viernes, 6 de abril de 2018

Nuestro Santalla

Santalla firma autógrafos en el teatro municipal Saavedra Pérez, marzo de 2018


Cuando él mira de frente al auditorio o le da la espalda, éste va a seguirle totalmente entregado y dispuesto a beber hasta la última gota del elíxir.

Mabel Franco, periodista

Algo fascinante se produce cuando se deja de prestar atención a lo que pasa en el escenario y se la centra en la platea. Las risas dejan de ser un ruido, para constituirse en una cascada en la que es posible, si se escucha con oído fino, identificar las expresiones individuales de la felicidad o, al menos, del placer. Es un misterio que por segundos, se cree tocar. Este asomo a lo insondable del mecanismo humano de la risa lo logra David Santalla, comediante boliviano que vive una segunda vida a la manera de un nigromante. Santalla aparece en la escena y el cerebro de los espectadores, viejos y jóvenes, parece conectar con la fuente de la risa. Es automático, impensado.
Vestido como Salustiana o como Toribio, los personajes que rejuvenecen al actor que este año cumplirá 79 años, Santalla hace algo que no tiene explicación, que hay que presenciar para comprender. En la obra que acaba de mostrar en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez, “Imilla metete… cama adentro”, Salustiana recorre, a oscuras, de un extremo a otro del escenario ambientado como sala comedor de una vivienda. Su avance a tientas, que visto fuera de ese contexto no es nada extraordinario, tiene un algo que seduce y entonces uno muere de risa.
Que el aura que rodea al actor es sólo de él, quien seguramente es incapaz de explicar el misterio, parece probado por la forma en que la obra se enfría y decae apenas él sale del escenario. Su elenco sufre la gota gorda para llenar el vacío, sin lograrlo. Es el premio y el castigo del propio Santalla que, como todo humano tocado por los dioses, no puede transmitir dicho toque. Y por eso no tiene sucesores a la vista, apenas imitadores.
Muñeca del personaje Salustiana.

El humor de Santalla no es intelectual. Los temas de las obras que él escribe y dirige son banales, anecdóticos, intrascendentes. Incluso, peligrosamente estereotipados. Sus puestas son planas, con escenografía de emergencia, sin recursos de luces o sonido dignos de tomarse en cuenta. No es, pues, un Dario Fo, por mencionar un ejemplo de comediante.
El humor de Santalla tampoco parece funcionar fuera del teatro: no funciona como Stand Up, no llega al humor gráfico (basta leer sus historietas), tampoco es el mismo en una charla persona a persona.
Pero, ¿saben?, no importa. Cuando él mira de frente al auditorio o le da la espalda, éste va a seguirle totalmente entregado y dispuesto a beber hasta la última gota del elixir. A alguien como el Santalla del escenario teatral no se le debe pedir más sin el riesgo de cometer algún tipo de pecado.

Artículo para la revista Rascacielos de Página Siete, publicado el 1 de abril de 2018

sábado, 31 de marzo de 2018

Gonzalo Hermosa quiere "poner coto a lo extranjero"

"Entre los planes del nuevo director de Promoción del Folkore figura el cobro por difusión de la música: 10 centavos para lo nacional, 20 lo tropical y 30 el rock. También buscará que los teatros sean para lo boliviano". Así rezaba el epígrafe en la nota publicada el 6 de noviembre de 2002.


Mabel Franco, periodista


Gonzalo Hermosa será posesionado hoy a las 11.00 como director de Promoción del Folclore, en el Viceministerio de Cultura. El líder del grupo Los Kjarkas habló ayer con La Razón.

¿Cómo se justifica esta nueva dirección?
Es una necesidad de una gran mayoría de folcloristas que más o menos llegan a 500 en todo el país y están muy desatendidos.

Lo mismo podrían decir los teatristas, los artistas plásticos, etc. ¿Por qué no crear una dirección para cada sector?
Como folclore vamos a tomar todo lo que sea pensamiento nacional. Todo lo que pueda identificarnos como bolivianos. Vamos a atender lo que concierne a artesanía, casas disqueras, peñas, Gran Poder, Oruro, etc.

¿Cuáles van a ser los pilares de su trabajo?
Voy a empezar con la difusión. Hay que poner coto a muchas músicas que hoy tienen prioridad en los medios, como el rock, lo tropical, etc.

¿Y cómo va a hacerlo?
Sencillo. Cobrando la ejecución pública de la música así: 10 centavospor cada canción nacional, 20 lo tropical y 30 el rock. Hay que hacer que el Parlamento apruebe esto. También voy a ir por las escuelas para que los niños aprendan a bailar huayño, a tocar la quena y la zampoña. Voy a reunirme con los profesores de música y educación física desde kinder. Así es como vamos a lograr que los niños conozcan su tierra. El nuevo hombre nacional tiene que surgir desde ahí.

¿El Gobierno le ha ofrecido presupuesto para su trabajo?
Esta dirección la ha creado Gonzalo Sánchez de Lozada, que se ha preocupado mucho. No nos ha ofrecido dinero de entrada, sino que nosotros vamos a defender nuestro POA.

¿Sabe Ud. que el Ballet Folclórico trabaja en una casa que se está cayendo y que el Viceministerio no pudo reparar? ¿No será que la cabeza crece y la base está desprotegida?
La cabeza no va a crecer mucho. Pondremos a seis elementos a trabajar, no a 100 personas.

¿Quiénes serán?
Los hermanos Rubén y Roger Villarroel, folcloristas que han trabajado en Tarija y Sucre, y Gastón Guardia, el zampoñista de Los Kjarkas, entre otros.

¿Qué más se hará, aparte de la difusión?
Queremos escribir sobre el huayño, la cueca, el chuntunki. Entregar textos a los profesores de música. Hay que ver que los teatros se usen para cobijar a lo nacional y no a la cultura europea con sinfónicas y ballet...

Pero ¿se puede vivir mirándose solo a uno mismo?
El boliviano tiene baja autoestima. Envidia al hombre de afuera, no es feliz con lo que tiene.

¿Qué le hace pensar que, de ser esto así, va a cambiar?
No voy con la seguridad ni facilidad de ganar. Pero voy a batallar. Si no hay presupuesto aquí, vamos a traerlo del extranjero.

¿No es una contradicción: teatros para lo boliviano, no lo foráneo, pero fuera se va a extender la mano por dinero?
Podemos acudir a Japón, seguro nos  va a dar. Los americanos, también. Y si no resulta, si no hay presupuesto, en último caso  no tengo nada que perder, pues vuelvo a Los Kjarkas, con los que gano mucho.    

lunes, 12 de marzo de 2018

La residencia de Italia está en tierras de los Cusicanqui.


Desde 2012, la casona se erige en un terreno que en 1888 pertenecía a Fermín Cusicanqui. Este hombre, que había nacido en 1840, era del linaje de los caciques de Calacoto (región altiplánica de la provincia Pacajes de La Paz). 

Mabel Franco, periodista
Fotos, Wara Vargas

En la plaza 16 de Julio de Obrajes —más paceña, imposible—, justo en la acera que está en frente de la iglesia del Señor de la Exaltación, un muro de pinos de una cuadra resguarda el hogar del Embajador de Italia. Es fácil darse cuenta de que allí se habla el idioma de Dante, pues entre los techos cubiertos de tejas que se ven desde la calle Díaz Villamil flamea la bandera verdeblanquirroja.

La construcción, que data de principios del siglo XX, está muy bien conservada y luce su belleza a un lado del inmenso jardín que alguna vez tuvo incluso una piscina, de cuyo recuerdo queda una casita en la que se refugiaban los bañistas.

La propiedad, “una de las más hermosas villas en La Paz”, a decir de Philipp Schauer, el exembajador de Alemania que se había dedicado a investigar la historia de obras arquitectónicas en la urbe (ver recuadro inferior), se erige en un terreno que en 1888 pertenecía a Fermín Cusicanqui. Este hombre, que había nacido en 1840, era del linaje de los caciques de Calacoto (región altiplánica de la provincia Pacajes de La Paz).

Descendientes de Túpac Inca Yupanqui, los Cusicanqui eran parte de la nobleza que los españoles reconocieron, como explica la historiadora Laura Escobari de Querejazu —también una Cusicanqui— , autora del libro De Caciques nobles a ciudadanos paceños. Historia, genealogía y tradición de los Cusicanqui, s. XVI-XXI.

Fermín Cusicanqui, ya ciudadano de la República de Bolivia, era “socio de varias empresas comerciales, poseía varias propiedades en La Paz, haciendas y minas, era socio de un banco y cofundador del Club de La Paz”, enumera Schauer. Y Nueva Economía, en un artículo sobre el empresariado paceño, escribió en 2010 que don Fermín fue, junto a Justo Pastor Cusicanqui,  uno de los primeros empresarios del transporte que tuvo La Paz. “Estos emprendedores, en las recuas de sus mulas, en 1860 hacían posible el comercio desde La Paz hasta Oruro y Cochabamba y viceversa. Venían del sur con sal y llevaban coca a las minas. A ellos les siguieron los que se dedicaron al negocio de rentar carretas jaladas por mulas y llamas que, aún ante la llegada del ferrocarril, se mantenían vigentes disputando la demanda del transporte”.



Una primera construcción en el terreno de Obrajes fue demolida en 1912 y la segunda, aún hoy en pie, fue elevada en 1921. Al morir Cusicanqui, en 1924, la casa no pasó a manos de ninguno de sus seis herederos, pues la había vendido a Jorge Saenz Cordón, un magnate de la construcción que en principio la usó para pasar el fin de semana y luego se instaló en ella.

En la década del 40, el bien pasó a manos de los italianos Pedro y Nicolás Linale, comerciantes que habían llegado a Bolivia junto con el checoslovaco Federico Weiss y que se dedicaron a importar carros de lujo (Austin, por ejemplo), motocicletas, las máquinas de escribir Olivetti, armas y hasta locomotoras. Su tienda-taller, aporta más datos el Embajador de Alemania, estaba en la avenida Montes y Uruguay.

Luego de la Revolución de 1952, la casa pasó a ser residencia de la Embajada de Perú y en los años 60, de Italia, representación diplomática que finalmente adquirió la propiedad.

La actual posesión extraterritorial italiana ocupa solamente una parte de lo que fue el predio Cusicanqui, el que llegaba, hacia el oeste, hasta el Choqueyapu. Hoy, la avenida Costanera y el terreno donde se ha construido el hospital de la Caja Petrolera lo separan de aquel río.

De todas maneras, el predio es enorme. Sólo la casa ocupa 400 m2 y  hay otra edificación posterior que los Linale utilizaban para exponer las máquinas que vendían. Están también los cuatro niveles de jardín con pinos, alguna palmera y flores ornamentales, incluido un conjunto de cactus y setos.

La vivienda, de cuyo diseñador no se tiene datos, es de dos plantas. Dos curiosidades han llamado la atención de sus ocupantes actuales. La primera es una capilla en la parte superior, que De Chiara utiliza para dibujar, una afición que se le ha desarrollado desde que está en La Paz. En dicha capilla se aprecian unos vitrales que son obra de Antonio Morán Gismondi, uno de los artistas de la familia vinculada con la fotografía en Bolivia. Obras suyas están también en edificios privados y públicos como el Palacio de Gobierno y la Subalcaldía de la zona Sur en La Paz; la Casa de la Libertad en Sucre, la Escuela de Comando y Estado Mayor Militar en Cochabamba.



La segunda curiosidad es un escondite para dos personas de pie que se halla en el cuarto cuerpo del librero que está en el ala derecha de la planta baja.

En un país políticamente turbulento, como muestra la historia de Bolivia en el siglo XX —en cuyos inicios, como se ha dicho, Cusicanqui encargó la construcción—, un escondite no estaba demás.

Recuenta Schauer que en 1930, Saenz Cordón convocó a una reunión de alto nivel con hombres de negocios, “con la intención de desarticular un inminente golpe de estado/revolución en contra del presidente Hernando Siles Reyes”, quien había logrado evitar una guerra con el Paraguay, pese a la presión de la gente.

No lo consiguieron. A fines de ese año, otra reunión, con todos los partidos del momento, principalmente liberales (Saavedra, Salamanca y Bustamante, entre ellos), decidió dar su respaldo a la candidatura de Daniel Salamanca. Éste, efectivamente, terminó sentado en la silla presidencial y llevó al país a la Guerra del Chaco.

Pero, basta de historia. El presente encuentra a la casa en un sector de Obrajes que mantiene un entorno arquitectónico coherente. Por ejemplo, la casa del presidente Bautista Saavedra (de fines del siglo XIX y principios del XX) está en una esquina frente a la residencia. Lo lamentable es que ya asoman edificios de varios pisos que amenazan con quebrar la armonía.

En 2016, la propiedad fue reconocida por el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz como Patrimonio Arquitectónico y Urbano de la ciudad.


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Fermín Cusicanqui Mostajo (1840-1924). Uno de los seis hermanos descendientes de los caciques de Pacajes establecidos en La Paz. Hábil comerciante, fue dos veces munícipe de La Paz, diputado y cofundador de la Cámara de Comercio paceña. Foto y datos del libro ‘De caciques nobles a ciudadanos paceños’, de Laura Escobari de Querejazu (La Paz, 2011).  (ver foto en fotogalería)

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Guía turística e histórica de La Paz. Philipp Schauer, quien en 2013 era embajador de Alemania en Bolivia, editó una guía en castellano e inglés (Ed. Gisbert, 2013), que hace un recorrido por los edificios notables de La Paz. En ella se recogen datos sobre el pasado de inmuebles privados y públicos que se pueden hallar en la urbe, por ejemplo la residencia de Italia.

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La nota fue publicada originalmente el 23 de junio de 2013 en la revista Escape de La Razón

Residencia alemana en La Paz: la casa de los encuentros

Detalle de la fachada. Foto: Pedro Laguna.

Luis Ernst construyó una casa de estilo alemán a principios del siglo XX que, en 1948, su yerno Ernesto Fricke llenó de detalles barroco mestizos. La casa es territorio alemán, pero su historia es parte del patrimonio paceño.

Mabel Franco, periodista
Fotos: Pedro Laguna

En medio de las características arquitectónicas, que no son pocas: altorrelieves, rotonda, senderos de piedra, azulejos, jardines... la vista recae, inevitablemente, en las puertas de la antigua mansión Ernst Rivera. Cada una es diferente, como si el constructor hubiese buscado con particular interés que el paso de un ambiente a otro no pasara desapercibido. 

La casa que se levanta en la zona de Obrajes de La Paz es, desde 1955, la residencia del Embajador de Alemania. El habitante que tuvo en 2012, Philip Shauer, no se conformó con pasar por la vivienda de dos pisos, sino que, fiel a su inquietud de “turista profesional”, como se define, se convertió también en detective. Resultado de sus pesquisas, ahora existe un folleto, que se halla en el vestíbulo de la casa, en el que se resumen los datos esenciales de la historia de un inmueble que se remonta a 1900 y que refleja los lazos entre Alemania y Bolivia. 




Los Ernst
En el terreno que iba desde la actual vía Díaz Villamil y Calle 7 de Obrajes, hasta el río Choqueyapu, a principios del siglo XX fue erigida una vivienda de campo, en medio de árboles de pino y palmeras. Allí solía ir de paseo la familia del empresario alemán Ludwig (Luis) Ernst, uno de los fundadores de la Cervecería Boliviana Nacional. Este hombre tenía una agencia de aduanas en Puerto Pérez y representaba a varias firmas alemanas. 

Don Luis se casó con una boliviana de apellido Rivera y tuvo cinco hijos. Uno de ellos, Hugo, llegó a ocupar cargos públicos de importancia: Embajador de Bolivia en Berlín entre 1938 y 1941, tiempo en el que ayudó a refugiarse en el país a ciudadanos judíos; Ministro de Defensa y de Economía, Prefecto de La Paz (con Hernando Siles) y Alcalde de la ciudad (1952), además de que hablaba un aymara fluido. August, llamado Cuto, fue piloto, sirvió personalmente a Germán Busch y falleció en un accidente en el Sajama en 1938. Y Raúl, Louise (Lucha) y Carmen. Todos ellos acordaron no dividir la propiedad, a la muerte del padre, sino habitarla cada uno por cierto tiempo. 

Carmen, que en Alemania conoció a quien sería su esposo, el boliviano-alemán Ernst (Ernesto) Fricke Lemoine, ocupó la vivienda alrededor de 1948.El embajador Shauer hace notar que este Fricke, nacido en Cochabamba, era pariente de los empresarios de Oruro con quienes Simón I. Patiño trabajó antes de adquirir la mina La Salvadora e inclusive durante los primeros años de búsqueda del estaño en ese sitio. Fueron sus empleadores, que confiaron en la palabra de Patiño, los que le permitieron seguir adelante en los tiempos más difíciles. 


Fricke Lemoine, en todo caso, fue quien decidió hacer modificaciones en la casa; según un estilo Art Decó germano de los años 20 —con techos interiores del gótico alemán—, y le añadió elementos como la construcción circular que destaca en la parte posterior, hacia el jardín, y un pabellón de té estilo japonés. Pero sobre todo le dio un estilo barroco mestizo en la fachada (tallado en piedra y madera) y en  las puertas (algunas de ellas conseguidas de antiguas construcciones coloniales que estaban derruidas) que tanto llaman la atención en la actualidad.

Según dedujo Philip Schauer, Fricke cultivó la amistad del pintor Cecilio Guzmán de Rojas. No se sabe qué grado de cercanía existió entre ambos, pero la familia del pintor indigenista acudió a la mansión de Obrajes para pasar días de campo. Tal vez  estos hombres hayan comulgado en su admiración por la cultura boliviana. Lo cierto es que en las paredes del vestíbulo destacan dos retratos de indígenas que, según le explicó al embajador el hijo del artista, Iván Guzmán de Rojas, corresponden a una pareja de chipayas pintados por su padre. 

Ernesto Fricke Lemoine, que vivió su juventud en Alemania, tenía un acento germano muy marcado. Y era excéntrico. “Le gustaba firmar sus cartas como Emilio, llevaba siempre un portafolio negro y vivía a lo grande”, describe Schauer. Además, “conducía un Cadillac celeste de dos puertas, tenía un departamento lujoso en Buenos Aires, otro en Punta del Este y otro más en Alemania”.

La pareja de Ernesto y Carmen no tuvo descendencia. Cuando los esposos se marcharon a Argentina, la casa fue alquilada a la Embajada de Alemania, que terminaría por adquirirla en los años 60.
El destino de los Fricke Ernst fue trágico. Ella murió ahorcada en un asalto en su domicilio de Buenos Aires y Ernesto falleció en un hotel en Madrid. Se notificó del deceso a la Embajada de Bolivia —él mismo había sido diplomático del país en Praga y Berlín—, pero no hubo respuesta; entre tanto, su habitación fue asaltada y el otrora afortunado ciudadano terminó enterrado en una fosa común.

Tan llena de detalles



La casa está rodeada de altísimos árboles. “Deben tener más de cien años, pues en el altiplano crecen lentamente”.

Los jardines y la vivienda ocupan tres niveles, a la manera de terrazas; un cuarto se ha perdido para dar paso a la avenida Costanerita. La planta baja del edificio es el área para recibir a los invitados: tres ambientes amplios donde destacan algunos muebles barrocos (una consola con rostros de ángeles y un espejo) adquiridos probablemente por Fricke. También figuran un reloj inglés dorado y un pavo de plata de 1767, herencia de Luis Ernst. Y en la segunda planta, de ocho habitaciones, es donde vive la familia del embajador en Bolivia.

Los pisos son de pino de Oregón, que se mandó traer de EEUU, pues era más fácil que acceder a Santa Cruz a falta de vías de comunicación.

“Es una casa imponente; no es la que yo construiría, seguramente, pero tiene atmósfera, historia, además de que quienes la construyeron reflejan los lazos entre Bolivia y mi país”, decía Schauer.
El embajador no sólo investigó sobre la que esa vivienda, territorio alemán en el sur de La Paz, que cobijó a perseguidos políticos en los años 80, sino que elaboró una guía sobre otras casas con historia, entre ellas las residencias de Japón, Italia y Francia.  

El diplomático —que publicó además una guía muy práctica sobre las iglesias del altiplano de La Paz y Oruro (editorial Gisbert), con DVD incluido— se divertía al citar que entre sus antecesores, hubo algunos “que criaron llamas en el jardín y monos en el pabellón de té, o un perro enorme que era famoso en el barrio”.

Lo “bueno es que todavía hay gente que puede contar sobre esta casa”, por ejemplo, Clemencia Ernst de Montenegro, hija de Hugo, quien vivió diez años en ella. 


La nota fue publicada originalmente en la revista Escape de La Razón, el 22 de abril de 2012





lunes, 8 de enero de 2018

La mansión de Aramayo, un Barón del estaño, es la casa de Brasil

El inmueble, que ocupa 1.500 m2, entre la avenida Arce y la del Poeta en La Paz,
tiene en su edificio central el estilo provenzal francés. Foto: Pedro Laguna.
La lujosa propiedad fue abandonada en 1952 con premura por la familia de quien la mandó a construir. Se acababa el reinado suyo y el de Patiño y Hochschild en la Bolivia minera.

Mabel Franco, periodista

Carlos Víctor Aramayo Zeballos era un hombre de gustos exquisitos. Miembro de una dinastía de mineros de la plata y del estaño en Bolivia, él vino al mundo en París en octubre de 1889. Se educó en Inglaterra y, cuando le llegó la hora de ocupar el lugar que su abuelo, José Avelino Aramayo Ovalle (1908-1882), y su padre, Félix Avelino Aramayo Vega (1846-1929), le heredaron, lo hizo con la seguridad de quien no sólo poseía una fortuna, sino el instinto de sus antepasados y la educación para aprovecharlo.

“Era un magnate y, cuando decidió asentarse en La Paz, por supuesto que no iba a vivir bajo el puente Abaroa ni iba a frecuentar, sino a los grandes empresarios”, ironiza Edgar Ramírez Santiesteban, jefe del Archivo Histórico de la Minería Nacional, cuya sede está en El Alto.

El Club de La Paz no le pareció el espacio para honrarlo con su presencia, “no le gustaba que allí estuviese mezclada la sociedad paceña”, así que creó el Club de la Unión (hoy Círculo de la Unión, en la calle Aspiazu), donde se reunían 14 destacadísimos empresarios.

Su vivienda no podía ser cualquiera ni de menor jerarquía que la que había levantado en La Paz, en su tiempo, otro minero, Benedicto Goitia (el patio de su hacienda estaba donde hoy se levanta la plaza Isabel la Católica, dice Ramírez). Así que, luego de adquirir propiedades hacia el sur de la Alameda (El Prado), cerca de la entrada a Obrajes, “probablemente de descendientes de Goitia”, encargó el diseño de una casa a los arquitectos de la firma dinamarquesa Christian & Nielsen. Y, para la edificación, hizo llamar a arquitectos argentinos de la oficina Acevedo, Becú y Moreno. Eran los años 30 del siglo XX.

El barón del estaño, uno del trío que se completaba con Simón I. Patiño y Mauricio Hochschild, vivió, junto a su esposa, la francesa Renee Tuckermann, en esa propiedad que la pareja tuvo que abandonar precipitadamente en 1952, año en que, revolución de por medio, fueron nacionalizadas las minas en Bolivia.

En la propiedad que se extiende entre la avenida Arce, por el oeste, y la Avenida del Poeta, por el este, hoy se habla el portugués. El embajador brasileño tiene allí su residencia. Aramayo —que se radicó en París, hasta su muerte en 1981— la alquiló al Gobierno de Brasil al irse de Bolivia, y los inquilinos terminaron por adquirirla en 1972.

Apenas se traspone la puerta principal, destaca un edificio de dos pisos de estilo provenzal francés. La piedra y la madera se combinan en la fachada que se abre continuamente gracias a los ventanales y los balcones. Y si bien la belleza de la estructura cautiva al observador atento, mucho más si se pasea por el interior, lo que atrapa, lo que convence sobre que Brasil se ha instalado en el centro paceño —un centro de ladrillo y cemento— son las inmensas áreas verdes, los jardines.

Plantas trepadoras se han adueñado de los muros; los árboles rompen los espacios horizontales de césped y dividen ambientes o crean un marco natural desde el que se aprecia el Illimani... Rosalee Biato, esposa de quien en 2012 fue el embajador en Bolivia Marcel Biato, tenía sembradas especias y otros vegetales necesarios para la cocina. “Es como un jardín botánico”, dijo entonces y hasta por las terrazas descendentes, que llegan hasta la avenida del Poeta, la imagen es correcta si se piensa en el botánico municipal que respira en la zona de Miraflores.

En la casa hay mucho de los Aramayo: muebles y cuadros, en particular. Cada nuevo inquilino aporta luego lo suyo a la decoración.

En el comedor, por ejemplo, luce una imponente mesa de roble con sus “26 sillas de estilo Régence y tapicería Aubusson”, así como “los platos de porcelana de la Compañía de Indias” en el trinchante, como identifica Marie France Perrin en el libro Casa Boliviana (2003).

Todos los espacios construidos, que se reparten en el área total de 1.500 metros cuadrados, son ocupados por la familia diplomática, sus colaboradores y el personal de seguridad.  Pero, la que es casi un santuario es la biblioteca que se halla en la planta baja. La habitación ampliamente iluminada, con un escritorio francés estilo Luis XV con chapas de metal y un secretaire colonial, conserva los libros que seguramente eran de la preferencia del empresario minero y principal accionista del periódico La Razón de principios del siglo XX.

Encuadernados, acomodados en los estantes empotrados que se mimetizan en los muros revestidos de madera, están los textos  en inglés, francés o castellano; poesía, novela, teatro, historia. Destaca la primera edición en español de La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Y se dejan ver la Biblia, obras de Shakespeare, Víctor Hugo, Cicerón, Voltaire, Virgilio, Edgar Allan Poe, Hemingway. Nietszche... Un ejemplar tienta de manera particular: el tomo correspondiente a Bolivia de la serie Crónicas americanas (1916), escrito por el periodista, historiador y poeta argentino Wenceslao Jaime Molins.

La luz del sol se cuela por la ventana que da al jardín principal, cuyos pesados cortinajes han sido descorridos sólo para la visita y las fotos. El resto del tiempo, la oscuridad resguarda el legado bibliográfico de Aramayo.

En los corredores, en las salitas intermedias, allí donde se mire hay más obras de arte. “Cuadros europeos al óleo de la escuela romántica y de la escuela italiana de Canaletto”, que pertenecieron a Aramayo, apunta el libro de Marie France Perrin.

En la parte posterior de la propiedad se encuentra otra estructura de piedra. A ese lugar se accede también por la avenida Arce y, luego de atravesar un corredor flanqueado por árboles, se desemboca en un pequeño patio con una fuente de agua. En ese edificio está ubicado el piano de cola del empresario minero. Hay que recordar que ya su abuelo, José Avelino, se preocupó de que en su vivienda de Tupiza (Potosí) hubiese un piano y maestros italianos de música que daban las clases a los cuatro hijos del patriarca. En los muros del centro se exponen los planos de la casa restaurados durante la gestión del embajador Frederico César de Araujo, cuyos colaboradores los habían encontrado en 2006, muy deteriorados en el subsuelo de la residencia. Telmo Román, artista y docente de la Academia de Bellas Artes de La Paz, realizó la recuperación de los diseños en papel.

Otro trabajo de recuperación que ha emprendido la Embajada de Brasil involucra el área verde que colinda con la Avenida del Poeta. Ese lugar lucía como un monte de tierra y hierbas. Ahora está irreconocible con los senderos empedrados que zigzaguean en medio de vegetación y árboles. Más piedra se ha utilizado para un gran muro de soporte, en cuya parte inferior se abre una gruta. Los planes de la embajada eran muchos para aprovechar esa infraestructura en eventos culturales, aunque hoy, año 2018, no se han concretado.

La residencia brasileña en La Paz ha sido elegida para ser parte de un libro que en Brasil se editaba en 2012 sobre los inmuebles más bellos que ese país posee en el mundo.

En rigor, la propiedad es territorio brasileño. De todas maneras, el muro compacto, que abarca casi toda la cuadra y se ve desde la avenida Arce, luce una plaqueta de la Alcaldía de La Paz  en la que se lee: “Este edificio fue declarado patrimonio cultural, arquitectónico, urbanístico e histórico de la nación”.  

De reyes de la plata a barón del estaño
La plata coronó en Bolivia a tres reyes, dice Edgar Ramírez y cita: Aniceto Arce, Gregorio Pacheco y José Avelino Aramayo. Este último arriaba mulas llevando minerales de las empresas de alrededores de Tupiza, y hábilmente fue haciendo negocios hasta llegar a tener 14 empresas grandes. El hijo, Félix Avelino, fue otro hábil minero, capaz de sortear la crisis del metal que dejó en la pobreza a muchos otros; “él hizo un viraje a tiempo y explotó bismuto, wolfram y estaño”. Su hijo, Carlos Víctor (foto), en esa línea se convirtió, como Patiño y Hochschild, en un barón del estaño. Fue director de la Compañía Aramayo de Minas; Ministro de Hacienda y diplomático en Londres. Y si Hochschild fue dueño de Última Hora y Patiño puso capital en El Diario, Aramayo lo hizo en La Razón, periódico que llegó a ganar el premio María Cabott.

Nota publicada en 2012 en la revista Escape de La Razón, como parte de una serie destinada a las residencias diplomáticas en La Paz.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Goya Veizaga: “… Y sigo estando aquí”




Goyita Veizaga en los años 40, cuando encarnó a Doña Julia, en "La calle del pecado".
Foto: Galerìa del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pèrez.

La compañía Roco Salmón (de Raúl Salmón) convocó a la joven de 18 años para ensayar una obra “fuerte”. El papel femenino clave recayó en ella, y así Goya Veizaga se convirtió en Doña Julia, esa mujer avejentada, desdentada y sin reparos a la hora de reclutar jovencitas para su prostíbulo de la calle Condehuyo. El autor, un estudiante de medicina de nombre Raúl Salmón de la Barra, condujo los ensayos hasta que, entrado el año 40, la obra de teatro social estaba lista para mostrarse al público.

Mabel Franco, periodista

“Hoy estoy aquí, mañana no sé, pasado mañana, ¡ay!, donde estaré”. Esta parte del popular huayño se había convertido en la tarjeta de presentación de la cantante Goya Veizaga, quien la entonaba cada vez que hacía su ingreso en la radio Illimani.

Goyita, hija de Ángel Veizaga Flores y Candelaria Bravo, nacida en noviembre de 1920, creció arrullada por la guitarra de su padre, que como buen cochabambino se complacía al entonar temas vallunos, y la voz de su madre, una paceña que seducida por Libertad Lamarque cantaba como ella eso de “Negrita chabelona de mi barrio”.

“Es extraño, pero desde mis 96 años actuales afirmo que tengo los recuerdos más nítidos de mis dos primeros años de vida, de los viajes en tren, de lugares como Machacamarca o Antofagasta, adonde mi padre nos llevaba obligado por su trabajo en el ferrocarril”.

Parte de esos recuerdos tiene que ver con una niña haciendo fonomímica con guitarra en mano, sombrero de lado y porte de Carlos Gardel. “Mi padre se entusiasmaba muchísimo y me pedía que repitiese una y otra vez el número”. Como haría luego, cuando ya estudiante de colegio en La Paz, vestida con la falda plisada y la boina roja propias del establecimiento “Juana Azurduy”, dominaba los pasos del charlestón.

En esa memoria privilegiada resalta también un hecho que la marcaría de por vida: la asistencia a una función de teatro en el Municipal, que por entonces, años 20, no llevaba todavía el nombre de Alberto Saavedra Pérez. Wenceslao Monroy, Carlos Cervantes, Cristina Cordero, “la primera actriz que vistió una pollera en el escenario”, impactaron a la niña de siete años que sintió que en ese espacio se podía ser feliz.

Cantar se hizo natural para Goya Veizaga. Y tan bien lo hacía, que sus compañeras del colegio la animaron a participar del concurso de aficionados que había en la radio Patria de los hermanos Freire. “Fui y, como todos los participantes, ensayé mucho guiada por el pianista Felipe Ballón Vargas”. Ganó y su premio fue un contrato para cantar durante un mes en la emisora. Valses peruanos, tangos, boleros salieron en la voz de la muchacha de menuda contextura y negro cabello.
Junto a sus hermanos José y Mario Veizaga y a Arnaldo Cabello, en 1950. Foto: Archivo Techy Suárez.

A los 18 años, Goya entró a estudiar en la Escuela de Arte Escénico que funcionaba en el edificio contiguo al Teatro Municipal, hoy Casa del Maestro. “Subía por las gradas anchas y era maravilloso”. Y mucho más cuando la elegían para papeles de extra, papeles chicos, que la fueron preparando para lo que se vendría en el año 39.

En la calle del pecado
La compañía Roco Salmón -que así la bautizó Raúl Salmón- convocó a la joven de 18 años para ensayar una obra “fuerte”. El papel femenino clave recayó en ella, y así Goya Veizaga se convirtió en Doña Julia, esa mujer avejentada, desdentada y sin reparos a la hora de reclutar jovencitas para su prostíbulo de la calle Condehuyo.

El autor, un estudiante de medicina de nombre Raúl Salmón de la Barra, condujo  los ensayos hasta que, entrado el año 40, la obra estuvo lista para mostrarse al público.

“Don Raúl nos reunió un día y nos dijo: Vamos a estrenar en Oruro; allí, en una ciudad más pequeña, probaremos suerte”. Había resquemor por las repercusiones, pues nadie antes en La Paz había tratado el tema de la prostitución de una forma tan descarnada.

Carlos Pumarino, Tito Landa, Hugo Roncal, Humberto Rada, el propio Salmón, Goya Veizaga, entre otros, con los aplausos orureños como garantía se animaron a mostrar “Condehuyo o La calle del pecado” en el Teatro Municipal de La Paz.

Fue un suceso. “Cada día teníamos filas de gente esperando entrar. Carlos Pumarino, que además de buen actor era un excelente maquillador, me convertía en doña Julia” y, por tanto, Goyita, la joven, quedaba irreconocible.

La prensa local calificó el atrevimiento de “vigorosa y valiente composición del autor boliviano… que delata la prostitución y sus consecuencias”. Y la consideró “superior a la obra francesa El beso mortal (??)”. Más tarde, cuando la repuso la Primera Compañía de Teatro de Lucho Espinoza, se puso textualmente: “La empresa recomienda a las personas nerviosas abstenerse de presenciar este espectáculo”.

La obra giró por ciudades y pueblos del país. En el Teatro Omiste de Potosí, adonde llegó luego de 40 representaciones en La Paz, se la anunció como “sensacional drama”, aunque “estrictamente prohibida para menores e impropia para señoritas de 16 años”. 

En Cochabamba, cuyo Teatro Achá acogió dos obras de Salmón en 1944: “El canillita” en matiné y la representación 105 de “Condehuyo”, en noche (21.30). se alertó en los avisos de prensa sobre esta última:  “¡Estrictamente prohibida para menores”, además de anunciarse que “se está filmando en México” (algo que no se efectuó, que se sepa).

En Sucre se repitieron los elogios y también la alerta en mayúsculas: “Estrictamente prohibida para menores e impropia para señoritas”, pese a que una de ellas era principal figura.

Cuestión de genes
A principios de los años 40, la veinteañera Goya fue madre. “Soltera”, aclara la nonagenaria sin pizca de reparos. Teresa, la hija, heredaría la pasión por el canto y una voz intensa que la llevó, un 2 de junio de 1960, a debutar en el Teatro Municipal de La Paz y, de allí, a Lima para ser reconocida como artista revelación de 1963, y a Buenos Aires para grabar un primer disco. Pero Techy Suárez, tal el nombre con que se hizo conocida la hija, merece otra nota que describa sus actuaciones junto a Argentino Ledezma, Javier Solís, Enrique Guzmán y Cantinflas, por citar a los grandes.

Antes de dejar a Techy, cabe resaltar que ella y otros artistas de la “época de oro” organizan actuaciones, como la que se producirá este mayo de 2017 en el Municipal, bajo el cobijo de Arteporbol; de una de esas veladas del recuerdo fue parte Goyita en 2016.
Goya Veizaga en marzo de 2017 muestra sus fotos de juventud. Foto: Mabel Franco.

“Genes”, explica la aludida la razón de su propio camino por el arte, el de Techy y de sus otras hijas, nacidas ya de su matrimonio con el señor Besares, nietos y bisnietos, todos con algún perfil artístico.
Como “cancionista”, vocablo con que se presentaba a las mujeres que cantaban en los años 40 y 50, según se lee en las notas de prensa y de publicidad de la época, Goya escaló poco a poco. La radio Illimani –de propiedad del estado-- fue un primer gran peldaño profesional, “pues para cantar allí había que ser muy buena; nadie entraba de forma directa”.

Radio, teatros, televisión… el público la aplaudió en distintos escenarios. Y la vio siempre elegante, muy bien peinada y maquillada, como ahora que asiste a la entrevista. “Me dicen que soy coqueta, y yo respondo que así voy a morirme; me arreglo sola, el cabello, las cejas, y una de mis hijas me ayuda con el retoque. Son muchos años de cuidar mi aspecto como para dejar de hacerlo ahora”.

De las canciones que hizo propias, su favorita es el vals peruano “José Antonio”, de Chabuca Granda. Sin más, la entona enterita, estrofa por estrofa: “Por la vereda viene cabalgando José Antonio, se viene desde Barranco a ver la flor de Amancaes… José Antonio, José Antonio, por qué me dejaste aquí…”, fluye la voz cascada por los años, pero correcta a la hora de poner acentos y modulaciones que convencen sobre el amor entre cancionista y canción.

Algo incontenible se desata en la mente de Goyita, sentada como está en una de las oficinas del Teatro Municipal Saavedra Pérez, “mi casa, mi hogar, mi templo”, y entonces surge otro vals peruano, aquel que sentencia: “Todos vuelven por la ruta del recuerdo, pero el tiempo del amor no vuelve más”.

“En la radio Illimani debías dejar el programa 24 horas antes –pide que se tenga en cuenta mientras recorre con paso lento, vigilado de cerca por Techy Suárez, el pasillo de la salida de artistas del teatro. “Ellos preparaban así el libreto, con tiempo, y entonces todo quedaba perfecto. Yo entraba siempre con eso de ‘… ¡ay!, dónde yo estaré’ . Y, miren, sigo estando aquí…”.
 
Interpretando una canciòn cuyos versos están en la memoria de la artista. Foto: Mabel Franco.