lunes, 12 de marzo de 2018

Residencia alemana en La Paz: la casa de los encuentros

Detalle de la fachada. Foto: Pedro Laguna.

Luis Ernst construyó una casa de estilo alemán a principios del siglo XX que, en 1948, su yerno Ernesto Fricke llenó de detalles barroco mestizos. La casa es territorio alemán, pero su historia es parte del patrimonio paceño.

Mabel Franco, periodista
Fotos: Pedro Laguna

En medio de las características arquitectónicas, que no son pocas: altorrelieves, rotonda, senderos de piedra, azulejos, jardines... la vista recae, inevitablemente, en las puertas de la antigua mansión Ernst Rivera. Cada una es diferente, como si el constructor hubiese buscado con particular interés que el paso de un ambiente a otro no pasara desapercibido. 

La casa que se levanta en la zona de Obrajes de La Paz es, desde 1955, la residencia del Embajador de Alemania. El habitante que tuvo en 2012, Philip Shauer, no se conformó con pasar por la vivienda de dos pisos, sino que, fiel a su inquietud de “turista profesional”, como se define, se convertió también en detective. Resultado de sus pesquisas, ahora existe un folleto, que se halla en el vestíbulo de la casa, en el que se resumen los datos esenciales de la historia de un inmueble que se remonta a 1900 y que refleja los lazos entre Alemania y Bolivia. 




Los Ernst
En el terreno que iba desde la actual vía Díaz Villamil y Calle 7 de Obrajes, hasta el río Choqueyapu, a principios del siglo XX fue erigida una vivienda de campo, en medio de árboles de pino y palmeras. Allí solía ir de paseo la familia del empresario alemán Ludwig (Luis) Ernst, uno de los fundadores de la Cervecería Boliviana Nacional. Este hombre tenía una agencia de aduanas en Puerto Pérez y representaba a varias firmas alemanas. 

Don Luis se casó con una boliviana de apellido Rivera y tuvo cinco hijos. Uno de ellos, Hugo, llegó a ocupar cargos públicos de importancia: Embajador de Bolivia en Berlín entre 1938 y 1941, tiempo en el que ayudó a refugiarse en el país a ciudadanos judíos; Ministro de Defensa y de Economía, Prefecto de La Paz (con Hernando Siles) y Alcalde de la ciudad (1952), además de que hablaba un aymara fluido. August, llamado Cuto, fue piloto, sirvió personalmente a Germán Busch y falleció en un accidente en el Sajama en 1938. Y Raúl, Louise (Lucha) y Carmen. Todos ellos acordaron no dividir la propiedad, a la muerte del padre, sino habitarla cada uno por cierto tiempo. 

Carmen, que en Alemania conoció a quien sería su esposo, el boliviano-alemán Ernst (Ernesto) Fricke Lemoine, ocupó la vivienda alrededor de 1948.El embajador Shauer hace notar que este Fricke, nacido en Cochabamba, era pariente de los empresarios de Oruro con quienes Simón I. Patiño trabajó antes de adquirir la mina La Salvadora e inclusive durante los primeros años de búsqueda del estaño en ese sitio. Fueron sus empleadores, que confiaron en la palabra de Patiño, los que le permitieron seguir adelante en los tiempos más difíciles. 


Fricke Lemoine, en todo caso, fue quien decidió hacer modificaciones en la casa; según un estilo Art Decó germano de los años 20 —con techos interiores del gótico alemán—, y le añadió elementos como la construcción circular que destaca en la parte posterior, hacia el jardín, y un pabellón de té estilo japonés. Pero sobre todo le dio un estilo barroco mestizo en la fachada (tallado en piedra y madera) y en  las puertas (algunas de ellas conseguidas de antiguas construcciones coloniales que estaban derruidas) que tanto llaman la atención en la actualidad.

Según dedujo Philip Schauer, Fricke cultivó la amistad del pintor Cecilio Guzmán de Rojas. No se sabe qué grado de cercanía existió entre ambos, pero la familia del pintor indigenista acudió a la mansión de Obrajes para pasar días de campo. Tal vez  estos hombres hayan comulgado en su admiración por la cultura boliviana. Lo cierto es que en las paredes del vestíbulo destacan dos retratos de indígenas que, según le explicó al embajador el hijo del artista, Iván Guzmán de Rojas, corresponden a una pareja de chipayas pintados por su padre. 

Ernesto Fricke Lemoine, que vivió su juventud en Alemania, tenía un acento germano muy marcado. Y era excéntrico. “Le gustaba firmar sus cartas como Emilio, llevaba siempre un portafolio negro y vivía a lo grande”, describe Schauer. Además, “conducía un Cadillac celeste de dos puertas, tenía un departamento lujoso en Buenos Aires, otro en Punta del Este y otro más en Alemania”.

La pareja de Ernesto y Carmen no tuvo descendencia. Cuando los esposos se marcharon a Argentina, la casa fue alquilada a la Embajada de Alemania, que terminaría por adquirirla en los años 60.
El destino de los Fricke Ernst fue trágico. Ella murió ahorcada en un asalto en su domicilio de Buenos Aires y Ernesto falleció en un hotel en Madrid. Se notificó del deceso a la Embajada de Bolivia —él mismo había sido diplomático del país en Praga y Berlín—, pero no hubo respuesta; entre tanto, su habitación fue asaltada y el otrora afortunado ciudadano terminó enterrado en una fosa común.

Tan llena de detalles



La casa está rodeada de altísimos árboles. “Deben tener más de cien años, pues en el altiplano crecen lentamente”.

Los jardines y la vivienda ocupan tres niveles, a la manera de terrazas; un cuarto se ha perdido para dar paso a la avenida Costanerita. La planta baja del edificio es el área para recibir a los invitados: tres ambientes amplios donde destacan algunos muebles barrocos (una consola con rostros de ángeles y un espejo) adquiridos probablemente por Fricke. También figuran un reloj inglés dorado y un pavo de plata de 1767, herencia de Luis Ernst. Y en la segunda planta, de ocho habitaciones, es donde vive la familia del embajador en Bolivia.

Los pisos son de pino de Oregón, que se mandó traer de EEUU, pues era más fácil que acceder a Santa Cruz a falta de vías de comunicación.

“Es una casa imponente; no es la que yo construiría, seguramente, pero tiene atmósfera, historia, además de que quienes la construyeron reflejan los lazos entre Bolivia y mi país”, decía Schauer.
El embajador no sólo investigó sobre la que esa vivienda, territorio alemán en el sur de La Paz, que cobijó a perseguidos políticos en los años 80, sino que elaboró una guía sobre otras casas con historia, entre ellas las residencias de Japón, Italia y Francia.  

El diplomático —que publicó además una guía muy práctica sobre las iglesias del altiplano de La Paz y Oruro (editorial Gisbert), con DVD incluido— se divertía al citar que entre sus antecesores, hubo algunos “que criaron llamas en el jardín y monos en el pabellón de té, o un perro enorme que era famoso en el barrio”.

Lo “bueno es que todavía hay gente que puede contar sobre esta casa”, por ejemplo, Clemencia Ernst de Montenegro, hija de Hugo, quien vivió diez años en ella. 


La nota fue publicada originalmente en la revista Escape de La Razón, el 22 de abril de 2012





lunes, 8 de enero de 2018

La mansión de Aramayo, un Barón del estaño, es la casa de Brasil

El inmueble, que ocupa 1.500 m2, entre la avenida Arce y la del Poeta en La Paz,
tiene en su edificio central el estilo provenzal francés. Foto: Pedro Laguna.
La lujosa propiedad fue abandonada en 1952 con premura por la familia de quien la mandó a construir. Se acababa el reinado suyo y el de Patiño y Hochschild en la Bolivia minera.

Mabel Franco, periodista

Carlos Víctor Aramayo Zeballos era un hombre de gustos exquisitos. Miembro de una dinastía de mineros de la plata y del estaño en Bolivia, él vino al mundo en París en octubre de 1889. Se educó en Inglaterra y, cuando le llegó la hora de ocupar el lugar que su abuelo, José Avelino Aramayo Ovalle (1908-1882), y su padre, Félix Avelino Aramayo Vega (1846-1929), le heredaron, lo hizo con la seguridad de quien no sólo poseía una fortuna, sino el instinto de sus antepasados y la educación para aprovecharlo.

“Era un magnate y, cuando decidió asentarse en La Paz, por supuesto que no iba a vivir bajo el puente Abaroa ni iba a frecuentar, sino a los grandes empresarios”, ironiza Edgar Ramírez Santiesteban, jefe del Archivo Histórico de la Minería Nacional, cuya sede está en El Alto.

El Club de La Paz no le pareció el espacio para honrarlo con su presencia, “no le gustaba que allí estuviese mezclada la sociedad paceña”, así que creó el Club de la Unión (hoy Círculo de la Unión, en la calle Aspiazu), donde se reunían 14 destacadísimos empresarios.

Su vivienda no podía ser cualquiera ni de menor jerarquía que la que había levantado en La Paz, en su tiempo, otro minero, Benedicto Goitia (el patio de su hacienda estaba donde hoy se levanta la plaza Isabel la Católica, dice Ramírez). Así que, luego de adquirir propiedades hacia el sur de la Alameda (El Prado), cerca de la entrada a Obrajes, “probablemente de descendientes de Goitia”, encargó el diseño de una casa a los arquitectos de la firma dinamarquesa Christian & Nielsen. Y, para la edificación, hizo llamar a arquitectos argentinos de la oficina Acevedo, Becú y Moreno. Eran los años 30 del siglo XX.

El barón del estaño, uno del trío que se completaba con Simón I. Patiño y Mauricio Hochschild, vivió, junto a su esposa, la francesa Renee Tuckermann, en esa propiedad que la pareja tuvo que abandonar precipitadamente en 1952, año en que, revolución de por medio, fueron nacionalizadas las minas en Bolivia.

En la propiedad que se extiende entre la avenida Arce, por el oeste, y la Avenida del Poeta, por el este, hoy se habla el portugués. El embajador brasileño tiene allí su residencia. Aramayo —que se radicó en París, hasta su muerte en 1981— la alquiló al Gobierno de Brasil al irse de Bolivia, y los inquilinos terminaron por adquirirla en 1972.

Apenas se traspone la puerta principal, destaca un edificio de dos pisos de estilo provenzal francés. La piedra y la madera se combinan en la fachada que se abre continuamente gracias a los ventanales y los balcones. Y si bien la belleza de la estructura cautiva al observador atento, mucho más si se pasea por el interior, lo que atrapa, lo que convence sobre que Brasil se ha instalado en el centro paceño —un centro de ladrillo y cemento— son las inmensas áreas verdes, los jardines.

Plantas trepadoras se han adueñado de los muros; los árboles rompen los espacios horizontales de césped y dividen ambientes o crean un marco natural desde el que se aprecia el Illimani... Rosalee Biato, esposa de quien en 2012 fue el embajador en Bolivia Marcel Biato, tenía sembradas especias y otros vegetales necesarios para la cocina. “Es como un jardín botánico”, dijo entonces y hasta por las terrazas descendentes, que llegan hasta la avenida del Poeta, la imagen es correcta si se piensa en el botánico municipal que respira en la zona de Miraflores.

En la casa hay mucho de los Aramayo: muebles y cuadros, en particular. Cada nuevo inquilino aporta luego lo suyo a la decoración.

En el comedor, por ejemplo, luce una imponente mesa de roble con sus “26 sillas de estilo Régence y tapicería Aubusson”, así como “los platos de porcelana de la Compañía de Indias” en el trinchante, como identifica Marie France Perrin en el libro Casa Boliviana (2003).

Todos los espacios construidos, que se reparten en el área total de 1.500 metros cuadrados, son ocupados por la familia diplomática, sus colaboradores y el personal de seguridad.  Pero, la que es casi un santuario es la biblioteca que se halla en la planta baja. La habitación ampliamente iluminada, con un escritorio francés estilo Luis XV con chapas de metal y un secretaire colonial, conserva los libros que seguramente eran de la preferencia del empresario minero y principal accionista del periódico La Razón de principios del siglo XX.

Encuadernados, acomodados en los estantes empotrados que se mimetizan en los muros revestidos de madera, están los textos  en inglés, francés o castellano; poesía, novela, teatro, historia. Destaca la primera edición en español de La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Y se dejan ver la Biblia, obras de Shakespeare, Víctor Hugo, Cicerón, Voltaire, Virgilio, Edgar Allan Poe, Hemingway. Nietszche... Un ejemplar tienta de manera particular: el tomo correspondiente a Bolivia de la serie Crónicas americanas (1916), escrito por el periodista, historiador y poeta argentino Wenceslao Jaime Molins.

La luz del sol se cuela por la ventana que da al jardín principal, cuyos pesados cortinajes han sido descorridos sólo para la visita y las fotos. El resto del tiempo, la oscuridad resguarda el legado bibliográfico de Aramayo.

En los corredores, en las salitas intermedias, allí donde se mire hay más obras de arte. “Cuadros europeos al óleo de la escuela romántica y de la escuela italiana de Canaletto”, que pertenecieron a Aramayo, apunta el libro de Marie France Perrin.

En la parte posterior de la propiedad se encuentra otra estructura de piedra. A ese lugar se accede también por la avenida Arce y, luego de atravesar un corredor flanqueado por árboles, se desemboca en un pequeño patio con una fuente de agua. En ese edificio está ubicado el piano de cola del empresario minero. Hay que recordar que ya su abuelo, José Avelino, se preocupó de que en su vivienda de Tupiza (Potosí) hubiese un piano y maestros italianos de música que daban las clases a los cuatro hijos del patriarca. En los muros del centro se exponen los planos de la casa restaurados durante la gestión del embajador Frederico César de Araujo, cuyos colaboradores los habían encontrado en 2006, muy deteriorados en el subsuelo de la residencia. Telmo Román, artista y docente de la Academia de Bellas Artes de La Paz, realizó la recuperación de los diseños en papel.

Otro trabajo de recuperación que ha emprendido la Embajada de Brasil involucra el área verde que colinda con la Avenida del Poeta. Ese lugar lucía como un monte de tierra y hierbas. Ahora está irreconocible con los senderos empedrados que zigzaguean en medio de vegetación y árboles. Más piedra se ha utilizado para un gran muro de soporte, en cuya parte inferior se abre una gruta. Los planes de la embajada eran muchos para aprovechar esa infraestructura en eventos culturales, aunque hoy, año 2018, no se han concretado.

La residencia brasileña en La Paz ha sido elegida para ser parte de un libro que en Brasil se editaba en 2012 sobre los inmuebles más bellos que ese país posee en el mundo.

En rigor, la propiedad es territorio brasileño. De todas maneras, el muro compacto, que abarca casi toda la cuadra y se ve desde la avenida Arce, luce una plaqueta de la Alcaldía de La Paz  en la que se lee: “Este edificio fue declarado patrimonio cultural, arquitectónico, urbanístico e histórico de la nación”.  

De reyes de la plata a barón del estaño
La plata coronó en Bolivia a tres reyes, dice Edgar Ramírez y cita: Aniceto Arce, Gregorio Pacheco y José Avelino Aramayo. Este último arriaba mulas llevando minerales de las empresas de alrededores de Tupiza, y hábilmente fue haciendo negocios hasta llegar a tener 14 empresas grandes. El hijo, Félix Avelino, fue otro hábil minero, capaz de sortear la crisis del metal que dejó en la pobreza a muchos otros; “él hizo un viraje a tiempo y explotó bismuto, wolfram y estaño”. Su hijo, Carlos Víctor (foto), en esa línea se convirtió, como Patiño y Hochschild, en un barón del estaño. Fue director de la Compañía Aramayo de Minas; Ministro de Hacienda y diplomático en Londres. Y si Hochschild fue dueño de Última Hora y Patiño puso capital en El Diario, Aramayo lo hizo en La Razón, periódico que llegó a ganar el premio María Cabott.

Nota publicada en 2012 en la revista Escape de La Razón, como parte de una serie destinada a las residencias diplomáticas en La Paz.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Goya Veizaga: “… Y sigo estando aquí”




Goyita Veizaga en los años 40, cuando encarnó a Doña Julia, en "La calle del pecado".
Foto: Galerìa del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pèrez.

La compañía Roco Salmón (de Raúl Salmón) convocó a la joven de 18 años para ensayar una obra “fuerte”. El papel femenino clave recayó en ella, y así Goya Veizaga se convirtió en Doña Julia, esa mujer avejentada, desdentada y sin reparos a la hora de reclutar jovencitas para su prostíbulo de la calle Condehuyo. El autor, un estudiante de medicina de nombre Raúl Salmón de la Barra, condujo los ensayos hasta que, entrado el año 40, la obra de teatro social estaba lista para mostrarse al público.

Mabel Franco, periodista

“Hoy estoy aquí, mañana no sé, pasado mañana, ¡ay!, donde estaré”. Esta parte del popular huayño se había convertido en la tarjeta de presentación de la cantante Goya Veizaga, quien la entonaba cada vez que hacía su ingreso en la radio Illimani.

Goyita, hija de Ángel Veizaga Flores y Candelaria Bravo, nacida en noviembre de 1920, creció arrullada por la guitarra de su padre, que como buen cochabambino se complacía al entonar temas vallunos, y la voz de su madre, una paceña que seducida por Libertad Lamarque cantaba como ella eso de “Negrita chabelona de mi barrio”.

“Es extraño, pero desde mis 96 años actuales afirmo que tengo los recuerdos más nítidos de mis dos primeros años de vida, de los viajes en tren, de lugares como Machacamarca o Antofagasta, adonde mi padre nos llevaba obligado por su trabajo en el ferrocarril”.

Parte de esos recuerdos tiene que ver con una niña haciendo fonomímica con guitarra en mano, sombrero de lado y porte de Carlos Gardel. “Mi padre se entusiasmaba muchísimo y me pedía que repitiese una y otra vez el número”. Como haría luego, cuando ya estudiante de colegio en La Paz, vestida con la falda plisada y la boina roja propias del establecimiento “Juana Azurduy”, dominaba los pasos del charlestón.

En esa memoria privilegiada resalta también un hecho que la marcaría de por vida: la asistencia a una función de teatro en el Municipal, que por entonces, años 20, no llevaba todavía el nombre de Alberto Saavedra Pérez. Wenceslao Monroy, Carlos Cervantes, Cristina Cordero, “la primera actriz que vistió una pollera en el escenario”, impactaron a la niña de siete años que sintió que en ese espacio se podía ser feliz.

Cantar se hizo natural para Goya Veizaga. Y tan bien lo hacía, que sus compañeras del colegio la animaron a participar del concurso de aficionados que había en la radio Patria de los hermanos Freire. “Fui y, como todos los participantes, ensayé mucho guiada por el pianista Felipe Ballón Vargas”. Ganó y su premio fue un contrato para cantar durante un mes en la emisora. Valses peruanos, tangos, boleros salieron en la voz de la muchacha de menuda contextura y negro cabello.
Junto a sus hermanos José y Mario Veizaga y a Arnaldo Cabello, en 1950. Foto: Archivo Techy Suárez.

A los 18 años, Goya entró a estudiar en la Escuela de Arte Escénico que funcionaba en el edificio contiguo al Teatro Municipal, hoy Casa del Maestro. “Subía por las gradas anchas y era maravilloso”. Y mucho más cuando la elegían para papeles de extra, papeles chicos, que la fueron preparando para lo que se vendría en el año 39.

En la calle del pecado
La compañía Roco Salmón -que así la bautizó Raúl Salmón- convocó a la joven de 18 años para ensayar una obra “fuerte”. El papel femenino clave recayó en ella, y así Goya Veizaga se convirtió en Doña Julia, esa mujer avejentada, desdentada y sin reparos a la hora de reclutar jovencitas para su prostíbulo de la calle Condehuyo.

El autor, un estudiante de medicina de nombre Raúl Salmón de la Barra, condujo  los ensayos hasta que, entrado el año 40, la obra estuvo lista para mostrarse al público.

“Don Raúl nos reunió un día y nos dijo: Vamos a estrenar en Oruro; allí, en una ciudad más pequeña, probaremos suerte”. Había resquemor por las repercusiones, pues nadie antes en La Paz había tratado el tema de la prostitución de una forma tan descarnada.

Carlos Pumarino, Tito Landa, Hugo Roncal, Humberto Rada, el propio Salmón, Goya Veizaga, entre otros, con los aplausos orureños como garantía se animaron a mostrar “Condehuyo o La calle del pecado” en el Teatro Municipal de La Paz.

Fue un suceso. “Cada día teníamos filas de gente esperando entrar. Carlos Pumarino, que además de buen actor era un excelente maquillador, me convertía en doña Julia” y, por tanto, Goyita, la joven, quedaba irreconocible.

La prensa local calificó el atrevimiento de “vigorosa y valiente composición del autor boliviano… que delata la prostitución y sus consecuencias”. Y la consideró “superior a la obra francesa El beso mortal (??)”. Más tarde, cuando la repuso la Primera Compañía de Teatro de Lucho Espinoza, se puso textualmente: “La empresa recomienda a las personas nerviosas abstenerse de presenciar este espectáculo”.

La obra giró por ciudades y pueblos del país. En el Teatro Omiste de Potosí, adonde llegó luego de 40 representaciones en La Paz, se la anunció como “sensacional drama”, aunque “estrictamente prohibida para menores e impropia para señoritas de 16 años”. 

En Cochabamba, cuyo Teatro Achá acogió dos obras de Salmón en 1944: “El canillita” en matiné y la representación 105 de “Condehuyo”, en noche (21.30). se alertó en los avisos de prensa sobre esta última:  “¡Estrictamente prohibida para menores”, además de anunciarse que “se está filmando en México” (algo que no se efectuó, que se sepa).

En Sucre se repitieron los elogios y también la alerta en mayúsculas: “Estrictamente prohibida para menores e impropia para señoritas”, pese a que una de ellas era principal figura.

Cuestión de genes
A principios de los años 40, la veinteañera Goya fue madre. “Soltera”, aclara la nonagenaria sin pizca de reparos. Teresa, la hija, heredaría la pasión por el canto y una voz intensa que la llevó, un 2 de junio de 1960, a debutar en el Teatro Municipal de La Paz y, de allí, a Lima para ser reconocida como artista revelación de 1963, y a Buenos Aires para grabar un primer disco. Pero Techy Suárez, tal el nombre con que se hizo conocida la hija, merece otra nota que describa sus actuaciones junto a Argentino Ledezma, Javier Solís, Enrique Guzmán y Cantinflas, por citar a los grandes.

Antes de dejar a Techy, cabe resaltar que ella y otros artistas de la “época de oro” organizan actuaciones, como la que se producirá este mayo de 2017 en el Municipal, bajo el cobijo de Arteporbol; de una de esas veladas del recuerdo fue parte Goyita en 2016.
Goya Veizaga en marzo de 2017 muestra sus fotos de juventud. Foto: Mabel Franco.

“Genes”, explica la aludida la razón de su propio camino por el arte, el de Techy y de sus otras hijas, nacidas ya de su matrimonio con el señor Besares, nietos y bisnietos, todos con algún perfil artístico.
Como “cancionista”, vocablo con que se presentaba a las mujeres que cantaban en los años 40 y 50, según se lee en las notas de prensa y de publicidad de la época, Goya escaló poco a poco. La radio Illimani –de propiedad del estado-- fue un primer gran peldaño profesional, “pues para cantar allí había que ser muy buena; nadie entraba de forma directa”.

Radio, teatros, televisión… el público la aplaudió en distintos escenarios. Y la vio siempre elegante, muy bien peinada y maquillada, como ahora que asiste a la entrevista. “Me dicen que soy coqueta, y yo respondo que así voy a morirme; me arreglo sola, el cabello, las cejas, y una de mis hijas me ayuda con el retoque. Son muchos años de cuidar mi aspecto como para dejar de hacerlo ahora”.

De las canciones que hizo propias, su favorita es el vals peruano “José Antonio”, de Chabuca Granda. Sin más, la entona enterita, estrofa por estrofa: “Por la vereda viene cabalgando José Antonio, se viene desde Barranco a ver la flor de Amancaes… José Antonio, José Antonio, por qué me dejaste aquí…”, fluye la voz cascada por los años, pero correcta a la hora de poner acentos y modulaciones que convencen sobre el amor entre cancionista y canción.

Algo incontenible se desata en la mente de Goyita, sentada como está en una de las oficinas del Teatro Municipal Saavedra Pérez, “mi casa, mi hogar, mi templo”, y entonces surge otro vals peruano, aquel que sentencia: “Todos vuelven por la ruta del recuerdo, pero el tiempo del amor no vuelve más”.

“En la radio Illimani debías dejar el programa 24 horas antes –pide que se tenga en cuenta mientras recorre con paso lento, vigilado de cerca por Techy Suárez, el pasillo de la salida de artistas del teatro. “Ellos preparaban así el libreto, con tiempo, y entonces todo quedaba perfecto. Yo entraba siempre con eso de ‘… ¡ay!, dónde yo estaré’ . Y, miren, sigo estando aquí…”.
 
Interpretando una canciòn cuyos versos están en la memoria de la artista. Foto: Mabel Franco.