Alice Guimaraes y Gonzalo Callejas guardan y actualizan, para momentos especiales ha dicho Gonzalo, sendos monólogos que, trabajados en su juventud, los acompañan desde hace 23 años para un caso y hace casi 30 en el otro. Reponerlos ha coincidido, en abril de 2026, con los 35 años de Teatro de los Andes.
Son obras breves, mínimas en su despliegue, pero pletóricas de imágenes que sugeridas por la palabra escrita —ambas se basan en textos literarios: un cuento Alice y una novela Gonzalo— se enriquecen con el don de saber decir de estos artistas. Podría pasar lo contrario, sobre todo para quienes han leído los textos de origen, es decir: que la imaginación de la lectura en solitario se sienta empobrecida por las formas dadas por cuerpo y voz de quien al asumirlas para la escena impone una mirada. Pero en verdad que la traducción teatral en estos casos detona, evoca y convierte las historias en obra nueva, propia.
Una muerte anunciada
Gonzalo Callejas sorprendió a César Brie a fines de los años 90 con una propuesta minimalista. Era un planteamiento que claramente se distinguía de lo que trabajaba el grupo con mucho de despliegue corporal y elementos en escena. El actor, que se estrenó así como dramaturgo, había leído Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, y, tocado por esa historia, tomó la guitarra, una silla y asumió una decena de voces para contarla como si pasara aquí cerca.
Han pasado muchos años desde el estreno de La muerte de Jesús Mamani y ver a Callejas hoy como antes, todo de blanco, descalzo, con la guitarra y la silla, es comprobar cuánto ha madurado el actor y cuánto ha transitado por esta su obra. Sutileza es quizás la cualidad que mejor describe lo que hace el artista. Cada gesto, cada cambio de voz, cada rasgueo de cuerdas, cada entonación, cada movimiento, cada palabra que al final se convierte en un lamento en quechua hay que absorberlo como si de un ritual se tratara. Es que conocido el final —la anunciada muerte— es el tránsito que traza el actor el que nos conmueve y conduce por aquella casa con la madre adentro, la puerta cerrada por ella misma, las cuchilladas, los testigos, el trayecto del moribundo, la percepción de la muerte, de la propia muerte. Y no hay, como sí se sugiere en la crónica original, una causa. Hay simplemente el sinsentido de matar y morir. En un metro cuadrado se ha abierto un universo.
Una mujer seductora
Alice pone su expresivo rostro al servicio de La mujer de anteojos, su versión del cuento de Eduardo Galeano, Historia del lagarto que tenía por costumbre cenar a sus mujeres. Es, por tanto, un privilegio ver este monólogo desde primeras filas, pues es así que el “primer plano” se convierte en una revelación disfrutable.
El cuento de Galeano, que llamó la atención de Alice, habla de violencia machista. Y le pone fin en la persona de una mujer que deja de ser la chica a la que el poderoso puede echar mano y desechar, ya que a diferencia de las muchas víctimas, ésta sabe cosas y por tanto es capaz de seducir y de, en la noche de bodas, devorar al abusador.
No es que el cuerpo de la actriz, que tiene conocimientos de danzas de la India y que con sutileza los muestra para presentarse como narradora, no se exprese. Son sus movimientos enmarcados en un vestido rojo intenso los que ayudan a imaginar lo que las palabras dicen de ese Dulcidio regodeándose por sus dominios y escogiendo jóvenes muchachas para comérselas en la noche de bodas. Pero, créanme, son los ojos de Alice —como debieron ser los de Sherezade— los que guían hacia ese hombre lagarto sintiendo el placer de devorar impunemente a jóvenes mujeres. Y son esos ojos los que se cargan de picardía cuando en la orilla del río aparece una mujer de lentes y con un libro en las manos.
Han pasado largos años desde que el cuento apareciera en el libro Palabras andantes y desde que Alice Guimaraes decidiera llevarlo a escena, con la aprobación del propio Galeano, según dijo la actriz; pero la persistencia de la violencia machista, expresión de un sistema patriarcal que se defiende con todo y coletazos fáunicos, le da toda vigencia hoy.
Patriarcado en cuestión
Creo, eso sí, que no se puede resolver la violencia de los empoderados creando empoderadas. El poder es un peligro en tales términos. Pero —y el tono de humor negro de la historia narrada por la actriz permite abstraerse de lo literal para aprovechar la metáfora— claro que hay que buscar las formas de seducir a quienes piensan que prevenir y aun sancionar a hombres devoradores de vidas de mujeres de toda edad, condición social, económica o cultural, es un ataque contra el género masculino.
Porque, digo yo, ya hubiese querido Santiago Nasar —y Jesús Mamani— que una mujer, o todas, desarmara a sus asesinos a tiempo, pues —tal el secreto que debe saber la mujer de anteojos— esas costumbres de lavar el honor, de hacer justicia por mano propia y otras imposiciones que recaen sobre todo en ellos, son también bastante patriarcales.
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