse de viaje a las Europas.
El futuro dictador, nos dice Sosa, es tan pusilánime que
resulta fácilmente influenciable. En su debilidad y miedo habrá que ver al
sanguinario ensoberbecido. Veta por explorar.
La mujer, cual serpiente en el paraíso del uniformado,
arrastrará al hombre, rito andino mediante para apelar a las fuerzas poderosas
pero peligrosas de tres Ñatitas, hasta la traición y el crimen de camaradas
igualmente empeñados en tomar el turno en la silla presidencial. Otra veta
remarcada por la puesta en escena.
Pero, aquí acaban los caminos posibles para intentar
comprender qué es lo que se mueve en un hombre que se erige en el mandamás de
un país. Sosa, el dramaturgo, se pierde y nos pierde como público por senderos
de obviedad, más anecdóticos que cuestionadores, y entonces no hay respuestas
posibles.
Lo peor, quizás, es que en este Lamento de un dictador se sueltan ideas muy cuestionables al
quedarse suspendidas en el aire: ¿La mujer de un dictador es la verdadera culpable
de la barbarie? O sea, ¿detrás de un gran dictador hay una gran ambiciosa? Cuando
finalmente el hombre es derrocado, ¿es la misma esposa la que al flagelarse recuerda
que lo importante era que se amaban? ¿Debemos condolernos por el pobre hombre y
la pobre mujer?
La oportunidad de saber por qué y de qué se lamentaría un
tirano, un autoritario, se ha perdido. Tanto como se pierden recursos de puesta
en escena que, en general, suelen ser muy bien aprovechados por los habitantes
de El Búnker. Un ejemplo: el espacio superior con pantallas desde las que en
ciertos momentos arenga el dictador ha sido separado, aislado del inferior, sin
motivo. Allí abajo, pese a la luz escasa, se adivina el movimiento de actores
(los que hacen de Ñatitas, de comunistas torturados, tropa, etc.), cuando, se
me ocurría al verlo, se podría contraponer los dos relatos: la sociedad abajo,
el tirano arriba. No es mi rol proponer soluciones, pero qué desperdicio el
atestiguado.
En fin. Así que a Banzer, el dictador y luego presidente electo de Bolivia, le gustaba ese
lamento que dice: “Uno está tan solo en su dolor. Uno está tan solo en su penar”.

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