miércoles, 4 de diciembre de 2013

“Chillán, la Silla del Sol”, un Mariscal en el teatro


Mabel Franco, periodista

El teatro histórico encuentra en Chillan, la Silla del Sol de Carlos Cordero Carraffa, un desafiante texto para quienes tienen la inquietud y las herramientas como para llevarlo a lo que en esencia es el teatro: la encarnación de los personajes, la materialización del ambiente que los rodea, la intencionalidad de los diálogos, los textos y los intertextos y, en definitiva, el encuentro con el público.
Cordero, animal de teatro, riguroso director y estupendo actor —a quien se extraña en este sentido desde los ya lejanos “Golpes a mi puerta” (Juan Carlos Gené) y “El costo de la vida” (Carlos Cordero)— había robado tiempo a su labor como politólogo para ensayarse también como dramaturgo (¿o es al revés?) y así dio a la luz obras como la ya citada “El costo de la vida” (sobre esos seres que se ven empujados a vender chucherías en la calle), “El más luminoso de los arcángeles” (una lectura del origen de la danza de la Diablada) y “Urania Films” (un homenaje al cineasta y múltiple artista, José María Velasco Maidana). Todas esas obras fueron representadas bajo la batuta de Cordero. Fueron, por supuesto, pruebas de fuego para quien, luego de dirigir y actuar, asumía el rol de creador de dramas. Duras pruebas, en todo caso, con logros y tareas pendientes que de seguro Cordero ha podido asimilar en todos estos años.
No se puede dejar de mencionar una última obra, en la que se advierte el afán de unir la experiencia como politólogo con la del teatrista: “El cerco” (2011). Que se sepa de lo hecho por Cordero, nada ha quedado en el tintero, o en las páginas literarias, sino que, con más o menos vuelo, todas las historias a las que el autor les ha puesto el punto final han cobrado vida.
Y ahora llega “Chillán, la Silla del Sol”, sobre uno de los personajes más controversiales de la vida política de Bolivia: el mariscal Andrés de Santa Cruz Calahumana (http://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/santa_cruz.htm). Para unos, una figura oscura injustamente ensalzada en el país; para otros, un estratega que merecería mejor memoria. Cordero parece inclinarse por esta última lectura y entonces lo convierte en el personaje central de una obra con final abierto.
Como pieza literaria, la lectura de Chillán, la Silla del Sol cumple el objetivo de seducir, de atrapar al lector, sobre todo por los diálogos inteligentes, intensos. Y. por ejemplo, tal el cuidado que toma Cordero para recrear climas, lugares, gentes, se puede escuchar, casi, la música que tortura al militar que alguna vez, le tocará recordarlo, tuvo que ordenar un fusilamiento.
Como germen de lo ya dicho, la vida teatral, las expectativas están planteadas con toda la fuerza que tiene el personaje y que se desborda a la espera de dejar el corset de las letras para moverse y respirar. En verdad, quizás ni importa que sea Santa Cruz un ser real histórico (real), lo que conquista de “Chillán…” es que de la pluma de Cordero sale un ser creíble. En el exilio (en Chillán, http://es.wikipedia.org/wiki/Chill%C3%A1n, por decisión de tres gobiernos: Bolivia, Perú y Chile), como león enjaulado, con la idea de que no pudo concluir una misión en la que aún cree, con el peso de sentirse traicionado. Humano, con arranques de ira, caprichoso… En definitiva, alguien a quien se quiere ver en escena.
Si de paso, como bolivianos, gracias a lo dicho podemos mirar más allá de un himno patriótico, del nombre de una calle, de un retrato pintado, qué bueno. Porque de esto debería tratarse una obra de teatro histórico: no de plantear una verdad, tarea de historiadores, sino de dejar atisbar en la complejidad de un ser humano, con sus virtudes y sus defectos.
El resto es dejar el libro —y ojalá en breve también la sala de teatro— para buscar más, para saber más, en este caso, de ese Mariscal de Zepita.

Ficha técnica
Título: Chillán, la Silla del Sol
Autor: Carlos Cordero Carraffa
Editorial: Gente Común, 2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

"La locomotora loca", un viaje trepidante


Mabel Franco Ortega, periodista
Una locomotora no está hecha para correr sola por ahí, sino para transportar gente. Si de paso quiere sumar a su existencia la condición de la locura, por supuesto y más que nunca requiere de tripulación y de pasajeros embarcados en el mismo viaje y, de ser posible, en el mismo vagón.
Al menos tales son los requisitos de “La locomotora loca” (1923), obra propuesta por el suicida polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz (1885-1939), creador múltiple, artista y filósofo empeñado en “encontrar la forma pura al precio de la deformación de la vida y la naturaleza”.
Claro que hay viajes y viajes, también en el teatro. Sobre todo en el teatro. El primero de los impulsados por Carne de Cañón —grupo de Santa Cruz de la Sierra— que me fue dado emprender tuvo lugar durante el Festival Peter Travesí 2013. El boliche Muela del Diablo se vio atiborrado de pasajeros que pronto, guiados por el maquinista Luis Bredow, se unieron e impulsaron el frenesí de una travesía empeñada en atisbar en el sinsentido de la vida humana, a ver si con tal recurso cada quien pudiese sacudirse del tedio y apearse con más conciencia que antes sobre su destino.
La máquina, diseñada para alcanzar velocidades inverosímiles, estuvo a la altura aquella inolvidable noche de septiembre vivida a la manera de un cabaret. Mérito en mucho de su comandante, un desquiciante Bredow que se ha quedado grabado en la retina con su corset y su brillosa calza. Y mérito, por supuesto, de quienes supieron sumar al trepidante ritmo: Berenice De la Cruz (que terminó por llevarse el premio Travesí a la mejor actriz), en su papel de erotizada novia; Mariana Bredow (dueña de estupenda voz de cantante), como la alcoholizada estrella en declive y esposa (último rol que tuvo que improvisar para la segunda noche, pues el actor original enfermó, sin que nadie notara la ausencia); Iván Alfaro, el novio marioneta, dúctil y entrañable; Javiera Vargas (el personaje sorpresa) y Juan Pedro Montefinales, el baterista. Todos dirigidos por Andrés Escobar, a cuya investigación sobre el teatro de Witkiewicz se debe el montaje.
Ya dije que hay viajes y viajes. El segundo que quise hacer junto a Carne de cañón se concretó en Equinoccio, boliche paceño que, según hizo notar de entrada el maquinista, atrajo espectadores, aunque a menos de los que merecía la aventura. Situación nada anecdótica, dados los resultados: una locomotora que intentó volar, pero que fue muchas veces retenida por la gente que no siempre alcanzó a subirse y pareció contemplar desde el andén. Ayudó ese mezclarse de los personajes con los espectadores, ese juego entre teatro y realidad, ese poner en evidencia la farsa, la mentira, la ficción; pero fue difícil borrar las fronteras y entonces la experiencia careció de la intensidad vivida en Cochabamba.
Una locomotora necesita de mantenimiento permanente, podría ser otra de las constataciones teatrales. Una obra lograda, que funciona como un reloj, con los tiempos perfectos, el ritmo ideal, no puede, en verdad, presumir de mucho respecto de una siguiente función. Un ligero desajuste en la química (más bien física, es decir el manejo del tiempo) entre los actores, un ligero vacío entre lo que pasa en la escena y la reacción del espectador, y la mejor maquinaria puede rechinar.
“La locomotora loca” es una obra viva. Sus latidos, aun cuando a veces pierdan algo de su intensidad, difícilmente dejan indiferente a quien las sienta pasar y se vea convocado a ir, en aras del humor negro, por un mundo que sigue corriendo hacia la muerte, por una humanidad perdida entre máquinas, como sospechó Witkiewicz que ocurriría, aunque Carne de cañón prefiera finalmente dejar bien vivo a su maquinista Bredow.

Ficha técnica
Título: La locomotora loca
Autor: Stanisław Ignacy Witkiewicz
Grupo: Carne de cañón (Santa Cruz)
Director: Andrés Escobar
Actuación: Luis Bredow, Berenice De la Cruz; Mariana Bredow, Iván Alfaro, Javiera Vargas y Juan Pedro Montefinales.
Premios: Mejor actriz, Berenice de la Cruz, Festival Nacional de Teatro Peter Travesí (Cochabamba, 2013).

viernes, 8 de noviembre de 2013

El amor, ¿es para tanto? (en dos patéticas evocaciones)

El amor, ¿es para tanto?

Mabel Franco Ortega

Gracias a Paola Oña y a Mauricio Toledo me entero de que Hugo Bab Quintela es un psiquiatra y psicoterapeuta, además de psicodramatista-dramaturgo-actor-director argentino. Con semejantes antecedentes, ¿cómo no esperar ver en el escenario a criaturas patéticas creadas por ese autor, mucho más si el amor es el tema elegido?
Dos monólogos son asumidos por Toledo. Desde el principio de la obra, el público “sabe” que está en el teatro y los artistas se encargarán de que no lo olvide. Oña recibe a los espectadores, va y viene acomodando cosas, con su compañero ultiman detalles, todo mientras se escuchan desde unas consolas voces pregrabadas, montadas, repetitivas que son parte de la publicidad de la obra.
Oña hace de narradora en directo y a ratos su voz grabada cumple ese rol. Hay, entre lo que acota y lo que se ve, a veces complementariedad y a veces contradicción, lo que no es sino el resultado de una puesta en escena, donde una cosa es lo que propone el autor (hombre meciéndose en una hamaca) y otra lo que el director decide hacer (hombre sentado en un sillón). Y así, con juegos sutiles, mesurados, fluyen las historias.
En uno de los monólogos, el protagonista es un victimario; en el segundo, una víctima. Toledo los encarna con solvencia. Estalla, domina; estalla, obedece. Entra en el papel, sale de él (para reclamar a la relatora); encarna el texto casi siempre leyendo el libreto. Convence invariablemente.
Como se ha dicho, al hablar del autor, todo se podía esperar de “El amor ¿es para tanto?” y Toledo y Oña optaron por hurgar en lo peor al acentuar el tono de las historias con el juego teatral al desnudo. El resultado es un abordaje deprimente de ese sentimiento que define a los humanos (el chiste es ver cómo los define), colocando dos casos extremos en la escena, pegados con tachuelas, a la vista del espectador. Y curiosamente, esto que todo el tiempo está gritando que no es sino ficción, que uno puede divertirse con ello, acaba por golpear tan fuerte como si de un documental se tratase.
Ficha técnica
Título: ¿El amor es para tanto? (en dos patéticas evocaciones)
Autor: Hugo Bab Quintela
Intérpretes: Mauricio Toledo, Paola Oña
Estreno: El Sótano (Centro Sinfónico Nacional), función gratuita 7 de noviembre de 2013

domingo, 27 de octubre de 2013

La ratonera, de Wara Cajías

Caer en “La ratonera” y agradecerlo

Tres ratones ciegos,
tres ratones ciegos.
Mirad cómo corren,
corren todos tras la mujer del granjero.
Les cortó el rabo con un trinchante.
¿Visteis nunca algo semejante... a
Tres ratones ciegos,
tres ratones ciegos?
(Canción infantil que el asesino deja como pista en “La ratonera”)

“La ratonera”, obra de teatro escrita por Agatha Christie, ha sido representada miles de veces por el mundo desde su estreno en 1952. A Wara Cajías se le ocurrió hacer una versión ahora y su idea es capaz de explotar el misterio de la historia, sorprendiendo aun a quienes conocen el final, y éste es un gran mérito, sin duda, tratándose de un caso policiaco.
El formato del antiguo radioteatro es el medio. Cuatro actores y dos músicos, el recurso. El teatro, en definitiva, la fórmula: “Radioteatro en vivo”, le llama Cajías, que con premeditación se apresta a asestar el golpe de gracia al espectador, el que pronto cae rendido al poder evocador de la palabra, la música y los efectos sonoros.
 “La ratonera” cuenta una historia ambientada en una británica casa de huéspedes, Monkswell Manor, en una región alejada de la ciudad. Los propietarios, una joven pareja, se estrenan en la responsabilidad de acoger a los viajeros, los que irán llegando de a poco para quedar todos aislados a causa de la nevada. Los tres huéspedes que han hecho reserva anticipada, así como dos que llegarán sin previo aviso, están al tanto de un crimen cometido en Londres, el que terminará implicando al grupo y dejando ver que cada quien no es exactamente el que dice ser.
Teresa Dal Pero, Pedro Grossman, Mauricio Toledo y Denisse Mendieta actúan delante de los micrófonos, a la par que manipulan objetos con los que narran las incidencias y/o asumen los distintos personajes. Sachiko Sakuma interpreta en el piano la música incidental y Sebastián Zuleta, responsable de la dirección musical, apoya con los sonidos, sea para representar por ejemplo el viento o para remarcar el suspenso.
La idea, está dicho, se presenta como seductora. Se requería, para llevarla a buen término, de ejecutores a la altura del desafío. Qué se puede decir, vivida la experiencia, sino que el caso ha sido todo un éxito.
Ciertamente, el radioteatro, como se lo hacía en los años de oro del medio, es la inspiración.  Un solo actor o una sola actriz asumen varios papeles al cambiar de voz; pero “La ratonera” de Cajías es mucho más: uno podría cerrar los ojos para seguir la historia; pero se perdería de las imágenes que proponen los actores.
Hay un elemento clave que, se lo menciona aquí, casi al final, para jugar con las claves de sorpresa de “La ratonera”: el humor. Desde el principio hasta el fin está ahí, aunque sin esconder la profunda tragedia que radica en el origen de los crímenes, es decir el antiguo asesinato de un niño huérfano. Y los actores saben explotar cada matiz. De Dal Pero y Grossman, no sorprende luego de haberlos visto respondiendo a los más distintos roles. Tampoco de Mendieta, que posee larga trayectoria en radio, si bien no es lo mismo que estar frente al público “en vivo”, y ella sale airosa. De Toledo hay que decir que ha crecido mucho, que es capaz de ponerse al nivel de sus colegas e incluso superar un accidentillo con el bigote falso sin perder los papeles.
En definitiva, una propuesta que se disfruta con esa fascinación de niños que por suerte —es fácilmente comprobable con “La ratonera”—, está nomás intacta en los adultos.

Ficha técnica
Título: “La ratonera (original de Agatha Christie)
Concepto y dirección: Wara Cajías
Intérpretes: María Teresa Dal Pero, Pedro Grossman, Denisse Mendieta, Mauricio Toledo, Sachiko Sakuma y Sebastián Zuleta
Dirección musical: Sebastián Zuleta
Guionización: Wara Cajías
Técnico de sonido: Omar Corrales
Género: Redioteatro en vivo, comedia, suspenso
Duración: 75 minutosLa ratoner premio Arte Joven del SIART, está en Europa. El jove...

Santiago Contreras y sus lugares impropios

Santiago Contreras y sus lugares impropios
Santiago Contreras Soux, ganador en 2011 del premio Arte Joven del SIART, está en Europa. El joven arquitecto, hijo de otro arquitecto, Daniel Contreras —quien por su parte ha recurrido a la fotografía para develar los misterios de las construcciones (formas, luz, espacio)— estará lejos de Bolivia por dos años, tiempo en el que debe lograr un masterado en Artes.
La primera vez que entrevisté a Santiago Contreras, hace cinco años, él acababa de retornar de un viaje a Cuba y mostraba al público pinturas y una pequeña instalación en las que había trabajado desde tiempo atrás. Esta vez, en agosto reciente, la entrevista tuvo lugar antes de su partida a Europa. Si aquella vez el arquitecto había recurrido a una galería (Arte 21), ahora, sus obras en fotografía y video ocuparon durante sólo tres días la casa Hermanos Manchego, un hogar familiar y un refugio para viajeros en la calle homónima de La Paz.
Explica Santiago que en La Habana pudo compartir durante un mes con Douglas Rodrigo Rada, el artista paceño ganador del SIART, “convivencia, dentro de la experiencia con los artistas cubanos y todo eso, que me abrió la cabeza; después de ello empecé a buscar un lenguaje más contemporáneo”. Que lo que encontró tuvo eco lo confirmó al ganar un premio SIART con una serie de fotografías …
Otro punto de inflexión se dio durante un trabajo relacionado con la construcción, “y entonces empecé a aprender de la arquitectura no ya desde el punto vista del diseño sino del físico, sobre cómo yo entendía y vivía la arquitectura; es decir, a partir del contacto con albañiles y obreros es que cambió completamente mi idea de lo que es y tiene que ser la arquitectura y, con ello, también de lo que debía mi arte; me pregunte entonces: siendo arquitecto, ¿cómo tendría que encarar mi arte?”. Empezó así una serie de procesos de búsqueda, “en los materiales, las paredes, entre las paredes” —por ejemplo, “Babeles (descascarar, deshacer), 2011, que le valió el premio en el SIART (www.youtube.com/watch?v=dVFVQ1iyMUU‎)—, lo que se traduce también en el video performance que mostró Santiago en la Casa Hermanos Manchego, donde se le ve trabajando en un muro en medio de un río, el que se destruye y desaparece llevado por las aguas.
Otro elemento de esos procesos es, cuenta el artista, su eterna fascinación por el campo, algo que se traduce en un retorno permanente a lo natural. El video performance de referencia tiene lugar en un punto intermedio entre ciudad y campo; pero hay otro video, que fue proyectado en la sala de la casa Hermanos Manchego, en el que se asiste al no-movimiento o al ligero movimiento de una planta a las orillas de un río.
Era inevitable preguntar al artista por la presencia del agua. “Cierto, es un elemento que siempre está dando vueltas en mi cabeza, que es parte capital de varias de mis obras; tal vez no sea el discurso central, pero sí aparece transversalmente cada cierto tiempo”. El sonido de las aguas al correr, su fluir indiferente, su energía, su poder… son ideas que despiertan desde las imágenes sonoras y visuales de las obras de Santiago.
Una obra de arte es en parte el espacio en el que se instala. ¿Por qué elegir ahora un lugar no pensado para exposiciones?, fue la curiosidad de despedida aquel 13 de agosto. “Es el cuarto elemento de mis búsquedas. Bauticé a la muestra como ‘Lugares impropios’, así que quise trabajar con la ambigüedad, meter las obras allí donde no se espera verlas; es una idea conceptual del espacio sobre la que aprendí durante la Larga noche de museos, cuando hice una intervención en el Círculo de la Unión (casona de la calle Aspiazu), y me di cuenta de que resulta fantástico tomar lugares que son lo que no parecen en cuanto tus obras están allí”.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Juan Carlos Valdivia: El cine es un arma de destrucción

 Juan Carlos Valdivia
“El cine es un arma de destrucción”
Ivi Maraey (Tierra sin mal) se exhibe en las salas del eje central del país. Es un viaje hacia el sudeste del país, por el mundo de la palabra, por el espejo de la cultura guaraní
El cine es un arma de destrucción, se dice Andrés Caballero, cineasta profundamente tocado por su experiencia entre los guaraníes. Y Juan Carlos Valdivia —actor y director de cine— ratifica las palabras de su personaje en “Ivy Maraey” (Tierra sin mal): “Sí, creo que es un arma de destrucción porque ya no dejamos en paz nada en este mundo: todo debe ser filmado, posteado, mirado y, en ese sentido, las culturas originarias han sido retratadas hasta el cansancio. Sin embargo, el cine puede también ayudar a romper prejuicios y paradigmas, es decir que es un arma de destrucción también en el sentido positivo”.
¿Qué ha destruido con su cine?. “A mí mismo”, afirma tras una pausa para pensar bien su respuesta. “Creo que de alguna manera, “Ivy Maraey” deconstruye y siento que me he muerto en el Chaco, que soy otro después de la experiencia que ha resultado muy dura en muchos sentidos: existencial, logística, financieramente; es algo que ha agarrado mi vida por completo y ha hecho que me cuestione muchas cosas”.
La película, filmada en 35mm y hablada en gran parte en guaraní, plantea el viaje hacia el Chaco de un cineasta, Caballero, quien no sabe qué película quiere hacer, pero sí que tiene que hacerla. Íntimamente cree, espera, y el espectador común también lo hará guiado por este hombre, que tal vez todavía existan aquellos indígenas en “estado salvaje” filmados y fotografiados por el etnólogo Erland Nordenskiöld a principios del siglo XX, y tal vez habiten esa añorada tierra sin mal.
“Ivy Maraey” propone en verdad muchos viajes. Uno de ellos, por la palabra. El director explica que “la cultura guaraní no es visual; su riqueza está en la lengua. No produce obras de arte, objetos visuales como otras culturas; en cambio, la exquisitez y la filosofía están en su palabra. Esto me planteó cómo hacer una película de una cultura oral si no usaba la palabra”. Así que los textos son centrales en el film, tanto que demandan verla más de una vez si se quiere atraparlas todas.
Para los guaraníes, como ha aprendido Valdivia, “la palabra es anterior al hombre” y, como ha descubierto, “encierra conceptos religiosos y filosóficos fabulosos”. Elio Ortiz, el coprotagonista guaraní, recopiló los textos que oyó a los ancianos, a los sabios de su pueblo, los que solían transmitirlos a las nuevas generaciones. “Una de las pérdidas que se constata entre los guaraníes es que el patio donde los abuelos —portadores de toda la narrativa y la oralidad— hablaban con los niños mientras los padres iban a trabajar, se están quedando vacíos, tal como pasa en las ciudades, donde los hijos están a cargo de la empleada, ya no de los abuelos, y los padres no saben más qué aprenden”.
“Es una película acerca de pensar”, concluye Valdivia. “Un pensar que se vuelve sentimiento”, lo que tiene que ver, hay que insistir, con las palabras. Habladas, por supuesto, pero también escritas, enovilladas, “enmarañadoras, tal como pasa con el personaje, a quien el Chaco se lo traga”.
Y sin embargo, es un film también para los ojos. “El reto era conseguir el equilibrio, lograr imágenes que hagan el contrapeso, y ahí estuvieron Joaquín Sánchez, en la estética, y Paul de Lumen, en la fotografía”.
Director, guionista, actor. Juan Carlos Valdivia ha asumido esta vez muchos roles centrales. Y ha salido airoso. ¿Cómo ha sido posible? “Pura obsesión y trabajo. Me gusta preparar todo, soy metódico. Me digo ‘ésta es la parte donde tengo que actuar’ y la trabajo mucho; ‘y esta es la parte de la imagen y ésta lo otro’, y así sucesivamente. Ha sido extenuante para mí, de una concentración inmensa. Como ha dicho Cergio Prudencio (responsable de la música original), es una película contenida y en esa contención está su emoción”.
“Ivy Maraey”, cabe aclararlo, no es una película sobre el pueblo guaraní. No es Valdivia/Caballero quien lo retrata, sino quien se retrata a partir del descubrimiento del guaraní actual. Dependerá de él, como de cada espectador, seguir explorando, seguir pensando, seguir destruyendo preconceptos. Porque el color del mundo, que uno piensa que es el mismo para todos, tal vez no lo sea. ¿Acaso sabemos de qué color ven los ojos del otro? Al menos plantearse la interrogante parece un paso.
Ficha técnica
Título: Ivy Maraey (Tierra sin mal)
Dirección y guion: Juan Carlos Valdivia
Actores: Juan Carlos Valdivia, Elio Ortiz, Felipe Román, Francisco Acosta
Producción: Joaquín Sánchez y Matthias Ehrenberg.
Producción ejecutiva: Ximena Valdivia, Petter J. Borgli y Bjorn Puckler  
Director de arte: Joaquín Sánchez
Dirección de fotografía: Paul de Lumen.
Música original: Cergio Prudencio
Montaje: Juan Pablo Di Bitonto
Proyección en La Paz: Cinemateca Boliviana, Multicine y Megacenter

martes, 22 de octubre de 2013

Las suplicantes, lejos de su destino

 “Las suplicantes”, lejos de su destino
Cincuenta mujeres son solicitadas por sus primos para ser desposadas aun si ellas no están de acuerdo. Las jóvenes huyen aterrorizadas de Egipto a refugiarse en Argos; pero los pretendientes, que las consideran de su propiedad, las siguen y van a tratar de llevarlas tiradas de los cabellos, si es preciso. El rey Argos promete ayudar a las mujeres y darles hospedaje, consciente de que tal decisión podría llevar a su pueblo a una guerra.
Tal el resumen de una de las siete obras de Esquilo conservadas para la posteridad (la mayoría de sus escritos se perdieron irremediablemente), que se considera la más antigua del autor griego de tragedias como “Los siete contra Tebas” o “Los persas”, clásicos en la medida en que siguen hablándole al hombre, interpelándole acerca de su esencia y de su destino.
“Las suplicantes” plantea un tema que, dados los 16 siglos transcurridos desde que Esquilo la concibiera, se podría pensar totalmente superado: la cosificación de las mujeres, la ausencia total de libertad de decidir sobre sus cuerpos y sentimientos. Ellos, los primos, no tienen duda de que ellas les pertenecen, así que les parece natural el tomarlas.
Soledad Ardaya, una de los integrantes de El Desnivel (un espacio que se dedica a trabajar con el teatro, sea produciendo obras, sea formando gente, sea buscando la manera de que las creaciones nacionales lleguen a plataformas internacionales), ha elegido bien y hasta muy bien en función de su objetivo: explorar en la problemática de la trata de mujeres. Buen olfato, se diría, periodísticamente hablando, pues “Las suplicantes” es potencialmente una veta inagotable para dicho objetivo. Lo que hay que ver ahora es si el mérito va más allá de las intenciones.
Cinco jóvenes aparecen en escena vestidas como para ir a una fiesta, aunque en realidad, como se sabrá pronto, están escapándose de una o de varias en las que ellas no son las invitadas, sino el botín. Un hombre, que está sentado entre el público, va a interpelarlas, pues quiere saber quiénes son, de qué huyen y por qué llegaron a esa situación.
Ardaya, en tanto autora del texto y directora de la obra, pierde muy pronto los hilos que podrían justificar el haber apelado de manera tan explícita a “Las suplicantes”, ya que aun tratándose de una adaptación con todas las libertades que esto implica, lo que se espera es un discurso nuevo tanto o más poderoso que el que sirve de base. Y no ocurre así al menos por tres motivos: 1. Las palabras que en su pobreza y ausencia de matices no consiguen hacer despegar el imaginario de quien las escucha, tan despojadas están de poesía (y se optó por seguir a Esquilo, ¿no?). 2. La puesta, que busca sencillez pero cae en la simplicidad cuando no logra evocar sino ese lugar concreto de la actuación, cuando no lograr que la silla sea más que silla, que imágenes de mujeres trenzándose el cabello una a la otra no basten para acercar al público a su dolor y soledad. 3. Las actuaciones poco convincentes, producto seguramente de la escasa experiencia de los seis intérpretes. Por supuesto, una cosa lleva a la otra: cómo podrían estos actores novatos lidiar con un texto débil, o cómo un texto pobre podría remontar con una puesta limitante. En fin.
Con Esquilo, las mujeres huyen del incesto, pero también de la negación de su derecho a decidir. Sin muchas esperanzas de luchar solas, apelan a un rey y éste a su pueblo. Queda establecido que los dioses no verían con buenos ojos que se negara la ayuda. Qué idea tan fuerte para un problema, éste de la trata, que como sociedad la mayoría (autoridades incluidas) mira de lejos, como si no fuese de su incumbencia ni legal, ni moral ni ética. La propuesta de Ardaya incluye al personaje masculino como juez de esas mujeres, pero esta posibilidad —que podía ser interesante, sin duda— se diluye por los aspectos ya mencionados y entonces la obra sí que se queda en el camino de las buenas intenciones.

Ficha técnica:
Título: Las suplicantes
Dirección: Soledad Ardaya
Actuación: Gabriela Fuentes, Catalina Francisco, Daniela Lema, Emma Rada, Isabel Vega y Matías Cuéllar

Texto: Soledad Ardaya, adaptación de la tragedia “Las suplicantes” de Esquilo, fragmentos de Rosario Castellanos y Marcia mogro 

Asistencia de dirección: Debora Castillo
Colaboración escénica: Alejandra Tineo

sábado, 19 de octubre de 2013

Bolivia Clásica con Willem Stam

Mabel Franco, periodista

La noche del viernes, Bolivia Clásica —proyecto de formación de jóvenes músicos que encabeza Ana-Maria Vera— facilitó una experiencia capaz de convencer al público aun más escéptico sobre cuán importante es formar músicos, tenerlos al alcance del oído, pero también de los ojos, para permitirse la irrepetible vivencia de un concierto. Es decir: formar músicos no es un privilegio para éstos, sino para la sociedad que tiene el derecho de vivir en directo ese engarce de sonidos que llamamos música.
Esta vez, el violonchelista Willem Stam (Canadá-Holanda) fue el maestro que aceptó la invitación de Vera para trabajar con cuerdistas bolivianos y que, al cabo del taller, dejó ver la calidad que es posible alcanzar.
Vera, pianista internacional, considera que la formación musical en Bolivia es muy mediocre. La artista de origen boliviano decidió luchar contra esa mediocridad con la certeza  “de que los niños y jóvenes obviamente que  tienen el talento, pero necesitan oportunidades para cultivarlo”. Así nació el programa Bolivia Clásica, que en esencia es el acercamiento de grandes maestros instrumentistas que llegan al país para actuar en un festival y también para dar talleres y trabajar con quienes desean seguir una carrera en serio en la música. “Veo a los padres de familia de los estudiantes buscando la forma de enviar a sus hijos al extranjero. Es su decisión y nosotros trataremos de ayudarles; pero no es bueno para el país que todos quieran irse. Esos chicos deben tener las posibilidades de aprender en Bolivia”.
Un trío de cellos, un ensamble de violonchelos y la orquesta de cámara que ha formado el hermano de Ana-Maria, Armando Vera, desplegaron el viernes un repertorio que combinó obras fácilmente reconocibles por el grueso del público (“Carmen Suite”, de Bizet) y otras específicamente para violonchelo (“Serenata”, de Gabriel Pierné, y “Concerto per violonchelo Nº1” de Luigi Boccherini) que despertaron el entusiasmo por igual. La clave: una factura musical cuidada.
“Requiem Op 66”, de David Popper; “Bachiana Nº 5” (aria), de Heitor Villalobos; “Limoges”, de “Cuadros de una exposición”, de Músorgski, y la interpretación de Billie Jean (Michael Jackson) y el tema de la Pantera Rosa (Henri Mancini) completaron el programa destinado a mimar al espectador y en el que destacó la maestría de Stam, sea como músico solista, sea como director capaz de sacar a relucir el talento de los jóvenes cuerdistas.
El concierto, con ingreso gratuito, fue seguido por un auditorio repleto, aunque entre el público era fácil adivinar la presencia de padres y otros familiares de los músicos y otras personas vinculadas con el quehacer musical. Bien, pero igualmente una pena por quienes ni se enteran de que hay este tipo de ofertas en La Paz.
Ficha técnica
Bolivia Clásica, programa de formación dirigido por Ana-Maria Vera, maestro Willem Stam
Orquesta de Cámara Juvenil: Gabriel Bilbao, Jaime Kaiser, Guillermo Leonardini, Mireya Condo, Paul Belzu, Richard Gisbert, Rodrigo Sillerico, Neyen Finot, Rodrigo Guzmán, David Cuevas, Samuel Burgoa, Andrés Copa, Albert García (violines); Alejandro Mena, Ovidio Alvarado, Armando Vera (violas), Andrea García, Sara Vaca (chelos), Víctor Valda (contrabajo, invitado).

Iglesia Luterana, viernes 18 de octubre

domingo, 11 de agosto de 2013

“El Pacto”, química pura

Mabel Franco, periodista

¿Es el amor un pacto? ¿Es posible establecer cláusulas para un sentimiento? Si se lo piensa, ¿no existe? ¿Qué papel juega la neurofisiología en el amor y en la pasión? ¿Es posible manejar las variables químicas del enamoramiento para dominarlo? En definitiva, ¿se puede amar y ser libre? Porque de esta posibilidad o imposibilidad trata en verdad “El pacto”.
Camila Urioste se ha preguntado al respecto y ha llevado sus dudas al drama. Era preciso, claro, el salto al escenario y el director Fernando Arze asumió el trabajo junto con los actores Andrea Ibáñez y Bernardo Peña. La química ha funcionado, hay que decirlo de entrada, si no para cuestiones del amor, sí para el teatro y el resultado es “El pacto” que se presenta en Espacio Nuna de La Paz.
Quizás de inmediato, los humanos, en tanto seres amantes y amorosos, se sientan tentados a dar respuestas del tipo “el amor es la libertad” o “el amor no puede ser explicado” y cosas así. Además, qué tema manido el del amor. Pero no es la respuesta la que interesa tanto en “El pacto”, sino la duda misma en tanto obliga a indagar en las propias incertidumbres y miedos de una manera distinta y, por ello, capaz de sorprender.
Una joven mujer tiene una hipótesis que probar y para ello atrae, una noche en un boliche, al sujeto del experimento. Este sujeto no puede ser más distinto a ella: pura emoción, puro sentimiento. El juego seguirá su curso dejando asomar pronto las contradicciones, las inseguridades de uno y otro, y, quién sabe por qué proceso físico o no, dejando aflorar ese amor que, de todas maneras, no es garantía de eternidad; pero tampoco de muerte, de no-elección.
Unas sillas dispuestas en el escenario sirven a los personajes como elementos clave para narrar y para revelar ante los ojos del espectador la evolución de sus ideas y sentimientos. En principio están frente a frente, luego van a ser movidas para tender puentes, para crear intimidad, para volver al principio, para constituir laberintos y levantar barreras. Igualmente, una proyección de imágenes en movimiento o fijas ayuda a sustituir palabras, a amplificarlas o a contradecirlas. Todo suma para que la historia no se quede en una simple anécdota, sino en un tema humano con múltiples sentidos. Y esto es lo que gana un buen texto cuando se traslada a un espacio en el que el espectador se siente desafiado a buscar.
Por supuesto, nada tendría valor sin los actores. Ninguno de sus personajes es el mismo al final. Hay un proceso de maduración, de cambio, que se siente más que en las palabras, en el tono, en las actitudes, en los movimientos. Algo ha pasado en la escena, un universo ha sido encerrado en tiempo y espacio y como espectador se ha podido ser parte, casi tocar ese clima que hasta da miedo romper con el aplauso.
La música es, en todo esto, lo menos acertado. Mucho y muy alto por momentos, al grado de haber anulado las voces, por ejemplo en la escena del boliche. Más silencio aportaría a la magia.

Urioste, de quien hace poco se vio también “El crimen”, dirigida por Miguel Vargas, confirma su lucidez y el enorme valor añadido de una escritura pensada para la escena. Ibáñez sorprende como actriz llevando adelante una obra que recae sobre todo en su personaje. Peña, el actor boliviano que en breve retornará a Estados Unidos, donde radica desde muy joven, se hará extrañar aunque no sea sino por este papel en el que su naturalidad crea un personaje entrañable. Y Arze desmuestra sus cualidades para la dirección, que confirman lo que ya permitió vislumbrar con "Arte" este mismo año.

Ficha técnica
Título: El pacto
Dramaturgia: Camila Urioste
Dirección: Fernando Arze
Actuación: Andrea Ibáñez, Bernardo Peña
Asistencia de dirección: Brayan Chávez

Fecha de estreno: Octubre de 2013, La Paz