En 2025, el actor, director y formador teatral murió en su tierra, Chile. Murió así también la esperanza de verlo una vez más en Bolivia. Entre 1993 y 2005, el fundador de Teatro Camino paseó su arte por Cochabamba, La Paz, Sucre y Santa Cruz. Fue un Quijote, un anciano recluido en un asilo, un contrabajista, un fanático, un pianista genial, un personaje de Ionesco, Segismundo y todo su entorno... Había que ser Noguera para envolvernos en su tramoya.
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| Héctor Noguera en De las consecuencias del mucho leer. |
Mabel Franco O.
Lo vi llegar como a Don Quijote: flaco, de barba, con Sancho
al lado y fantasmas, muchos de ellos en el equipaje pugnando por salir para
despertar al mundo de su modorra. Para espantarlo, sí, porque donde todos vemos
molinos es probable que se erijan monstruos.
Héctor Noguera visitó Bolivia varias veces, al principio con
el mapuche José Cheuque, ambos fundadores del Teatro Camino. Fue el año 1993
que los teatristas se enrumbaron hacia estas tierras por vez primera para
participar del encuentro Peter Travesí —no concurso sino encuentro—, en
Cochabamba. Él, Noguera, actor ya consagrado en su Chile natal, había escrito
su primera obra teatral y estaba viajando con ella. Como dicho encuentro
facilitaba a los participantes convivir durante una semana, más o menos, además
de las funciones en teatros se programaron talleres. Uno de ellos lo dictó
Noguera.
“Qué hace una periodista cubriendo un taller”, me preguntó
asombrado de verme no como tallerista, sino como quien observa y toma notas. “Nunca
vi algo igual”. Ni yo tampoco a un maestro compartir secretos observado de
cerca por una no teatrista. “¿Quieren representar a un viejo? —preguntó a los
jóvenes alumnos—. A ver, háganlo… Pero, lo que han hecho es lo que todo el
mundo: encorvarse, poner una voz temblorosa… una caricatura. Pongan atención a
su columna: allí está la energía y de ella saldrá lo que deseen componer”.
No fui alumna, no hice los ejercicios corporales, pero no he olvidado la lección. Se puede ser un gordo, un príncipe, una niña, un prisionero, un fanático, un mediocre, un genio… La memoria es una columna.
Por los caminos del país
La obra con la que Teatro Camino debutó en Bolivia es De las consecuencias del mucho leer (1993).
Un maestro de castellano que ha devorado Don
Quijote de la Mancha y que ha corregido prueba tras prueba sobre la obra de
Cervantes desvaría y así como Quijano se cree un caballero de armadura, él se
cree el Quijano siendo Quijote. El doble juego es magia también por la
presencia en la escena del técnico Cheuque, un Sancho componiendo y disponiendo
la tramoya para que el artista cumpla su cometido y para que el personaje nos
conduzca por su locura.
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| Héctor Noguera en Siberia. |
Esta fórmula, la de hacer del técnico un personaje más, se
repetiría en otras obras, como Siberia
(1994), de Felix Mitterer, para la que se dispuso un escenario completamente
blanco en la sala Modesta Sanginés de la Casa de la Cultura. Allí, un anciano
recluido sin su permiso en un asilo, como los exilados en la fría región de
Rusia, va perdiendo poco a poco autonomía y dignidad. Y es el enfermero —Cheuque tramoyista cambiando luz, sonido, objetos— quien cual carcelero se encarga de cumplir con la misión de
despojar, de acallar. La carta que envía el viejo a las autoridades está escrita
en forma de verso de difícil desarrollo, como difícil puede ser conmover a una
sociedad indolente.
Noguera y Cheuque volvieron, pues, a Bolivia varias veces.
En 1994, gracias a Maritza Wilde, trajeron a La Paz Siberia, El contrabajo (Patrik Suskind) y probablemente, no
recuerdo ya, De las consecuencias del
mucho leer. La función de la obra de Suskind coincidió con alguna fiesta en la plaza San Francisco, de manera que el ruido de petardos y música se coló en el
Modesta Sanginés ante, eso sí, el imperturbable emborrachamiento del músico
aislado en su habitación y en la vida mediocre a la que la orquesta de la
sociedad lo ha relegado.
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| Héctor Noguera en La vida es sueño. |
En 1996 supe de la presencia de Teatro Camino en Sucre, así
que hice lo posible, como directora ese año de los teatros municipales, para
traer a La Paz la obra Héctor Noguera nos
cuenta La vida es sueño. Valió la pena, como sabrán los que asistieron a la
única función en el Teatro de Cámara. El actor asume como monólogo —un hombre
de frente a la platea, hojas y atril— la obra de Calderón de la Barca y el mundo incierto poblado
por Segismundo, Rosaura, Clotaldo… se deshoja tan intensamente como si todo un
elenco lo encarnara.
En 1997, Teatro Camino fue parte del primer Festival
Internacional de Teatro de Santa Cruz. Aquella vez, el grupo llegó con Las sillas (Eugene Ionesco), dirigida
por Ramón López y con la presencia no sólo de Noguera, como el viejo, sino de Bélgica
Castro, otra gran figura del teatro chileno, como la vieja. Gran montaje para
enfatizar en los temas recurrentes de Ionesco —y creo que también de
Noguera—: soledad, incomunicación, deshumanidad.
En 1999 tocó el turno al Festival Internacional de Teatro de La Paz (Fitaz) y Noguera se convirtió en Ejecutor 14 (Adel Hakim). Una mesa, la luz de una lámpara y el actor transformado en un hombre en medio de cualquier guerra o revolución, tan aterrorizado que pronto será uno más de los fanáticos que miedo por delante irá sembrando más odio y más muerte.
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| Héctor Noguera en Ejecutor 14. |
El Fitaz rindió homenaje al actor, director y formador
chileno en el año 2000, pero fue una de sus hijos quien llegó a La Paz para recibir el
Kusillo. Noguera no pudo volver más.
En 2005, el grupo retornó a Santa Cruz, aunque yo no pude
ver la propuesta: Novecento pianista
(Alessandro Baricco), en la que Noguera, dirigido por Michael Radford, encarna
a un músico extraordinario que, nacido en el transatlántico Virginian, se niega
a bajar a tierra.
Las entrevistas con Noguera y los comentarios sobre las
obras presentadas en Bolivia están publicadas en los diarios Presencia y La
Razón. La última es de 1999, cuando el artista me confesó que tenía miedo de mi
expectativa siempre alta respecto de lo nuevo que mostraría. Un miedo,
Héctor, sin sustento. Y cuando me enseñó una máxima de vida y de trabajo: el
movimiento genera movimiento.
Héctor murió en 2025. Sólo espero que le hubiesen llegado
mis recados reclamando su presencia enviados a través de los responsables del
Festival Santiago a Mil y otros teatristas y programadores chilenos que
estuvieron en Bolivia. “No deberías perderte la obra El padre, me aconsejó una de ellos”. Me la perdí, como también esa
de Hamlet deambula en círculos de 2023,
en la que, leo, "Noguera evoca ciertos momentos de su
interpretación de Hamlet del año
1979, y va entrelazando instantes del personaje con los pensamientos y las emociones
que sentía entonces". Y que además, "junto a la actriz Catalina Stuardo, quien
encarna a Gertrudis, la madre del Príncipe de Dinamarca, recuerda fragmentos
claves de esa historia clásica, que se funden con las reflexiones personales
del protagonista marcadas por el contexto político y social de la dictadura en
Chile".
Lamento cada oportunidad perdida, pero sobre todo la de Caballo de Feria, esa obra que, leo otra vez, fue
estrenada en 2025 en Teatro Camino, la salita propia abierta en 2000 en Santiago (adonde se fue por breve tiempo
un joven Cristian Mercado como si fuese aprendiz de hechicero). Escrita y
protagonizada por Héctor Noguera e Ignacio Massa, en la obra se deja la primera
parte de Don Quijote para ahondar en la última, ésa en la que Quijano quiere
dejar de ser el caballero, dejar la magia para asumir su rol como gente normal.
Un actor veterano (Noguera) y uno joven (Massa) intentan entonces revivir su
pasión por el teatro. No sé cómo se desarrolla este Quijote, pero sí afirmo que hay consecuencias de tanto ver teatro y es que suele ser mejor abordar la vida en medio de una tramoya:
para que luz, escenografía, vestuario, actuaciones resalten lo que está tapado,
escondido por lo cotidiano. El teatro genera magia y la magia conciencia, querido Héctor Noguera.



