domingo, 11 de octubre de 2015

Una pareja desfasada


¿Hay obras dramatúrgicas que envejecen? ¿Que no deberian representarse más? O quien las pone en escena es quien las envejece, Ideas a propósito de "Pareja abierta" con David Mondacca y Jhazel Vargas.


Mabel Franco, periodista

Me pregunto si hay obras dramatúrgicas que envejecen, que ya no se deberían hacer. Y me respondo que “creo que no”. Lo que sí envejece, o corre riesgo de envejecer, es la obra de teatro, es decir la que se hace acto. Esta sí que puede lucir ajada, anticuada o cuando menos desfasada si quien se hace responsable de montarla no logra que lo esencial de lo que está escrito dialogue con los tiempos que corren.
En esto me ha hecho pensar “Pareja abierta”, la obra teatral que David Mondacca acaba de presentar, esta vez junto a Jhazel Vargas (actriz joven que prácticamente desde el vientre de su mamá, Claudia Andrade, está absorbiendo teatro), por tercera vez desde la primera que hizo con la actriz cubana Susana Pérez, allá por los años 90 en el glorioso El Socavón, y que repuso con dos años de distancia de aquel debut, junto a Sandra Peña.
Como pieza dramatúrgica, la creación del Nobel Dario Fo y su compañera Franca Rame no ha dejado de interesar a los teatristas en el mundo latino. Basta echar una ojeada en internet para comprobar que de España a Argentina, directores y actores siguen rindiéndose a la tentación de una comedia que pone en cuestión el amor de pareja, la fidelidad y, sobre todo, al machito.
Escrita en los años 80, “Pareja abierta” muestra a un hombre y una mujer unidos en convencional matrimonio. Tan convencional, que él hace rato que es infiel y que ella lo sabe. Ese saber la tiene loca, histérica, al borde del suicidio. A él, claro, eso le resulta insufrible y absurdo. Así que una solución va a ocurrírsele: amor libre para los dos; él ya lo disfruta, pero si ella entra en el juego, todo deberá ser perfecto, sin reproches ni celos.
El hombre empujará, pues, a la esposa a hacer algo que ella no quiere, se burlará de sus fracasos… todo porque en el fondo no cree que “su” mujer tenga éxito.
La comedia, como otras que han salido de la dupla Rame-Fo (Una mujer sola, Madre bruja, por citar las que se han visto en nuestro medio) es muy divertida. Necesita, eso sí, de buenos actores y Mondacca ratifica que tiene pasta de comediante. Vargas le hace contrapunto, aunque todavía debe explorar en los matices de la actuación para que su personaje evolucione tal cual lo pide la obra.
Uno se ríe, sí, sobre todo si es la primera vez que aprecia la obra y no le es posible comparar con mejores experiencias. Y debe reírse hasta que, si la obra está bien hecha, repara en lo terrible de la divertida situación. Para el caso, la manipulación del esposo sobre la esposa que, aunque el tiro le salga por la culata al primero, es nomás su juego. No es chistoso el asunto y eso es lo que han querido develar los dramaturgos italianos a través de la risa.
Vayamos ahora a la puesta de Claudia Andrade actuada por Mondacca para este 2015 y a explicar lo dicho al principio acerca de envejecer. Contextualizar una obra en el hoy y aquí, única forma de justificar la convocatoria de espectadores de hoy y de aquí, es mucho más que aumentar referentes reconocibles, como una canción de moda o como cuando se menciona, con terrible superficialidad, al movimiento feminista Mujeres Creando. ¿La idea es arrancar risas? Se logra, pero ¿se quiere o no desnudar machismos?
Contextualizar es entender que muchas mujeres mueren por el machismo como para seguir chapoteando en lo anecdótico de la violencia y haciendo humor con la escena del marido celoso intentando ahorcar a la esposa.
Reflexionar en el tema del matrimonio y de la trampa que éste puede ser para una mujer que no mira sino a su marido, exige entender que una mujer no se libera pasando de un hombre a otro, por muy científico rockero que éste sea.
Pretender decir que una mujer puede romper las cadenas de las labores de casa para atreverse con el mundo implica evitarle el triste papel de la cuasi prostitución: Jhazel Vargas no necesita calzarse las medias negras y mostrar el trasero para afirmar que la esposa va entendiendo el papel de dueña de su destino.
Una obra de teatro nace vieja, se puede decir, cuando quien la hace la trata como una fotografía de la realidad que aborda; una fotografía tomada por el dramaturgo, no importa si hace 1.000 años o hace 30. En cambio, la realidad, reflexionada por el teatrista, aprehendida en sus cambios, sus tendencias, es la que le da el poder de reflejar, de espejo, a la obra que elige montar, dirigir o actuar, la que entonces tiene todas las probabilidades de lucir e impactar como nueva.

Ficha técnica
Título: Pareja abierta
Autores: Dario Fo y Franca Rame
Puesta en escena: Claudia Andrade
Dirección: David Mondacca
Actores: David Mondacca y Jhazel Vargas
Otros comentarios: "Pareja abierta", la humillación del gran macho (http://www.la-razon.com/la_revista/Opinion-Pareja_abierta-humillacion-gran-macho_0_2351164879.html)

lunes, 5 de octubre de 2015

Óscar García Guzmán: “Vivimos como si naciéramos de gajo”


“Como no nos preocupamos por las raíces, nos quedamos en arbusto. Por ahí pasa el estado del arte nuestro” afirma el compositor y poeta que, junto a una especie de alma gemela, Juan Carlos Orihuela, avanza lentamente en una obra que se pinta fundamental: poesía escrita por mujeres en Bolivia que será musicalizada por ambos.

Óscar García Guzmán. Foto: ProAudio.


Mabel Franco, periodista

Óscar García -escondido desde los 17 años detrás de la barba y resguardado por larga melena-, encontró a sus pares en las aulas de la carrera de Arquitectura de la Universidad Mayor de San Andrés. Pares para crear, para soñar, para proponer entre otras ideas una que la academia rechazó en aras de las normas. Así se perdió el proyecto que Óscar y sus amigos Marcos Loayza, Alejandro Salazar y José Luis Lora se proponían emprender de manera colectiva: una tesis que iba a atreverse con la lectura semiótica de la arquitectura paceña. 
El cuarteto no pensaba darse por vencido, convencidos como estaban los cómplices de que “el estudio iba a ser lindísimo”, según se entusiasma Óscar al recordarlo, y mucho más interesante y útil que tantos proyectos de grado archivados por ahí.
Pero la vida, la azarosa vida política en el país marcada por golpes de estado y otros sobresaltos que casi invariablemente afectaron a la universidad, se encargó de desbaratar planes y de obligar a los arquitectos en ciernes a tomar otros rumbos. Marcos se decantó por el cine, Alejandro por la pintura y la ilustración, José Luis por el teatro y los títeres, y Óscar García Guzmán por la poesía y la música. Al final, ninguno ejercería la arquitectura.

El chico de las minas
Óscar nació en La Paz en 1960, pero vivió hasta sus 14 o 15 años, él no sabe precisarlo, en las minas de Bolivia. El trabajo de su papá hizo de la familia García una especie de clan errante: uno o dos años en Chorolque, luego en Quechisla, Catavi, Siglo XX, etc.
De ese tiempo, el artista guarda memoria de una existencia tranquila, que haría que La Paz se presentase para el adolescente como tremendamente violenta. Y lo dice quien entre sus recuerdos recurrentes tiene la imagen de la masacre de San Juan de 1967, cuando el niño de 7 años vio llegar al hospital de Catavi, que se hallaba a tres cuadras de su casa, “volquetas llenas de mineros muertos”, una “imagen fuerte que manda un poco en mi mirada de la historia de nuestro siglo XX y del XXI también”. 
El traslado a La Paz se produjo a medio año, detalle nada anecdótico para un chico cuyos padres debían encontrar un colegio que lo aceptase a esas alturas en una ciudad que no tenía, como ahora, abundancia de establecimientos. Así que Óscar tuvo que asistir al colegio San Calixto nocturno. “Insisto. Para mí La Paz era una ciudad agresiva, violenta, intimidante comparada con las minas que, salvo por los hechos del 67 y eventos como huelgas y derrumbes, representaban un mundo absolutamente campestre”. Había que verlo, pide imaginar Óscar, tratando de abordar el colectivo 2, que antes como hoy une Sopocachi (al centro oeste) con la zona central (centro norte), para llegar hasta la calle Pichincha (centro) y asistir a clases. 

Al año siguiente pasó al turno diurno del San Calixto, que pronto abrió una sucursal en Següencoma, el ahora colegio San Ignacio (al sur de la ciudad), de donde el estudiante saldría bachiller. “Podría decirse que gran parte de mi existencia la he vivido en traslados”, hace notar el autor de los poemarios Golpes de tambor (1985) y Morena Rena (1987) y director fundador de la Orquesta Contemporánea de Instrumentos Nativos y del Taller de Música Popular Arawi, entre otras obras.

El camino de la música
“En Catavi comencé a tocar guitarra de oído primero y luego con un profesor. Y me pasó lo que imagino le sucede a cualquier persona que de pronto enciende un chip y se le despierta algo que no sabía que estaba ahí”. Entonces tomó más en serio lo de la música y cuando llegó a La Paz buscó la forma de aprender más. “Fue cuando conocí a personas que estaban absolutamente obsesionadas por los Beatles y juntos formamos una banda que hacía exclusivamente música de los Beatles”. 
A la hora de estudiar en la universidad, el joven eligió arquitectura y entró también al Taller de Música que se abrió en la UMSA, experiencia realizada luego de la que se emprendiera en la Universidad Católica Boliviana y que comenzó “con un enorme impulso que lamentablemente se tuvo que cortar por el cierre de la universidad” durante un semestre en el año 80.
De vuelta a las aulas de arquitectura es que “formamos un grupo sin manifiesto, sin documento alguno, un grupo de empatías estéticas, entre otras”. El cuarteto, pues. “Creo”, expresa sus certezas Óscar García, “que la arquitectura es uno de esos mundos que te permite un montón de aperturas; pararte frente el mundo es una de las primeras experiencias arquitectónicas: descubrir espacio, tiempo…”.
Entre “los cuatro tuvimos un montón de complicidades durante ese tiempo, y eso que cada uno poseía una tendencia ideológica y política distinta y hasta nos agarrábamos a piñazos a veces”. Hay que entender, además, que ese tiempo, entre finales de los 70 y principios de los 80, “fue complicado para el transcurso de la vida en el país; no sabías qué cosa irías a emprender y qué terminaría bien o se truncaría; nunca más sentimos eso de estar y no estar, de quedarte o irte”. Una desazón que crecía cada vez que se producía un golpe de estado o un intento “o no sé qué que te llevaba a preguntarte: ¿qué me tocará, me buscarán, tendré que marcharme?”.
Lo dicho. Terminados los estudios, cada quien eligió su rumbo. No hubo ruptura ni nada de eso. De hecho, “la tapa del primer libro de poesía que publiqué es de Marcos y los dibujos interiores son del Alejo”. Y habrá que añadir que varias de las producciones audiovisuales de Marcos Loayza, incluidas sus películas Cuestión de fe y El corazón de Jesús, están musicalizadas por Óscar.
Y hubo nuevos encuentros para el poeta y músico. “En medio conocí a quien hasta hoy es uno de los compañeros con el que trabajo mucho y muy bien, de quien creo que es uno de los poetas vivos más importantes: Juan Carlos Orihuela”. Con él y con Pablo Muñoz formaron el trío Cantos nuevos. Varias obras conjuntas después, Óscar y Juan Carlos avanzan hoy, lentamente, en un trabajo sobre poesía escrita por mujeres en Bolivia que será musicalizada por ellos.

Lo permanente
Si Óscar necesitase mimetizarse y aun perderse para los ojos de sus más íntimos amigos, sólo tendría que ir a la peluquería. “Creo que salí bachiller así”, dice y recuerda que la única vez que tuvo que afeitarse fue para un viaje al Chile de tiempos de Pinochet, cuando estaba prohibido que alguien usase pelo largo y barba. “No entiendo la lógica, pero bueno, tuve que cumplir la norma”. Y luego, nunca más. 
¿Que por qué? “Nunca me he puesto a pensar seriamente en los motivos (largo silencio). No es que quiera parecerme a alguien o… A lo mejor es una cosa más simple: porque me da la gana”.
Entre tantos traslados, esto es lo más permanente, escucha la interpretación y asiente: “Ahí está; buena definición”.
Otro aspecto permanente es la ocupación que le describe en el carnet de identidad: “estudiante”. “Es una de las grandes virtudes de cómo somos en el país. En verdad creo que es un halago, porque sigo siendo estudiante; quien deja de aprender está más cerca de fenecer”.
En cualquier caso, en jerarquía, Óscar se define como compositor, docente, productor musical y alguien que escribe desde hace como 30 años.
Su labor como compositor y productor se desarrolla y diversifica desde el estudio Pro Audio, emprendimiento de Sergio Claros, profesional pionero en el área del sonido en el país. Óscar se sumó varios años después de que comenzase a funcionar el estudio y fue asumiendo responsabilidades, hasta quedar a cargo. Lo más importante, sin embargo, es que se comenzó a desarrollar propuestas nuevas y variadas, como el proyecto Paisajes sonoros de Bolivia, con música de autores jóvenes, y otras ideas cuya diversidad responde a la creatividad, claro, pero que también es una forma de salir al paso de la realidad cultural boliviana. Una realidad, señala Óscar, carente de políticas visibles y coherencia en el quehacer, lo que “te obliga a la diversificación”; es decir, “a hacer varias cosas al mismo tiempo, lo que termina siendo algo bueno; somos como que, renacentistamente hablando, hacedores de todo, lo que te permite estar todo el tiempo con la mente creativa, creando y haciendo un poco de música e investigación sonora, docencia, algo de interpretación, etc”.


El melenudo y las normas
Las normas tienen la cualidad de que están ahí para romperlas, afirma el artista de suave voz: “Todo el tiempo estamos inventando límites, normas, y los procesos creativos están hechos de rupturas; claro que cada ruptura implica un límite nuevo, una norma nueva”. Y así es: “Somos seres que todo el tiempo estamos autorregulándonos para justificar por qué vamos a romper la norma”.
Cole Reuter, uno de los grandes compositores contemporáneos, ejemplo de rupturas y aperturas en Brasil, fue maestro de Óscar. “Lo primero que nos dijo en la clase de composición es que a componer no se enseña, y segundo, nos pidió que tomemos una cartulina grande, escribamos la palabra ‘por qué’ y ubiquemos el cartel de manera que sea lo primero que veamos al despertar”.
Un “¿por qué?”, a diario. Para interpelarse y para interpelar a la sociedad también, aunque ésta muchas veces responda como el adulto al niño: “Porque sí”. Insistir de todas maneras, propone el músico, docente de música, poeta y productor, para que “nos pongamos de acuerdo en lo que queremos ser, de dónde venimos, a dónde apuntamos”. El no cuestionarse, el no responderse provoca “que los creadores pretendamos estar haciendo cosas nuevas para descubrir que lo nuevo ya se hizo en otro lugar, hace tiempo; que siempre estemos comenzado de cero y que eso que te cuesta hacer se vaya a olvidar, como si nunca hubiese pasado”.
Así vivimos, dice Óscar, escribiendo siempre “de nuevo”, componiendo “de nuevo”; “rara vez investigamos y buscamos si lo que está diciendo este caballero no se dijo antes”. El autor de Libro de rastros, obra presentada en 2014 en la Feria Internacional del Libro de La Paz y que recoge sus artículos periodísticos, propone entonces una metáfora: “Cada vez estamos naciendo de gajo; si nos propusiéramos tener más raíz, de pronto podríamos crecer más, tener más ramas, más frutos”. Y sentencia: “Como no nos preocupamos por las raíces, nos quedamos en arbusto. Por ahí pasa el estado del arte nuestro”.

Artículo publicado en la revista Jiwaqi en 2014

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Playback: sangre en la escena



Mabel Franco, periodista
El teatro no tiene que ser bonito. El teatro no está hecho para gustar en el sentido de complacer. Esto sabe o intuye o va descubriendo Winner Zeballos y con él, ojalá, el espectador convocado para asistir a Playback.
El teatro, el autor, el director, los actores, los objetos sobre el escenario son el motivo y el instrumento de consideración. Una consideración descarnada, dirigida a activar cuanto sentido se pueda de manera que el público se retuerza en la butaca y hasta cierre los ojos para no sentir.
Winn, el personaje, es Winn el teatrista con sus dilemas y muros que, teme, se levantan infranqueables ante sus aspiraciones de decir algo a alguien: ya ha probado, a sus 27 años de edad, que corre el riesgo de ser predecible: otra obra con desnudos, nueva obra con pocos actores no tan buenos como se espera, pues no los consigue para sus delirios. Por eso, el día de su 28 cumpleaños hará una fiesta y al mismo tiempo el mutis final.
Los invitados somos nosotros, los espectadores. No es tan obvio al principio. Por eso, nos preparamos para asistir a una representación en la que tres personajes harán lo suyo. Y lo hacen: desnudarse, cubrirse de tierra, agua, lodo. Un desnudarse que implica quedarse sin ropa, sí, pero sobre todo abrirse al grado de que la vida y la ficción de Winn y de su novia (Ross Caballero) parecen uno.
Ross cumple además un doble papel: es también el mejor amigo de Winn, Jazz Vásquez, quien está allí, en medio del escenario, manipulando tecnología para crear el ambiente sonoro y visual; pero no habla sino a través de ella. Playback, pues. Ella, por lo demás, se declara mala para la actuación, algo que no interesaría ni mucho ni poco a sus padres que nada saben de sus actividades.
Él, Winn, corretea por allí con un ridículo canzoncillo, devora papas fritas y bebe Coca-Cola con leche, se expone sentado en un bañador de lodo, se corta el cabello, se hiere con una hoja de afeitar… Todo suma para purgar allí, ante nosotros, su declarado fracaso. Playback de lo que está detrás, en las horas de creación y ensayos.
Tomar riesgos, caminar por la cuerda floja, ése es el arte que se propone hacer Zeballos y a él se entrega sin soporte alguno sobre el que caer si no es la complicidad del espectador. En verdad, todo teatrista procede de esta forma, sólo que con esta obra la exposición está tan desnuda como su autor.
Como los invitados a la fiesta, la respuesta para el anfitrión puede ser de asco, de repudio, de rechazo, de burla, pero no de indiferencia. Ya es mucho. Y, si en cada función teatral se asiste, como es cierto, al nacimiento y la muerte, a lo irrepetible, qué redención mayor puede haber para un creador que sacudirse de indiferencia, sobre todo si está tratando de entregar el alma que dej egrabada su performance en la retina, los oídos y el olfato de sus invitados. Ojalá no, por supuesto, como simple anécdota, sino como estímulo para pensar en lo que está detrás de la performance en vivo.
La respuesta a Winn Zeballos y sus compañeros la tiene cada quien: para mí, ha sido el sentir que se puede ser parte doliente del rito del teatro, que se puede aplaudir el sudor del creador por encima de la falta de técnica de sus actores, que la metáfora –el playback del teatro mismo- funciona si permite sentir a alguien auténtico detrás, alguien sangrando en vivo que no quiere repetir fórmulas sino inventarlas.
No es linda la obra de Winn Zeballos. No gusta. Y que algo así suceda, que es bueno que pase, es su mérito.

Ficha técnica
Obra: Playback
Autor: Winn Zeballos
Actores: Winn Zeballos, Rosa Caballero y Jazz Vásquez
Escenario: El desnivel, agosto de 2015

Otras críticas: El grito detrás del Playback, de Miguel Vargas

martes, 25 de agosto de 2015

Las criadas se quedan en el sótano nomás





Mabel Franco, Patu García y Mariana Vargas en el afiche promocional. 


Mabel Franco, periodista

¿Para qué hacer teatro? ¿Por qué se elige cierta obra para representarla y no otra? ¿Qué se quiere decir con ella?, ¿a quiénes? ¿cómo? Las preguntas son inevitables y que así sea es quizás el mayor mérito de Las criadas, obra de Jean Genet que Leonel Fransezze y Fernando Arze acaban de presentar en La Paz.
¿Qué puede haber movido a directores y actrices para echar mano de esta obra escrita en el París de mitad del siglo XX? Uno de los directores, Fransezze, lo explica así: “La inquietud de  montar Las criadas me  ha surgido porque veo que aunque haya sido escrita en 1947, podría haber sido escrita tranquilamente en Bolivia, en el 2015” (PáginaSiete).
Habrá que comentar al respecto que ese “tranquilamente” no halla correlato en la puesta aterrizada en el teatro Nuna, pues nada más distante en su aspiración de transmitir algo, que una obra “clásica” a la que se tiene tanto miedo o respeto que el director olvida su rol de lector, de traductor, de intérprete no de diálogos, de palabras, sino de sentidos contenidos en ellas a la espera de ser descubiertos para encarnarse como si fuesen dichos para la gente de hoy.
El mayor problema de estas criadas es que se han quedado atrapadas, con patrona incluida, en un tiempo y un lugar que las hace patéticamente anacrónicas. ¿Que así se sentían las sirvientas parisinas? ¿Que así eran las patronas? Qué pena por ellas, pero qué tengo que ver con ello.
No se trata, por si acaso, de convertir a los personajes de Genet en trabajadoras del hogar a la boliviana. No. Se trata de entender el drama humano planteado por el dramaturgo más allá de la anécdota del rol doméstico de las hermanas Claire y Solange. Lo que la obra saca a flote, desde los sótanos de sociedades en las que la desigualdad entre personas está naturalizada, son las tragicómicas contradicciones: oprimidos que aman al opresor porque detenta un poder que quisieran para sí; oprimidos que odian del opresor sus muestras de caridad; oprimidos que se detestan entre sí porque no soportan  la propia miseria; opresores ciegos y sordos respecto de lo que se cocina en su propia casa… Y hay más, mucho más que está en el texto de Genet a la espera de ser descubierto con el espectador del 2015.
Ambiente
La puesta tiene otro problema no menor. Las formas no aportan: la escenografía barroca por la acumulación de objetos no es coherente. Se supone que debe haber lujo deslumbrante en el que las criadas se revuelcan con la impotencia de quien quisiera ser pero no es. Así, una araña de verdad pende de las cabezas de las protagonistas (cortesía de una empresa auspiciadora), hay silla, canapé, teléfono de los antiguos, radio cuyo sonido llega de otro lado que no es el aparato, mullida alfombra capaz de anular el efecto de una silla tirada al piso en un acto de ira… Y a la par hay un espejo imaginario, un marco que debe dar idea de puerta y otro de una ventana hacia el París exterior… Puestos unos objetos al lado de otros, se anulan y en lugar de expresar se quedan ahí, como adorno: o se es naturalista o se es simbolista o se es algo que ayude a decir más que lo que las palabras y las actuaciones alcanzan a expresar.
Actuaciones
Y están las actrices, el corazón de la obra. Las tres, Mariana Vargas, Paola Oña y Patricia García, con trayectoria y logros. Por ello mismo sorprende el desempeño de las dos primeras, incapaces de encarnar a personajes; apenas caricaturas recitando textos que no tocan sensibilidad alguna en el espectador. Las carcajadas con que inician la obra dan ya mala espina: forzadas, falsas… y no por razones de puesta, sino por ausencia de dirección.
Esa misma ausencia, que en el caso del desempeño de Patricia García podría despistar, hace que tremenda actriz como es ésta justifique toda la obra, cierto; pero no es la idea. Su exultante paso por la escena podría funcionar como recurso para mostrar los universos paralelos que habitan ”la señora” (algunos directores hay elegido a un hombre para encarnarla) y las criadas Solange y Claire; pero como la contraparte, las criadas, no alcanzan el tono, el tedio se apodera del antes y el después de la aparición de García. Con lo que la obra pierde, con lo que la fuerza de la denuncia, en el sentido de reclamo contra las construcciones sociales deshumanizantes, se queda nomás en el  sótano.
Un último apunte: no es grato ver teatro desde mesas al estilo café concert.

Ficha técnica
Título: Las criadas (Les bones)
Autor: Jean Genet
Dirección: Leonel Fransezze y Fernando Arze
Actrices: Patricia García (La señora), Mariana Vargas (Solange), Paola Oña (Claire)
Producción: Macondo Art