lunes, 19 de julio de 2021
"En Bolivia, cada uno está aferrado a su bacín"
lunes, 10 de mayo de 2021
Morayma Ibáñez , la pasión en la escena
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| Morayma Ibáñez como Juana Sánchez. Archivo de la actriz. |
Mabel Franco, periodista
Era la última de la fila. Con sus ocho años y un tutú resaltando sus largas piernas, asomaba apenas en el grupo que ponía en escena La danza de las flores, de Tchaikowski. La maestra Ileana Leonidoff la había aceptado y la haría participar en Cascanueces, El bacanal y otras obras en las que Morayma desaparecía más que aparecer.
Su mamá Alicia Von Borries estaba orgullosa de su pequeña. Ella sí sería artista, papel
que había soñado para sí desde que en el colegio ganara el papel de Simón
Bolívar. El problema era que el papá de Morayma no quería oír hablar de bailes
ni de actrices.
Del ballet,
Morayma pasó a las danzas folklóricas. Así las sorprendió, a la niña y a
la madre, el abogado José Ibáñez Estrada. Se temía una tormenta; pero al
aymarista y conocedor de las danzas nacionales no sólo autorizó a su
primogénita, sino que se le unió con tanto o mayor entusiasmo que doña Alicia.
Con los años. del baile,
Morayma Ibáñez daría el salto al teatro, se uniría a Nuevos Horizontes de Liber
Forti, sería alumna de Grotovski en Nancy (Francia), daría de qué hablar con
sus interpretaciones enérgicas en la escena nacional para, finalmente, sin
dejar la actuación, dedicarse a los niños como titiritera.
Fantasía boliviana
En los años 50,
con el señor Ibáñez en la producción y la adolescente Morayma como primera
bailarina –elegida como tal por el coreógrafo Jorge Vargas --, las revistas
folklóricas marcan historia. Fantasía boliviana llena el Teatro
Municipal Alberto Saavedra Pérez noche tras noche. El éxito obliga al grupo a iniciar una gira por
América: países vecinos, México, Estados Unidos reciben al elenco. Quien se
alegra y sufre a la vez es la señora Alicia al ver que la pasión se desborda y lleva al
esposo a hipotecar la casa, todo en aras del arte.
Policromías
del Ande, Mayasa… las revistas se suceden, tanto
como los aplausos.
Morayma tiene 17
años, está en el colegio; pero es una artista que baila de noche y por la
mañana dormita escondida en el pupitre. En esta “doble vida” es que se contacta
con gente del teatro que la lleva a presenciar un ensayo de Nuevos Horizontes.
“Llego al
teatro, me siento atrás y adelante veo a dos jóvenes, guapos por cierto,
mirando a los actores. En mi ingenuidad y creyendo que estoy con mi elenco,
pido que se retire algo porque se ve feo. Los jóvenes se dan la vuelta y me
miran. “¿Haces teatro?”, me preguntan. “Bailo”, les digo; “pero también digo
las palabras para abrir el telón”.
Liber Forti y
Lalo La Faye –los jóvenes— la invitan al escenario. “¡Que suba el telón del
baile y la canción de nuestro suelo patrio!”, recita Morayma, “y lo hago
incluso con zetas para impresionar”. Forti le pregunta: “¿Eres española?”,
“No”. “Bueno, la próxima vez dilo como hablas nomás… ¿No quisieras actuar?".
Joven actriz
Así, el teatro
gana una actriz. No en Tupiza, eso vendría luego, sino en el elenco del Ministerio de Educación que tenía entre los integrantes a ex
Nuevos Horizontes.
El debut de
Morayma fue como actriz principal: Cleia, de "La zorra y las uvas" (Figueiredo),
que despertó elogios y también intensa polémica: el dramaturgo Raúl Salmón de
la Barra increpó al grupo, al final de una función, por no hacer teatro
“boliviano”, “popular”… “El pecado mortal era tener gente de Nuevos Horizontes
que, por entonces, a principios de los 60, era sinónimo de comunistas,
anarquistas”, comenta hoy una serena Morayma.
La joven quiso,
ahora sí, ir a Tupiza, el centro del buen teatro y del escándalo debido a que los
integrantes vivían en comunidad. “Mi padre se oponía; pero unos amigos, la familia de Teresa Bernal, me ofrecieron su casa y viajé para tomar
un curso.” "Hermano lobo", "Escuadra hacia la muerte"… las obras se montaban
a la par que se barría la casa, se cocinaba, se ayudaba en la imprenta, en las
revistas y folletos de arte. Las giras por los centros mineros fueron parte de
la vida de la actriz que pudo participar en los últimos momentos del grupo.
De vuelta en La
Paz, el Teatro Experimental Universitario la acogió, y luego el Teatro Nacional
Popular. "La cantante calva" (Ionesco), "El malentendido"(Camus)
comulgaron con "Santa Juana de América" (Andrés Lizárraga) en el alma de
Morayma.
Mimada por la crítica
“Se posiciona con singular acierto la Sra. Ibáñez”, resaltó Rafael Montenegro, y el poeta Óscar Alfaro, que publicaba una columna en Presencia con el seudónimo de Juan José, le regalo una crítica en verso:
“Una estrellita nacional
una estrellita
morena
brilló en la noche serena
del teatro experimental…
Su papel: el de
asesina
Y asesinó a todo el mundo
con el mirar profundo
y esa silueta
felina”.
Su encarnación
de Juana Azurduy la puso en la mira de todos los críticos de los años 60, que se
deshicieron en elogios: “Santa Juana… o la consagración de Morayma Ibáñez” tituló Pedro Domingo, quien resaltó “los recursos de su voz, que posee educada
impostación, la sobriedad mímica y un virtual dominio escénico”. Y Sergio
Suárez estampó: “En su papel de heroína mantuvo sobriedad y altura… en su
interpretación se hizo plasmable su vigor poético y emocionalidad”.
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| Obra "Tres generales" de Raúl Salmón de la Barra. Foto: Archivo Morayma Ibáñez. |
En 1966, ya
madre de una niña, la actriz ganó una beca y se fue a Francia. En Nancy estudió
un año con Grotovsky y otros maestros, junto a otros colegas del mundo. “Compañeros que
me aplaudieron al cabo de una improvisación… fue mi premio”.
Morayma recibió
invitaciones para trabajar en distintos países, pero decidió volver a Bolivia en 1967.
“Me arrepentí y me arrepiento. En La Paz, a mi retorno, me di cuenta de cuán
egoísta puede ser el ambiente con gente que cree que lo sabe todo y no quiere
escuchar”.
La estrella que
pudo brillar mucho más tuvo que amoldarse al
mundo pequeño. Fue maestra del Taller Nacional de Teatro; trabajó con varios
directores que se empeñaron en darle papeles chicos (igual, la crítica destacó
su trabajo por encima de las figuras centrales) y aprendió el arte de la
escenografía y el vestuario junto al argentino Oscar Casero.
Titiritera
“He vestido muchas óperas”, afirma con su voz educada y “eres” marcadas . Ese talento le sirvió para crear el vestuario de sus títeres y marionetas (que se lucen desde abril de 2021 en La esquina del títere habilitado en el museo interactivo Pipiripi, por iniciativa de la gestión de Andrés Zaratti como secretario municipal de Culturas).
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Morayma ha hecho también video y cine. En 2008 fue parte del corto Desde el fondo, de Adriana Montenegro. En teatro fue parte de El Pequeño Teatro, elenco creado en los 70 en la casa Juancito Pinto.
Como cabeza de Actoral Colibrí viajó por el país llevando mensajes a la niñez: sobre el cuidado del medio ambiente y otros valores positivos.
“Hay que disfrutar del teatro; no vivirlo como una tortura, con gritos y conflictos”, define su arte y su vida esta mujer que cree en Dios. “Cómo no creer”, cuestiona, “si él me ha permitido seguir viva”. Se refiere a la caída que sufrió en 2005, desde un segundo piso, y que le dejó un brazo fracturado, un golpe en el cóccix; pero nada que quebrase la voluntad de seguir trabajando en los escenarios.
La actriz
·
Vida
Morayma Ibáñez nació en La
Paz, en la zona Oeste. Es la mayor de cinco hermanos, sólo un varón entre ellos.
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Obras
En teatro, "Santa Juana
de América", "El malentendido", "La cantante calva", "A la diestra de Dios padre",
"Golpes a mi puerta", "Gianni Schichi" y otros. En video y cine, "El último
realista", "Desde el fondo". En títeres, "Pandora", "La nave del profesor
Galleta", "Jatita" y otros.
·
Distinciones
El 2017 recibió la Medalla
Escenario, otorgada por el Círculo de Directores Independientes de Teatro.
En 2018, el espacio Simón I. Patiño le rindió homenaje con un video que resume su vida y carrera.
En abril de 2021, el GAMLP, a través de la Secretaría Municipal de Culturas, habilitó el Rincón del Títere en el museo interactivo Pipiripi, donde se exponen muñecos creados por Morayma Ibáñez.
sábado, 17 de abril de 2021
Hugo Pozo Arias: “Soy un actor dramático”
Hace años que pisa los escenarios (49 en 2021, 37 la vez que se hizo la presente nota en La Razón). De niño vio a Cantinflas en la película ‘El extra’ y se dijo que de grande sería cineasta, hasta que se enteró de que no es cosa de uno solo… Con el tiempo, se le había olvidado el sueño, pero el sueño no se olvidó de Hugo Pozo Arias, así que le dio la oportunidad de convertirse en un actor que ama el drama, pero al que la vida llevó a la comedia.
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| Hugo Pozo en la película de 2020, Mi socio 2.0. |
Mabel Franco Ortega, periodista
“¿Papá? Nos han dicho que te has muerto, que te están
velando”, oyó Hugo Pozo la voz asustada de su hijo Guery al teléfono. “¿Ah, sí.
No lo puedo creer?”, fue la respuesta del actor, entre sorprendido y divertido.
Es muy posible que el incidente esté ya en su mente de libretista y vaya a
plasmarse en una próxima aventura de Ringo Guarachi Vergara, más conocido como
El Warjata, personaje de mil oficios.
Hugo Pozo Arias está más vivo que nunca, trabajando intensamente en su escuela
de teatro ubicada en la calle Ayacucho, muy cerca del Obelisco paceño. Allí, en
un espacio que le permite tener una pequeña oficina, una sala para las clases
teóricas y otra rodeada de espejos para las prácticas, el artista acepta
rememorar su trayectoria que le ha llevado del teatro dramático a la comedia y
de allí al cine.
“Comencé en 1973, así que tengo 37 años de vida artística”, dice con su voz
grave a tono con el rostro de hombre serio, que podría parecer intimidante para
quien no lo conozca a fondo.
“Cuando era niño vi una película de Cantinflas, El extra, y desde entonces
hacer cine se volvió mi sueño. Pero, cuando averigüé que eso no era cuestión de
una sola persona, que se necesitaba maquillistas, continuistas, guionistas,
etcétera, me olvidé del sueño”, confiesa.
Pero el sueño no se olvidó de él y, cuando estaba en los últimos cursos de
colegio, un amigo suyo, Guillermo Aguirre (que haría cine años más tarde) “me
llevó a arrastrones a un taller de teatro experimental que dictaba Eduardo
Cassís”.
"Me gusta el drama"
Durante siete años, el joven Hugo alternó sus estudios de colegio primero y
universitarios después —siguió la carrera de Psicología— con las obras del
teatro universal: Juana Azurduy de Padilla, Madre Coraje, Yerma... “Comencé con
papeles chicos, como extra, pues es así como un actor va ganando experiencia y
escalando”.
En una de esas representaciones fue visto por Tito Landa —director de teatro
que falleció a fines de los 90—, “quien me invitó a ser parte de su compañía.
Me dijo: ‘pero nosotros hacemos teatro nacional, popular’, y le respondí que no
había problema”.
La obra en la que actuó es Escuela de pillos (Raúl Salmón de la Barra). “Ahí
comencé a hacer mis primeras travesuras teatrales”, rompe el rigor con una
sonrisa, y dice que mereció un comentario en la prensa que destacó su perfil
cómico.
“Yo soy un actor dramático —retoma el gesto grave—, me encanta el drama; pero
los artistas nos debemos al público y éste me exige que haga comedia”,
justifica el carácter de su compañía, bautizada como “Hugo Pozo”, que ante todo
se dedica a hacer reír a la gente.
En los tiempos en que trabajó con Tito Landa, a Pozo le tocó, en los 80,
representar un papel secundario en la obra Los plebeyos, de Jorge Wilder
Cervantes. Don Gabino, el personaje, es un extravagante tinterillo de hablar
rebuscado, pero cuyos modales pueblerinos sobresalen a cada momento pese a la
levita y los guantes blancos.
Hugo Pozo se robó la obra en la que compartió papeles con un muy joven David
Mondacca y con Mery Rada, entre otras figuras de la escena nacional. “El
personaje, la forma de interpretarlo, ha sido copiado luego por otras personas
en varias obras”, comenta con un dejo de satisfacción. Y es cierto, el teatro
popular mostró luego varios “Gabinos” y hasta el mismo Pozo se copió en obras como Dos hermanas para un Ñoño, en la que además le tocó dirigir al
actor mexicano Édgar Vivar, famoso por la serie de televisión El Chavo del 8.
“Uno va inventando recursos que no figuran en el texto del autor, como cuando
Gabino y el personaje de David se comen un venadito; yo no me quito para nada
los guantes, pese a que cojo las presas con las manos, salvo al final cuando
inesperadamente me chupo los dedos”, termina de recordar su picardía con una
carcajada que se prolonga algunos segundos.
En general, el que escucha las carcajadas de otros es este actor. Su
personaje, El Warjata, se ha hecho muy popular. “Cuando estrenamos Ayyy
Warjata, qué warjata, la gente hizo fila la noche anterior para conseguir las
entradas en el cine México. Dicha fila llegaba hasta la calle Armentia (luego de
trepar la larguísima y serpenteante cuadra de la Av. Montevideo). Ya en la
obra, “la gente se mataba de risa, tal cual ha pasado en El Alto y hasta en
Buenos Aires y Sao Paulo, donde fuimos a actuar para los residentes
bolivianos”.
El Warjata recuerda, en varios aspectos, a otro personaje al que Pozo dio vida.
Es Rigucho, creación del dramaturgo, actor y director Raúl Salmón (La Paz,
1926-1990) y que este mismo interpretó en las obras de teatro social, como
bautizó a su trabajo. En los 90, Pozo encarnó a ese hombre humilde, optimista y
de sentimientos nobles en El partido de la contrapartida.
Estuvo desopilante. Hay una escena en particular que se puede calificar de
brillante. Rigucho, empleado del almacén donde se ha producido un robo, es
injustamente acusado. Ni su patrón le cree y lo entrega a los policías que le
quieren arrancar una confesión, así que lo atan a una silla y lo torturan. El
público está dolido, pues ya se ha encariñado con este Rigucho que en medio de
sus gritos de dolor pide clemencia recurriendo a una canción de moda: “No me
hagan más daño, no me hagan más daño...”. Las risas rompen el momento
dramático. Claro que una cosa es contarlo y otra ver al actor en el escenario.
La memoria de Pozo propone un otro salto al pasado para recordar cómo se cumpliría, finalmente, su aspiración de niño: actuar en cine.
En los años 70, al finalizar la función de Escuela de pillos,
le buscaron tres hombres que pronto supo que se llamaban Paolo Agazzi, Cacho
Soria y Antonio Eguino. Semejante comitiva le hizo una propuesta: que se
presentase a la prueba para una película que estaba en curso. El actor de
teatro hizo así su primer papel secundario en la segunda historia de la
tetralogía Chuquiago.
Allí dio vida al amigo de Johnny (el fallecido Edmundo Villarroel), dos jóvenes
de extracción humilde, hijos de migrantes del campo que luchan por integrarse a
la urbe; en el caso de Pozo, convertido en un pillo.
“Luego de eso he participado en 22 películas más, dirigidas por profesionales
nacionales y extranjeros”. Como pillo también fue parte de American Visa,
película del año 2005 dirigida por Juan Carlos Valdivia, en la que trabajaron
los mexicanos Demian Bichir y Kate del Castillo.
Por estrenarse en Bolivia, posiblemente en marzo próximo, hay otra cinta
dirigida por el chileno César Caro y que se titula Tercer Mundo, mezcla de
drama y comedia, que se filmó en Guatemala, Chile y Bolivia. En la historia de
tres jóvenes, de un viaje fantástico y aventuras, Pozo encarna a un hombre con
conocimientos de los misterios de la cultura tiwanakota.
Un hombre llamado Warjata
Hace tres años, argumenta el artista, el teatro popular se había quedado sin el
público masivo que lo seguía casi de manera incondicional. “Se produjo una
saturación de ver una y otras vez reposiciones de las obras de siempre. Así que
me planteé el desafío de buscar algo nuevo. Tenía en mi mente el diploma de un
curso de dramaturgia que pasé con Raúl Salmón el año 1990, con el patrocinio de
la Universidad Mayor de San Andrés, y algún texto que me animé a escribir. Pero
tenía miedo de que no gustase ni a mis compañeros”, se pone serio el actor.
En esa obra nacía El Warjata que, cuando se produjo la primera lectura, recibió
entusiasta reacción, “la misma que despertó en el público la puesta en escena”,
y que le llevaría a crear El matrimonio del Warjata y Te voy a mostrar una
cosita.
“Sí, El Warjata tiene algo de Rigucho—tiende nexos Hugo Pozo—, aunque este
último es un migrante del campo y el otro un hombre citadino; ambos son
divertidos, dicharacheros y muy humanos”. ¿Edad?, “Ringo Guarachi tiene entre
35 y 40 años”, dice el actor que así, en el escenario, puede mantenerse
joven.
Hay que decir que este artista es de los afortunados, pues vive de su actividad
teatral. “He podido hacerme de un departamento, tengo un vehículo y este espacio
(señala el piso del taller), así que mal no me ha ido”, afirma quien sostiene a
su familia compuesta de esposa y dos hijos. “Guery, que sigue ya mis pasos,
pues está actuando en las obras, y Milenka, una estudiante de Comunicación que
considero que es de las mejores críticas, no sólo de mis obras, sino del
teatro, pues ha crecido entre ensayos y representaciones”.
Si de críticas se trata, el teatro bautizado como popular no siempre ha
merecido el interés de los medios de comunicación. Pero eso a Hugo Pozo no
debería preocuparle. La reacción de la gente, y no sólo en La Paz, le permite
seguir trabajando. De hecho, apenas termine el taller que dicta en La
Paz, donde tiene una alumna de 70 años —”su publicidad dice que recibe a gente
de hasta 80”, le habría dicho al momento de inscribirse—irá a Sucre para
encontrarse con ávidos estudiantes.
Además, entre sus anécdotas, el actor atesora una en particular: “Cuando actué
como el Sambo Salvito (el ladrón, mulato, que es una leyenda en La Paz), cierto
día en que yo paseaba por la calle fui interpelado por una viejita que comenzó
a golpearme”.
(A partir de este momento, Pozo actúa, cambia de voz y de rol):
- Señora, qué pasa, le decía yo.
- Negro maldito, has hecho sufrir a tu pobre madre...
“Un señor tuvo que explicarle que soy un actor. Por supuesto que yo no estaba
molesto, sino encantado, feliz”.
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Hugo Pozo con Norma Merlo en la obra "Santiago de Machaca" de MondaccaTeatro. Foto: Archivo Mabel Franco |
Pozo se reencontró en la escena con David Mondacca, quien le invitó a dar vida a Santiago de Machaca, personaje de Jaime Saenz, en la trilogía que Mondaccateatro dedicó al autor paceño. Con esta obra y con Marca para tres viajaron al festival de Antofagasta (Chile). “Fue impactante”, resume su baño de drama, aunque, ya en su grupo, está claro que seguirá con la comedia, “total, ya bastante tragedia vive nuestro país como para privarle de la risa.
Nota: Hugo Pozo es un personaje importante en la obra de 2020, "Mi socio 2.0", secuela de la película "Mi socio", ambas dirigidas por Paolo Agazzi.
Hugo Pozo falleció el 3 de noviembre de 2024.
domingo, 21 de marzo de 2021
Quino, el hualaycho
Mabel Franco (para la revista Rascacielos, domingo 4 de octubre de 2020)
Mafalda sueña. En ese sueño, unos personajitos de algún
planeta que no es la Tierra comentan sobre la novedad de las fotografías que
los humanos están tomando del planeta Marte (luego de haber alcanzado la Luna).
“¡Habi cominchatie la bestiakontaminazion
universati!”, sentencia desolado el extraterrestre (Mafalda Nº 6) que no puede ser otro que
Quino dando forma a una pesadilla, la misma que con idéntica melancolía, aunque
sin el invaluable sentido del humor del dibujante mendocino, plasmara el
escritor Ray Bradbury en sus “Crónicas marcianas”.
En esa tira de cuatro cuadritos podría resumirse todo el sentido que Joaquín Salvador Lavado (Mendoza, 1932-2020) le imprimió a su trabajo: observar al género humano sin filtros de autocomplacencia y autojustificación, para desbaratar ante sus ojos la pedantería civilizatoria, para poner en evidencia el absurdo de las ansias de poder y de conquista (en pareja, en familia, en sociedad) tan viejas como la humanidad misma, con la esperanza -hay todo un universo dibujado para suponerlo así- de que tanto pesimismo no sea vano, sino que vaya horadando conciencias: no se sabe si para esperar un cambio o al menos para arruinar la fiesta a los más machitos. Total, lo que pasa o pasará no es, no será, sino el continuose del empezose de alguien.
Un extranjero, quizás
Quino se sentía menos argentino de lo que los argentinos
quisieran. Quizás porque sólo cuando tuvo que ir a la escuela se dio cuenta de
que el resto de los niños mendocinos hablaban de manera distinta a como lo
hacía su familia de migrantes españoles. Fue así, como a los seis años más o
menos, que se supo distinto, que descubrió que se llamaba Joaquín y no Quino. Y
entonces se habrá profundizado la timidez con que se asomó al mundo y que
venció solamente a través de sus dibujos presentados, casi invariablemente, en
riguroso negro y blanco.
Esa su distancia con lo argentino la confesó textualmente Joaquín
Salvador Lavado en la entrevista del año 2000, la primera vez que llegó a La
Paz, Bolivia, cuando Robert Brockmann y yo –como periodistas del diario La
Razón–buscamos la manera de hacerle preguntas que no estuviesen ya respondidas,
una y mil veces, por el artista. Tarea difícil, a esas alturas, sobre todo
porque inevitablemente habría que mentarle a Mafalda, a Manolito, a Felipe...
–como si de seres vivos se tratara-, a sabiendas de que a Quino lo tenía harto
la insistencia.
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| La autora junto a Quino en el diario La Razón de La Paz. Año 2000. Archivo Mabel Franco. |
Como sea, con dibujo de Mafalda de por medio para complacer al fotógrafo, el humorista habló de su ateísmo, de su desconfianza en los adelantos de la vida moderna (que tiene más de moderna que de vida), de su derrota frente a la piratería, etc. etc.
Lo que no sospechaba Quino es el entusiasmo con que los
bolivianos lo acogerían en la Feria Internacional del Libro de La Paz, evento
para el cual llegó al país a sus 68 años de edad. Un entusiasmo que le tuvo
horas firmando autógrafos, especialmente para niños y niñas, y que le motivó a
volver en 2001, dejando estampada luego, en alguna entrevista por ahí, el
testimonio de un amor que esa Bolivia,
hasta entonces desconocida, le había inspirado.
Para la segunda visita, el equipo de La Razón optó por
organizar un almuerzo con Quino, al que invitaría a artistas bolivianos, de
manera que fuesen ellos los que, más que entrevistarlo, dialoguen, charlen. Los
periodistas fuimos testigos de esa charla que comenzó con mucho nerviosismo y
que terminó siendo totalmente reveladora.
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| Un rincón del taller de Ejti Stih, en Santa Cruz de la Sierra. Foto: Ejti Stih para Escape. |
Edgar Arandia y Ejti Stih, artistas plásticos de La Paz y Santa Cruz, respectivamente, acudieron a la cita. Quino llegó con toda su timidez a cuestas, acompañado por su editor Daniel Divinsky (Ediciones de la Flor). Poco a poco, a lo largo del almuerzo y al influjo del vino con que se roció la comida, el dibujante se despojó de la carcasa hecha de ojos miopes y calvicie pronunciada, voz suave y pausada, sonrisa nerviosa… El que salió a relucir fue el autor de “Potentes, prepotentes, impotentes”, libro de humor gráfico sobre la política de la sexualidad o la sexualidad política.
El “papá de Mafalda” y esposo de una cuasi misteriosa Alicia
(fallecida a fines de 2017) reveló la inquietud que en ese momento despertaban en
su ser masculino las mujeres japonesas. Confesó que la caballerosidad de
acomodarle la silla a las damas en un restaurante no era tal en su caso, sino
que la acción le servía para mirarles el trasero. Como dijo
Arandia, Quino, el maestro, se puso hualaycho;
y demostró que los ángeles tienen sexo.
Terrenal, después de
todo
La reciente muerte del dibujante y humorista gráfico, a sus
88 años de edad, es parte inevitable de la condición de ser humano y en tal
sentido no cabe la sorpresa. Lo deprimente es saber que se ha perdido un vigía
de dicha condición, un hombre que atrapó con tinta lo malo de la especie –también
lo bueno, no se vaya a pensar mal- a la manera de quienes cuentan sus
pesadillas al día siguiente para exorcizar los malos augurios.
Quino, en definitiva, fue un ejemplar del planeta Tierra. Al
menos por alguien como él la raza puede conservar algo de optimismo en su
futuro. Si una persona es capaz de mantener los pies sobre la tierra pese a que
los demás le ven alas en lugar de brazos, tal vez no todo esté perdido en la Tierra y tampoco para los marcianos.
lunes, 7 de octubre de 2019
La Sirina de Aymuray
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| Foto, Mandala úsica -TDV Bolivia. Tomada de Rascacielos. |
El disco invita, a quien escucha, a mantener los sentidos atentos, a ver si de una vez nos pensamos y dejamos de vivir vidas ajenas y enajenantes, vidas sin memoria o vidas atávicas.
Nota escrita para Rascacielos, revista de Página Siete,
lunes, 9 de septiembre de 2019
Víctor Mamani Rafael, pintor escenógrafo
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| Escenografía de Víctor Mamani para "El calvario de mi madre" (2019). Foto: |
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| Víctor Mamani Rafael en el vestíbulo del teatro Alberto Saavedra Pérez en 2019. Foto: Mabel Franco |
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| Escenografía para el baile de la Diablada, coreografía de Bafopaz. Foto: Mabel Franco. |
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| Escenografía de Víctor Mamani para la chacarera de Bafopaz. Foto: Mabel Franco. |
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| "El corazón de Jesús", película de Marcos Loayza. Vìctor Mamani hizo la dirección de arte junto a Sandro Alanoca. |
domingo, 28 de abril de 2019
Raza: espectador
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| Ángel Quiñones en un vino en el Salón de Honor del teatro municipal. |
















