miércoles, 3 de junio de 2015

Cómo asumir que los tentáculos son nuestros



La palabra me sirve para moverme entre las niñas que Alejandra Alarcón ha dejado salir. Mutilar, coser, sangrar… los verbos deben conjugar con construir.



Mabel Franco, periodista

“Cómo hacerse cuerpo” titula la exposición de acuarelas de Alejandra Alarcón que espera al público en Artespacio CAF (Av. Arce esq. Clavijo, La Paz) hasta el 15 de junio. Una espera silenciosa, a oscuras, tan escondida está la galería para los ciudadanos que trajinan por ahí, la mayoría sin sospechar lo que esta vez los acecha. Porque bienaventurados los que ignoran esos ojos, piernas, tentáculos, fauces, cicatrices que hieren la palidez del papel.

Niño y niña, sobre todo niña, atraen la mirada de quien rodeado por seres en actitud de contradictoria placidez siente que algún misterio se empeñan en esconder/develar. Un misterio que comparten con lobos, pulpos y conejos que los acompañan o que son ellos mismos, a veces.  Sí. Algo saben y quizás ni Alejandra ha podido arrancarles el secreto.

La artista, cochabambina radicada en México, hace de la acuarela una herramienta poderosamente expresiva, como ya se vio con las caperucitas rojas rojas que no se borran de la memoria de quien las vio la década pasada. El color aguado en su caso no pinta sino que mancha el papel y de esa mancha emergen las figuras no del todo definidas, nunca. Es lo inquietante en esta muestra que recurre a obras de distintas series, de diversas épocas, y que en el conjunto crea un universo o que emerge o que se diluye, dualidad que crea profundo desasosiego.

"Una niña es el personaje principal de las obras. Es una metáfora en la que la pequeña representa a una persona cualquiera, un ser que se encuentra en un momento de su vida donde no tiene las cosas definidas, no sabe quién o cómo es, pero que también vive el proceso de encontrarse, hacerse o reconstruirse”, explica la artista.

Pienso en sus palabras. Miro a través de ellas las obras. Pero me pierdo en otros sentidos, algunos absolutamente en contra de esa dirección. ¿No entiendo? Me consuelo al saber que el espectador es quien proyecta su alma, su experiencia en el arte que no se cierra, que no se explica de una sola vez y para todos.

¿Qué absorbo yo, por si importase saberlo a alguien distinto de mí, de ese papel de algodón poblado de niños y de alusiones a cuentos supuestamente para ellos?

“Niña con pulpo en la mano”. Sus ojos azules absorben  mi mirada más que el pedazo de tentáculo que ella sostiene como un trofeo y que bien podría ser su mano.

Niña en capelo con pulpo”. El animal envuelve a la pequeña cuyo rostro no se ve, mientras ella teje medias para tentáculos, algunos truncos. Medias con heridas sangrantes.

“Pulpo verde con piernitas”. El diminutivo acentúa la fuerza de la escena: del animal emergen pares de extremidades infantiles con medias cubiertas de heriditas.

“Niña pulpo con un solo tentáculo”. Como una sirena, la mitad del cuerpo lleva tentáculos, sólo uno completo aunque recompuesto mediante costuras; el resto ha sido cercenado.

“Contigo. Niña dormida con títeres”. Los brazos en alto están enguantadas por dos conejos sonrientes; la pose del sueño es forzada, quizás placer, quizás dolor.

“True love”. Niña y niño, con las medias omnipresentes, acosan/cobijan a un conejito.

“Sirena”. Niña con la falda en alto, calzón con ancla impresa y un pez muerto a su lado.

No hay caso. La violencia, que es evidente, no puede ser sino destrucción.

Hay que mirar de nuevo.

Pensar en lo que dicen la mirada, la postura, la actitud de los personajes.

La violencia duele, pero no mata. No es muerte lo que pinta Alejandra. Claro, ahora lo voy viendo: “ser“ no es un acto de cuento de hadas; la niñez no es lugar apacible que el adulto imagina en su desmemoria; la niña sangra, pero esa sangre que por supuesto puede ser de muerte, que lamentablemente lo es muchas veces en lo cotidiano, también significa vida, ciclo menstrual, renacimiento.

“Cómo hacerse cuerpo”. El espejo múltiple, seriado, me devuelve ahora, en virtud de la palabra, una partecita del secreto: nos vamos haciendo y deshaciendo; a veces nos perdemos en la boca del lobo, pero podemos dominarlo, llevarlo a donde queremos. Ser Caperucita no es ser devorable. Es nuestra prerrogativa, después de todo.

La realidad nos cerca como un pulpo; la coyuntura nos hunde en el pesimismo. Por suerte está el arte que estéticamente restriega nuestras heridas para obligarnos a reparar en ellas. A pensarlas. Con pesimismo, ya; pero con ése que obliga a tomar decisiones propias, a sanarnos, a ser el titiritero, no al contrario. De eso se trata ser niña, sin importar la edad que se tenga.

¿Será así o ahora las niñas estarán muriéndose de risa detrás de sus tentáculos?






martes, 14 de abril de 2015

Eludir el cuerpo, se llama


Mabel Franco, periodista

Es de destacar y agradecer que el arte se ocupe de un tema de “lacerante actualidad”, para usar lenguaje sociológico. Que de las múltiples posibilidades que ocupan la sensibilidad de un autor y de un director se decida abordar aquello que está llenando páginas de diarios y de noticieros televisivos, es algo para tomar muy en cuenta.
La trata y tráfico de personas, con distintos fines, uno de ellos la explotación sexual, es el tema en cuestión. Y “El cuerpo”, obra teatral escrita por Camila Urioste y dirigida por Cristian Mercado, el caso en particular.
¿Qué decir que no se haya dicho sobre la trata con fines de prostitución? ¿Qué de lo dicho a diario se puede decir de otra manera? ¿Cómo desadormecer a los receptores de noticias cotidianas que de tanto verlas se van insensibilizando? ¿Cómo evitar el oportunismo o, peor, la repetición de fórmulas? Y, en definitiva, ¿cómo justificar las palabras arte teatral con el hecho sobre el escenario? Tales las cuestiones que habrán tenido que responderse autora y director a la hora de poner en carne y hueso el drama de unas mujeres atrapadas por la prostitución.
El resultado, en lo positivo, es un intento, a ratos no exento de poesía verbal, para explorar en los sentidos que tiene el propio cuerpo para una mujer: cómo se lo vive desde la niñez hasta que los ojos de los otros reparan en él: lo cosifican. Entonces, para muchas, ese cuerpo con el que han convivido, de pronto se torna un desconocido, un indeseable, un vergonzante… Algo debería pasar luego: disfrutar del propio cuerpo, dominarlo, imponerse a la mirada externa... Sólo que para algunas, demasiadas ya, la trampa está tendida pues los hilos de la trata las secuestran.
El cuerpo se reduce entonces a la más perversa condición de objeto. Alguien va a usarlo hasta desecharlo, en tanto la sociedad contempla cómo se destiñe el papelito de “desaparecida” pegada en algún poste.
Sólo este monólogo encomendado a Patricia García, con mucho por desarrollar, ya justificaría la obra. Pero no. A autora y director se les ocurrió trenzarlo con la situación dentro de un prostíbulo.

……………….

Una joven prostituta decide hacer justicia. Una compañera que ha huido y debía llamarla, guarda inquietante silencio y ella teme que El agujas (Kike Gorena) la haya matado, como sabe que ha hecho con otras chicas.
Aprovecha que un político (Luis Bredow) está de cliente para tomarlo como rehén. Por accidente, El Agujas es herido y así llega él también a la habitación, conducido por otra prostituta, muy ingenua ella (Erika Andia), que poco a poco se convencerá del callejón sin salida que es su vida.
Lo que va sucediendo en la habitación miserable y la conversión de la mujer que encarna García se alternan para mostrarse al espectador. Ambos espacios están enfrentados en medio de la calle que forma el público y se activan o desactivan mediante encendidos o apagones de luz. Como recurso narrativo, funciona bien. Es un acierto de la dirección y hay que apuntarlo, pues además es posible sentir ese voyerismo propio y mirarlo en los ojos de los espectadores del frente; qué sucede en ese lugar íntimo, con chicas y viejos en paños menores.
El problema es que cada vez más y pese al drama que se vive en la habitación, es la otra historia la que uno quisiera ver. Y así pasa por varias razones, una de ellas la falta de vuelo para pintar a las prostitutas y los hombres en su drama.
La vengadora se pasea por el escenario con pestañas postizas que nunca se desacomodan, con ropa interior que se supone debe usar para trabajar, pero que jamás ostentaría en momentos en que se asquea de la mirada del viejo cliente o del desprecio del explotador. No y no, y es una incoherencia dentro del universo que propone el propio texto.
Se ha criticado la debilidad de la actriz (y ya son dos las que pasan por el papel de la vengadora: Catalina Francisco y Gabriela Sandóval) y sí: si las elegidas para el papel tuvieran más recursos, quizás salvarían los estereotipos o éstos no se notarían tanto. Bredow y Gorena lo logran mejor, aunque, para ser sinceros, tampoco ellos remontan el encasillamiento de sus roles que los obligan a recitar viejas y gastadas consignas de político corrupto, viejo verde en busca de jovencitas, de explotador malo malo, malo.
Así que no es sólo actuación. Hay pecados de texto que se pueden resumir en una palabra: estereotipos. Pero hay más pecados de dirección, pues Mercado ha tenido todas las posibilidades de apropiarse de la obra, de hacerla propia, de convertirla en ese algo nuevo que justificaría todo el esfuerzo.
A nivel de dirección, por ejemplo, el arma, la pistola, se maneja con la misma ligereza con que se usa el celular, como dijo alguien del público. ¿Para qué ponerla en manos de una víctima de explotación si no va a servir más que como utilería?
Claro, lo que pasa es que ni en los personajes ni en sus encarnaciones, salvo lo mencionado sobre García, hay símbolo, signo, imagen: sólo anécdota. Tan es así, que la escena final, valiente para una actriz (García) que debe lucir su cuerpo rollizo, desencajado, pierde toda la fuerza que tendría si se profundizase en el relato sobre el cuerpo traficado, usado, despreciado aun por quien lo porta.
Esta vez, Urioste y Mercado han eludido el cuerpo y la telenovela o, peor, la crónica roja, se ha comido al teatro. 

Ficha técnica
Título: El cuerpo (2015)
Autora: Camila Urioste
Director: Cristian Mercado
Actores: Patricia García, Luis Bredow, Kike Gorena, Erika Andia y Catalina Francisco/Gabriela Sandóval
Producción: El Desnivel

domingo, 27 de julio de 2014

Mauricio D’Avis, el origen de "Olvidados"

Cochabambino, es cineasta formado en EEUU y España. Para su tesis de licenciatura estaba buscando un tema de guion que desarrollar y se topó con un artículo periodístico sobre el Plan Cóndor. Investigó, recogió testimonios y fue armando una historia que Carla Ortiz ha llevado al cine como coescritora, actriz y productora ejecutiva. ‘Olvidados’, dirigida por el mexicano Carlos Bolado, llega a las pantallas del país esta semana. A continuación, parte de la entrevista con D'Avis realizada en 2013.

Mabel Franco, periodista

Mauricio D’Avis es un cineasta y un empresario boliviano de 34 años. Nació en Cochabamba el 16 de marzo de 1980, de manera que tenía cuatro meses cuando la dictadura de Luis García Meza se implantó en el país. No es que una cosa tenga que ver con otra; pero lo cierto es que este joven decidió explorar en el Plan Cóndor (coordinación entre las cúpulas dictatoriales de la década del setenta en Sudamérica y la CIA), con la idea de escribir un guion cinematográfico. “Estudié Producción en Cine y Tv en la University of Southern California en Los Ángeles y quería desarrollar un guion que pudiera dirigir”, se explica. Unos años más tarde “conocí a Carla Ortiz, quien hizo la versión final y produjo la película”.
Tal cinta es Olvidados, que ya fue filmada en el país y está en proceso de posproducción. Tiene como protagonistas a actores de Bolivia, México, Chile, Portugal y Argentina, entre ellos Damián Alcázar, Rafael Ferro, Tomás Fonzi, Carloto Cotta, Manuela Martelli, Cristian Mercado, Bernardo Peña, Milton Cortez, Jorge Ortiz y la propia Carla.
“Creo que de alguna manera tratamos de olvidar el pasado y dejar que el tiempo borre muchas cosas, pero lo cierto es que deberíamos saber más para no caer en lo mismo algún día”, responde D’Avis desde España, donde cursa una maestría en Guion Audiovisual en la Universidad de Navarra (Pamplona).
— Se suele creer que los jóvenes, que no han vivido la dictadura, no tienen interés en esa parte de la historia del país (y de la región). ¿Es cierto?
— No sé si es falta de interés. Ocurre que muchos jóvenes en Argentina, Chile o Paraguay sufrieron las dictaduras de manera distinta a los bolivianos, y muchas veces en su entorno muy próximo. Esas heridas siguen latentes y no es fácil hablar de ellas, más aún considerando que hay personas que defienden esos días y las acciones tomadas. En el caso de nuestro país, creo que se trata en muchos casos de falta de conocimiento de lo que ocurría durante esa época. El porqué de las dictaduras y cuál el propósito de esos regímenes. Es durante esos años que se activa la Operación Cóndor, algo desconocido para mucha gente, y se desata el terror entre ésta.
— ¿Cómo se relacionan con ese tema por ejemplo sus amigos?
— En general no atrae a muchos. En mi caso, la curiosidad o pasión por el tema viene de años atrás. El guion lo fui ideando a fines de 2004, cuando terminaba mi último año de universidad, y la verdad que conocía muy poco. Fueron muchos libros, diarios, entrevistas, emails, internet, películas, documentales y horas y días para armar un mundo, una historia, personajes y escenas que unieran el pasado de esa época con el presente. Un trabajo de investigación y aprendizaje bastante extenso que derivó en cinco versiones durante cinco años de guion. Con la última, Carla Ortiz y Elia Petridis trabajaron para desarrollar la definitiva. Hubo muchos aportes al guion de un amigo y también actor de la película, Bernardo Peña.
— ¿Cómo fue construyendo la historia?
— Todo empezó con un artículo sobre el Plan Cóndor que leí por internet en un periódico nacional. Empecé a indagar. Al principio revisé libros de autores chilenos, argentinos y estadounidenses. A medida que pasaba el tiempo, fui accediendo a instituciones y gente a nivel nacional e internacional que me dio su apoyo, referencias, testimonios y anécdotas acerca de lo que pasaron o pasó con gente cercana a ellos. Años más tarde conocí a Martín Almada (Premio Nobel Alternativo de la Paz), que había descubierto los archivos que revelaron la existencia de la Operación Cóndor en Paraguay. Él es una persona que sufrió bastante, pero que luchó mucho para demostrar lo que sucedió en Sudamérica. Al mismo tiempo fui conociendo a historiadores, escritores, víctimas, políticos y militares de la época. Tuve la oportunidad de contactarme con mucha gente que me ayudó a pulir, a desarrollar el guion y la historia, como el exsenador Gastón Cornejo, la Unión Nacional de Expresos y Exiliados Políticos de Bolivia (Unexpepb), la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Chile, SOA Watch (Vigilancia en contra de la Escuela de las Américas), la Asociación de Familiares de Detenidos, Desaparecidos y Mártires por la Liberación Nacional (Asofamd). Con todo ese mundo de datos, información y apoyo fui creando una historia que debía unir el pasado con el presente y construir un guion de ficción basado en eventos y personajes reales que pudieran reflejar esos años y las consecuencias al día de hoy. Fue algo extenuante y espero que la película refleje todo el trabajo, las historias, escenas y personajes.
— ¿Quiénes son los personajes?
— A pesar de la versión última, el mundo y las historias son los mismos: personas con las que uno podría identificarse. Cuenta con aproximadamente diez personajes. Uno de ellos, el protagonista, une el presente con el pasado para que su historia permita conocer al resto. No estoy al tanto de cómo quedó la versión filmada, pero el protagonista y la razón de contarnos su historia son la base de todo. Muchos tienen aspectos que provienen de mi vida, en rasgos, nombres, personalidades y recuerdos bajo los cuales los construí.
— ¿Considera que la gente de su generación está consciente de lo que es vivir en democracia?
— Espero que sí. Creo que todos hemos escuchado una que otra anécdota por parte de familiares o profesores y sabemos lo que fueron esos años de dictadura. Si no, entonces creo que es deber de otros, en este caso del cine, contarlo. Yo, a través del guion, pinto lo trágico del pasado y el mundo en el que vivimos hoy para valorar lo que tenemos.
Entrevista publicada en Escape, La Razón, en mayo de 2013