martes, 14 de abril de 2015

Eludir el cuerpo, se llama


Mabel Franco, periodista

Es de destacar y agradecer que el arte se ocupe de un tema de “lacerante actualidad”, para usar lenguaje sociológico. Que de las múltiples posibilidades que ocupan la sensibilidad de un autor y de un director se decida abordar aquello que está llenando páginas de diarios y de noticieros televisivos, es algo para tomar muy en cuenta.
La trata y tráfico de personas, con distintos fines, uno de ellos la explotación sexual, es el tema en cuestión. Y “El cuerpo”, obra teatral escrita por Camila Urioste y dirigida por Cristian Mercado, el caso en particular.
¿Qué decir que no se haya dicho sobre la trata con fines de prostitución? ¿Qué de lo dicho a diario se puede decir de otra manera? ¿Cómo desadormecer a los receptores de noticias cotidianas que de tanto verlas se van insensibilizando? ¿Cómo evitar el oportunismo o, peor, la repetición de fórmulas? Y, en definitiva, ¿cómo justificar las palabras arte teatral con el hecho sobre el escenario? Tales las cuestiones que habrán tenido que responderse autora y director a la hora de poner en carne y hueso el drama de unas mujeres atrapadas por la prostitución.
El resultado, en lo positivo, es un intento, a ratos no exento de poesía verbal, para explorar en los sentidos que tiene el propio cuerpo para una mujer: cómo se lo vive desde la niñez hasta que los ojos de los otros reparan en él: lo cosifican. Entonces, para muchas, ese cuerpo con el que han convivido, de pronto se torna un desconocido, un indeseable, un vergonzante… Algo debería pasar luego: disfrutar del propio cuerpo, dominarlo, imponerse a la mirada externa... Sólo que para algunas, demasiadas ya, la trampa está tendida pues los hilos de la trata las secuestran.
El cuerpo se reduce entonces a la más perversa condición de objeto. Alguien va a usarlo hasta desecharlo, en tanto la sociedad contempla cómo se destiñe el papelito de “desaparecida” pegada en algún poste.
Sólo este monólogo encomendado a Patricia García, con mucho por desarrollar, ya justificaría la obra. Pero no. A autora y director se les ocurrió trenzarlo con la situación dentro de un prostíbulo.

……………….

Una joven prostituta decide hacer justicia. Una compañera que ha huido y debía llamarla, guarda inquietante silencio y ella teme que El agujas (Kike Gorena) la haya matado, como sabe que ha hecho con otras chicas.
Aprovecha que un político (Luis Bredow) está de cliente para tomarlo como rehén. Por accidente, El Agujas es herido y así llega él también a la habitación, conducido por otra prostituta, muy ingenua ella (Erika Andia), que poco a poco se convencerá del callejón sin salida que es su vida.
Lo que va sucediendo en la habitación miserable y la conversión de la mujer que encarna García se alternan para mostrarse al espectador. Ambos espacios están enfrentados en medio de la calle que forma el público y se activan o desactivan mediante encendidos o apagones de luz. Como recurso narrativo, funciona bien. Es un acierto de la dirección y hay que apuntarlo, pues además es posible sentir ese voyerismo propio y mirarlo en los ojos de los espectadores del frente; qué sucede en ese lugar íntimo, con chicas y viejos en paños menores.
El problema es que cada vez más y pese al drama que se vive en la habitación, es la otra historia la que uno quisiera ver. Y así pasa por varias razones, una de ellas la falta de vuelo para pintar a las prostitutas y los hombres en su drama.
La vengadora se pasea por el escenario con pestañas postizas que nunca se desacomodan, con ropa interior que se supone debe usar para trabajar, pero que jamás ostentaría en momentos en que se asquea de la mirada del viejo cliente o del desprecio del explotador. No y no, y es una incoherencia dentro del universo que propone el propio texto.
Se ha criticado la debilidad de la actriz (y ya son dos las que pasan por el papel de la vengadora: Catalina Francisco y Gabriela Sandóval) y sí: si las elegidas para el papel tuvieran más recursos, quizás salvarían los estereotipos o éstos no se notarían tanto. Bredow y Gorena lo logran mejor, aunque, para ser sinceros, tampoco ellos remontan el encasillamiento de sus roles que los obligan a recitar viejas y gastadas consignas de político corrupto, viejo verde en busca de jovencitas, de explotador malo malo, malo.
Así que no es sólo actuación. Hay pecados de texto que se pueden resumir en una palabra: estereotipos. Pero hay más pecados de dirección, pues Mercado ha tenido todas las posibilidades de apropiarse de la obra, de hacerla propia, de convertirla en ese algo nuevo que justificaría todo el esfuerzo.
A nivel de dirección, por ejemplo, el arma, la pistola, se maneja con la misma ligereza con que se usa el celular, como dijo alguien del público. ¿Para qué ponerla en manos de una víctima de explotación si no va a servir más que como utilería?
Claro, lo que pasa es que ni en los personajes ni en sus encarnaciones, salvo lo mencionado sobre García, hay símbolo, signo, imagen: sólo anécdota. Tan es así, que la escena final, valiente para una actriz (García) que debe lucir su cuerpo rollizo, desencajado, pierde toda la fuerza que tendría si se profundizase en el relato sobre el cuerpo traficado, usado, despreciado aun por quien lo porta.
Esta vez, Urioste y Mercado han eludido el cuerpo y la telenovela o, peor, la crónica roja, se ha comido al teatro. 

Ficha técnica
Título: El cuerpo (2015)
Autora: Camila Urioste
Director: Cristian Mercado
Actores: Patricia García, Luis Bredow, Kike Gorena, Erika Andia y Catalina Francisco/Gabriela Sandóval
Producción: El Desnivel

domingo, 27 de julio de 2014

Mauricio D’Avis, el origen de "Olvidados"

Cochabambino, es cineasta formado en EEUU y España. Para su tesis de licenciatura estaba buscando un tema de guion que desarrollar y se topó con un artículo periodístico sobre el Plan Cóndor. Investigó, recogió testimonios y fue armando una historia que Carla Ortiz ha llevado al cine como coescritora, actriz y productora ejecutiva. ‘Olvidados’, dirigida por el mexicano Carlos Bolado, llega a las pantallas del país esta semana. A continuación, parte de la entrevista con D'Avis realizada en 2013.

Mabel Franco, periodista

Mauricio D’Avis es un cineasta y un empresario boliviano de 34 años. Nació en Cochabamba el 16 de marzo de 1980, de manera que tenía cuatro meses cuando la dictadura de Luis García Meza se implantó en el país. No es que una cosa tenga que ver con otra; pero lo cierto es que este joven decidió explorar en el Plan Cóndor (coordinación entre las cúpulas dictatoriales de la década del setenta en Sudamérica y la CIA), con la idea de escribir un guion cinematográfico. “Estudié Producción en Cine y Tv en la University of Southern California en Los Ángeles y quería desarrollar un guion que pudiera dirigir”, se explica. Unos años más tarde “conocí a Carla Ortiz, quien hizo la versión final y produjo la película”.
Tal cinta es Olvidados, que ya fue filmada en el país y está en proceso de posproducción. Tiene como protagonistas a actores de Bolivia, México, Chile, Portugal y Argentina, entre ellos Damián Alcázar, Rafael Ferro, Tomás Fonzi, Carloto Cotta, Manuela Martelli, Cristian Mercado, Bernardo Peña, Milton Cortez, Jorge Ortiz y la propia Carla.
“Creo que de alguna manera tratamos de olvidar el pasado y dejar que el tiempo borre muchas cosas, pero lo cierto es que deberíamos saber más para no caer en lo mismo algún día”, responde D’Avis desde España, donde cursa una maestría en Guion Audiovisual en la Universidad de Navarra (Pamplona).
— Se suele creer que los jóvenes, que no han vivido la dictadura, no tienen interés en esa parte de la historia del país (y de la región). ¿Es cierto?
— No sé si es falta de interés. Ocurre que muchos jóvenes en Argentina, Chile o Paraguay sufrieron las dictaduras de manera distinta a los bolivianos, y muchas veces en su entorno muy próximo. Esas heridas siguen latentes y no es fácil hablar de ellas, más aún considerando que hay personas que defienden esos días y las acciones tomadas. En el caso de nuestro país, creo que se trata en muchos casos de falta de conocimiento de lo que ocurría durante esa época. El porqué de las dictaduras y cuál el propósito de esos regímenes. Es durante esos años que se activa la Operación Cóndor, algo desconocido para mucha gente, y se desata el terror entre ésta.
— ¿Cómo se relacionan con ese tema por ejemplo sus amigos?
— En general no atrae a muchos. En mi caso, la curiosidad o pasión por el tema viene de años atrás. El guion lo fui ideando a fines de 2004, cuando terminaba mi último año de universidad, y la verdad que conocía muy poco. Fueron muchos libros, diarios, entrevistas, emails, internet, películas, documentales y horas y días para armar un mundo, una historia, personajes y escenas que unieran el pasado de esa época con el presente. Un trabajo de investigación y aprendizaje bastante extenso que derivó en cinco versiones durante cinco años de guion. Con la última, Carla Ortiz y Elia Petridis trabajaron para desarrollar la definitiva. Hubo muchos aportes al guion de un amigo y también actor de la película, Bernardo Peña.
— ¿Cómo fue construyendo la historia?
— Todo empezó con un artículo sobre el Plan Cóndor que leí por internet en un periódico nacional. Empecé a indagar. Al principio revisé libros de autores chilenos, argentinos y estadounidenses. A medida que pasaba el tiempo, fui accediendo a instituciones y gente a nivel nacional e internacional que me dio su apoyo, referencias, testimonios y anécdotas acerca de lo que pasaron o pasó con gente cercana a ellos. Años más tarde conocí a Martín Almada (Premio Nobel Alternativo de la Paz), que había descubierto los archivos que revelaron la existencia de la Operación Cóndor en Paraguay. Él es una persona que sufrió bastante, pero que luchó mucho para demostrar lo que sucedió en Sudamérica. Al mismo tiempo fui conociendo a historiadores, escritores, víctimas, políticos y militares de la época. Tuve la oportunidad de contactarme con mucha gente que me ayudó a pulir, a desarrollar el guion y la historia, como el exsenador Gastón Cornejo, la Unión Nacional de Expresos y Exiliados Políticos de Bolivia (Unexpepb), la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Chile, SOA Watch (Vigilancia en contra de la Escuela de las Américas), la Asociación de Familiares de Detenidos, Desaparecidos y Mártires por la Liberación Nacional (Asofamd). Con todo ese mundo de datos, información y apoyo fui creando una historia que debía unir el pasado con el presente y construir un guion de ficción basado en eventos y personajes reales que pudieran reflejar esos años y las consecuencias al día de hoy. Fue algo extenuante y espero que la película refleje todo el trabajo, las historias, escenas y personajes.
— ¿Quiénes son los personajes?
— A pesar de la versión última, el mundo y las historias son los mismos: personas con las que uno podría identificarse. Cuenta con aproximadamente diez personajes. Uno de ellos, el protagonista, une el presente con el pasado para que su historia permita conocer al resto. No estoy al tanto de cómo quedó la versión filmada, pero el protagonista y la razón de contarnos su historia son la base de todo. Muchos tienen aspectos que provienen de mi vida, en rasgos, nombres, personalidades y recuerdos bajo los cuales los construí.
— ¿Considera que la gente de su generación está consciente de lo que es vivir en democracia?
— Espero que sí. Creo que todos hemos escuchado una que otra anécdota por parte de familiares o profesores y sabemos lo que fueron esos años de dictadura. Si no, entonces creo que es deber de otros, en este caso del cine, contarlo. Yo, a través del guion, pinto lo trágico del pasado y el mundo en el que vivimos hoy para valorar lo que tenemos.
Entrevista publicada en Escape, La Razón, en mayo de 2013

domingo, 29 de junio de 2014

Uzquiano, LGBT, Dios y los marcianos



Mabel Franco, periodista
29/5/2014

La guerra de los mundos es la película que Dante Uzquiano, voz del grupo Wara, eligió para el ciclo La mejor película del mundo que organiza Afuera Revista. Este ciclo tiene la enorme virtud de descubrir o redescubrir producciones que, de lo contrario, difícilmente se podrían ver así: en sala, en esa comunión con otra gente, a veces maravillosa, a veces insufrible, que forma parte del rito de ir al cine. Y también deja atisbar en los gustos e ideas de los invitados que comparten "su" película con el resto de la humanidad. Es increíble cómo una elección y el saber el porqué de ella da más pautas sobre la persona de las que se podría extraer en una charla o en entrevista, por ejemplo.
Uzquiano puso en consideración una cinta de 1953, basada en la novela de Herbert George Wells, que él dice haber visto por vez primera cuando tenía unos 12 años.
Como muchos deben saber, esta novela ha merecido adaptaciones para radio (la ya legendaria de Orson Welles, que provocó el pánico entre los estadounidenses) y algunas para cine. La primera para la gran pantalla es ésta del 53 dirigida por Byron Haskin, y la más reciente es la de Steven Spielberg (2005).
Pero vayamos por la de Uzquiano.
El cantante llegó un poco tarde a la cita en la Cinemateca Boliviana. El público presente comenzó a desesperarse justo cuando el artista hizo su ingreso. La admiración por lo que ha hecho Uzquiano en Wara es innegable: hubo aplausos al verlo y la gente se predispuso a escucharlo.
El artista justificó su retraso por un evento en El Prado que le bloqueó el paso: el desfile del Orgullo gay en sábado 28 de junio de 2014. Entonces, ¡oh, sorpresa!, el cantante que había soportado, según explicó el anfitrión Diego Gullco, la incomprensión del público boliviano en los años 70 respecto de la música y los instrumentos andinos, aquel que junto a Wara se estrelló contra los prejuicios, disparó a quemarropa: que a él las cosas grises no le gustan, que el mundo es de mujeres y hombres, nada de medias tintas. Que como predicador de la Asamblea de Dios en que se ha convertido no estaba de acuerdo con ciertas ¿aberraciones? No sé si dijo la palabra, pero algo parecido dejó escapar y siguió y siguió… hasta que Diego Gullco puso un alto: educada pero firmemente.
La película
“La guerra de los mundos” de Haskin narra la llegada en plan de conquista de marcianos, primeramente a California y de ahí a todo el mundo. Esos seres, que codician el único planeta capaz de albergar vida en el sistema solar, envidian el verde de la vegetación y el azul de los mares. Qué desgracia lo que verían hoy y qué pena que no la conquistaran, es una de las ideas peregrinas nada más empezada la película.
La historia contada de una manera que hoy resulta ingenua y casi caricaturesca, despierta una sonrisa y hasta alguna que otra carcajada. Son los ojos contemporáneos que han visto demasiado en efectos y formas de narrar los que le dan un giro de comedia a una tragedia. Así envejecen algunas cosas.
“La guerra de los mundos” de marras, en todo caso, no disgusta. Despierta cierta ternura tanta ingenuidad gringa… y humana. Porque seguramente que los espectadores de distintos lares quedaron conmovidos y con la boca abierta en su momento. Uzquiano uno de ellos. Además, que yo sepa, es la única producción internacional, con premio Oscar a los efectos especiales, que habla de los “bolivianos” como héroes. En cierto momento, cuando se hace el recuento de las batallas valerosas libradas por los distintos países contra la poderosa fuerza alienígena, se reporta que junto a franceses, ingleses, etc., los bolivianos dejaron todo. ¡Si dan ganas de aplaudir!
Y ¡ojo!, que en el film de la época macarthismo no hay ni un solo personaje negro. Toda la humanidad va a ser destruida, miles corren de aquí para allá o son borrados del mapa por las armas marcianas: ni así aparece ni un solo afro o morenito.
El mejor momento de la película (mérito de la novela) es cuando los humanos, asustados y obligados a huir, se destruyen a sí mismos. No escuchan nada ni a nadie. Acaban incluso con aquello que podría salvarlos… Sólo un milagro, que los menos salvajes piden a Dios en las iglesias, es la esperanza…
Hay que agradecer a Uzquiano por la oportunidad de echar un ojo a esta producción. Quizás si él mismo se esfuerza por encontrarle más sentidos que los del milagro, si mira un poco en los humanos desquiciados destruyéndose entre sí y odiando a los otros como si fueran los verdaderos marcianos, quepa el verdadero milagro.
El cantante y pastor cristiano confió una y otra vez su certeza: Dios nos ama a todos. Jesús es el centro de todo. Siguiendo su lógica, dan ganas de decirle: a todos, señor Uzquiano, incluidos los que no son ni negro ni blanco. Y quizás también, si los McCarthy (¿y Rojas?) de siempre lo permiten, a los propios marcianos.

sábado, 28 de junio de 2014

La fiesta debe seguir


En 1975, como nunca antes había pasado, se les hizo prohibido bailar. Engalanadas, trepadas en sus botas de plataforma, ellas avivaban el paso de la morenada, hasta que un “policía” de la Asociación de Conjuntos Folklóricos del Gran Poder, presidida por Lucio Chuquimia, les exigía salir. Las “chinas morenas” se escabullían por allí, pero volvían a ingresar a las filas de danzantes más arriba o más abajo. Aquel año, igual terminaron de hacer el recorrido, defendidas por las fraternidades unas veces, por el público otras. Pero tanto pesca pesca, que se repitió dos años más, las agotó y las convenció de llevarse su colorida presencia a las fiestas rurales, que, por suerte, hay muchas en Bolivia.
Un año antes, Barbarella (Peter Alaiza), la figura travesti desde los años 60 en la morenada de los residentes de Achacachi, había sorprendido con un beso en la mejilla al presidente Hugo Banzer Suárez, quien acudió a la entrada folklórica en una fecha especial: aquel 1974, en plena dictadura, la fiesta ingresaba por primera vez al centro de La Paz, rebasando los límites del populoso barrio de Chijini (noroeste).
“Sí, aquel año del beso ingresamos con la fiesta al centro paceño, pero también nos sacaron de ella”, resume en primera persona del plural David Aruquipa, administrador de empresas que se siente heredero de Barbarella y de otras figuras travesti como Pocha, Pula, Chichina Galindo, Liz Karina, “todas ellas finadas”, o Titina, hoy de 71 años de edad, y Ofelia, de 72, entre varias otras.
Vestido todavía como las convenciones dicen que debe verse un hombre, Aruquipa ha estado atendiendo entrevistas para anunciar la publicación de un libro resultado de las pesquisas impulsadas por la Comunidad de Investigación Diversidad, de la que es parte él, como integrante de la  Familia Galán. El texto, cuya tapa muestra a Barbarella, se llama La china morena: memoria histórica travesti, y recoge la historia y el aporte de “gays, homosexuales, maricas” a la fiesta boliviana. El 11 de mayo será entregado en el Museo de Etnografía y Folklore de La Paz, en medio de una exposición de fotografías y vestuario. El literato y master en estudios culturales Clevert Cárdenas y la antropóloga Varinia Oros figuran con sendos artículos para contextualizar la presencia travesti en fiestas como el Gran    Poder y el Carnaval de Oruro.
Sentado ante el peinador habilitado en la sede de Diversidad, en la zona de Cristo Rey, Aruquipa comienza su transformación para que la entrevista no sea sólo de palabra, sino de obra. Con el corto cabello separado del rostro por una vincha, maquillaje, polvos, delineadores y lápices labiales irán marcando una identidad que, una vez más, las convenciones sociales dicen que es femenina. Por supuesto, tratándose de la fiesta, este cambio tendrá el cariz de lo sobrecargado.
“Es una pena que Barbarella se haya llevado consigo el significado de aquel beso”, reflexiona David. “Nunca sabremos si lo hizo como un acto reivindicativo, de desafío al poder, a la dictadura, a las fuerzas del orden, o si quiso tan sólo mostrarse estéticamente como una diosa que merecía un trato de igual a igual con el presidente”.
Tampoco se sabrá, añade, si, como trascendió, la prohibición del ingreso de travestis en el Gran Poder fue escrita. “Porque si hubo un documento así, a estas alturas, con leyes antidiscriminación, seguramente habrá desaparecido”.
Con algunos silencios obligados por la necesidad de Aruquipa, en su camino de convertirse en Danna Galán, de delinear una boca en forma de corazón o de colocar correctamente las enormes pestañas postizas, va fluyendo la historia “nunca antes contada, en sus detalles y trascendencia, por ningún trabajo referido a las fiestas populares”.
Dos figuras destacan de los años 60 y 70, plantea David. Una es Barbarella, la estrella del Gran Poder. “Peter era hijo de cafetaleros de los Yungas, con mucho dinero. Sus padres hicieron de todo para que ‘se corrigiese’ y lo enviaron al extranjero a estudiar. Pero él eligió ser estilista. Conoció de cerca el mundo de las vedettes, argentinas y mexicanas”, hecho clave, se crea o no, para definir la estética de la china morena y, luego, de la caporal.
Peter traía al país pelucas de colores, voluminosas, y pronto se las calzó a la hora de unirse a los bailes en Chijini.
La otra figura es Ofelia, el orureño Carlos Espinoza, que reinó en el Carnaval y que le dio un giro de tuerca a una vieja presencia de la diablada, la china supay ñaupa (diabla vieja), que es encarnada desde los años 30 por varones, no homosexuales, como parte de la dinámica de la fiesta.
Varinia Oros, curadora del Musef, explica que la china morena o figura se fue alimentando en dos espacios, el orureño y el paceño, los que “interactuaron y se nutrieron uno al otro, construyendo una historia de ida y vuelta, no sólo entre sus personajes, sino también en lo que llamamos las ‘tendencias’ o modas en su atuendo, forma de bailar, etc.”
Cuando Ofelia decidió danzar, se dijo que iba a cambiar la figura de la ñaupa, que veía tosca, bufonesca. Así que se afanó en crear un traje más seductor, con encajes y transparencias, cancanes y otros detalles, además de acortar la pollera. Lo que sí mantuvo es la careta de la ñaupa.
Barbarella, en cambio, inspirada, como ya está dicho, en las vedettes, pero también en la figura de maja de los cosméticos de tal marca —ella solía repetir: “Soy la Maja”—, planteó el maquillaje cargado y un peinado batido para desafiar la gravedad. Y se puso al frente de la morenada.
David (Danna), en pleno proceso de ceñido del corsé, con ayuda de Varinia, resalta que  “ellas (Barbarella y Ofelia) fueron marcando la estética de la china morena: pollera corta, cancanes, corsé,  escotes, medias de malla y botas altas”.
Ocurre que en los 60 se había puesto de moda la minifalda, botas encima de la rodilla y plataforma. “Las chicas recogieron todo ello y lo sumaron a los elementos ya presentes en el folklore”.
Dice Varinia: “En medio de la fiesta de migrantes del campo, en el Gran Poder, a nadie le pareció raro o malo tener a estos bailarines”. Y Danna agrega: “Eran las reinas, las mimadas. Las fraternidades se peleaban por tenerlas en sus filas y les pagaban por esa presencia. Ofelia era traída de Oruro por la morenada Eloy Salmón, junto a su maquillista y peinadora”.
Ambos, antropóloga y travesti, coinciden: Entre cholos no se las discriminaba; fue en el contacto con una clase media occidentalizada que surgió la prohibición.
Varinia afirma haber verificado esa aceptación en 2011, cuando la Familia Galán—Danna, París (Carlos Parra) y Alisha (Andrés Mallo)— acudió al último ensayo antes de la entrada y la antropóloga preguntó a un preste si ellas podían participar. “La respuesta inmediata fue que sí y las personas les entregaban a sus niños para una foto”.
Esto tiene una explicación, dice Varinia, aunque admite que ella no ha investigado a fondo el tema en el área rural. Pero se anima a reflexionar sobre la palabra quechua quewa con que se designa al homosexual, que “creo que es visto como de buen augurio”, vinculado con la fertilidad. De hecho, “en la música hay sonidos quewa y en los aguayos también; y se pone a bailar a hombres como personajes femeninos”. “Cuando migras, no te desligas de tu cultura rural, de tu vivencia; al contrario, la reproduces, aunque de otra manera, con otros elementos y características”. Lo que se vería en las fiestas ya urbanizadas. 
Danna, ya unos 20 centímetros más alta, producto de las botas y el sombrero, recibe entonces una llamada. Es una diputada interesada en ayudar a la comunidad GLBT (gay, lesbianas, bisexuales y transexuales), en su búsqueda de legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo.
¿Qué lugar ocupa la fiesta en la lucha   reivindicativa? La china morena, lista para posar ante la cámara, argumenta: “Creo que la cultura es el espacio para dialogar y discutir los temas de la diversidad. No se trata sólo de normas, sino de construcciones culturales. El pensarnos como personas diversas es el reconocimiento de que en ‘nuestras’ culturas hay personas con distintas identificaciones. ¿Qué son el quewa y el quewsa? Basta de creer que el ser gay o lesbiana o travesti es una importación del extranjero, desconociendo que ellos han estado presentes en procesos culturales históricos de Bolivia”.
Por ello el libro, las exposiciones, las entrevistas a los travestis sexagenarios y septuagenarios. “Queremos enfatizar en el aporte de estas personas homosexuales que, tal vez sin intención de revolucionar con un personaje tan reconocido como la china morena, hicieron su aporte. Por eso buscamos que, cuando se hable del Gran Poder, del Carnaval de Oruro, se reconozca a los gestores de la creación de personajes esenciales de estas fiestas”.
Las figuras travestis, ciertamente, se incorporaron de lleno en la morenada —una danza que antes de ellas era de hombres— y las mujeres que ocuparon luego ese lugar asumieron la estética de aquellos, a la vez que añadieron otros elementos: trenzas, sombrero...  Y luego se dio el salto al caporal, danza construida en La Paz, en los 70, sobre el baile de los negritos (en la que también los travestis introdujeron a la rumbera). 
“Por todo ello creemos que el espacio fundamental para discutir sobre identidad sexual es la cultura. Las fiestas, como parte de ella, han sido siempre elemento de transgresión, de denuncia, de choque contra el colonialismo, se mofaban de los controles, de los mandatos, del poder”, se explaya Danna Galán, abanicando sus palabras con las pestañas. “Obviamente, la participación de población trans, homosexual, en las fiestas enuncia su incorporación y plantea que somos parte de este país”. Y también “cuestiona a la ciudadanía y plantea que en este estado todos somos parte de la fiesta, y no vamos a poder cambiar si no podemos bailar”. En definitiva, “nuestra participación es no sólo estética cultural, pues en estos espacios festivos se interpela, se plantea, se hace política”.
Con los Galán, los travestis han vuelto a la fiesta. Como figuras, como cholas ñaupa o como los Waphuri Galán de la kullawada, “con ropa folklórica pero con estética muy maricona”. ¡A bailar se ha dicho!
Nota publicada en La Razón, suplemento Escape, el 6 de mayo de 2012