lunes, 31 de agosto de 2026

Paüra, la forma y el contenido

El Festival Internacional de Teatro - Fitaz echó a rodar su 15 versión el 30 de agosto de 2026 con una obra de música y clown. Los españoles de la Cía Lucas Escobedo hablan del miedo, esa emoción que nos habita; pero en ese hablar hay una distancia respecto de los muchos recursos de la puesta y entonces o se es niño o se es adulto a la hora de recibir el mensaje. 

Cía. Lucas Escobedo, Fitaz 2026. Foto: Karmen Saavedra.

Mabel Franco Ortega

Dos actores (Lucas  Escobedo, Alfonso Rodríguez), dos actrices (Raquel Molano, Paula Lloret). Ellas, además cantantes e instrumentistas de excelencia. Uno de ellos, ducho en juegos malabares. Todos, como parte de la Cía. Lucas Escobedo, de España, empeñados en explorar, desde la técnica del clown y su comicidad, un tema muy serio: el miedo. El miedo: esa emoción que habita en todos los humanos, que es transmitido por grandes a chicos y que, en lo bueno, actúa como un mecanismo de alerta, pero que, en lo malo, puede ser un freno para crecer, descubrir y, en definitiva, disfrutar de la vida.

El trabajo de conjunto es, evidentemente, destacable en Paûra, la obra, y hay que mencionar lo mucho que aporta el vestuario diseñado por Palomia Bravo para, junto a la luz, seducir el ojo del público e introducirlo en la poesía visual de la propuesta.

Ahora bien. La obra, muy premiada en España, está dirigida al público en general, de tal manera que la niñez está directamente convocada. Los clowns llegan a estos espectadores al recurrir a trucos que los pequeños celebran, como han celebrado desde siempre: el golpe, la caída, la destrucción, la pérdida del pantalón, la hábil manipulación de objetos, la lengua que se traba, la vulnerabilidad y ridiculez de los personajes, etc. Y entonces, hay fiesta, también en virtud de la musicalidad, a la que se unen muchos adultos… Pero, sospecho, no todos.

Soy una de esos adultos que, aunque aplaudo lo bien trabajado de las técnicas, no puedo conectar tales habilidades con el mensaje, con el contenido. Entonces, quedo fuera de la magia, preguntándome si lo que sucede es que ya no soy niña. Y entonces recuerdo las otras muchas veces que he celebrado con los títeres o con el teatro de objetos o con el teatro a secas dirigido a la niñez. Así que no es mi adultez.

Lo que siento con Paüra, la obra con la que se abrió el Festival Internacional de Teatro de La Paz – Fitaz, es que el problema no tiene que ver con la edad del espectador, sino con un divorcio entre lo que se dice con las palabras, el verbo, lo cerebral, y lo que se trabaja con las múltiples imágenes sonoras y visuales. Son como dos planos que rara vez se unen y la prueba está en la excepción: el miedo a la oscuridad se aborda con un apagón y unas velas, con los cuatro actores reunidos cerca del proscenio; a la hora de decir que no hay nada que temer, las luces se encienden y develan que nada ha cambiado, que todo se está. ¡Eureka!

'Paüra' en el Teatro Saavedra Pérez. Foto: Mabel Franco.


Y ahora recuerdo otro momento que cala: los personajes repiten lo que oyeron de sus padres:  cuidado con esto, cuidado con aquel, paralizándose a la hora de enfrentarse al afuera. ¡Bingo!

En el otro sentido, como ejemplo de lo que se queda en la forma, ahí está el recurso de hablar en cuatro lenguas, una de ellas, el aymara. Muy divertido, pero qué fuerza ganaría si tal recurso sirviese para abordar, por ejemplo, ese miedo al que no comparte tus códigos, al extraño, al distinto.

A esta altura, se me viene a la memoria la obra Perder el miedo, de la boliviana Cristina Wayar, que aborda el mismo tema, con música, canciones, actuaciones y marionetas. El personaje protagonista, una niña, trepa a un árbol alto en pos de un globo, y cae; en esa caída irá enfrentando y superando miedos distintos. Forma y contenido, técnica y mensaje trabajando como un todo, aunque sin la dosis de humor que sí tiene Paüra.

Para cerrar, debo compartir un miedo activado la noche inaugural del Fitaz, con la Cía Lucas Escobedo moviéndose a sus anchas por el único escenario que, en La Paz, así lo permite: el del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez, capaz de ganar en profundidad y altura, y permitir así tantos planos como lo requiere esta puesta. Piano, batería, guitarra que desciende de lo alto...  No hay otro teatro igual en la ciudad y alrededores y, por múltiples razones, entre las que destaca la inoperancia de la nueva gestión municipal en materia de culturas (cuyas autoridades ni asomaron en la noche inaugural, tal vez por miedo a la silbatina que hace dos años se llevó el antiguo secretario del área), está siendo desperdiciado justamente por el arte teatral, incluido el de esta versión del Fitaz.

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