martes, 26 de mayo de 2026

"Carga sellada", en el lugar de origen

 

Luis Bredow, el maquinista de 'Carga sellada

El film de Julia Vargas-Weise, además de alertar sobre el riesgo de la basura tóxica y la corrupción, es un llamado a desobeder órdenes absurdas, a tomar rutas alternas, a tener la conciencia libre y actuar.

Mabel Franco / Oruro

Larga, larguísima fila formada para entrar al cine "21 de Enero". Mujeres con bebés, jóvenes, niños, ancianos reunidos en tono de fiesta, ansiosos todos por ver qué pudo haber hecho el cine en tierras orureñas, más propiamente en las de Machacamarca, el "oasis del altiplano".

Durante el día (18 de febrero de 2016), gracias a altavoces y otros medios de información callejera, los vecinos del municipio se habían enterado del estreno de "Carga sellada", la película dirigida por JuliaVargas-Weise y rodada en el invierno de hace casi cuatro años en el campamento-patrimonio que la minería  del estaño dejó como impronta de sus días de gloria.

Nervios, ganas de llorar... la cineasta y algunos de los actores que viajaron las cuatro horas de rigor desde La Paz para asistir al llamado "preestreno" --en realidad, estreno a secas, con aplausos, discursos, fotos y reconocimientos municipales de por medio-- tuvieron el raro privilegio de sentir los efectos de su hazaña en espectadores de "primera línea".

Confundidos entre el público apiñado en la sala oscura, sobre bancas de madera y sillas de plástico en lugar de butacas, Luis Bredow, Fernando Arze, Daniela Lema y Jorge Hildalgo vieron por vez primera el resultado del montaje de "Carga sellada". Y lo hicieron con el eco de las risas de la gente, sus exclamaciones del tipo "¡Ooooh!", "Ay, el Medrano", "Pobrecito el Choque", etc. Como se repitió muchas veces: "Esto parece Cinema Paradiso".

El argumento de la película está basado en un hecho real: el temor que cundió en los años 90 por las versiones acerca de un "tren fantasma" que, con basura tóxica a bordo originada en un país extranjero con normas sobre este tipo de desechos, intentaba dejarla clandestinamente en algún lugar del territorio boliviano.

Tiempo le tomó a la orureña Vargas-Weise darle forma a la historia, convencida como se mantuvo de la importancia de recogerla para que no se pierdan de vista los riesgos de un tráfico en el que mucho tiene que ver la falta de reglas al respecto y la corrupción del poder en países como Bolivia.

El guion lo escribió la cineasta con Juan Claudio Lechín, reunió al elenco que incluye a actores bolivianos, de México y Venezuela, y tras vencer resistencias de autoridades de Machacamarca, celosos de su patrimonio, finalmente pudo echar mano de una vieja locomotora (Luzmila) y "revivirla" con los trucos del cine.

El argumento

Los protagonistas de esta historia son cuatro policías encargados de transportar una carga misteriosa. El capitán (Gustavo Sánchez Parra) que dirige la misión lo hace a cambio de un ascenso y, los otros tres (Fernando Arze, Gonzalo Cubero y Marcelo Quina), por subordinación. Pronto, la tarea se hará cuesta arriba, pues la información sobre la peligrosidad de lo que lleva el tren ha ido llegando a los habitantes de los pueblos por donde pasa el tren.

El concepto de autoridad es el que se irá socavando, tanto en el grupo como entre el rígido capitán y sus superiores que terminan por dejarlo solo, incluidos los políticos cuyo cinismo se hace evidente a través de sus declaraciones ante la prensa. Esa conciencia sobre órdenes sin lógica, jerarquías sin autoridad moral, pérdida de identidad, muertes sin sentido irán descontaminando el universo errante de los protagonistas.

Como personajes de contrapeso se hallan el maquinista (Luis Bredow) y una joven campesina (Daniela Lema), dos puertas de escape en la medida en que no son policías, no cumplen órdenes, como se encargan de aclarar varias veces, además de un extraño y casi metafórico guardián (Jorge Hidalgo) que persigue el tren para impedir que cumpla su nefasta misión.

El “golpe de timón”

tren y policías en Carga sellada.

Si bien la película se presenta como un alegato en contra de una estructura de mundo que hace de unos países el basurero de otros, el tema que resalta –lectura con coyuntura social y política en el país, de por medio, con una Policía que no halla mejor argumento para sus desaciertos que el de “las órdenes superiores”— es el de la responsabilidad individual. El capitán y sus hombres, cada quien a su manera, cambia el curso de lo preestablecido, de lo trazado. En tal sentido, el maquinista con su particular rebeldía, su sentido de libertad, su dominio de los mandos del tren, su solidaridad pese a todo, mostrará al rígido uniformado que siempre hay desvíos si se sabe buscarlos. Ramales alternos para que los poderosos terminen por asumir el bulto que pretender cargar en los demás.

La accidentada trayectoria

La narración lineal, de tono didáctico y no exento de estereotipos (la frívola esposa del capitán, la madre chola sacrificándose por el futuro del hijo) es el corset de esta película. En tal escenario, las actuaciones de los bolivianos sobresalen. Hay, en el trabajo de la mayoría de los actores, una construcción que hace creíbles a los personajes. Tanto, que Daniela Lema, una joven que nada tiene de campesina aymara, asume la mentira más con el cuerpo que con las palabras, y sale airosa. Los espectadores de Machacamarca la vitorearon y pidieron, en el acto final de los discursos, que hable también ella.

Otro personaje creíble y querible es el encarnado por Luis Bredow. Lo que refuerza la sensación de que el tema de las elecciones personales, del liderazgo que cada quien puede y debe asumir, sobresale en este film.

Quien tiene el viaje cuesta arriba es el mexicano Gustavo Sánchez Parra (Amores perros, La misma luna, Get the Gringo...), quien no alcanza a construir su personaje y convencer sobre el cambio que en él se opera. Es, quizás, el más estereotipado y entonces, en medio del psicoanálisis que parece necesitar (la escena de amor con la campesina resulta casi caricaturesca), cede terreno a todos sus compañeros. Lo que no les ocurre a Fernando Arze,  Marcelo Quina y Gonzalo Cubero, cuyos caracteres se van distinguiendo a medida que el tren deambula y así arriban al desenlace con mucho de empatía en su favor.

Machacamarca, la fotogénica

Julia Vargas-Weise, directora de cine.

La cineasta orureña en el Museo Ferroviario de Machacamarca, de donde obtuvo
la locomotora que aparece en "Carga sellada".

Vargas-Weise se ha encargado de poner a Oruro, sus temas, sus paisajes, sus gentes en la pantalla. Así hizo con “Esito sería... La vida es un carnaval”, con el Carnaval de Oruro como motivo, y ahora con “Carga sellada”, con la que recupera esa historia de rieles y vagones tan cara para el departamento altiplánico. Aún en medio de la tensión que propone el argumento del film, se impone la nostalgia de esos días en los que se podía viajar en tren y descubrir pueblos y paisajes capaces de quitar el aliento. Para los habitantes de Machacamarca, sobre todo para los mayores, esto se respira y duele.

La directora, fotógrafa de formación, tiene el ojo para descubrir esos paisajes y encuadrarlos bellamente; pero no deja que ellos se impongan, sino que los coloca como telón del drama, tan frágiles entonces pese a montañas, piedras, rocas, lago, el mar de sal de Coipasa. Han de ser los humanos, capaces de dañar esos lugares de vida, los llamados a protegerlos, a escuchar a sus espíritus vestidos como personajes de la Diablada.

Machacamarca es, según su alcalde, Darío Yucra Choque, un escenario natural para el cine. Y se le cree. Basta ver el museo con sus máquinas rescatadas del saqueo de los ferrocarriles en el país, los rieles aún tendidos, los edificios, las calles y los árboles del campamento, los muchos árboles dejados allí por la voluntad de los extranjeros que llegaron para trabajar las minas y que los han sobrevivido.

El rito de ir al cine

Machacamarca respondió con entusiasmo al equipo comandado por Vargas-Weise. Primero, su alcalde recibió al equipo con un almuerzo en El Palomar, restaurante cuya especialidad es el plato Cuchicositas (mote, tomate, carnes de cerdo y de pollo) y un macerado de guindas para destapar hasta los oídos.

Segundo, con la expectativa de la población que para la segunda función del día 18, prevista para las 18.00, tenía tanta o más gente que para la primera de las 16.00.

Fila de público ansioso de ver "Carga sellada".

Luis Bredow (el maquinista) en la fila de personas deseosas de asistir al estreno de "Carga sellada". Foto: Mabel Franco

La dulcera, doña Manuela, instalada frente a las puertas de la sala bautizada con la fecha en que se celebra el Día del trabajador ferroviario en Bolivia, apenas daba abasto para satisfacer los pedidos de la gente: “No tenemos cine desde hace años; la sala sirve para los actos de las escuelas, ya no es como antes”. Un antes que ella no habrá vivido tampoco, es decir los días en los que los trabajadores mineros y ferroviarios recibían de la pulpería una tarjeta con boletos para el cine y, por tanto, casi a la fuerza tenían que aprovecharlos. Lo cuentan dos personas octogenarias, una de ellas con bastón, al recordar los días en que eran obreros del Estado boliviano, como sus padres lo habían sido de la Patiño Mines.

José Quispe, de la comunidad de Sora, vestido con poncho y chicote de rigor, se dejó encandilar por Tania (Daniela Lema): “Bien se ha portado”, explicó su preferencia. Felipe, de diez años, que no dejó de saltar en su asiento, dijo estar “contento, feliz porque los buenos han logrado escapar”.

Carmen, que llegó como invitada de la producción desde Cochabamba, dijo que halla la película como “buenísima, por el argumento desarrollado y por los actores de primera”.

Javier, un joven veinteañero, espera una segunda parte pues no se conforma con el final abierto de la película.

Juana de Callisaya, con un bebé en los brazos y una niña pegada a su pierna, aplaudió y reconoció que volvería a entrar a la sala si no tuviese que volver a su casa.

Julia Vargas-Weise estaba conmovida. A cambio de tanto cariño dejó fotografías enmarcadas de momentos del rodaje, que hacen honor a la locomotora protagonista de la historia, para que pasen a formar parte del legado del museo.

Lo que viene ahora es el otro estreno, el urbano, previsto para el lunes 22 de febrero  de 2016 en una multisala de La Paz. Es que el viaje apenas comienza.

(Esta nota fue originalmente publicada en la plataforma digital La Pública, en febrero de 2016)


Desertar

Nada más cobarde, me digo, que justitificar las acciones propias con un "sólo complía órdenes". Nada menos patriótico que no pensar, no cuestionar. Disentir, como desertar, son, así,  verdadero actos de valor en el contexto en el que nos ubica la obra "Beneméritos" de Teatro La Cueva. 


Dario Torres y Kike Gorena en 'Beneméritos', estreno en el teatro Doña Albina de La Paz. Foto: Isabel Navia.


Mabel Franco Ortega, periodista

¿Qué es un pacifista? 

Don Pepito y don José son dos beneméritos cuya memoria se hace frágil. Al recuperarla por fragmentos, por instantes, y revivir decisiones que las lógicas de guerra condenan aun con la muerte, van descorriendo cortinas de polvo —de pólvora—, tras las cuales hay personas que, oh gran pecado, eligen.

Don José y don Pepito no son militares de carrera, sino civiles, campesinos como los miles que fueron arrancados de sus comunidades durante la Guerra del Chaco porque debían “servir a la patria”. Una patria lejana para ellos, tan ajena en aquella década de los 30, como la que hoy les deja poco para soñar: disponer, por ejemplo, de un pijama nuevo para cuando toque caer en el hospital.

El dramaturgo Darío Torres es el padre de esos personajes. A través de ellos se acerca a realidades humanas como la vejez, la amistad, la voluntad y a un escritor, Adolfo Cárdenas, cuyos cuentos sobre la Guerra del Chaco (El Chaco y después) —en algunos de los cuales se traza la figura de la deserción— lo ayudaron a redondear el mundo de sus Beneméritos.

Aclárese, antes de despertar indignación por esta lectura de la obra de Teatro La Cueva, que no se trata de hacer apología de la cobardía, de la traición, sino de proponer un ajuste en nuestra mira de lo que se juzga como heroico, como patriótico, como deber cívico. Desertar, deja pensar Beneméritos, puede ser un acto supremo de rebeldía, de ruptura de cadenas de mando, ante una realidad —la violencia— cuyo sentido está lejos de ser justo.

En la obra teatral, los dos excombatientes están encarnados por Kike Gorena y Darío Torres, cuya complicidad, que data de 25 años en el escenario, dinamiza cada interacción y permite que la comedia adquiera su nivel más exigente: el humor que desnuda, que despeja.

Hay algo en la mencionada complicidad que va más allá de la que dicta el texto y que el director Miguelángel Estellano parece haber cuidado. Porque es imposible no sentir y hasta ver en estos dos viejos a otros personajes concebidos por Torres y Gorena: Aniceto y Mario de la obra Alasestatuas, y no sólo por la cercanía de dos hombres librando ardua batalla, sino porque esa batalla es la de seres ordinarios, del montón.

Don José (Gorena) es el benemérito que exhibe galardones con la tricolor boliviana en la solapa del saco. Va descalzo, lo que hace pensar en los paraguayos patapilas, sutil ambigüedad que libra a esta obra de erigir bandos y hasta geografías: don Pepito (Torres) vive en un lugar indeterminado, como lo es el campo de batalla que, siendo el Chaco, podría ser cualquier otro espacio hollado por la guerra.

Todo es y no es en Beneméritos. Los galardones, por ejemplo, son baratijas compradas por don José, alguien que recurrió a una pollera para poder escapar. Por eso, estos veteranos que supuestamente merecen reconocimiento y gratitud porque guerrearon, en verdad se empeñaron en no guerrear. Huyeron, y no sólo de las balas del enemigo, sino de los abusos y la discriminación de sus camaradas y superiores. Lindo país racista el de entonces y el de hoy.

Huir, en esta obra, representa asimismo viajar. Moverse para ir del frente de batalla al hogar, del presente al pasado. Para llegar a donde habla la piedra, es decir, para aprender a escuchar y para encontrarse con fantasmas, como el del músico encarnado por Marcelo Gonzales que con su canto recuerda a los que cayeron en batalla.

Don Pepito y don José descubren entonces cuál es su misión, la que van a asumir voluntariamente, entusiastamente de aquí a la eternidad: boicotear guerras. Unas guerras que hay y habrá en tanto, parecen decir los reclutas de cualquier batalla decidida desde afuera, desde lejos, desde arriba, no descubran el poder de cuestionar, de patear el tablero.

Desertar, así las cosas, puede ser la mejor forma de rebelarse para pacificar.

(Esta nota fue originalmente publicada en la revista digital Movida de Altura).

jueves, 7 de mayo de 2026

Con Héctor Noguera en el camino

En 2025, el actor, director y formador teatral murió en su tierra, Chile. Murió así también la esperanza de verlo una vez más en Bolivia. Entre 1993 y 2005, el fundador de Teatro Camino paseó su arte por Cochabamba, La Paz, Sucre y Santa Cruz. Fue un Quijote, un anciano recluido en un asilo, un contrabajista, un fanático, un pianista genial, un personaje de Ionesco, Segismundo y todo su entorno... Había que ser Noguera para envolvernos en su tramoya.

Héctor Noguera en De las consecuencias del mucho leer. 

Mabel Franco O.

Lo vi llegar como a Don Quijote: flaco, de barba, con Sancho al lado y fantasmas, muchos de ellos en el equipaje pugnando por salir para despertar al mundo de su modorra. Para espantarlo, sí, porque donde todos vemos molinos es probable que se erijan monstruos.

Héctor Noguera visitó Bolivia varias veces, al principio con el mapuche José Cheuque, ambos fundadores del Teatro Camino. Fue el año 1993 que los teatristas se enrumbaron hacia estas tierras por vez primera para participar del encuentro Peter Travesí —no concurso sino encuentro—, en Cochabamba. Él, Noguera, actor ya consagrado en su Chile natal, había escrito su primera obra teatral y estaba viajando con ella. Como dicho encuentro facilitaba a los participantes convivir durante una semana, más o menos, además de las funciones en teatros se programaron talleres. Uno de ellos lo dictó Noguera.

“Qué hace una periodista cubriendo un taller”, me preguntó asombrado de verme no como tallerista, sino como quien observa y toma notas. “Nunca vi algo igual”. Ni yo tampoco a un maestro compartir secretos observado de cerca por una no teatrista. “¿Quieren representar a un viejo? —preguntó a los jóvenes alumnos—. A ver, háganlo… Pero, lo que han hecho es lo que todo el mundo: encorvarse, poner una voz temblorosa… una caricatura. Pongan atención a su columna: allí está la energía y de ella saldrá lo que deseen componer”.

No fui alumna, no hice los ejercicios corporales, pero no he olvidado la lección. Se puede ser un gordo, un príncipe, una niña, un prisionero, un fanático, un mediocre, un genio… La memoria es una columna.

Por los caminos del país

La obra con la que Teatro Camino debutó en Bolivia es De las consecuencias del mucho leer (1993). Un maestro de castellano que ha devorado Don Quijote de la Mancha y que ha corregido prueba tras prueba sobre la obra de Cervantes desvaría y así como Quijano se cree un caballero de armadura, él se cree el Quijano siendo Quijote. El doble juego es magia también por la presencia en la escena del técnico Cheuque, un Sancho componiendo y disponiendo la tramoya para que el artista cumpla su cometido y para que el personaje nos conduzca por su locura.

Héctor Noguera en Siberia.

Esta fórmula, la de hacer del técnico un personaje más, se repetiría en otras obras, como Siberia (1994), de Felix Mitterer, para la que se dispuso un escenario completamente blanco en la sala Modesta Sanginés de la Casa de la Cultura. Allí, un anciano recluido sin su permiso en un asilo, como los exilados en la fría región de Rusia, va perdiendo poco a poco autonomía y dignidad. Y es el enfermero —Cheuque tramoyista cambiando luz, sonido, objetos— quien cual carcelero se encarga de cumplir con la misión de despojar, de acallar. La carta que envía el viejo a las autoridades está escrita en forma de verso de difícil desarrollo, como difícil puede ser conmover a una sociedad indolente.

Noguera y Cheuque volvieron, pues, a Bolivia varias veces. En 1994, gracias a Maritza Wilde, trajeron a La Paz Siberia, El contrabajo (Patrik Suskind) y probablemente, no recuerdo ya, De las consecuencias del mucho leer. La función de la obra de Suskind coincidió con alguna fiesta en la plaza San Francisco, de manera que el ruido de petardos y música se coló en el Modesta Sanginés ante, eso sí, el imperturbable emborrachamiento del músico aislado en su habitación y en la vida mediocre a la que la orquesta de la sociedad lo ha relegado.

Héctor Noguera en La vida es sueño.

En 1996 supe de la presencia de Teatro Camino en Sucre, así que hice lo posible, como directora ese año de los teatros municipales, para traer a La Paz la obra Héctor Noguera nos cuenta La vida es sueño. Valió la pena, como sabrán los que asistieron a la única función en el Teatro de Cámara. El actor asume como monólogo —un hombre de frente a la platea, hojas y atril— la obra de Calderón de la Barca y el mundo incierto poblado por Segismundo, Rosaura, Clotaldo… se deshoja tan intensamente como si todo un elenco lo encarnara.

En 1997, Teatro Camino fue parte del primer Festival Internacional de Teatro de Santa Cruz. Aquella vez, el grupo llegó con Las sillas (Eugene Ionesco), dirigida por Ramón López y con la presencia no sólo de Noguera, como el viejo, sino de Bélgica Castro, otra gran figura del teatro chileno, como la vieja. Gran montaje para enfatizar en los temas recurrentes de Ionesco —y creo que también de Noguera—: soledad, incomunicación, deshumanidad.

En 1999 tocó el turno al Festival Internacional de Teatro de La Paz (Fitaz) y Noguera se convirtió en Ejecutor 14 (Adel Hakim). Una mesa, la luz de una lámpara y el actor transformado en un hombre en medio de cualquier guerra o revolución, tan aterrorizado que pronto será uno más de los fanáticos que miedo por delante irá sembrando más odio y más muerte.

Héctor Noguera en Ejecutor 14.

El Fitaz rindió homenaje al actor, director y formador chileno en el año 2000, pero fue una de sus hijos quien llegó a La Paz para recibir el Kusillo. Noguera no pudo volver más.

En 2005, el grupo retornó a Santa Cruz, aunque yo no pude ver la propuesta: Novecento pianista (Alessandro Baricco), en la que Noguera, dirigido por Michael Radford, encarna a un músico extraordinario que, nacido en el transatlántico Virginian, se niega a bajar a tierra.

Las entrevistas con Noguera y los comentarios sobre las obras presentadas en Bolivia están publicadas en los diarios Presencia y La Razón. La última es de 1999, cuando el artista me confesó que tenía miedo de mi expectativa siempre alta respecto de lo nuevo que mostraría. Un miedo, Héctor, sin sustento. Y cuando me enseñó una máxima de vida y de trabajo: el movimiento genera movimiento.

Héctor murió en 2025. Sólo espero que le hubiesen llegado mis recados reclamando su presencia enviados a través de los responsables del Festival Santiago a Mil y otros teatristas y programadores chilenos que estuvieron en Bolivia. “No deberías perderte la obra El padre, me aconsejó una de ellos”. Me la perdí, como también esa de Hamlet deambula en círculos de 2023, en la que, leo, "Noguera evoca ciertos momentos de su interpretación de Hamlet del año 1979, y va entrelazando instantes del personaje con los pensamientos y las emociones que sentía entonces". Y que además, "junto a la actriz Catalina Stuardo, quien encarna a Gertrudis, la madre del Príncipe de Dinamarca, recuerda fragmentos claves de esa historia clásica, que se funden con las reflexiones personales del protagonista marcadas por el contexto político y social de la dictadura en Chile".

Lamento cada oportunidad perdida, pero sobre todo la de Caballo de Feria, esa obra que, leo otra vez, fue estrenada en 2025 en Teatro Camino, la salita propia abierta en 2000 en Santiago (adonde se fue por breve tiempo un joven Cristian Mercado como si fuese aprendiz de hechicero). Escrita y protagonizada por Héctor Noguera e Ignacio Massa, en la obra se deja la primera parte de Don Quijote para ahondar en la última, ésa en la que Quijano quiere dejar de ser el caballero, dejar la magia para asumir su rol como gente normal. Un actor veterano (Noguera) y uno joven (Massa) intentan entonces revivir su pasión por el teatro. No sé cómo se desarrolla este Quijote, pero sí afirmo que hay consecuencias de tanto ver teatro y es que suele ser mejor abordar la vida en medio de una tramoya: para que luz, escenografía, vestuario, actuaciones resalten lo que está tapado, escondido por lo cotidiano. El teatro genera magia y la magia conciencia, querido Héctor Noguera.