martes, 7 de marzo de 2017

Juanita Taillansier, la primera estrella del cine boliviano

“Creo que una muchacha, antes de casarse debe pensar en el divorcio. Es muy necesario. En la época del noviazgo jamás se llega a apreciar los caracteres. Todos los novios son ángeles caídos del cielo que se vuelven demonios en el matrimonio... Una mujer debe tener a mano un recurso que la salve del tormento de vivir totalmente decepcionada y sacrificándose por satisfacer solo un concepto social egoísta que exige todo sin dar nada”. Juanita Taillansier


Mabel Franco, periodista

El 16 de julio de 1907 nació en La Paz una niña a la que su madre, Felipa Guzmán, bautizó como Juanita. Hija única hasta los 26 años (cuando llegó al mundo su hermana, Teresa Guillén Guzmán), con un padre, monsieur Taillansier, que muy pronto desapareció de la vida de la familia, Juana creció en un hogar que igualmente la mimó y le auguró una vida de éxitos y felicidad. No en vano, según hacía notar su madre, Juanita tenía dos coronas en la cabeza (remolino que forma el cabello en la nuca).
Se educó en el Instituto Americano, donde asistió al internado y pronto destacó por su carácter alegre,  travieso. Muchas veces le encomendaron papeles en las comedias que se solía montar en el colegio. “Dicen que lo hacía bien”, le contó al periodista del diario paceño Última Hora que la entrevistó en 1931, a raíz de la película protagonizada por ella y que se había estrenado un año antes. “Ése fue suficiente título –recordó su desempeño en aquellas obras estudiantiles- para que me solicitaran filmar Wara Wara”. 

Taillansier como Wara Wara y José María Velasco Maidana como Tristán de la Vega, en el lago Titicaca.

Juanita Taillansier es, puede afirmarse, la primera actriz del cine boliviano. Y la única, en rigor, con un papel protagónico.
Su rostro en la gran pantalla animó el de la princesa inca con nombre de estrella que, en tiempos de la Conquista, se enamora del capitán español Tristán de la Vega. Éste, prisionero de los nativos. en algún lugar del lago Titicaca, caerá también rendido ante la belleza y dulzura de Wara Wara, tal como la obra de Antonio Díaz Villamil (La voz de la quena) lo dejara asentado antes de servir de base para el guion del film.
La película, dirigida y coprotagonizada por José MaríaVelasco Maidana, tuvo gran eco en su tiempo. Pero luego sobrevino el olvido casi absoluto (salvo notas de prensa y alguna que otra foto), dada la desaparición física de la cinta.

El milagro que fascina
Cuando seguramente las esperanzas de recuperar el film se perdían, Pedro Susz, como cabeza de la Cinemateca Boliviana, fue convocado en 1986 por un nieto del ya fallecido Velasco Maidanam (murió en EEUU), para revisar un viejo baúl, legado, que había permanecido oculto, del pionero de las superproducciones en Bolivia. Allí fue encontrada Wara Wara, entre otros materiales (trozos de La profecía del lago, por ejemplo, la primera película silente boliviana), aunque en rollos de nitrato sin editar. En los años 90, con el apoyo del Goethe Institut de La Paz, se inició un largo proceso de restauración.
Esta parte de la historia de la película ha sido contada varias veces, pero nunca deja de ser fascinante, quizás porque tiene un final feliz: hoy está bien protegida y al alcance de todo aquel que desee asistir a la historia de amor de la joven Wara Wara.

Estrella fugaz
Cuando Juanita Taillansier daba vida al personaje de la película silente, en el mundo se imponía ya el cine sonoro. Aquel 1930 fue el del estreno de El ángel azul, la primera película europea con sonido propio protagonizada por Marlene Dietrich. Y en Hollywood conmovía Anna Christie, con una Greta Garbo que se haría de un Oscar por su actuación.
No hace falta decir que de esas actrices –e incluso de Pola Negri, cuya película “muda” en la que se la describía como sublime y perversa se proyectaba en La Paz al mismo tiempo que Wara Wara- se sabe hoy más en Bolivia que de la Taillansier. Es cierto que, a diferencia de la estrella local, las divas extranjeras se convirtieron en tales por el impulso de una industria cinematográfica que en Bolivia nunca pudo concretarse.
De hecho, Juanita, pese a los comentarios de que su trabajo revelaba una “original habilidad” (Última Hora, enero de 1930) y que era “una actriz cinemática (sic) de muy buenas condiciones” (septiembre de 1931), tuvo en Wara Wara su debut y despedida.
La sobrina y ahijada de Juanita Taillansier, Janne Marie de la Riva guillén—hija de la hermana de la actriz, Teresa Guillén Guzmán, se animó en 2002 a publicar un librito (Wara Wara, memorias) en el que recogió los recuerdos sobre aquella mujer que le eligió el nombre, que le contaba historias fantásticas y que solía mostrarle las fotos y recortes de prensa de la aventura cinematográfica de su juventud.
 

¿Cómo era, pues, Juanita? 

Juanita Taillansier en su juventud.
Dominaba el idioma inglés como si fuera el propio. Esto la llevó a trabajar en la Embajada de Estados Unidos y luego en Air France, donde conquistó el corazón del ciudadano francés Alfred Bricout, gerente de la empresa, con quien se casó.
Tal como había deseado desde pequeña, la joven madame Bricout cruzó el océano para llegar a la tierra de su misterioso padre. De la Riva cree recordar que en esa travesía la pareja llevó la copia de   Wara Wara para que la familia francesa la viera. Falta saber si quedó en París y si alguien todavía la guarda. Lo cierto es que Bricout murió en La Paz luego de una larga enfermedad, unos años después de concluida la Segunda Guerra Mundial, y Juanita quedó viuda y sin hijos. 
Juanita, antes de conocer a quien sería su compañero, había respondido al interés de la prensa sobre su noción del amor: “Tengo tan alto concepto de él que, me parece, sólo amaré una vez”. Y así mismo fue. 
Los esposos Bricout.

Un alma llena de ternura
Si de niña y de joven adoptó a todo animal que se puso en su camino: un puma de circo, un burro maltratado, en su edad madura llenó la casa que le compró su esposo (en la calle Belisario Salinas, casi avenida Arce) de perros, una gata, conejos y hasta gallinas.
De la Riva, que nació en 1958, atrajo la ternura de la tía. “La recuerdo claramente como parte de los años felices de mi niñez”. Y “me parece verla acostada, por las noches, apoyada en sus almohadas, una larga y otra cuadrada, una sobre la otra...” Era el momento “en que se friccionaba las manos y el rostro con cremas y bebía un poco de agua fresca de una botella de cristal que tenía sobre su mesa de noche”. Antes había tendido “su colcha de vicuña, y envuelto su camisón en una botella de agua caliente; apagaba las luces de toda a casa y, acompañaba de su perrito que la seguía a todas partes, se venía a acostar a mi lado”.
Era el momento de las historias de su propia vida que podían parecer argumentos de una película. Como la vez que, solía repetir, un extraño hombre se presentó en su habitación y le dejó un mensaje para la Embajada de Francia. Juanita se enteraría luego de que era el fantasma de un enviado del país galo, fallecido en un accidente de avión, que había reclamado su ayuda.
El amor por Bolivia, del que la actriz hablaba a sus sobrinas constantemente, inspiró a Jeanne Marie, dice ella, y la prueba está en su dedicación al Centro de Terapias Naturales en el que rescata los saberes ancestrales de las culturas andinas.
Juanita Taillansier era una mujer de carácter y parecían rebelarle los prejuicios de la sociedad en que vivía. Eso mismo la habrá impulsado a aceptar el papel de una indígena que enamora a un blanco español. La sociedad de la época terminó por aceptar la historia, como no hizo años antes, cuando rechazó la propuesta del propio Velasco Maidana, La profecía del Lago, pues no estaba dispuesta a presenciar, ni en la ficción, que un pongo y una “patrona” se enamorasen. Se dice que otra joven rechazó el rol de Wara Wara por las críticas de la "sociedad", y que Juanita fue llamada entonces.
“Puse en ello -en dar a Wara Wara- toda mi alma, toda mi voluntad”, dijo la actriz al periodista. “Cumplí todo el trabajo que me encomendaron y en momentos en que el propio empresario desfallecía ante las dificultades de la labor emprendida, era yo misma que exigía la continuación tenaz hasta conseguir el éxito”. 
Nota de puño y letra de Velasco Maidana en la que agradece a la actriz de Wara Wara
"por su entusiasmo y su alta comprensión artística".

Todos los días de descanso de Juanita, durante más de diez meses, tuvo que ir a filmar.  En ese tiempo se codeó con artistas y bohemios que se vistieron también de indígenas y españoles: Arturo Borda, Emmo Reyes, Juan Capriles, Guillermo Viscarra Favre, Marina Núñez del Prado, Humberto Viscarra Monje, entre otros.
La joven fue también de las pocas que salió de su casa para trabajar, como secretaria, en aquellos años en que ellas estaban destinadas a cuidar del hogar. Y no dudó en expresar su deseo de ser piloto de avión luego del vuelo que hizo por invitación de un miembro de Air France, para espanto de su madre.
Sobre el divorcio, opinó públicamente en sus días de soltera: “Creo que una muchacha, antes de casarse debe pensar en el divorcio. Es muy necesario. En la época del noviazgo jamás se llega a apreciar los caracteres. Todos los novios son ángeles caídos del cielo que se vuelven demonios en el matrimonio... Una mujer debe tener a mano un recurso que la salve del tormento de vivir totalmente decepcionada y sacrificándose por satisfacer solo un concepto social egoísta que exige todo sin dar nada” (UH, abril de 1931).
     

viernes, 30 de diciembre de 2016

En la piel de Violeta

Francisca Gavilán, la actriz de Violeta se fue a los cielos, película de Andrés Wood, estuvo en La Paz en 2011. La Cinemateca Boliviana exhibió el film en una única función. De ese tiempo data la entrevista que originalmente fue publicada en la revista Escape de La Razón. 


Francisca Gavilán como Violeta Parra.

Mabel Franco, periodista

A la Violeta le gustaba hacerse la muerta. En su cama, por la mañana, o cuando rendida por el cansancio o la impotencia se dejaba caer al suelo. Entonces fingía, ante quien intentase reanimarla, que no estaba más entre los vivos. Su hijo Ángel, una de las víctimas de ese humor negro que no movía a risa a nadie sino a la bromista, recuerda tal faceta de la artista chilena, de célebre apellido Parra, en el libro "Violeta se fue a los cielos". Esa biografía con mucho de verdad y no poco de imaginación, como son los recuerdos de cada quien, sobre todo cuando se trata de revivir los años de la niñez, le dio al cineasta Andrés Wood la base, el esqueleto, para la película que soñaba con realizar acerca de la múltiple creadora latinoamericana.

Como un regalo por el 18 de septiembre, fiesta patria de los chilenos, el Consulado en Bolivia consiguió que la novísima película se mostrase en la Cinemateca de La Paz. La única función, en tanto no se consigan los derechos para la difusión comercial (NdA: no se logró la difusión comercial en Bolivia), ha despertado tal entusiasmo en quienes la vieron, que la pregunta insistente en el cóctel posterior fue por el cuándo se podría verla de nuevo: para recomendarla a un amigo, a un pariente... Lo típico cuando se acerca uno a algo tan bueno que se hace necesario, urgente, compartirlo.

La deuda con la Peña Naira
El regalo incluyó la presencia de la actriz que encarna a Violeta Parra, Francisca Gavilán, que se moría por ir a la Peña Naira, aunque sea un ratito y pese al paro cívico paceño del viernes 16. A ver si así se saldaba también la quizás única deuda de "Violeta se fue a los cielos": que no se hubiese logrado filmar la doble visita de Parra, en el año 1966, a la ciudad de La Paz. Grande deuda, en todo caso, pues fue en Naira donde la apasionada mujer luchó por reconquistar el amor de su vida, el suizo Gilvert Favre; donde compuso el himno "Gracias a la vida" y de donde se marchó con una pistola adquirida en la cárcel de San Pedro y la depresión que, profundizada por varios otros motivos, la llevaría al suicidio.

"Cada vez que veo la película, no me veo a mí actuando: veo a la Violeta", dice Gavilán con su voz y sus maneras suaves, Y uno le cree, pues, a menos en principio, parecen más las diferencias entre esta joven actriz y el personaje explosivo que encarna. Físicas, por ejemplo, al grado de que Ángel Parra le habría recomendado subir de peso, "mi madre no era una flacucha", y ella lo hizo: cinco kilos "que los perdí pronto, en el rodaje, tal fue la intensidad del trabajo y algunas escenas tremendas, trágicas".

Cantar, Gavilán ya cantaba, incluso rock a sus 20 años. Pero esa vez, para ser Violeta, tuvo que hacerlo con guitarra en mano, con charango y hasta con un cuatro venezolano.

La película la ha marcado, pues. Fue tan intensa la experiencia, que se enfermó varias veces durante el rodaje. Y al cabo, un cáncer de tiroides la aquejó y obligó al director Wood a organizar un sesión privada, de urgencia, para ella y su esposo, contra todos los planes de sorprenderla sólo en el estreno oficial. "Ven a verla, te vas a mejorar", le habría dicho la batuta de "Machuca" (film de 2004), y así fue. "Esa función resultó impactante. Me sentía preparada para verla. Pasaba miedo por mi enfermedad y fue reconfortante. Desde entonces, cada vez que la veo me encuentro con cosas nuevas, me emociono con otras que hasta ese momento no me habían dicho mucho".

Respirando a Violeta
Como chilenos, dice Gavilán, desde que se nace se respira a Violeta y "curiosamente, me doy cuenta de que la conocemos muy poco en verdad. Yo prácticamente no sabía nada de ella". El descubrimiento que facilita el film, y en especial para la actriz todo cuanto ha debido leer y aprender, le permiten soprnderse "ante una mujer libre, de avanzada en su tiempo y de avanzada si viviera ahora: se enfrentì contra todo, se casó un par de veces, crió sola sus hijos, los dejó también solos cuando sintió que era necesario viajar fuera de Chile con su música".

En ese sentido, un escena que hay que entender, aquilatar, es aquella en la que Ángel Parra niño debe hacerse cargo de la muerte de Rosita, su hermana menor, una bebé dejada a su cuidado en tanto la artista cumple compromisos en países socialistas. La madre recibirá dolida la noticia; pero no volverá al hogar de inmediato, sino que aún permanecerá dos años en París... por la música.

"Sí, Violeta era una mujer intensa, que vivía cada día. Era también muy trabajador y había asumido la misión de rescatar el folklore más puro de Chile, para lo cual recorrió el país caminando. Ella sentía que cada vez que una viejita del campo se moría, se perdían los cantos si no quedaba quién los heredase. Por eso buscó, con grabadora y libreta en mano, y puso a buen recaudo las décimas, los cantos a lo divino, las cuecas bravas, las cuecas choras".

Los genios suelen ser así, sentencia la actriz: apasionados, intensos para lo bueno y lo malo. "Violeta, según recuerda su hijo, tenía un humor exquisito. Podía ser sarcástica, agria, pero asimismo capaz de animar la fiesta en la que todos terminaban bailando, y de pronto sumirse en el hoyo más profundo".
La pasión de su carácter, evidente en cuanto a la música, como se ha dicho, tiñó su amor por "el chinito", como ella llamaba a Favre, el vientista a quien quiso aferrarse sabiendo que él era 18 años menor en edad. De hecho, al dejar a Parra, el músico --que se integraría al grupo boliviano Los Jairas-- se casó con la joven boliviana Indiana Reque Terán en aquella Peña Naira de la calle Sagárnaga, donde Violeta compartió sus probablemente últimos días de felicidad en el cuartito en el que vivía el para entonces bautizado "gringo bandolero". Fue aquel un doble matrimonio: Gilbert e Indiana, Alfredo Domínguez y Gladys Terán.

No tan distinta después de todo 
La garra de Violeta Parra en la pantalla no es sólo de ella. "Hartas cosas de las que se siente en el film son mías, después de todo soy quien las encarna", dice Gavilán. "En la vida diaria, en mi profesión, me enfrento con todo: tomo a un personaje, por ejemplo, y no lo dejo hasta que he terminado".

Francisca Gavilán es actriz profesional. El teatro y la televisión  han sido sus escenarios y, aunque poco, también el cine. Es la coprotagonista de "Ulises", ópera prima de Óscar Godoy que acaba de proyectarse en San Sebastíán, y antes, el año en 2000, hizo "Monos con navaja" de Stanley Conczansky.
Gavilán no era alguien conocida por el director de "Violeta se fue a los cielos"; pero esto no iba a detener a la actriz que "sabía que tenía que ser yo". Como señal de que era inevitable que así fuese, ella reparó en varios hechos: "Desde que me enteré que harían la película, comencé a toparme con los Para por todo lado: subía a un taxi y estaba sonando Violeta; entraba a un negocio y era Javiera Parra quien cantaba". Destino.

Como actriz --"me he dado cuenta más aclaramente ahora"--, Francisca Gavilán se define como aquellas que no marcan distancia "para nada" con el personaje. "Por el contrario, me meto con todo en él".
Para ser Violeta hubo 10 meses de preparación. "Mi cama fue el campo de operaciones: allí tenía los textos, la guitarra, los materiales para bordar y pintar -que aprendí también, pues Parra fue una artista en estas materias y llegó a exponer en el Louvre". Así "la fui construyendo: una vez a la semana nos reuníamos con Andrés para conversar de Violeta, de mí, de él, viendo hacia dónde ir. Yo, eso sí, no soy de las que ensaya; no, lo tengo todo en mi cabeza, en mi cuerpo, y todo sale en el momento de filmar. Por suerte, el director es un hombre intuitivo, capaz de dejarte hacer en libertad. Y yo no soy de las que cuestiona el porqué estamos haciendo esto así o asá".

La actriz chilena en las puertas de la Cinemateca Boliviana. Foto: Eduardo Schwartzberg.

Somatizar para entender
Violeta se disparó en la boca luego de mandar a su hija Isabel a recoger unas plantas. Quiso quedarse totalmente sola en la Carpa de la Reina, su obra que otrora se llenaba de público deseoso de escucharla (los Jairas también actuaron allá) y que ese febrero de 1967 lucía abandonada.

"Ella se hallaba muy, muy triste. Sufría por el abandono de Favre, ciertamente, pero también se sentía mal pagada en su tierra. En Chile fuimos muy mezquinos con ella; aún ahora lo somos pues reconocemos muy poco su trabajo. Y mientras fuera del país se la aplaudia, ella sentía como una puñalada en la espalda el verse pobre, con su carpa que levantó a pulso olvidada".· Por eso, a los 49 años, se dejó vencer por la tristeza.

Francisca Gavilán vivió tal tristeza, la entendió desde adentro; "ya dije que me enfermé, pero ahora, tras el estreno, todo ha sido un regalo, puro goce, gente emocionada, agradecida, como aquí, en la Cinemateca Boliviana, donde me dijeron puras cosas lindas". Y no es que en Chile haya estado ausente el debate, pues entre los Parra hay reacciones divididas:" a unos no les gustó tanto ver ese retrato de una familiar suya, pero para eso se hacen las películas, para debatir".






lunes, 17 de octubre de 2016

María Elena Alcoreza: "Nunca le temí al fracaso"




"Y he fracasado muchas veces", dice la actriz que libra una batalla contra el cáncer que, lo cuenta sin pizca de autocompasión, está perdiendo, si perder implica que las células malignas están descontroladas. Porque si de espíritu y ganas de vivir se trata, ella ha vencido a la enfermedad.



Mabel Franco Ortega, periodista

El 6 de noviembre, María Elena Alcoreza Bedregal se calzará una vez más las botas de un gato. Ya en personaje, pondrá su inteligencia y astucia al servicio de otros, a fin de que sean felices para siempre…
Actriz, animadora de eventos infantiles, psicóloga, madre, abuela... María Elena ha vivido –vive--intensamente sus días desde hace más de medio siglo, buena parte de ellos junto a niños y niñas que la recordarán, de seguro, por fiestas de cumpleaños fuera de serie.
“Actúo desde que tengo uso de razón”, responde la artista a la pregunta sobre desde cuándo. Sus compañeras y maestras del colegio Santa Teresa fueron testigos de sus andanzas. “Yo era como el comodín, la que estaba en todos los cursos, bailando, representando –fui incluso la Virgen de Guadalupe—y poniendo en apuros a mi mamá, María Elena Bedregal, quien no pocas veces debía coser los trajes en una sola noche”.
Bailarina, fue alumna de danzas españolas de Carmen Bravo. A sus 12 años, una amiga le comentó sobre unos cursos que dictaba el declamador Ignacio Duchén de Córdova y ella se entusiasmó. “Lo único que me preocupaba era el costo, pues en mi familia no teníamos dinero; así que mi alegría fue total cuando me enteré de que era gratis y que al cabo de las charlas se iba a reunir a un grupo de chicos y chicas para actuar en la televisión”.
Eran los años iniciales de la televisión boliviana y Duchén de Córdova iba a producir, entre varios otros programas, “Antología de América”. Apenas el maestro constató la expresividad de la alumna, ésta fue reclutada: “La química fue total; por mi parte, nunca conocí a un hombre con tal pasión y entrega a su trabajo; fue providencial que yo cayera en sus manos”.
Así comenzó una carrera profesional que, si el medio audiovisual boliviano tuviese memoria, rendiría homenaje a una actriz que le dio a la pantalla personajes entrañables para la niñez y adolescencia de inicios de los años 70.
A falta de imágenes preservadas, ni siquiera una fotografía, valgan las palabras para evocar: María Elena vestida con un traje español declamando eso de “Quién sabe por qué espacios / brumosos y desiertos! /Oh, Padre de los vivos, a dónde van los muertos, / a dónde van los muertos, Señor, a dónde van?”.
Esos versos que la artista repite ahora, irían cobrando sentido íntimo cada vez que un ser querido partió de su lado: su hermano Juan Jorge, su madre… Y, lo dice sin remilgos María Elena, su experiencia frente a la cercanía de la propia muerte: el cáncer contra el que lucha desde hace varios años y que “parece que va a vencerme”.
Pero no la ha vencido todavía. El dolor, las incomodidades que le causa la enfermedad, no minan su carácter alegre, explosivo. De hecho, durante la charla no hay ni pizca de autocompasión. Apenas unos segundos de seriedad, y ya está llena de vida, con los enormes ojos guiando al interlocutor por los recuerdos y por los planes para el futuro.
¿Cómo se logra ser así? “Dios me dotó de una voz impresionante. Una compensación para mi tamaño: mido 1.50 de estatura, pero soy capaz de dominar auditorios de más de 400 personas, fiestas con niños y niñas bulliciosos. ¿Sabes? Mi mamá era una ‘deditos de oro’ para resolver emergencias, una cualidad que heredé. Sé hacer de todo y a todo me animo: arreglar una plancha, reparar un enchufe, coser lo que sea. No le temo al fracaso y mira que fracasé muchas veces, pero aquí estoy”.

Corazón de niña
A sus 14 o 15 años, junto a Victoria Zuazo y Margarita Araúz, la adolescente fue parte de programas de televisión como “Hola, chicos” y “Había una vez…”. María Elena se inventó un personaje infantil: una niñita de coletas, vestidito corto y muy parlanchina. Se diría que la Chilindrina la copió, porque ésta surgió años después, pero no es posible, claro. Lo injusto, y las injusticias con las heroínas nacionales de la Tv parecen una norma, es que a la niñita de nombre Paquita se la ha olvidado. Como no se recuerdan las escenas mitad ensayadas, mitad improvisadas, que eran un derroche de humor.
De encuentros providenciales está llena la vida de la actriz. Uno entre ellos se dio en su juventud, cuando llegó a Bolivia la argentina María Inés Colette, una animadora infantil. “Tienes pasta de líder”, le habría dicho. “¿Sabes hacer títeres?”. María Elena no sabía, pero aceptó la invitación de Colette para ayudarla a animar el cumpleaños del hijo de su jefe. Unas cabezas de muñeca, trapos para el cuerpo, una frazada como telón y la fiesta fue un éxito.
“Soy la primera animadora que hubo en el país. La primera. Así me gané la vida hasta hace dos años; mi agenda estuvo llena siempre y tuve mil anécdotas con primeras damas y otras autoridades que me convocaron, lo que me permitió conocer a presidentes junto a sus nietos, divirtiéndose y pasando vergüenzas también”.
La amistad con Vicky Zuazo, quien por entonces estaba casada con David Santalla, acercó a María Elena al elenco del comediante boliviano. Lo poco ortodoxo del método del creador de personajes como Toribio, Salustiana y Enredoncio para elegir actrices y actores llamó la atención de la joven, que ya por entonces era una universitaria. Santalla la convocó y le pidió que hiciese como si estuviese espiando por el ojo de una cerradura, que se diese la vuelta para mirarlo y dijese: “No estoy haciendo nada”. Santalla dio por concluida la prueba con un “Listo, toma el libreto, vamos a hacer la obra”. A partir de entonces, María Elena fue pareja del actor en muchas de las exitosas comedias, la primera de ellas “Toribio y Julieta”, que se representaban durante 15 días y con teatro lleno.
“Ya cuando ‘envejecí’, Toribio, un personaje eternamente joven, me cambió”, se ríe María Elena.
La menuda joven conquistó, en esos años, a “un bombón”: David Mondacca. El actor y la actriz se casaron y tuvieron un  hijo, Juan Jorge (Koky), un joven hoy de 28 años que, en la obra “El gato con botas” –que será parte de Escénica, encuentro que se desarrollará en escenarios municipales durante el mes de noviembre--, es el afortunado compañero del minino.
La excelente actriz que es María Elena se ha mostrado, en el teatro, pocas veces. Una lástima, como ahora admite ella misma. “La animación me ocupó y yo esperé siempre a que me llamaran, cuando pude producir mis propias obras; no hacerlo fue mi error”.
En cine, hizo su aparición en “Los Andes no creen en Dios” (Antonio Eguino), como la beata Tina Tovar. Y también en “Olvidados” (Carla Ortiz).
Como hito de su trabajo en escena figura la obra “Un paraguas bajo la lluvia” (Víctor Ruiz Iriarte), dirigida a principios de los 90 por Ninón Dávalos de Kushner, en la que María Elena hacia cuatro personajes tan distintos, que sólo al final de la obra el público se daba cuenta de tremenda hazaña. Fue asimismo un delirante Marqués de Sade que disfrutaron y sufrieron sus compañeras Sandra Peña y Claudia Andrade en un escenario nada convencional como fue El Socavón de la avenida 6 de Agosto. Y está también, muy caro para ella, el Juan Josellillo de la obra “No le digas”, creada y actuada por Mondacca como homenaje al universo de Jaime Saenz.

Alcoreza (centro) como el Marqués de Sade flanqueada por Claudia Andrade y Sandra Peña. Foto: Archivo MF

Mondacca, su exmarido, del que se divorció tras cinco años de matrimonio, es no sólo un gran amigo, “es mi hermano”. Él la ha convocado muchas veces para sus obras, la más reciente, “El delirio de Lara”, en la que la actriz asoma casi al final como el fantasma del hermano del pintor Raúl Lara (hermano desaparecido durante la dictadura de los 70 en Argentina), para acompañarlo en el tránsito de la muerte.
Con MondaccaTeatro es que hizo, a principios de los años 2000, “El gato con botas” (cuento popular en versión de Charles Perrault), montaje en el que María Elena es el centro y que ha sido repuesto en varias oportunidades. “Adoro esta obra; mi corazón de niña, intacto, late cuando escucho los gritos de los chicos y sus padres, sus risas, y yo salto y maúllo llena de vida”. Esta vez, “la enfermedad no va a detenerme”.
María Elena Alcoreza en octubre de 2016 como el Gato con botas. En primer plano, su hijo Koky Mondacca. Foto: Carla Fanola.
Su mayor deseo era actuar también junto a su hija Alejandra, una adolescente que nació de su segundo matrimonio, con Luis Eduardo Siles --“de quien me enamoré al escucharle en un discurso dedicado a su padre”--, y que “baila y tiene una voz preciosa”. No se pudo, así que la muchacha estará tras bambalinas, una presencia infaltable, de todas maneras, desde que su madre la esperaba: "siempre está a mi lado, desde que la tenía en mi panza y se me ocurrió estudiar Psicología en la Universidad Católica Boliviana”.
El 6 de noviembre, la actriz tiene una cita en el Teatro Municipal “Alberto Saavedra Pérez”. Se lo recordamos cuando falta un mes para ese día y ella, que lleva como el gato botas preciosas, eleva sus inmensos ojos hacia el cielo y habla con El de Arriba como para pedirle permiso y un poco amenazarlo: “6 de noviembre: ¿Estás escuchando?”.

Nota publicada en Jiwaki, la revista del GAMLP del cuarto trimeste de 2016.
NdAutor: María Elena Alcoreza murió en diciembre de 2016.