sábado, 17 de abril de 2021

Hugo Pozo Arias: “Soy un actor dramático”

Hace años que pisa los escenarios (49 en 2021, 37 la vez que se hizo la presente nota en La Razón). De niño vio a Cantinflas en la película ‘El extra’ y se dijo que de grande sería cineasta, hasta que se enteró de que no es cosa de uno solo… Con el tiempo, se le había olvidado el sueño, pero el sueño no se olvidó de Hugo Pozo Arias, así que le dio la oportunidad de convertirse en un actor que ama el drama, pero al que la vida llevó a la comedia.

Hugo Pozo en la película de 2020, Mi socio 2.0.


Mabel Franco Ortega, periodista


“¿Papá? Nos han dicho que te has muerto, que te están velando”, oyó Hugo Pozo la voz asustada de su hijo Guery al teléfono. “¿Ah, sí. No lo puedo creer?”, fue la respuesta del actor, entre sorprendido y divertido. Es muy posible que el incidente esté ya en su mente de libretista y vaya a plasmarse en una próxima aventura de Ringo Guarachi Vergara, más conocido como El Warjata, personaje de mil oficios.

Hugo Pozo Arias está más vivo que nunca, trabajando intensamente en su escuela de teatro ubicada en la calle Ayacucho, muy cerca del Obelisco paceño. Allí, en un espacio que le permite tener una pequeña oficina, una sala para las clases teóricas y otra rodeada de espejos para las prácticas, el artista acepta rememorar su trayectoria que le ha llevado del teatro dramático a la comedia y de allí al cine.

“Comencé en 1973, así que tengo 37 años de vida artística”, dice con su voz grave a tono con el rostro de hombre serio, que podría parecer intimidante para quien no lo conozca a fondo.

“Cuando era niño vi una película de Cantinflas, El extra, y desde entonces hacer cine se volvió mi sueño. Pero, cuando averigüé que eso no era cuestión de una sola persona, que se necesitaba maquillistas, continuistas, guionistas, etcétera, me olvidé del sueño”, confiesa.

Pero el sueño no se olvidó de él y, cuando estaba en los últimos cursos de colegio, un amigo suyo, Guillermo Aguirre (que haría cine años más tarde) “me llevó a arrastrones a un taller de teatro experimental que dictaba Eduardo Cassís”.

"Me gusta el drama"

Durante siete años, el joven Hugo alternó sus estudios de colegio primero y universitarios después —siguió la carrera de Psicología— con las obras del teatro universal: Juana Azurduy de Padilla, Madre Coraje, Yerma... “Comencé con papeles chicos, como extra, pues es así como un actor va ganando experiencia y escalando”.

En una de esas representaciones fue visto por Tito Landa —director de teatro que falleció a fines de los 90—, “quien me invitó a ser parte de su compañía. Me dijo: ‘pero nosotros hacemos teatro nacional, popular’, y le respondí que no había problema”.

La obra en la que actuó es Escuela de pillos (Raúl Salmón de la Barra). “Ahí comencé a hacer mis primeras travesuras teatrales”, rompe el rigor con una sonrisa, y dice que mereció un comentario en la prensa que destacó su perfil cómico.

“Yo soy un actor dramático —retoma el gesto grave—, me encanta el drama; pero los artistas nos debemos al público y éste me exige que haga comedia”, justifica el carácter de su compañía, bautizada como “Hugo Pozo”, que ante todo se dedica a hacer reír a la gente.

En los tiempos en que trabajó con Tito Landa, a Pozo le tocó, en los 80, representar un papel secundario en la obra Los plebeyos, de Jorge Wilder Cervantes. Don Gabino, el personaje, es un extravagante tinterillo de hablar rebuscado, pero cuyos modales pueblerinos sobresalen a cada momento pese a la levita y los guantes blancos.

Hugo Pozo se robó la obra en la que compartió papeles con un muy joven David Mondacca y con Mery Rada, entre otras figuras de la escena nacional. “El personaje, la forma de interpretarlo, ha sido copiado luego por otras personas en varias obras”, comenta con un dejo de satisfacción. Y es cierto, el teatro popular mostró luego varios “Gabinos” y hasta el mismo Pozo se copió en obras como Dos hermanas para un Ñoño, en la que además le tocó dirigir al actor mexicano Édgar Vivar, famoso por la serie de televisión El Chavo del 8.

“Uno va inventando recursos que no figuran en el texto del autor, como cuando Gabino y el personaje de David se comen un venadito; yo no me quito para nada los guantes, pese a que cojo las presas con las manos, salvo al final cuando inesperadamente me chupo los dedos”, termina de recordar su picardía con una carcajada que se prolonga algunos segundos.

En general, el que escucha las carcajadas de otros es este actor. Su personaje, El Warjata, se ha hecho muy popular. “Cuando estrenamos Ayyy Warjata, qué warjata, la gente hizo fila la noche anterior para conseguir las entradas en el cine México. Dicha fila llegaba hasta la calle Armentia (luego de trepar la larguísima y serpenteante cuadra de la Av. Montevideo). Ya en la obra, “la gente se mataba de risa, tal cual ha pasado en El Alto y hasta en Buenos Aires y Sao Paulo, donde fuimos a actuar para los residentes bolivianos”.

El Warjata recuerda, en varios aspectos, a otro personaje al que Pozo dio vida. Es Rigucho, creación del dramaturgo, actor y director Raúl Salmón (La Paz, 1926-1990) y que este mismo interpretó en las obras de teatro social, como bautizó a su trabajo. En los 90, Pozo encarnó a ese hombre humilde, optimista y de sentimientos nobles en El partido de la contrapartida.

Estuvo desopilante. Hay una escena en particular que se puede calificar de brillante. Rigucho, empleado del almacén donde se ha producido un robo, es injustamente acusado. Ni su patrón le cree y lo entrega a los policías que le quieren arrancar una confesión, así que lo atan a una silla y lo torturan. El público está dolido, pues ya se ha encariñado con este Rigucho que en medio de sus gritos de dolor pide clemencia recurriendo a una canción de moda: “No me hagan más daño, no me hagan más daño...”. Las risas rompen el momento dramático. Claro que una cosa es contarlo y otra ver al actor en el escenario.

La memoria de Pozo propone un otro salto al pasado para recordar cómo se cumpliría, finalmente, su aspiración de niño: actuar en cine. 

En los años 70, al finalizar la función de Escuela de pillos, le buscaron tres hombres que pronto supo que se llamaban Paolo Agazzi, Cacho Soria y Antonio Eguino. Semejante comitiva le hizo una propuesta: que se presentase a la prueba para una película que estaba en curso. El actor de teatro hizo así su primer papel secundario en la segunda historia de la tetralogía Chuquiago.

Allí dio vida al amigo de Johnny (el fallecido Edmundo Villarroel), dos jóvenes de extracción humilde, hijos de migrantes del campo que luchan por integrarse a la urbe; en el caso de Pozo, convertido en un pillo. 

“Luego de eso he participado en 22 películas más, dirigidas por profesionales nacionales y extranjeros”. Como pillo también fue parte de American Visa, película del año 2005 dirigida por Juan Carlos Valdivia, en la que trabajaron los mexicanos Demian Bichir y Kate del Castillo.

Por estrenarse en Bolivia, posiblemente en marzo próximo, hay otra cinta dirigida por el chileno César Caro y que se titula Tercer Mundo, mezcla de drama y comedia, que se filmó en Guatemala, Chile y Bolivia. En la historia de tres jóvenes, de un viaje fantástico y aventuras, Pozo encarna a un hombre con conocimientos de los misterios de la cultura tiwanakota.

Un hombre llamado Warjata

Hace tres años, argumenta el artista, el teatro popular se había quedado sin el público masivo que lo seguía casi de manera incondicional. “Se produjo una saturación de ver una y otras vez reposiciones de las obras de siempre. Así que me planteé el desafío de buscar algo nuevo. Tenía en mi mente el diploma de un curso de dramaturgia que pasé con Raúl Salmón el año 1990, con el patrocinio de la Universidad Mayor de San Andrés, y algún texto que me animé a escribir. Pero tenía miedo de que no gustase ni a mis compañeros”, se pone serio el actor.

En esa obra nacía El Warjata que, cuando se produjo la primera lectura, recibió entusiasta reacción, “la misma que despertó en el público la puesta en escena”, y que le llevaría a crear El matrimonio del Warjata y Te voy a mostrar una cosita.

“Sí, El Warjata tiene algo de Rigucho—tiende nexos Hugo Pozo—, aunque este último es un migrante del campo y el otro un hombre citadino; ambos son divertidos, dicharacheros y muy humanos”. ¿Edad?, “Ringo Guarachi tiene entre 35 y 40 años”, dice el actor que así, en el escenario, puede mantenerse joven.

Hay que decir que este artista es de los afortunados, pues vive de su actividad teatral. “He podido hacerme de un departamento, tengo un vehículo y este espacio (señala el piso del taller), así que mal no me ha ido”, afirma quien sostiene a su familia compuesta de esposa y dos hijos. “Guery, que sigue ya mis pasos, pues está actuando en las obras, y Milenka, una estudiante de Comunicación que considero que es de las mejores críticas, no sólo de mis obras, sino del teatro, pues ha crecido entre ensayos y representaciones”.

Si de críticas se trata, el teatro bautizado como popular no siempre ha merecido el interés de los medios de comunicación. Pero eso a Hugo Pozo no debería preocuparle. La reacción de la gente, y no sólo en La Paz, le permite seguir trabajando. De hecho, apenas termine el taller que dicta en La Paz, donde tiene una alumna de 70 años —”su publicidad dice que recibe a gente de hasta 80”, le habría dicho al momento de inscribirse—irá a Sucre para encontrarse con ávidos estudiantes.

Además, entre sus anécdotas, el actor atesora una en particular: “Cuando actué como el Sambo Salvito (el ladrón, mulato, que es una leyenda en La Paz), cierto día en que yo paseaba por la calle fui interpelado por una viejita que comenzó a golpearme”.

(A partir de este momento, Pozo actúa, cambia de voz y de rol):

- Señora, qué pasa, le decía yo.

- Negro maldito, has hecho sufrir a tu pobre madre...

“Un señor tuvo que explicarle que soy un actor. Por supuesto que yo no estaba molesto, sino encantado, feliz”.



Hugo Pozo con Norma Merlo en la obra "Santiago de Machaca" de MondaccaTeatro.
Foto: Archivo Mabel Franco

Pozo se reencontró en la escena con David Mondacca, quien le invitó a dar vida a Santiago de Machaca, personaje de Jaime Saenz, en la trilogía que Mondaccateatro dedicó al autor paceño. Con esta obra y con Marca para tres viajaron al festival de Antofagasta (Chile). “Fue impactante”, resume su baño de drama, aunque, ya en su grupo, está claro que seguirá con la comedia, “total, ya bastante tragedia vive nuestro país como para privarle de la risa.

Nota: Hugo Pozo es un personaje importante en la obra de 2020, "Mi socio 2.0", secuela de la película "Mi socio", ambas dirigidas por Paolo Agazzi.

Hugo Pozo falleció el 3 de noviembre de 2024.

domingo, 21 de marzo de 2021

Quino, el hualaycho

 


Mabel Franco (para la revista Rascacielos, domingo 4 de octubre de 2020)

Mafalda sueña. En ese sueño, unos personajitos de algún planeta que no es la Tierra comentan sobre la novedad de las fotografías que los humanos están tomando del planeta Marte (luego de haber alcanzado la Luna).

“¡Habi cominchatie la bestiakontaminazion universati!”, sentencia desolado el extraterrestre (Mafalda Nº 6) que no puede ser otro que Quino dando forma a una pesadilla, la misma que con idéntica melancolía, aunque sin el invaluable sentido del humor del dibujante mendocino, plasmara el escritor Ray Bradbury en sus “Crónicas marcianas”.

En esa tira de cuatro cuadritos podría resumirse todo el sentido que Joaquín Salvador Lavado (Mendoza, 1932-2020) le imprimió a su trabajo: observar al género humano sin filtros de autocomplacencia y autojustificación, para desbaratar ante sus ojos la pedantería civilizatoria, para poner en evidencia el absurdo de las ansias de poder y de conquista (en pareja, en familia, en sociedad) tan viejas como la humanidad misma, con la esperanza -hay todo un universo dibujado para suponerlo así- de que tanto pesimismo no sea vano, sino que vaya horadando conciencias: no se sabe si para esperar un cambio o al menos para arruinar la fiesta a los más machitos. Total, lo que pasa o pasará no es, no será, sino el continuose del empezose de alguien.

Un extranjero, quizás

Quino se sentía menos argentino de lo que los argentinos quisieran. Quizás porque sólo cuando tuvo que ir a la escuela se dio cuenta de que el resto de los niños mendocinos hablaban de manera distinta a como lo hacía su familia de migrantes españoles. Fue así, como a los seis años más o menos, que se supo distinto, que descubrió que se llamaba Joaquín y no Quino. Y entonces se habrá profundizado la timidez con que se asomó al mundo y que venció solamente a través de sus dibujos presentados, casi invariablemente, en riguroso  negro y blanco.

Esa su distancia con lo argentino la confesó textualmente Joaquín Salvador Lavado en la entrevista del año 2000, la primera vez que llegó a La Paz, Bolivia, cuando Robert Brockmann y yo –como periodistas del diario La Razón–buscamos la manera de hacerle preguntas que no estuviesen ya respondidas, una y mil veces, por el artista. Tarea difícil, a esas alturas, sobre todo porque inevitablemente habría que mentarle a Mafalda, a Manolito, a Felipe... –como si de seres vivos se tratara-, a sabiendas de que a Quino lo tenía harto la insistencia.

La autora junto a Quino en el diario La Razón de La Paz. Año 2000. Archivo Mabel Franco.

Como sea, con dibujo de Mafalda de por medio para complacer al fotógrafo, el humorista habló de su ateísmo, de su desconfianza en los adelantos de la vida moderna (que tiene más de moderna que de vida), de su derrota frente a la piratería, etc. etc.

Lo que no sospechaba Quino es el entusiasmo con que los bolivianos lo acogerían en la Feria Internacional del Libro de La Paz, evento para el cual llegó al país a sus 68 años de edad. Un entusiasmo que le tuvo horas firmando autógrafos, especialmente para niños y niñas, y que le motivó a volver en 2001, dejando estampada luego, en alguna entrevista por ahí, el testimonio de un amor que  esa Bolivia, hasta entonces desconocida, le había inspirado.

Para la segunda visita, el equipo de La Razón optó por organizar un almuerzo con Quino, al que invitaría a artistas bolivianos, de manera que fuesen ellos los que, más que entrevistarlo, dialoguen, charlen. Los periodistas fuimos testigos de esa charla que comenzó con mucho nerviosismo y que terminó siendo totalmente reveladora.

Un rincón del taller de Ejti Stih, en Santa Cruz de la Sierra. Foto: Ejti Stih para Escape.

Edgar Arandia y Ejti Stih, artistas plásticos de La Paz y Santa Cruz, respectivamente, acudieron a la cita. Quino llegó con toda su timidez a cuestas, acompañado por su editor Daniel Divinsky  (Ediciones de la Flor). Poco a poco, a lo largo del almuerzo y al influjo del vino con que se roció la comida, el dibujante se despojó de la carcasa hecha de ojos miopes y calvicie pronunciada, voz suave y pausada, sonrisa nerviosa… El que salió a relucir fue el autor de “Potentes, prepotentes, impotentes”, libro de humor gráfico sobre la política de la sexualidad o la sexualidad política.

El “papá de Mafalda” y esposo de una cuasi misteriosa Alicia (fallecida a fines de 2017) reveló la inquietud que en ese momento despertaban en su ser masculino las mujeres japonesas. Confesó que la caballerosidad de acomodarle la silla a las damas en un restaurante no era tal en su caso, sino que la acción le servía para mirarles el trasero. Como dijo Arandia, Quino, el maestro, se puso hualaycho; y demostró que los ángeles tienen sexo.

Terrenal, después de todo

La reciente muerte del dibujante y humorista gráfico, a sus 88 años de edad, es parte inevitable de la condición de ser humano y en tal sentido no cabe la sorpresa. Lo deprimente es saber que se ha perdido un vigía de dicha condición, un hombre que atrapó con tinta lo malo de la especie –también lo bueno, no se vaya a pensar mal- a la manera de quienes cuentan sus pesadillas al día siguiente para exorcizar los malos augurios.

Quino, en definitiva, fue un ejemplar del planeta Tierra. Al menos por alguien como él la raza puede conservar algo de optimismo en su futuro. Si una persona es capaz de mantener los pies sobre la tierra pese a que los demás le ven alas en lugar de brazos, tal vez no todo esté perdido en la Tierra y tampoco para los marcianos.

lunes, 7 de octubre de 2019

La Sirina de Aymuray

Foto, Mandala úsica -TDV Bolivia. Tomada de Rascacielos.


El disco invita, a quien escucha, a mantener los sentidos atentos, a ver si de una vez nos pensamos y dejamos de vivir vidas ajenas y enajenantes, vidas sin memoria o vidas atávicas.


Mabel Franco O.

“Sirina, cantos de agua dulce” es el segundo disco del grupo boliviano Aymuray. Ha sido lanzado en la primera mitad del año con una fuerza premonitoria que, claramente, no estamos preparados para escuchar ni siquiera cuando el desastre –el de la depredación de paisajes, recursos, pueblos, personas- nos está ocurriendo.
La sirina de Aymuray templa, afina instrumentos y letras. E invita, a quien escucha el producto, a mantener los sentidos atentos, a ver si de una vez nos pensamos y dejamos de vivir vidas ajenas y enajenantes, vidas sin memoria o vidas atávicas.
Musicalmente, Aymuray se va labrando una identidad producto de la comunidad que forman Marisol Díaz Vedia (composición y voz), Roberto Morales (saxofón, flauta traversa y piccolo), Víctor Hugo Guzmán (batería y percusión), Freddy Mendizábal (piano) y Andy Burnett (bajo eléctrico). Como cuenta la cantante, ella suele llegar al grupo con un tema en la cabeza, pues no escribe música, y con sus compañeros le dan la forma final. Una forma que recoge herencias múltiples y que me recuerda en mucho a Parafonista, ese proyecto musical que encabezó Álvaro Montenegro y del que varios de los Aymuray fueron parte.
Aymuray está hablando en el mundo musical del hoy con una voz boliviana. Esto significa muchas cosas, sin que ninguna de ellas sea folklorismo y menos snobismo. Hay sonido propio, para el que cada instrumentista trabaja su voz. Y hay discurso, postura frente a los espejismos, para el caso de “Sirinas…”, del desarrollo, de la civilización.
En “Bien delicada”, por ejemplo, Marisol Díaz y su invitada Caya Cayejera se alternan y entonces se canta en quechua y en castellano, se pasa de una canción melódica a un hip hop, con largos solos de saxo jazzero. Y se pinta lo delicada que es la situación del lago Titicaca: “¿Acaso piensas contaminar el agua que bebes?”, pregunta una. “No te lo niegues, es el momento de que despiertes”, llama la otra. 
En “Andes Amazonas”, el piano abre una morenada que habla de la admiración eterna de un andino por una amazonita. Pero la pasión es un llamado a la alerta: “No dejes que este nuestro amor sea consumido por la ambición de cierto tipo de langosta, que come en grande a nuestra costa, contamina y lucra sin pensar que a sus propios hijos ha de envenenar”.
Son 12 los temas del disco. No son música de fondo, hay que parar las orejas para entender y descubrir. Ahí están la cueca “Desapego”, los respectivos instrumentales de Morales, Burnett y Mendizábal, las inclasificables “La herencia”, “Ayer o nunca” y “Fragatto”, canción ésta en la que Díaz Vedia canta en inglés y castellano.
Si del primer disco de Aymuray resuena en mi memoria “Lamorenada del adiós”, ejemplo de feminismo, de este segundo casi todos los temas están incorporados en mi chip de lo memorable.

Nota escrita para Rascacielos, revista de Página Siete, 

lunes, 9 de septiembre de 2019

Víctor Mamani Rafael, pintor escenógrafo

La "relocalización" expulsó al adolescente de su hogar en el pueblo minero Mina Bolívar. Las imágenes de las muchas películas que había visto durante su niñez fueron el equipaje que iría desempacando poco a poco hasta forjarse su destino como artista de cine y de teatro.

Escenografía de Víctor Mamani para "El calvario de mi madre" (2019). Foto: 

Mabel Franco Ortega, periodista
De la residencia inglesa donde Mary Poppins hace de las suyas, a los cuartos, bodegas y patios de La Paz de Jaime Saenz. De un palacio árabe, a los pies de un árbol en el Chaco boliviano. Un lienzo que sube y baja producto de la tramoya, a veces objetos que aportan tridimensionalidad, las luces apuntando en el punto clave. Magia teatral.
De eso se encarga el artista Víctor Mamani Rafael, habitante de la noche, tiempo en el que diseña y pinta los decorados que le encomiendan músicos, bailarines y teatristas, obligándose a habitar fosa o altillo del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez.
Mamani es miembro –como Ciclón (Adrián Campero), Óscar Casero, Ramiro Ramírez, Lucio Ramos-  de una estirpe que parece estar de salida de los teatros: la de los pintores escenógrafos.  
Pero centrémonos en Víctor Mamani para intentar crear el telón de fondo de su vida que bien podría ser argumento de una obra de cine, teatro o danza, que a todo ha respondido –y responde– con su arte.


Víctor Mamani Rafael en el vestíbulo del teatro Alberto Saavedra Pérez en 2019. Foto: Mabel Franco
A bordo de una volqueta
Víctor nació en 1968 en Mina Bolívar, una población que era parte de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). “Viví allí hasta 1986, como un niño rico. Tenía de todo, incluso un gran teatro donde se realizaban los grandes festivales mineros y donde, sobre todo, se exhibían las mejores películas. Yo iba mucho a verlas, pues en la tarjeta de la pulpería estaba incluido este servicio y lo descontaban por planilla del salario de mi padre, se aprovechara o no”.
Mina Bolívar es parte del Cañadón de Antequera (Oruro), donde funcionaban varias minas privadas. “La nuestra era la única estatal y estaba en la cabecera del cañadón. La ‘relocalización’ llegó de sorpresa” –recuerda Víctor, que en 1986 era un bachiller que soñaba con irse a Rusia para estudiar ingeniería de minas “y tuvimos que dejar nuestra casa”.
No hubo tiempo de recoger casi nada. Cuatro familias, una de ellas la de Víctor –padre, madre y 10 hijos-, fueron transportadas a bordo de una volqueta rumbo a La Paz. “Fue terrible”.
“Nunca entenderé por qué. La mina producía y era rentable. De hecho, Goni (Gonzalo Sánchez de Lozada) la compró y la siguió explotando. Hoy mismo sigue activa”, reflexiona el hijo mayor de los Mamani Rafael.
En el escaso equipaje con que subió a la volqueta, Mamani incluyó, aunque no lo supiera concientemente, las imágenes de una película que “me hizo volar la cabeza”: El Mago de Oz.
Los padres del joven soñador no sabían leer. Como pudieron, con prisa, adquirieron una casa en El Alto, en el sector de El Kenko, donde todavía vive quien resume esa parte de su vida como producto del destino.
Escenografía para el baile de la Diablada, coreografía de Bafopaz. Foto: Mabel Franco.
El cuartel
Víctor consiguió trabajo como mucamo en una residencia de La Paz, pero trabajó un mes solamente, pues se impuso la obligación de acudir al cuartel. “No había pensado en ir, no quería ir; pero habrá sido el destino y terminé en el Estado Mayor durante la peor época para estar allí: miles de mineros salían a las calles a reclamar todos los días. Era grave, pues era gente que no tenía nada que perder. Y me entrenaron, como a mis compañeros, para reprimir a las grandes masas; tan bien, que con dos movimientos podíamos separar a los dirigentes del resto del grupo y deteníamos la marcha”.
Ese año fue muy duro para el joven que desde niño se recuerda solitario y sensible, pero finalmente “el cuartel me enseñó a organizarme, a planificar y me acercó, paradójicamente, al arte”. Cierto día, un oficial consultó si había un pintor entre los conscriptos y “yo pensé que de brocha gorda, así que no me presenté; me llevé una llamada la atención cuando esa persona me sorprendió dibujando, aunque desde ese día pasé a trabajar en mejores condiciones: haciendo los libros oficiales y coloreando cuadernos de los hijos de los oficiales. El arte me protegió”.
Lejos ya de la idea de ser ingeniero de minas, lo que Víctor deseaba era estudiar arte. Como tenía que ganarse la vida, consiguió empleo en la panificadora San Gabriel y allí se quedó durante cinco años. Una tarde que bajaba a pie hacia Obrajes, con 50 centavos en el bolsillo, “vi un cartel amarillo en la curva de Holguín: Carrera de Artes”. Allí lo aceptaron y, entre trabajos aquí y allá, llegó a conocer al cineasta Marcos Loayza, por quien ingresó al mundo del cine, experiencia que le llevaría, más tarde, al del teatro. El destino, “siempre el destino”.


Escenografía de Víctor Mamani para la chacarera de Bafopaz. Foto: Mabel Franco.
El Mago de Oz
La película “El corazón de Jesús”, de Loayza, fue el estreno en grande para quien aprendió el oficio de asistente y, luego, director de arte. Terminé mi carrera en 10 años, ciertamente, pero aprendí mucho en el camino, en las filmaciones, en los documentales, los spots publicitarios”. Además, fue invalorable la amistad que hizo con el maestro escultor Víctor Zapana, quien le enseñó a modelar, conocimiento importante para las escenografías que propone a los artistas.
La vida afanosa, sin embargo, le provocó a Víctor una grave afección en el estómago a fines de los años 90. Estuvo internado en un hospital por meses. Convaleciente, sin dinero, recibió un llamado telefónico esperanzador. Era el actor de teatro David Mondacca, quien le pedía ayuda para la escenografía de una obra que estaba preparando: “No le digas”, sobre textos de Jaime Saenz.
Acudió a la cita con Mondacca, más muerto que vivo y sin dinero como para darse el lujo de rechazar el trabajo. El artista le contó en detalle la obra que tenía en mente. “Armé todo en mi cabeza y respondí que me parecía fácil, que lo haría, pero que me dejara hacerlo en mi casa”. Mamani recurrió a materiales de reciclaje: cartón, trapos viejos, adobes desechos, libros, un batán pequeño, una corteza de eucalipto…
“No conocía, hasta entonces, el Teatro Municipal, pero con las indicaciones que me dio David llegué en un taxi y descargué lo que parecía ser basura. Quienes me vieron han debido pensar que era un loco”. En el escenario, a la hora de armar, se dio cuenta de que no sabía nada de teatro.
Mario Caba, técnico de luces por entonces, “me brindó toda la ayuda que necesitaba para colgar, sujetar, e incluso me trajo un batán enorme en el que el personaje muele el picante”, y así fue cobrando vida el universo saenciano, incluidos los libritos en miniatura de Juanjosé Lillo que se describen en “Vidas y muertes” y que Mamani trabajó con primor.
"El corazón de Jesús", película de Marcos Loayza. Vìctor Mamani hizo la dirección de arte junto a Sandro Alanoca.  
Cuestión de perspectiva
Hace 20 años de ese debut. Años de nuevos aprendizajes y maestros como el arquitecto Mario Torrico, quien fue director del teatro Saavedra Pérez, y que casi lo adoptó y le dio cobijo en la vieja infraestructura. “Hoy, soy un escenógrafo. Hago bocetos, acabado de perspectiva, color; hago maquetas para entender el color del vestuario, el maquillaje”.
Y pinta sobre el lienzo inmenso colocado sobre el piso, parado en medio, dueño de la perspectiva como no parece posible. “Se llama perspectiva deformada. Yo estoy dentro del cuadro y miro como esos faquires que se desdoblan, se elevan y lo ven todo desde el aire. Esto me enseñó a hacer Mario Torrico, como Mario Caba me enseñó luces y electricidad, y como el tramoyista Lucio Ramos me facilitó el conocimiento de las cuerdas y pesos. Puedo hacer todo”, aunque, claro, el teatro es equipo, es depender uno del otro y esto a veces desespera a quien no ha dejado de ser esa persona solitaria.
Aunque extraña el cine, “mi vida es el teatro”, resume Mamani. “Me da de comer, pero sobre todo me permite estar en un lugar que es pura energía de tanta gente que ha vivido, y vive, emociones intensas”. ¿Fantasmas? “Yo soy uno”. O más bien, “soy como el Mago de Oz que me sigue maravillando porque todo es tramoya, escenografía, ilusión para hacerte ver que hay cosas bellas donde no hay sino papeles, cartón, trozos de madera”.

Nota: Víctor Mamani Rafael recibió una distinción de la Secretaría Municipal de Culturas en 2018 como reconocimiento a su labor.

domingo, 28 de abril de 2019

Raza: espectador


El Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez, de La Paz, se ha quedado sin su Ángel.

Ángel Quiñones en un vino en el Salón de Honor del teatro municipal. 

Cada noche, salvo excepción que hacía más evidente su existencia, “Timoteo”, como le había bautizado el personal del teatro municipal Alberto Saavedra Pérez, trasponía la puerta de ingreso a platea con un paso menudito, como un muñeco de cuerda que lo hacía inconfundible.
No era de los que quisiera hablar demasiado. A duras penas, una de esas noches dijo que se llamaba Ángel. Ángel Quiñones, 75 años.
Todo el 2018, este Ángel llegó al teatro, entró sin pedir permiso, incluso para ver el mismo espectáculo más de una vez. En tiempos en los que escasea el público, en que el artista se alegra si en el espacio para 600 espectadores al menos asisten 50, Ángel era un fenómeno, un misterio.
En enero reciente, al inaugurarse la temporada 2019 en el teatro, el infaltable “Timoteo” no llegó. Ni en febrero, ni en marzo. Las vendedoras de dulces sabían el porqué. Ángel, que solía pasear por El Prado o la calle Comercio, siempre solo y con su pasito acompasado, se había caído para no levantarse más.
Timoteo seguramente tuvo familia. Lo habrá llorado. En el teatro hubo un suspiro de pena y comentarios de “vamos a extrañarlo”. No es que Ángel fuese un ángel. Acostumbraba a acomodarse, en esas rarísimas funciones con mucho público, en el asiento de alguien que había pagado su entrada y nada lo iba a mover de allí. O solía comentar a gritos sus impresiones sobre un actor o una actriz o un grupo musical, como la vez que se oyó alto y claro: “Qué gorda” o “Habla más fuerte, no escucho” o “Qué macana de obra”. Entonces daba ganas de exiliarlo, pero se pasaban al constatar su persistencia para pertenecer a esa raza en peligro de extinción: espectador.

viernes, 6 de julio de 2018

El Migue



Foto de Miguel Vargas tomada de su perfil de Facebook.

Perfil breve de Miguel Vargas, una de las mentes ociosas, grupo de humor cantado, y amigo de la autora desde hace 15 años y mil obras de teatro, de danza contemporánea, cine, artes visuales y otras dimensiones que han explorado juntos. Fue solicitado y publicado por la revista Rascacielos de Página Siete.

Mabel Franco, periodista

Si alguien parece no querer estar solo ni un ratito, ese alguien es Miguel Ángel Vargas Saldías, el Migue. El título de comunicador social, en su caso, es más que una adquisición universitaria: se trata de la esencia de una persona que vive intensamente hacia fuera, con los demás. Cuesta imaginárselo en la soledad de su dormitorio, por ejemplo, y sin embargo, la vida interior se le desborda en su irreverente sentido del humor, en su capacidad para desmontar prejuicios ante las narices de los defensores de cualquier tipo de corset tejido por las buenas costumbres y las buenas apariencias.

El Migue, periodista cultural, artista desde su niñez, amiguero, chistoso, un buen día decidió unir sus múltiples almas y así se erigió en la cabeza pensante y cuerpo actuante del grupo de humor cantado Las mentes ociosas. Este cuarteto canaliza las ideas que sus amigos hemos apreciado cotidianamente a su lado: sobre lo sublime de lo popular, sobre la hermosura de lo kitsch, sobre la coherencia de las contradicciones.

El Migue es un ejemplo viviente, gran ejemplo en todos los sentidos, de que se puede remar contracorriente y ser feliz si a los demás se los persuade de no ser lastre, sino aire insuflado por la carcajada que despierta el descubrirse entrañablemente absurdo.

Un anarquista en El Búnker

"Muerte de un anarquista". Foto: Mabel Franco


El mérito no es de la realidad, sino de la capacidad del dramaturgo para crear el signo que la codifica, que la atrapa en lo esencial a la espera de que alguien, para el caso Antonio Peredo y el grupo, descubran las claves y la pongan nuevamente en acción.


Mabel Franco, periodista

El Búnker está abierto nuevamente. Buena y alentadora noticia, pues no es cuestión de perder espacios que la gente de teatro se ha abierto para la cultura y no es cuestión de mirar solamente los estatales para gestionar el encuentro con el público.
Antonio Peredo, hombre formado en la Escuela Nacional de Teatro de Santa Cruz y que retoma la labor de coordinación de El Búnker, asumió la dirección de la primera obra de esta nueva etapa. Queda asentada así en el libro de actas esta “Muerte accidental de un anarquista”, infinidad de veces representada por el mundo desde que Dario Fo la concibiera en 1970, y encarnada ahora por los actores bolivianos Bernardo Arancibia, Marcelo Sosa, Luis Caballero, Michael Apaza y Daniela Lema.
Que la realidad de la corrupción de los poderosos, de los abusos del poder –gobernantes, policía-, no parece cambiar demasiado ni con los años ni con las personas que encarnan ese poder, lo pone en evidencia la tragicomedia del Nobel Fo. El mérito no es de esa realidad, sino de la capacidad del dramaturgo para crear el signo que la codifica, que la atrapa en lo esencial a la espera de que alguien, para el caso Peredo y el grupo, descubran las claves y la pongan nuevamente en acción.
En una comisaría, uniformados lidian con un loco enfermo de histriomanía (maravillosa alegoría de la re-presentación, del teatro). Ese loco, por un enredo, abrirá el expediente que quema a las autoridades: el “suicidio” de un anarquista que habría saltado desde la ventana de una delegación policial. Jugando a ser juez, el loco arrancará la verdad de las cosas o al menos forzará la confesión de lo que resulta algo sí como el modus operandi del poder corrompido.
Arancibia, un actor seguramente ideal para el papel que exige dominio de gesto y palabra para ser absurdo al mismo tiempo que dramáticamente serio, pronto tropieza, como el resto, con una puesta que parece haber trabajado más la forma –cámaras, imágenes proyectadas, presencias didácticas (como las de la reportera de Tv), apagones y otros- que la fluidez de la relación entre los personajes. Tantos recursos fragmentarios podrían develar la desconfianza del director en la capacidad de la obra de decir o, peor, del espectador para leer la metáfora.
Un recurso hay que rescatar de esta puesta, aunque al final no se lo explote en todas sus posibilidades: el ventanal instalado entre los espectadores y la delegación. Trasponer esa ventana y, cada vez que se cierra seguir lo que pasa a trasluz, ayuda a enfatizar en esa locura del teatro de atisbar en vidas y obras como en la realidad-realidad no es posible.
Pese los problemas por remontar, el texto de Fo aflora y uno entiende el porqué el poder persigue a quienes no se conforman con la versión oficial de la vida o de la muerte. Ahí radica el peligro –para ese poder- del arte de la re-presentación. De la locura lúcida. Del anarquismo, pues.

Nota escrita para la revista Rascacielos de Página Siete